NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA-Juan Francisco Quevedo

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

Hace ya más de un año de la aparición del libro  El hilo más firme -nueva poesía de Cantabria-, editado por Septentrión Ediciones. Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. Es un prólogo que invita a la reflexión y que me incita a hacer una serie de consideraciones sobre este aluvión poético que nos invade desde tantos flancos.

El exceso de información que nos llega, así como la facilidad existente para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, de una tablet, de un móvil o de cualquier otro artilugio, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas que escupen versos acelerados, están unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran jóvenes capaces de articular felices frases ingeniosas, cuando no desahogos estrambóticos. Poco o nada que ver con lo que es poesía. Al fin, no es más que el signo de unos tiempos tan acordes con el frenético ritmo que acompaña a los video-juegos al uso, donde todo tiene que pasar muy deprisa, de tal manera que la concentración exigida sea mínima. Y esta manera de aprendizaje está reñida con la lectura que exige una atención más reflexiva.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances tecnológicos establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia -filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos mediáticos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y, por ahora, este batiburrillo de desinformación que nos llega, con profusión inusitada, nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos el rumbo para hacer una catarsis, siempre necesaria, para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adecuarse a las nuevas circunstancias. De tal manera que toda esta metamorfosis acelerada no sea más que el proceso lógico de selección natural para adaptarse a los cambios vertiginosos del medio, en este caso el tecnológico, que comienza a ser el medio habitual de las nuevas generaciones. Pudiera ser la saturación versificadora mediática, nunca se sabe, la senda elegida para remarcar y subrayar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con lo viejo. Una manera de distanciarse y renegar de todo aquello que consideran arcaico, tal y como ya hicieran muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, con la poesía y las maneras de sus antecesores, con todo lo que consideraban obsoleto.

Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos presentes, donde una sana diversidad preside el panorama cultural, una diversidad alejada de los istmos vanguardistas y de cualquier tipo de etiqueta. No obstante, la poesía, como antes, ahora también asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria.

Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX, aunque es tal la diversidad que existe que no encontraríamos nombres para denominar tantas tendencias poéticas.

No obstante, es de esperar que tras un período farragoso e incierto, donde se mezcla lo bueno con lo malo y lo regular con lo pésimo, se imponga un tiempo de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico, como un signo de los tiempos en que tuvo lugar.

En el estudio que precede a la antología, El hilo más firme, Carlos Alcorta analiza y critica esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Se está llegando a un extremo en el que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido; al fin, y citando a José Luis García Martín, se trata de escribir poesía “desde la experiencia y la cultura”.

Después, ya desde el conocimiento y la experiencia lectora, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía.

Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son los textos literarios los que actúan como los factores enzimáticos del organismo, son los que desencadenan el proceso creativo, los que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel.

Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Desafortunadamente, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician y cosechan en muchas ocasiones éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos cómo, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas, me refiero incluso a los clásicos indiscutidos, descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al bucle del autoconsumo.

Posteriormente, en el prólogo de El hilo más firme, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir, y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos, lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo hay que elaborar y trabajar el poema, bien sea en una primera abstracción, como suele pasar en su nacimiento-que puede proceder de una simple pulsión automática- y más tarde en la concreción sobre el papel. Después de esta primera fase viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Con antologías como la que nos ocupa, es posible sacar de ese universo de las redes sociales a una serie de poetas jóvenes, en este caso de Cantabria, y proporcionarles un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida de un profundo estudio que me ha servido para reflexionar sobre los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. En cualquier caso, simplemente se analiza un fenómeno global que invita a la reflexión y que interesa a muchos.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

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