SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS EDICIÓN DE HILARIO BARRERO-Juan Francisco Quevedo

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS

EDICIÓN DE HILARIO BARRERO

RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2017

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS

EDICIÓN DE HILARIO BARRERO

RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2017

Hay libros que dormitan en las estanterías de viejas librerías de jóvenes países, como es el caso. Estos poetas bien pudieran pasar sin hacer ningún ruido por la vida de tantos seres despistados como yo, aplicados a los clásicos castellanos pero  que, de repente, dejan de ir de puntillas por el parnaso del ostracismo y dan un gran zapatazo en la mesa como diciendo:

–Aquí estoy, mírame.

Y este aldabonazo que nos rescata de cierto ensimismamiento cultural, de un chovinismo espiritual, no es casual; es debido a la labor callada, delicada y entregada de seres sensibles, de poetas mayores, que se afanan ya no en hacer una mera traducción de estos poetas lejanos y alejados de nuestro bagaje habitual, sino que ponen su alma versificadora al servicio de lo que nos regalan y, respetando el poema y la intención del autor, hacen verdaderas recreaciones personales. Es el caso de Hilario Barrero y de Sara Teasdale, es el caso de un poeta que ha introducido en mi biblioteca sentimental a una poeta que, de no ser por él, es más que probable que jamás hubiera leído y que hubiera pasado absolutamente desapercibida para mí.

Y en esta labor recreadora de las grandes versiones poéticas, siempre me vienen a la cabeza las reinterpretaciones que hicieron, en sus traducciones de Horacio, a lo largo de los siglos, poetas tan dispares como Fray Luis de León, Lope de Vega o Moratín. Aún sin entender las lenguas originales, sea latín, sea el inglés o cualquier otra, uno, al leer los poemas de Sara Teasdale, siempre encuentra esa cadencia rítmica, ese vocablo exacto y preciso que no nos hace estar ante una traducción al uso sino que al avanzar por el poema, al sentir los versos golpear en nuestro interior, intuimos la destreza del poeta que se parapeta tras esas palabras. En ese proceso de gritar los versos en silencio, de paladear sus resonancias, se advierte la mano del poeta que lee al poeta, del poeta que reinterpreta al poeta, del poeta que da sentido al poema en una lengua muy distinta a aquella en la que fue concebido. En esa ingente tarea, Hilario Barrero al antologar y traducir a Sara Teasdale desarruga el tiempo.

Con Hilario Barrero, con su espléndida antología, como ya ocurriera con la que leí, también de su autoría, de Emily Dickinson, se deja ver al poeta verdadero, al que se esconde tras los versos del antologado para dotarlos del vuelo primigenio, para velar porque las palabras originales no pierdan un ápice de autenticidad, ni de belleza poética, con el cambio idiomático. Esta recreación poética constituye en sí misma todo un género literario desde el que descubrimos la fascinación por la poesía de autores impensados, de autores, en muchos casos, destinados al confinamiento de su propia lengua y a no traspasar fronteras.

Sara Teasdale nació en St. Louis, Missouri, en 1884. Tras casarse se trasladó a Nueva York donde después de una vida enfermiza, en la que pudo gozar del laurel de la gloria-en 1918 ganó el equivalente al Pulitzer-, se suicidó con una sobredosis de somníferos. Ocurrió en 1933 cuando contaba con cuarenta y ocho años de edad.

Su poesía se centra, en palabras de Hilario Barrero, “en tres temas: la belleza, el amor y la muerte, que la aproximan y definen como una poeta romántica…”. Hay poemas en esta antología que dan fe de esta afirmación tan acertada. En uno de ellos, titulado El vino, la poeta utiliza la belleza, “delicias de la copa de la luna creciente”, como un paso hacia la salvación, hacia la inmortalidad.

El amor romántico, con una visión y una revisión moderna del amor platónico, queda plasmado con lirismo y hermosura en el poema “La mirada”. Después de los besos reales que le ofrecieron, y probó de sus pretendientes, se queda con aquel que, como en un madrigal de Gutierre de Cetina, iba en una mirada: “pero el beso en los ojos de Colin/me persigue noche y día”. No puedo por menos que recordar los versos del poeta sevillano, nacido a comienzos del siglo XVI: Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos”.

La muerte, siempre tan presente, mantiene ese halo romántico en muchos poemas. Y lo hace con una gran ternura descarnada, aunque pueda parecer un oxímoron. En el poema “No me importará” se acerca a los románticos alemanes en esa unión a la naturaleza, incluso más allá de la muerte, y en este poema, como dijera Novalis, sublimiza lo corriente, lo ordinario y, además, lo expresa en conjunción con el paisaje: “Cuando esté muerta y sobre mí abril brillante/agite su cabello empapado de lluvia, /aunque tú te inclinases sobre mí con el corazón roto/no me importará”.

El último poema del libro, “Un final”, podría tener algo de premonitorio; desde él parece llamar y buscar a la muerte, parece ansiar su llegada: “No tengo corazón para ninguna otra alegría, /el empapado día de septiembre se vuelve para marchar, /y he dicho adiós a lo que amo; /con mi propia voluntad derroté a mi propio corazón”.

En esta línea romántica de la imperturbabilidad del mundo ante la muerte, de la continuación de los procesos naturales que se suceden, como antes, como siempre, ajenos a ella, hay un poema que golpea especialmente al lector, “Vendrán suaves las lluvias”: “… A nadie le importará, ni pájaro ni árbol, /si la humanidad pereciera totalmente; /y la misma primavera, cuando se despierte al alba, /apenas si se dará cuenta de que nos hemos ido”.

Deliberadamente dejo para el final los primeros poemas de la antología. Es en ellos, como dice Hilario Barrero donde “se embarca en poemas de arte mayor; es entonces cuando aparecen los poemas urbanos…, para ver el progreso, los edificios que crecen en Nueva York, el porvenir”.

La poesía de Sara Teasdale, en todas sus tendencias y variantes, en su vena más modernista, en la más romántica o en esta más contemporánea, está impregnada de una emoción verdadera, lo que hace que nos aproximemos a ella con empatía indudable. Esa cercanía hacia ese imaginado lector la logra desde una visión poética de lo más cotidiana, como ocurre en “Desde la torre Woolworth”: “Notamos los millones de seres humanos bajo nosotros, /cálidos millones, moviéndose bajo los techos, /consumidos por sus deseos; /preparando la comida, /sollozando a solas en la buhardilla, /doblándose con ojos irritados sobre una aguja,…”.

Me despido de esta lectura con un hermoso poema, con la visión de la ciudad, que se prepara para el sueño, desde los ojos de una poeta que se rinde ante esa belleza de la urbe, ante ese “Anochecer: Nueva York”: “Polvo azul de anochecer sobre mi ciudad, /sobre el océano de azoteas y altas torres/donde las luces de las ventanas, miles y miles, /brotan en las paredes como flores trepadoras”.

Juan Francisco Quevedo

img102                                                                 Hilario Barrero

 

 

 

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4 respuestas a SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS EDICIÓN DE HILARIO BARRERO-Juan Francisco Quevedo

  1. TERESA dijo:

    Muy bella forma de describir la obra de teasdale, no la conozco pero ahora me ha nacido la curiosidad por conocer sus poemas, y más sabiendo que los ha escrito del corazón.

  2. Muchas gracias, querido Juan, por la estupenda reseña que has escrito sobre Sara Teasdale. Me alegro que te haya gustado. Abrazos.

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