PRESENTE CONTINUO-JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

despacho

Presente continuo, JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

(2015)

CRÓNICA DE UNA LECTURA

Cuando se recibe un paquete postal en el que se presume viene el libro que uno está esperando, se vuelve a sentir de nuevo esa ilusión infantil que hace esbozar una sonrisa nerviosa, casi olvidada de no ser por estas pequeñas alegrías cotidianas con que la vida nos sorprende de cuando en cuando. El caso es que en cuanto lo tuve entre mis manos rasgué el sobre con sumo cuidado, como cuando tus hijos, aún pequeños, se cuelan en tu cama y te volteas para no lastimarlos. Después de sentir el tacto del papel, miré la portada con calma y en ella pude leer lo que ya sabía, Presente continuo, el nuevo libro que José Luis García Martín presenta con la editorial Impronta. Un título que alterna el rojo y negro, como el anagrama invertido que les acompaña, sobre un fondo blanco. Después continué explorando la contraportada, en el ritual feliz que es descubrir un nuevo libro. Tras leerla con detenimiento me dispuse a adentrarme en ese ornamento, inútil en apariencia pero imprescindible para mí, que es la poesía: “un regalo que no se acaba nunca”.

Al descorrer la portada con intención de leer la solapa, descubrí una sorpresa que hizo que me precipitara sobre el texto manuscrito. La dedicatoria del autor siempre es un hallazgo feliz y nuevo para el lector, y en este caso aún llevaba el olor de la tinta negra desparramado por la página. En la dedicatoria se puede leer el poema Juego y escondido entre sus versos está su autor, José Luis García Martín, parapetado tras una letra rápida, descuidada y tendida, aunque clara a pesar de arrastrar en una línea las emes y las enes. Pero al final, y a pesar de lo expresado en los versos, el poeta siempre se descubre y no sólo por su firma.

Tras unos instantes paladeando y descifrando la dedicatoria, termino por leer en la solapa mucho de lo que ya sabía de este avilesino de corazón, como yo; así que con estos antecedentes -casi diviso a José Luis de paisano a paisano- no me ha costado nada imaginarle ascendiendo por los arcos de Galiana con los libros en la mano, anudados con una cinta, camino del Instituto. Claro, con unos cuantos años menos pero con una sonrisa mucho más franca que la impostada que nos acaba poniendo la vida. Y el poeta nos lo dice, me lo dice, en un soneto inmaculado, en este terceto.

Por la empedrada calle de Galiana

camina en la mañana hacia el mañana

el niño que yo fui, que sigo siendo.

Estoy seguro de que aún hay algo en tu interior de aquel adolescente, no sé si ya con gafas, que fuiste; no en vano somos la suma de todos nuestros anteriores fuimos. Creo intuir que cuando las calles de la villa aún están desiertas y te encuentras de frente con el modernismo, insultantemente hermoso, del palacio que alberga el Conservatorio de Música aún descubres, bajo el principiar de los arcos, aquel muchacho que es muy probable que se quitara las legañas de la mañana frente al desayuno que reposaba en un plato de Duralex; no en vano compartimos casi generación y por tanto recuerdos de aquellos años sesenta.

Después, no tardé en adentrarme en el corazón del poemario. Tras una primera y rápida lectura, para mí inevitable, y a veces un tanto traidora, a causa de la ansiedad que me trae consigo el libro por descubrir, vinieron unos cuantos días y unas cuantas noches con Presente continuo en la mesita de noche y en el zurrón de día. Y ni que decir tiene que hice una lectura pausada y reposada del poemario en la que sí, parafraseando al autor, revolví todo sin prisa y encontré mucho que me sentó muy bien.

Al avanzar por las páginas del libro, enseguida nos reencontramos con el sonetista clásico, un poeta que alinea los cuartetos y los tercetos como un ejército bien adiestrado, sin que nadie marque el paso a destiempo. No sé, José Luis, permíteme esta cercanía, te imagino recitando estos versos como si fueras un crooner de la poesía, con una orquesta tras de ti que ejecuta la música que le dictas mientras que tú, en solitario, con el foco sobre tu cara, vas desgranando las palabras como un viejo decidor de versos; incluso te barrunto un poco aventado-claro que como casi todos los poetas- y te presiento encaramado sobre un estrado improvisado, lo mismo en Hyde Park que en El Parche, mientras disertas, entre soneto y soneto, sobre lo que te viene en gana ante un público fortuito, o incluso ante el vacío más absoluto, remedando a los antiguos griegos que tenían la facultad de poder gritar a los cuatro vientos sus pensamientos, incluso los que arremetían contra el poder.

Y no sólo eso, imagino tu poesía, incluso la más desoladora, que corre entre versos pentasílabos y heptasílabos-Ya te has marchado/y el mundo sigue siendo/igual de hermoso-, con el optimismo de las fotos que veo en tu muro virtual, siempre con la luz como protagonista y con esos azules que da y regala el cielo y la mar.

Permíteme contradecirte; no puedo creer que te odies tanto, a pesar de ser el que más te quiere. Quizás sólo a veces, como todos. Me gusta ese discurrir de la vida en el soneto que nos lleva, en el último terceto, a la tumba, donde tienes el detalle hasta de poner un epitafio: “Y no queda ninguno”.

A lomos del rey de los versos, emparejados dos a dos, estos endecasílabos nos llevan a un paseo muy peculiar por Nueva York, donde el autor se instala en esa ironía fina, en la que se desenvuelve con tanta comodidad.

Me asomo a la noche iluminada

y veo mil ventanas, todas ellas vacías.

Y sin que nadie sea capaz de arredrarte, ni siquiera los años, me llevas a París a ritmo de endecasílabos, y con éstos de testigos nos recuerdas a Góngora, frente a la fuente de Medicis, a la espera de que Polifemo nos arroje a la muerte, celoso de nuestra veneración por Galatea, o sino nos inundas de melancolía cotidiana.

Viendo pasar los trenes se entretiene

la solitaria tarde de domingo.

Me cabe la duda de si morir y vivir no son tan diferentes, o como dijera Ronsard “… el Amor y la Muerte son al cabo lo mismo”; tal vez todo se aúne en esa contraposición entre celebrar la vida, a través del amor, que te conduce a la muerte.

En esa duda existencial, el poeta nos lleva hasta un poema que yo creo no debería faltar en ninguna antología que se precie de ecuánime. Qué importa es un canto optimista a la vida, a celebrarla a pesar de la certeza del tiempo consumido, donde heptasílabos y endecasílabos se alían para ofrecer al lector un poema bellísimo y hondo, en el que ética y estética se funden y confunden con maestría.

En esta crónica de lectura nos vamos con el poeta hasta Roma, donde entre tercetos nos muestra la ciudad donde Velázquez, desde Villa Medici, descubrió-seguro que barruntando el futuro- lo que sería un par de siglos después el impresionismo. Desde la placidez futurista de esos paisajes, el poeta se sube de nuevo a esa columna en la que se siente tan confortable que es la de la ironía, tal vez un poco más hiriente, al menos a la hora de referirse a las pompas vaticanas.

Toda tu pompa, pompas de jabón,

señor de almas, atizador de hogueras

donde Giordano arde todavía.

Y, tras Roma, a golpe de soneto de orquesta clásica, donde se puede olfatear el talento de Lope y de Quevedo, el poeta nos invita a descubrir Venecia, esta vez adornando el cielo del lugar con una serie de cuartetos, cómo no, endecasílabos, que nos conducen al amor de una ciudad hacia sí misma al verse, como Narciso, reflejada en la salinidad del agua que la humedece.

José Luis García Martín nos dice algo así como que “cuando la obra habla/el autor calla”. En poesía, en su poesía, es bien difícil separar al poeta de sus versos; el lector tiene la perenne sensación de intuir tras cada palabra, tras cada estrofa, al poeta, callado, sí, pero destilando por la alquitara del poema parte de su esencia más íntima.

En un libro tan lleno de hermosas palabras, de poemas que aprehendemos para quedárnoslos para siempre, es difícil destacar unos versos pero como lector caprichoso, como polígamo infiel de las palabras de José Luis García Martín, si tuviera la osadía de engañarlas, lo haría con las que hay escritas en Mi patria. Con ellas, y con él, me fugaría a ese lugar sin nombre, que no innombrable, donde la estulticia humana sea una especie extinta.

Un pedrusco ignorado de todos,

al que no salpique

la estupidez de los hombres,

esa quisiera que fuera mi patria.

Por supuesto que me escaparía, y lo haría desde la página que acompaña al poema, desde esa adolescencia avilesina en la que todo estaba por descubrir, donde todo era aún “asombro y maravilla”

Desde un haiku, dentro de esa variedad de estrofas que nos regala el poeta, se pregunta por las risas y a mí como lector me desconcierta con su contestación: “Son las de siempre”.

Se suceden los poemas haciéndonos partícipes de la emoción con la que nos da cuenta de la consciencia de la mortalidad, en esa “procesión de difuntos”, en esa sucesión de funerales, a la espera del nuestro, que empieza a ser la vida a ciertas edades. Y, entretanto, entre sepelio y sepelio, nada como el calor que te ofrece la amistad.

Otra vez como entonces estáis aquí conmigo

esta noche encendida, detenida, callada,

cuando se dice todo sin que digamos nada.

Y así, En breve, nos lleva por los juegos de palabras, de dos en dos versos, hasta esa mesa de estudio adolescente que da a un mar, quizás a la ría, y que se esmera con su belleza inconsciente, como aquellos años primerizos, en apartarnos la vista del libro impacientado.

Después, José Luis García Martín en Cerrar los ojos se transforma, o al menos eso me parece, en un porteño de pura cepa, aunque sea francesa como la de Gardel, y se arranca con un tango, con lo que pudiera ser la letra de un tango poderoso, cargado de una nostalgia apesadumbrada.

Cerrar los ojos y dejar que el mundo

poco a poco se borre en la memoria.

En la última parte del poemario, el autor cede su voz poética, tras fantasear una historia deliciosa, a una mujer, y no precisamente cualquiera, sino a una mujer que ya no respondía a nadie por Norma Jean, y que ha trascendido a su propio yo, a su propia historia personal, para convertirse en una leyenda intergeneracional, por obra y gracia de la fatalidad. Desde que yaciera  desnuda sobre el frío sudario de mármol de una morgue, con la  única compañía de la impregnación pegada a la piel de una gota de Channel número 5, Norma se evaporó, como el perfume, para ser siempre esta poeta, trasunta voz del autor. Escaldada en sus carnes, se extraña de la raza de la que forma parte, y lo hace como si estuviera viviendo un tiempo con el que no se siente identificada, como si no le correspondiese, “y no me reconozco/ como formando parte de ellos”. Y hasta tal extremo reniega, que llega a asociar el tiempo de la felicidad con la muerte, “… hoy soy feliz,/hoy quisiera estar muerta”.

Tras lamentarse con amargura por esa imagen de tía buena-rubia y tonta- que la persigue y que la lleva a consumirse y a la autodestrucción, se siente obligada a expresarlo con crudeza desoladora.

Por dentro tengo tanta hambre

que me devoro a mí misma

y no me sacio nunca.

Después, su Único deseo es pedir Socorro a la muerte, quizás para verse liberada de su estupidez “absolutamente sincera”.

Al terminar la lectura de Presente continuo, el poemario de José Luis García Martín, uno sabe con total certeza que éste no es un libro de los que están condenados al olvido, tras ser hojeados-ojeados-leídos. Sin duda, el poso que dejan sus versos, harán que éstos acudan, recurrentes, a nuestra mente. Su belleza es sólo un estímulo para descubrir la profundidad de una poesía que dejará una huella indeleble en el lector, incluso en el más ocasional, despistado o circunstancial. Como los buenos vinos, los versos de José Luis García Martín impregnan nuestro paladar tras ser ingeridos y su recuerdo acude con insistencia a nuestra memoria.

La lectura de Presente continuo se hace imprescindible e inaplazable, siendo la ocasión ineludible para saludar a la buena poesía, a esa poesía certera, capaz de desprender ritmo y vida en cada uno de sus versos. Es una poesía verdadera, donde la palabra no es un galimatías indescifrable ya que enseguida llega al lector con su claridad expositiva y con su pulsión relampagueante. Es una poesía que de inmediato la hacemos nuestra en ese Presente continuo por el que avanzamos, por el sendero poético de José Luis García Martín.

Santander, a 23 de agosto de 2015

Juan Francisco Quevedo

Página personal:    http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

Blog poesía:            https://poesiaparavivir.wordpress.com/

dedicatoria

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10 respuestas a PRESENTE CONTINUO-JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

  1. evavill dijo:

    Qué pocos regalos no se acaban nunca. Por eso, entre otras muchas cosas, es tan valiosa la poesía. Me ha gustado mucho la frase.

  2. Poli Impelli dijo:

    Qué maravilla, como dice Julio, ser leído por ti Juan Francisco. Lo describes tan profundamente que mi corazón quiere saber ya de José Luis García Martín.
    Mis respetuosos saludos, y un creativo abrazo “argento” para ambos 🙂

  3. Ser leído por ti resulta ser un privilegio. Pocas personas son capaces de acercarse a un texto, un poema o un trabajo, con la intensidad e inteligencia con que lo haces. José Luis García Martín, además de su indudable calidad por cuanto expones, ha tenido la suerte de encontrarte. Salud.

  4. Saludos, poeta. Un deleite leer tu recorrido por Presente Continuo. No conocía a este poeta, pero gracias a tus palabras, pronto estaré solicitando el poemario en las librerías de Tenerife. Recibe un abrazo muy fuerte, Juan Francisco. Extiende mis saludos a José Luis García Martín. Le deseo muchísimo éxito.

  5. romgonru dijo:

    Muy entretenido ensayo sobre esa antología. Me pregunto si estará disponible aquí en México. Un cariñoso abrazo de mi parte, y sigue leyendo!

    • Me alegro que te gustara. El autor es un excelente poeta que yo creo que está entre los grandes, aparte de ser crítico literario… Si tienes interés en conseguir el libro yo creo que lo mejor sería que te pusieras en contacto a través de internet con la editorial Impronta, de Gijón, y seguro que verían la manera de enviártelo. Un beso. Nos seguimos viendo en nuestros blogs

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