JOAN MARGARIT QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA -Juan Francisco Quevedo

El diario Alerta publica mi crónica sobre “Joana”, en el quince aniversario de su publicación. Un libro de Joan Margarit que fulminó muchos de los estereotipos existentes sobre la manera de escribir poesía.

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

 

Para comenzar esta crónica sin trampas, debo confesar mi admiración por la poesía de Joan Margarit. Sus libros, como los de Antonio Machado, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche.

No voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque pasaría a engrosar una lista muy amplia y tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Ahora bien, y poniéndonos un poco dramáticos, si como consecuencia de una catástrofe sólo me dieran la oportunidad de salvar uno de ellos, no lo dudaría ni un instante; rescataría de un posible olvido permanente Joana.

Ya han pasado quince años desde la publicación de Joana, quince años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía, y la de Joana es una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción. Surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

En Joana se aúnan en un todo hermoso, emoción y belleza formal. Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre como ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Joan Margarit confiesa y explica que escribe este libro poético desde el desamparo. Y así es como se siente íntimamente, desamparado, pues después de tantos años de cuidar a una hija indefensa, al final el autor nos revela haber llegado, en su relación con Joana, a ese punto en el que ya no se sabe muy bien quien cuida a quien. Esa interdependencia es muy fácil de entender.

Y cuál es la razón para que el poeta-en el que, en y desde sus versos, todos nos vemos reflejados- experimente ese desaliento vital.

Sin duda, la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija. Joana ha sido a lo largo de su vida una persona que ante el afecto paterno y familiar, ante sus cuidados y dedicación, sólo encontraba una manera para compensarlo. No era otra que el amor, su “única herramienta para sobrevivir”, como reconoce con emoción el poeta.

Pero no es cuestión de confundirse, no es la muerte física de Joana, sino la consciencia de su pronta pérdida, lo que lleva al poeta a ponerse frente al papel. Esa racionalización ante la muerte como algo definitivo, como ese nunca más-el Nevermore del cuervo de Poe- le mueve a escribir los poemas de este libro, un libro que ejecuta durante los ocho últimos meses de vida de su hija. Un libro que estuvo a punto de titular Nunca más, sabiendo de lo irreversible de la muerte, desde donde no cabe ninguna posibilidad de reencuentro, ni tan siquiera en un hipotético y lejano futuro. Al final, decidió con acierto que fuera el nombre de su protagonista el que apareciera en las portadas. Y en ellas, en la edición de Hiperión, podemos ver cómo la ilustra una litografía de la propia Joana, titulada Botellas.

Joana es un libro técnicamente impecable, en el que el poeta cuida al extremo la versificación tanto en catalán como en su paso al castellano, haciendo verdaderas recreaciones de los poemas y conservando en ellos casi siempre la cadencia silábica y rítmica. Estamos ante un poeta que utiliza un lenguaje rico, pero sin artificios; como un buen arquitecto, su profesión verdadera, construye el poema con solidez pero sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. En realidad, pretende que no haya nada de ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo, que no sobre ni falte una palabra, que todo esté en su justa medida.

Por otro lado, su poesía, muy de agradecer para cualquier lector, es clara y entendible, concebida sin pretensiones crípticas, no requiriendo más que un pequeño esfuerzo personal para adentrarse en el universo del poeta que, al fin, hacemos nuestro desde nuestra propia experiencia, desde nuestras lecturas y desde nuestra propia trayectoria vital. Se comunica con el lector, forjando el poema desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlo para adentrarnos en su complejidad.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera./Miré hacia atrás, a mi balcón,/la baranda como una partitura./Dije adiós a mi padre y a mi madre./La vida me eligió para su amor./También la muerte.

En esta feliz conmemoración de la edición de Joana y en esta crónica no me resisto a no comentar uno de los poemas que forman parte del libro, El PRESENTE Y FORÈS. El poeta nos introduce con una sencillez envidiable en su pasado, en una época de felicidad, donde el orden cotidiano parece presidir su vida, la de todos: “Mañana de verano entre los campos./ Y Mariona, con el delantal,/ cavando en el jardín bajo las rosas…

En ese apacible y ordenado mundo surge el miedo, ante los temores de que el futuro, inevitablemente, lo quiebre. Parece que sólo es la trampa que te tiende el tiempo: “… y yo de pronto siento miedo y pena,/ como si el orden fuese el gran bostezo/ con el cual el futuro nos devora.

Enseguida, el presente real no hace sino confirmar sus viejos temores; ya nada es igual en aquel lugar. Muchas cosas han pasado a lo largo de esos treinta años. Por último, desvela esa loca carrera que es la vida hacia la muerte y el olvido: “La memoria resulta/ ser un espejo tan vacío: sólo/ breves, amortiguadas eclosiones,/ pues la memoria grande y verdadera/ no es otra que la muerte: Allí estarán/ los instantes perdidos…”

Todo el libro es, en realidad, un alegato contra ese olvido, el de Joana, el de nuestros muertos personales, y el autor lo reivindica a través del dolor.

Simplemente quiero terminar con el verso de Cálculo de estructuras que le puso a Claudia en la dedicatoria cuando tuvo la deferencia de regalarle su libro Nuevas cartas a un joven poeta: “Necesito el dolor contra el olvido”.

Ya han pasado quince años desde y con Joana. Quince años ya sin Joana. Y Joana aún está en mi mesilla de noche.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

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4 respuestas a JOAN MARGARIT QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA -Juan Francisco Quevedo

  1. guillergalo dijo:

    Ando tras estas letras, me resuena la música de su sonido cuando leo y me siento metido en mundos donde no he estado.

  2. Poli Impelli dijo:

    Cuánta riqueza. Gracias, Juan Francisco.

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