Bob Dylan-Juan Francisco Quevedo

Ahí estoy, a finales de los setenta

BOB DYLAN

LA POESÍA Y LA MÚSICA DE UNA GENERACIÓN

Recuerdo 1974 como el año de mi primer disco, el primero que compraba con mi voluntad, la mucha y variable que se tiene a los catorce años. Después de pasar por los almacenes Simeón, me decidí a entrar en Simago y después de mirar y mirar-no es fácil decidir en qué se gasta uno el dinero cuando casi no le llega-, salí con dos LPs bajo el brazo. Uno era el Abbey Road de los Beatles y el otro el Nashville Skyline de un joven Dylan que desde la portada nos saludaba con su sempiterna guitarra, a golpe de sombrero. Ese fue mi primer encuentro con el cantautor americano. Y el último, y único, con el mito, lo tuve hace unos veinte años, cuando mi hermano Marce me regaló unas entradas y le vimos en directo. Y he de confesar que fue un poco tarde; salí decepcionado del concierto y de la banda que llevaba. Decidí entonces que a los héroes vivientes es mucho mejor leerlos, escucharlos y hablar de ellos que frecuentarlos.

El caso es que hoy me he enterado de que a Dylan le acaban de otorgar el premio Nobel de Literatura y lo primero que he pensado es qué dirán todos esos muchachos que se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, esos jóvenes, más airados que nunca, y que no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Qué dirán esos muchachos que se movían al primaveral ritmo-“Flower power”-, de una música electrizante y, para las muertas mentes -como sus oídos-, de un establishment atolondrado, ensordecedora. “Somebody to love” de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, gozoso y lleno de libertad de estos muchachos con los que la alegría se desparramaba a raudales. Y qué dirá y qué será también de aquel muchacho de Minnesota que cambió su verdadero nombre por el del poeta Dylan Thomas.

“Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en  los muchachos los polos de la promesa.”

                                          Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Qué será de aquel joven que mientras se bailaba el twist en el neoyorquino Peppermint Lounge ya golpeaba y llamaba, con la fuerza de una armónica, a las puertas del cielo.

“Gentes, donde quiera que estéis,

reuníos aquí

y admitid que las aguas han crecido

y que pronto estaréis

calados hasta los huesos,…

… Porque los tiempos están cambiando”

                                       Bob Dylan (The times they are a-changin´)

Cuántas cosas pasaron en aquel lejano 1961. Durante ese año un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario de acordes de guitarra y resoplidos de armónica. Desde Mobile, en medio del desierto-“On the road”-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-“beat”- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle.

“Yo soy poeta para los pobres, porque he amado siendo pobre; como no podía dar regalos, daba palabras”

                                                                        Ovidio (Arte de amar-LibroII)

Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuento de aquellos misiles, y su famosa crisis, que en cualquier momento podían caernos a chuzos desde el cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una letanía mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

“¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.”

                                                        Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda y, como un canto rodado, penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. A veces con letras amargas y desencantadas que, sin embargo, mantienen un punto de esperanza y fe en el mundo y en la humanidad.

“Y por cada desvalido soldado en la noche

nosotros vimos las campanas de la libertad resplandeciendo”

                                                                        Bob Dylan (Campanas de libertad).

En aquel lejano 1.961, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

Pero si el 61 fue el año en que Dylan se decidió a dar el gran paso y abandonar el pueblo buscando horizontes, 1.963 es el año en que Dylan, a través de los que le versionaban –Peter, Paul y Mary-, apareció en las listas de éxitos y, a consecuencia de ello, su mensaje comenzó a resonar en las conciencias de todos los que esperaban –incluso desde la inconsciencia de la edad- algo distinto, algo bueno y algo realmente nuevo. Aunque se diera la paradoja de que llegara con un sabor tan rancio como la música tradicional y, para rematarlo, además, aún sin electrificar. Aquel hombre, aquella música, llevaba en sus tuétanos el bagaje y la experiencia de los que han dormido en la calle, de los sin techo.

“El hombre, para ser hombre,

necesita haber vivido,

haber dormido en la calle

y, a veces, no haber comido.”

              Antonio Machado (Juan de Mairena)

Todo daba igual, aquello no era lo de antes, ni lo de siempre, aquello sonaba realmente bien, sonaba a verdad y decía lo que muchos esperábamos que alguien algún día dijera. En cualquier caso, para proporcionar intensidad y decibelios ya estaba el rock y, sin tardar y con una gran controversia, el mismo Dylan se apuntaría al sonido enloquecido y eléctrico de una buena banda. Eran años en que los jóvenes sólo anhelaban disfrutar del presente, olvidándose de todo lo restante. Además de un compromiso hacia los demás, existía un componente epicúreo y lúdico en todas sus acciones, así como una necesidad de agotar todas las posibilidades que la vida te brindaba, sin pensar que hubo un ayer ni que habrá un mañana. Sólo importaba vivir -haciéndolo a fondo- el momento presente. Un Dylan, cargado de poesía, nos deleita con este “hombre de la pandereta”, una canción que pronto alcanzará lo más alto de las listas en la versión de los “Byrds”.

“Sí, bailar bajo el cielo de diamante,

agitando libremente una mano,

silueteado por el mar, rodeado por arenas de circo,

con todo recuerdo y destino profundamente hundido bajo las olas.

Deja que olvide el hoy hasta mañana.”

                                                 Bob Dylan (Mr. Tambourine man)

Pronto llegará su segundo disco eléctrico, en el 65, “Highway 61”, un sentido homenaje a la ruta que le conducía desde su Minessota natal a la ciudad más musicalmente enraizada de toda América, Nueva Orleáns. En este disco, una memorable canción, “Like a rolling stone”, se convirtió en un himno generacional, representando a todo el movimiento cultural surgido en esta década.

“¿Qué se siente? ¿Qué se siente?

al estar sin un hogar,

como una completa desconocida,

como un canto rodante.”

                  Bob Dylan (Like a rolling stone)

Un año más tarde aparecería un disco imprescindible, una obra maestra. Representa en la música moderna lo que Bécquer o Garcilaso en la poesía; un antes y un después. Junto al “Sgt. Pepper´s” de los Beatles, al “Pet Sounds” de Brian Wilson –líder de “The Beach boys”-  y, quizá, también al “Affermath” de los Stones, en su primer disco compuesto íntegramente por ellos –“Paint it black”-, “Blonde on blonde” es el disco más influyente, en cuanto a lo que supuso de cambio, de toda la historia de la música rock. Dylan lo grabó en Nashville, donde años más tarde regresará al folk, con una voz casi de “crooner” y con canciones como la bellísima “Girl from the North Country”, que interpretará junto a un mito de la música americana, Johnny Cash. En aquel lugar gestó todo el disco, allí logró encontrarse consigo mismo y con la suficiente inspiración como para componer obras claves. Y lo hizo junto a grandes músicos, como Al Koper y Robbie Robertson. En el disco están desde la archiversionada –recuerdo a Nina Simone- “Just like a women” hasta la hermosa canción de amor que dedicó a su mujer, Sara, “Sad-Eyed Lady of the Lowlands”. Este héroe de la contracultura, aspirante al Nobel de Literatura, nunca volverá a llegar tan lejos, ni tan siquiera en el día de hoy, en el día en que ya un premio Nobel de Literatura luce en sus estanterías.

Me asaltan los recuerdos, a la velocidad de golpeo del teclado, y de repente veo a Bob Dylan y a Joan Baez, como almas gemelas, en el Festival de Newport, formando la pareja más envidiada del universo sesentero. De alguna manera, durante años, formaron un dúo de hecho que, tras distanciarse en el tiempo, se volvieron a ver las caras, por los ochenta, como si nada hubiera pasado, en un multitudinario concierto en París, en el que Dylan lucía, como un viejo corsario, un pañuelo atado en la cabeza que no hacía sino resaltar su de por sí prominente nariz que, como ya dijera Quevedo de un cura narigón, pareciera ser de la familia Nasón. Tras Newport, y tras años de unión, Bob prefirió seguir su vida, llena de crisis y altibajos, salpicada por alguna que otra iluminación mística, pariendo temas inolvidables, donde los perdedores de la vida se rehabilitan; baste recordar la maravillosamente clásica canción, de título “Huracán”, sobre la injusta condena a un púgil negro. Joan, por el contrario, prefirió no encerrarse en sí misma y abrirse a la vida de otras gentes, de tal modo que lo mismo aparecía en un concierto a favor de la paz que en cualquier reivindicación, lo mismo daba que fuera por la igualdad racial que contra el uso del Napalm en Vietnam. Y, ahí sigue; de hecho, en los noventa, aún tenía fuerzas para encaramarse encima de un árbol centenario y protestar por la tala indiscriminada y la deforestación del planeta. Eso sí es poseer un espíritu combativo desde el que, a pesar de esta perra existencia, sigue dando “Gracias a la vida” y, nosotros, seguimos dando gracias de que existan aún personas en las que el espíritu bondadoso y beligerante no decae a pesar de las arrugas que el tiempo se encarga de dejarnos, tanto en el cuerpo como en el alma.

Y no sólo fue Dylan, aunque fuera el principal abanderado a su pesar, fue la música y su poder de rebeldía la que cautivó a la juventud; no cabe duda que aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos los mismos “movimientos del alma” que a los grandes románticos rusos. Y no sólo fue Dylan, fue la época a la que pertenecieron. Una época durante la cual la música, fuera de los Stones –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Hoy, con la concesión del premio Nobel de Literatura a Robert Allen Zimmerman, más allá de las polémicas literarias, condecoran a todas aquellas generaciones que impulsaron un cambio social cuyo influjo aún perdura. Y por supuesto, a las letras y a la poesía de este juglar de cualquier tiempo.

Juan Francisco Quevedo

Santander, a 13 de octubre de 2016

 

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10 respuestas a Bob Dylan-Juan Francisco Quevedo

  1. Poli Impelli dijo:

    Bellísimo. Tu prosa exquisita para repasar la vida de un grande, en la música y en las letras. Gracias. Lo comparto 🙂

  2. INSOMNE dijo:

    “A los mitos vivientes hay que disfrutarlos, que no frecuentarlos ”
    Perfecta sentencia
    Saludos

  3. lurda55 dijo:

    Que bonito recorrido por Dylan, lleno de tu poesía hasta en la prosa. Un abrazo.

  4. Anónimo dijo:

    Gracias, Juan Francisco, por este artículo. Un recordatorio necesario, que ayuda a comprender la decisión de otorgar el Nobel a un cantautor tan comprometido como Dylan. Debo decir que mucha de la poesía que hoy escribo quedó inscrita en mi memoria gracias a cantautores que, como Joan Manuel, por ejemplo, gente inteligente, sensible y solidaria, dedicada a difundir su poesía utilizando como medio la música. Con inmenso gusto comparto tu artículo.

  5. Stella dijo:

    Excelente! Escrito con la música como fondo, saboreando las palabras.

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