DAVID BOWIE-ESTO NO ES UNA NECROLÓGICA

¿Qué se puede decir de un hombre que arrinconó un saxofón para convertirse en un peculiar cantante de rock?

Cuando David abandonó el jazz ya era un muchacho tan presumido que permitió que le atizarán un puñetazo en el mismo centro de su pupila izquierda para que sus ojos no lucieran del mismo color.

Entre tanto, se aficionó al cine y después de pasar una tarde por una sala para visionar la última de Kubrick se sintió íntimamente conmovido y compuso Space Oddity; casi nada. Afloró de todo en esa composición, descubrimos al cantante folk que llevaba dentro pero también surgió la psicodelia sinfónica que aportaba Rick Wakeman, el alucinado teclista de Yes. Con la canción bajo el brazo se marchó a Nueva York. Fue su carta de presentación para lucirse en el centro mismo del  establishment del rock progresivo. No tardó en besarse con Lou Reed-yo hubiera preferido que lo hiciese con Nico, la bella valquiria de la Velvet, pero sobre gustos, lo dicho-y circular como el estrellón que empezaba a ser por todos los circuitos underground.

Y no finalizaban sus aficiones en las salas de cine. No le faltaba vena teatral a aquel joven que, pese a utilizar la voz para comunicarse, se apuntó a las clases de dos muditos geniales, de Lindsay Kemp y de Marcel Marceau. Tiene miga la cosa. El caso es que el muy mimo, que no memo, no sólo usó sus enseñanzas para llevarlas a las tablas de los teatros sino que se exhibió con talento y descaro ante el mito del pop-art, Andy Warhol, y fue capaz de entregarle en una memorable y silenciosa actuación mímica en la Factory tanto sus tripas como su corazón. Claro está que, como decía Aristóteles, “No existe gran ingenio sin algo de demencia”.

Conviene recordar que en un ya lejano año de 1.962 un albino vicioso y de gustos efébicos, según cuentan los maliciosos, popularizó en una lata de sopa el sueño del arte de Marcel Duchamp: “Trivializar lo cotidiano”. Y, en el fondo, lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo. Tal vez, si Rimbaud siguiera entre nosotros se reafirmaría en aquella nota que dejó sobre el manuscrito de “Una temporada en el infierno”:

“Ahora puedo decir que el arte es una tontería.”

Con Warhol, es innegable, se instala cierta vulgaridad en el panorama artístico y, tal vez por esa causa, aunque no lo creo, Nueva York se convierte, desplazando definitivamente a París, en la capital artística del mundo. Algo que ya se estaba produciendo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El caso es que Warhol siempre estuvo unido al mundo del rock, en especial al mundo de los rock-stars. Con David Bowie ideó una multivariedad estética que convirtió al rubio y afilado cantante en un auténtico camaleón. Lo mismo se convertía en una estrella del Glamp-rock que del Space-rock. Colegueó, hasta la desaparición del dinosaurio, con Mar Bolan y en este país, en el que la vida transcurría en blanco y negro, se intentó confundir aquella conversión del futuro duque blanco al plástico y a la estética mareante, todo hay que decirlo, con la de un adscrito al Gay-rock. Al fin y al cabo cambiar Glamp por Gay era muy fácil.

Antes de enamorar a Imán, esa diosa que apunta permanentemente con la nariz al cielo, se casó con Angie, la de la canción de los Stones. Menudo himno. Cómo no recordar a Jagger  con sombrero playero cantando a la mujer de Bowie. Algo hay que decir de Mick, un cantante con un gran talento para el blues, en especial para el blues lento y apasionado donde, con su voz única, aunque no extraordinaria, retuerce con sus inflexiones la melodía, llegando a un semifraseo pronunciado, enérgico y envolvente. Si a ello le añadimos que estamos ante el mejor “performer” del rock, lo demás sobra, si bien es de justicia señalar que nunca cantará tan bien como el cantante blanco de voz bluesera más negra, Eric Burdon –“Bring it on home to me”-.

Voy a acabar con un recuerdo personal, que es más bien una digresión. Allá por el setenta y tres, un pipiolo de nombre Miguel Ríos, grabó en directo sus Conciertos de rock y amor. ¿Cómo no recordar sus alegatos? Decía algo así como, “gritar, gritar, que se os oiga hasta en la Puerta del Sol”. Aparentemente, ingenuo pero, claro, en aquellos años la sede del Ministerio de la Gobernación estaba allí. Y en sus bajos se interrogaba a conciencia. En fin, yo apenas tenía catorce años por entonces y no escuché la cinta hasta dos años después pero desde entonces he visto muchas veces al granadino y jamás me ha defraudado. Pero la vez que más me impresionó fue, allá por el setenta y ocho, cuando abrió la gira con una magnífica y espectacular versión de Bowie, de su Space Oddity.

Y ¿qué más decir? Os dejo un pequeño dibujo de un cantante enmudecido que he hecho, como este escrito, con la rapidez del día.

david

 

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8 respuestas a DAVID BOWIE-ESTO NO ES UNA NECROLÓGICA

  1. Stella dijo:

    Espléndida entrada y un sentido homenaje. Aunque no tan compartida su música por éstas tierras.

  2. Poeta, qué bueno leerte. Entristece la partida de Bowie. Siento una especial admiración por este artista. Y como ya sabes Space Oddity es la sintonía de mi programa. Y lo seguirá siendo. Mi abrazo.

  3. Siempre inoportuna la muerte. Con sentimiento.
    Salud.

  4. romgonru dijo:

    Quiero ser breve, pues tengo el corazón adolorido por la tristeza y no atino a decir algo más coherente que mis constates “¡No! ¡No, Dios mío!” Sin duda que fue un GRANDE (sí, con mayúsculas) y nadie más podría vender el mundo como él…LO VOY A EXTRAÑAR TANTO!

  5. Del corazón, hermano. Buen texto. Saludos.

  6. Buena entrada y mejor homenaje a un músico irrepetible. God knows Im God decía en aquellas buenas canciones…

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