EN LA MUERTE DE FIDEL-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE FIDEL

 

Fue un martes de un mes de enero, allá por 1.959, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto – aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fúsil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana. Estos comandantes, barbudos y desaliñados, celebraron la noche de Reyes bailando en los salones presidenciales al ritmo sincopado de la metralla que conllevaba la revolución. Es de suponer el consiguiente disgusto que aquellos bailes, de salsón caribeño, acarrearon a Don Fulgencio Batista y a toda su corte de oropeles, una corte de los milagros nada descuidada, ni en sus excesos ni en sus cuentas corrientes. Esta caravana –nada desamparada- de la opulencia, tamizada por el chino del esperpento yanqui, se hacinaba, ahíta de caderas mulatas y satisfacción burguesa, en los casinos y cabarets de toda Cuba. En sus manos, los billetes de cien dólares hacían las veces de improvisados cerillos con los que prender los imponentes cigarros puros que extraían de sus tabaqueras de piel. Entre tanto, una hermosa trigueña negra, de arrubiados cabellos y de ojos bellamente rasgados, se los sostenía, por una mísera y cuantiosa propina, entre bocanada y bocanada.

En aquellos tiempos de mano dura y tente tieso, los negritos cubanos, como en una nueva Oda al Rey de Harlem, se uniformaban, día tras día, de dignos esclavos al servicio de una clase despreocupada. Estaban todos ellos a punto de llevarse, al ritmo carnavalesco de las barras y las estrellas, una patada en el centro mismo del trasero. Después, tras ser arrojados al mar, el buen clima de Miami sería su nuevo y cálido destino. La verdad es que no perdían ni tanto.

 

“Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre”

 

                                                               El rey de Harlem. Federico García Lorca (Poeta en Nueva York)

 

Pero, otros, sí que perdieron. Perdieron hasta la camisa que llevaban encima. Fidel les puso en la escalinata de un avión desde donde, por última vez, miraron la isla de sus amores y pesares. A los que se quedaron no les fue mucho mejor. Lo único que ganaron, además de una camisa, fue poder inundarse de luz caribeña todos los amaneceres. Pero, al fin, todos ellos -estos sí – perdieron. Tanto los que se fueron como los que se quedaron.

Las barbas de Fidel, envueltas en el verde oliva de la revolución, no se afeitaron, ni tan siquiera consiguieron arrancarle un pelo, cuando se dirigió a territorio comanche. Desde el corazón de Harlem, en el hotel Theresa, Castro nacionaliza hasta el uniforme del negro que le abre la puerta, por supuesto en homenaje al poeta granadino, redivivo en este lorquiano personaje. “Ni Estados Unidos, ni el capitalismo, ni toda esa patraña imperialista…” y así más de cuatro horas en una O.N.U. perpleja y hastiada, adormecida y desentendida, ante la diarrea verbórrea de este barbudo con piel de aceituna. Sólo los desaires, aspavientos, puñetazos y zapatazos de un jocoso Nikita despiertan a este envarado auditorio de su aturdimiento ensimismado.

Tras encasquillarse en su hotel americano, Fidel se enquistaría, y ya por siempre, en su Cuba natal, rodeado de misiles anti-todo: antirevolución, antipersonas, antiintelectuales molestos, anti… y así, inmerso en su paranoia anticapitalista y en su mascarada no alineada, llegó a encerrar, cuando no ejecutar, a disidentes políticos, a enfermos de SIDA, a poetas engorrosos, a jóvenes sospechosos… Nikita, su gran mentor, aunque sólo se le recuerde por el día que se quitó el zapato, al menos despojó de la máscara -después de muerto, eso sí- al aún temido Stalin, autor material e intelectual de las purgas masivas. Luego vendría lo que se dio en llamar “depuración” y, por último, el revisionismo, que a punto estuvo de acabar, con la excusa de renovar, con la dirección de todos los partidos comunistas de su órbita. Una vez depurados, purgados o revisionados, nunca se volvía a saber de ellos –“Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es sólo una estadística”, decía un Stalin que sabía mucho de eso-. Desaparecían hasta de las fotos oficiales. Y si hacía falta se les perseguía por medio mundo, y si no que se lo digan a Liev Trotski -el de la revolución permanente-, que vivió escondido y retirado como una Egipcíaca y murió asesinado en México, a manos de un español enviado por Stalin, Ramón Mercader, al incrustarle un piolet en el cráneo.

“Tú tienes dos ojos,

pero el partido tiene mil”

                                        Brecht (Oda al partido)

En aquellos años de revolución y fe ciega en el comunismo soviético, los cubanos, con Raúl y Fidel a la cabeza, cambiaron la madre patria por la madre Rusia, a Dios por la santería, a Tropicana por las jineteras y al coco y al hombre del saco por el capitalismo infame. Y hubo un tiempo en que, de alguna manera, creíamos en ellos… hasta que fuimos cayendo, como cayó –e hicieron callar-, Eloy Gutiérrez Menoyo y otros comandantes, que aquella revolución, dispuesta a acabar con la dictadura de Batista, para dar el poder y la voz al pueblo, no era más que la finca del comandante en jefe. Allí ya no se volvió a oír otra voz que la de Fidel y, en ocasiones, durante más de ocho horas seguidas, durante las tediosas arengas que el sufrido pueblo asistente tenía que soportar a pie firme. Y sin rechistar. Y, ya se sabe, las culpas de todos los males siempre son ajenas, sobre todo si emanan del poder, si tienen su origen en él. Y cuanto más omnímodo es el poder, mayores son las culpas… de los demás.

 

“Ángel que ha cegado los ojos del pueblo, les echa en cara su ceguera”

                                                                                         John Milton.

En 1.961 pasaron cosas en el planeta que estremecieron, y casi robaron, el alma de un mundo indefenso ante la amenaza nuclear que se le venía encima. Este año, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo sólo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de “charm” y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso, durante la toma de posesión, ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera en el colegio el padre Eliseo hasta la saciedad “… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Pronto saldría a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de “bon vivant”.  Aparecía, como dijera Kant en su obra “La crítica de la razón pura”, “la cosa en sí” –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que sólo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo, pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su “Satiricón”. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: “Dar a cada uno lo suyo”.

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española.

 

“No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”

 

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada “crisis de los misiles” puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Sólo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar.

 

“horresco referens” (tiemblo al referirlo)

                                            Virgilio (Eneida 2,204)

 

Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Y así fueron pasando los años-en enero hubieran sido cincuenta y ocho desde aquella noche de Reyes del 59-, hasta casi no poder concebir este continuo tiempo presente sin la presencia del comandante. El caso es que mientras que empezábamos a creer, de veras, en Fidel como en un ser inmortal, se ha ido de este mundo. En fin, se ha marchado mientras que esperaba a que la historia le absolviera. Descanse en paz.

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11 respuestas a EN LA MUERTE DE FIDEL-Juan Francisco Quevedo

  1. Excelente, Juan Francisco. Muchas gracias!
    Un abrazo.

  2. clarita dijo:

    si que te has lucido,,,,,,,,y mucho mucho,,,,,no tengo palabras gracias,,,,,,,,,,,,,,,,

  3. Stella dijo:

    Me es tan difícil hablar del dictador….Hasta mi pequeño país sufrió el adoctrinamiento de su forma de trasmitir la violencia…No pudo el Che…Revoluciones fallidas.
    Siento, como explicarte un escozor, al saber que muchos buenos cubanos médicos, han ayudado a dar la luz a ojos uruguayos.
    .La muerte no lo exime, la historia reciente tampoco.
    Tienes una manera de narrar envolvente, lo que hace un placer leerte.
    Un fuerte abrazo.

  4. No es fácil encarar con objetividad personajes como Fidel Castro. Las ilusiones y esperanzas desatadas tras la revolución, el enfrentamiento al mundo capitalista, la honestidad primera y la primera inocencia en la que creímos y seguimos muchos desde España y Europa, se ha ido diluyendo y cargado de amargura en mcuhas -ya demasiadas- ocasiones. Esos desaciertos no les dan más razón a sus opositores, que pecaron antes y más de autoritarismo, robos y crímenes contra la humanidad. Y que lo seguirán haciendo en cuanto puedan y -peor- en nombre de la democracia y la libertad.
    Estoy confuso. No se puede derrocar a una monarquía para hacerse emperador (Napoleón), ni acabar con un dictador como Batista para convertirse en otro con carácter hereditario. Parapetarse detrás del “pueblo” no le da derecho a nadie para hacer de su capa un sayo.
    Ha muerto Fidel Castro, icono de una revolución que admiramos muchos, pero siervo del poder que detestamos también muchos. ¡Suerte para Cuba y los cubanos!
    Salud.

  5. Acertado homenaje a un ser humano que acertó con su vida.

  6. Poli Impelli dijo:

    Milton también dijo: “Denme la libertad para saber, pensar, creer y actuar libremente de acuerdo con la consciencia, sobre todas las demás libertades”. Que los ciegos en paz descansen, y que el pueblo de Cuba también encuentre su libertad para saber, pensar, creer y actuar libremente, sobre todas las demás libertades.
    Adoro leer tu manera de contarnos la vida. Gracias.

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