ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-JUAN Fco QUEVEDO

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

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ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales, ese nuevo medio que existe desde no hace tanto para comunicarse y del que tan difícil es seleccionar; separar lo mucho y malo de lo poco y bueno. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Si bien en tiempos más propicios fui un lector compulsivo de poesía, ahora no paso de ser un lector habitual pero creo que, precisamente como consecuencia de ese bagaje que arrastramos con ligereza, tengo cierto criterio para saber dónde hay un gran poeta, como es el caso. Así que no tardé en pedir el libro a la editorial Impronta y a primeros de julio ya estaba en mis manos. Cuando uno ya no compra libros por comprar sino que lo hace por las simples y reconfortantes ganas de leer algo que considera puede ser enriquecedor, se recibe el libro con especial ilusión. Y son esas ganas las que siempre me llevan−cuando se trata de poesía− a realizar una lectura rápida y un tanto atropellada; un poco como cuando era más joven y la impaciencia del hambre me hacía comer los bocadillos a grandes dentelladas. Y además me sabían a gloria. Lo mismo me pasó con los versos que aparecen en L´aire ente la rama. Tras esa primera y apasionada lectura, vino una más reposada y reflexiva en la que el libro veló mis sueños, vigilante en la mesita de noche durante un par de semanas. Ahora, a primeros de septiembre, lo llevé conmigo durante un fin de semana en el campo, con la intención de compartir su lectura con mis dos hijos y con mi mujer. Durante esos tres días, pudimos comentarlo, leerlo en voz alta y abordar las interpretaciones que iban surgiendo desde diferentes prismas. Fruto de esa inicial lectura rápida, de la posterior, más calmada, y de esta última, entretenida y participativa, nace esta pequeña crónica de tres lecturas.

Desde mi juventud estoy acostumbrado−por concretar, desde mis años universitarios en Santiago− a leer en gallego y en portugués, dos idiomas especialmente apropiados para la poseía; ahí descubrí a Rosalía, a Curros Enríquez, a Pessoa, a António Nobre, a Vinícius de Moraes y a tantos y tantos poetas que me hicieron amar esas lenguas. Posteriormente, también me decidí a leer en catalán; la poesía de Joan Margarit fue la que me puso en ese disparadero y nunca me arrepentí, aunque es justo decir que, en su caso, al haber leído ediciones bilingües, he hecho un poco de trampa porque, si bien sus poemas en castellano no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, siempre he acudido a ellas cuando tenía dificultades con el catalán.

Con Láire ente la rama, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante. Si bien, he de confesar que juego con algo de ventaja, ya que no en vano llevo yendo por Asturias habitualmente hace más de treinta años y por lo tanto no se me hace tan extraño acercarme a un idioma que coloquialmente estoy muy acostumbrado a escuchar, tanto en la familia de mi mujer como en la calle. Ahora bien, debo decir que Ángeles me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar, y desde luego mucho más allá de los monólogos simpáticos que conocía y, aunque están muy bien como divertimento, no me habían dejado vislumbrar la profundidad y el alcance del asturiano como lengua literaria.

Nos hemos aproximado a la lectura de Láire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera nos ha permitido acercarnos al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es cómo la autora logra acercarse al lector sorprendiéndose−sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo, como hiciera Warhol. Ahora bien, cuando se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico−tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­− se consigue una sublimación de lo mundano, se hace arte, se hace literatura. Se puede plasmar, como demostrara aquel albino genial−antes de que fuera víctima del consumismo y contribuyera a cierta banalización de lo artístico− con una sencilla lata de sopa de supermercado, el sueño del arte de Marcel Duchamp. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva, hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Para finalizar, quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior.

 

«Col corazón nes manes

descansa en paz el corazón»

 

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

 

«Los trapinos

cayíen ensin priesa

esnalando nel aire,

como enredando»

 

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

 

«La cocina de carbón,

la que tuvo arroxando

les hores de la mio infancia,

tien alcordanza del fueu

y les chapes doblaes

del pesu de les potes»

 

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

 

«Nun di nenguna guerra

cuando advertí la realidá,

y, como en toles desgracies

de la mio vida,

arguyosa, fixi saber que lo sabía

ensin pidir esplicación,

pero la verdá

ye que tovía nun lo sé

y espero»

 

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

 

«Como una lletanía de martiellos

aquella xente tan delicado

abrióme un argayu de pena»

 

“Nun Dyan 6” es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tu.

 

«Qué vértigu saber

que toi tan lloñe, tan cerca,

que ye´l poema qu´entós cavilé

el que güei por fin escribo

a cuatro pasos del horru y de la ilesia»

 

“La primera vez que lloró na mio vida” es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

 

«Quixi subir como un perrín tres d´ella

el camin empináu pel que baxaba la nueche,

nun me dexaron, y quedé esperando

porque yera mio ma esa nueche la neña»

 

“El prau Carbayalu” refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

 

«Entós el cielu taba nel cielu

y la nuestra casa en casa»

 

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta,

 

«Suañaben los teyaos y los aperios

que dormíen al rasu y taben solos,

tanto como la lluna

y como la nuestra voz

que naide oye»

 

Poco más cabe decir de un libro tan completo y tan emotivo. Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Para acabar, quiero decir que con el único dato biográfico que conozco de la autora−un año de nacimiento que compartimos−, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Acabo esta crónica de tres lecturas con las palabras de uno de los poetas que más admiro y reconozco, José Luis García Martín que describió  L’aire ente la rama como “la vuelta al mundo de la infancia, ‘patria del hombre’, como decía Rilke, y una infancia en la que todos nos reconocemos, universal”.

Septiembre de 2016

Juan Francisco Quevedo

 

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