El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

 

El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

ESENCIA DEL SER

 

La esencia del ser humano es vivir y, después, las palabras sirven para rescatar lo vivido. Compartir los sentimientos por los diferentes caminos de la memoria es la propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva  (Santander), Juan Francisco Quevedo, que nos entrega en El sedal del olvido, un libro magníficamente editado por Septentrion Ediciones, que dirige el poeta Carlos Alcorta. Tras dos novelas, Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016) este es su primer libro de poemas.

 

El título de este libro despierta un gran interés, pues, como si de un pescador se tratase, el autor pretende recoger con su hilo de caña los recuerdos más valiosos. Para ello, indaga en su interior persiguiendo lo más significativo, y, una vez capturado, deja su ancla, para que jamás se olvide. El juego textual que el autor nos plantea obedece al empleo del mismo título en un poema y en el verso último. La poesía actúa así como salvavidas y anclaje.

 

Esta indagación en el terreno poético de Quevedo es nueva para él, aunque es un lector ávido de poesía y ejerce la crítica literaria. Por ello, va, poco a poco, recorriendo con palabras luminosas hasta construir, desde el respeto a la poesía, un discurso humanístico cuyos ejes centrales son el amor, la muerte o a la infancia, como una parte más de la identidad del autor; motivos que, por otro lado, conforman la verdadera esencia del ser humano, como ya hiciera en prosa en su segunda novela, Querida princesa.

 

La estructura del libro es impecable: se compone de una introducción en prosa al que le siguen sesenta y ocho poemas distribuidos en siete capítulos más un epílogo. Cada uno de los apartados se abre con un dibujo del propio autor. Y el círculo, perfecto: comienza por un antiguo colchón de lana» y, a falta del mismo, termina con el sujeto insomne, doblegado en la noche, aunque en paz, pues sabe que las huellas de sus antepasados «reposan junto al sedal del olvido».

 

Ya en la primera parte, «La mirada empañada», al recorrer los parajes de la memoria, el poeta halla un doble efecto: el refugio de la alegría y la ciénaga del dolor. El recuerdo que infunde alegría radica en la captura de instantes pasados que devuelven al sujeto al edén de la niñez, como sucede en cuatro breves y deliciosos poemas: «Sobre las ruinas del tiempo», «La higuera», «Mañanas de colegio» o «Canicas de barro», en cuya lectura se escuchan los ecos de Machado, Cernuda o De Villena, en esa forma de traer los recuerdos de la infancia. Sin embargo, ese feliz recuerdo se va empañando dando paso a la nostalgia, al recuerdo de lo pasado, y lo que ha pasado es, nada menos que la juventud, envuelta en la música del primer amor (en «Éramos tan jóvenes» y en «Elogio de la nimiedad»); recuerdos de otro tiempo, de un pasado donde el sujeto era otro. De ahí que necesite volver a ellos, tal vez para reencontrarse consigo mismo.

 

Ahora bien, el paso del tiempo no sólo es pleno de certezas, también está lleno de incógnitas, incertidumbres que el sujeto perplejo recoge en la segunda parte, «Filosofía inexacta». La poesía indaga en la expresión de la realidad donde el poeta paseante rescata rincones, instantáneas vividas. Ante el sujeto, el fluir inexorable del tiempo: «febrero de sesenta y nueve», «el crudo invierno», «el ochenta», «el verano» y vuelta al «otoño». Así, se muestran, aparentemente, reales, pero, a menudo, parecen borrosas, casi fantasmales, la calle, el café o el amor (como sucede en «El otoño es…». Lo mismo que la calle (en el poema «Dulce pensamiento») es todas las calles; el amor se convierte en todos los amores. Cada poema se convierte en una imagen que el lector vive identificado como propia experiencia. De este modo, la poesía de Quevedo deja de ser cotidiana y suya para ser de todos. Así, puede leerse en el poema «La barra del bar»:

 

La soledad se instala

en la barra de un bar vacío

como un estilete en la noche

rasgando las tinieblas.

 

La más floja y breve de las partes corresponde a la tercera, que lleva por título «Pasos en la madrugada» y tiene por objeto ocuparse de los dos hijos, a los que, por otra parte, se les dedica el libro entero. Así, la entrada en escena de estas dos vidas provocan el cambio en la vida del sujeto, como no podía ser de otra manera. Y claro, el tiempo pasado es refugio. Se dice en el poema que cierra «Claudia y Juan»: «os colabais entre nuestras sábanas / como inermes fantasmas inocentes».

 

Son varios los lugares recordados a fuego en la cuarta parte, titulada «Paisajes precisos». Son capturadas imágenes y hechos recordados de Córdoba–Veracruz, de su México natal, de sus años de estudio en Santiago de Compostela y Madrid pero su mirada queda enclavada como su vida en La Cavada, en Santander (en su bahía y en el valle de Herrerías), en Avilés y en Pontevedra, es decir, en el norte. Esos versos traen recuerdos gratos. Gracias a Quevedo, pervivirá para siempre La Cavada. Aunque resulta descorazonador porque fue un tiempo dichoso que ya no está. Así, se lee en la conclusión del poema dedicado al núcleo urbano de Riotuerto:

 

Se acabaron los juegos de palabras;

ya sólo permanece el mismo pueblo

con los ruidos de otros niños felices

cediendo vida a las desiertas calles

de una mente que nos lleva al olvido.

 

Y poema tras poema, llegamos a la parte más extensa de todo el conjunto y más lírica, donde el arsenal de poemas muestra a un poeta que experimenta con diversas composiciones estróficas de versos de arte mayor (en cuartetos y tercetos) y no estróficas de arte menor (en coplas y romances), además de otras en verso libre. Más interesante aún, nos parece el desdoblamiento de la voz en el poema «Quevedo insomne en la madrugada, con la referencia textual de Calderón de la Barca» y las tres interrogaciones retóricas finales. El tiempo ejerce su furia y arrasa en distintos poemas, tanto es así que deja la ciudad apenas reconocible porque se ha llevado multitud de recuerdos: «Ya no vemos las luces de la infancia / brillar en la oscuridad de sus muelles» (en «La ciudad dormida»). Vale la pena reproducir la primera estrofa del penúltimo poema de este capítulo, «Posteridad», en cuyos versos el sujeto parece sucumbir al hastío de vivir hasta dejarlo todo en esa huida final:

 

En ocasiones, quisiera escaparme

a un perdido motel de carretera,

de Kansas o Colorado, tanto da,

y tomar la puerta que lleva al cielo.

 

Los recuerdos van doliendo más hasta el punto de decir basta. El poeta ha llegado a un subterfugio interior del que es difícil salir. En esta tesitura encuentran cabida poemas como «Mas allá de tu nombre –In memoriam–», «Hija de un Lázaro resucitado» o «Nada fue igual». Las llagas del sujeto son perceptibles: a la ausencia manifiesta en los poemas «Tristeza» o «Exhalación» se le une la derrota y el desvelamiento de la única verdad concluyente: la cercanía de la muerte, porque

 

Solo puedo hacer eso,

transmitir esa quietud,

proporcionar esa paz,

banal y cotidiana,

que precede y anticipa

la derrota absoluta.

 

Antes de finalizar, Quevedo se mira en el doble de otros, porque en otros encuentra la queja «de nuestro tiempo»; homenajes cuyos versos hace suyos. Pasan por la séptima parte: César Vallejo, Blas de Otero y Miguel Hernández. Poetas que tienen en común, además de ser grandes sonetistas, su mirada a la sociedad. En esta parte predomina el léxico oscuro y su poética deviene en pesimista y elegíaca, como puede leerse al final del poema «Sombras»: «Habito sobre las columnas / de unos hombros que se derrumban / bajo el peso del desengaño». Y, por momentos, el discurso se vuelve bastante crítico, como sucede en «Hija de un Lázaro resucitado», al experimentar un caso de escasa empatía entre un sanitario y unos familiares que sufren a corazón abierto. En los tres versos finales, recogidos en estilo directo, se lee: «– “Oigan, oigan. Esto no es un mercado”. / No. Es el servicio de Oncología / del hospital de una ciudad cualquiera».

 

El universo personal y propio de este libro se cierra con el «Epílogo», cuyo complemento perfecto resulta la cita del poeta catalán, bien conocido por Quevedo, Joan Margarit: «Necesito el dolor contra el olvido». Se observa entonces la fidelidad a sí mismo como poeta. Una vez hechos los recuentos, toca prepararse ante la muerte («y me preparé para morir en paz»), ciclo de vida; esencia del ser humano.

 

Aunque el poso meditativo es eje unitario de la obra, no resulta menos atrayente el uso del lenguaje y, como el propio autor advierte en la «Introducción», lo que oculta. Mediante versos hondos que llegan al epicentro de la emoción. Así, muerte y vida son dos caras de la misma moneda, lo que recordaría a uno de los poemas de Borges incluido en Cuaderno San Martín. Quevedo se vale de toda una serie de recursos expresivos que dotan al lenguaje de gran musicalidad, así paralelismos, anáforas y repeticiones léxicas; y, para cuando las palabras empleadas resultan polisémicas dejando una carga considerable de abstracción, el poeta las hace bajar al suelo, a la concreción, a través de personificaciones de abstracciones (la edad, la vida, la soledad, la pérdida…).

 

El sedal del olvido trae otros recuerdos y otras vivencias, incluso otras canciones, donde palpitan la palabra, la música y la vida, como, por ejemplo, aquella estrofa que abría la famosa canción «Time and love», del sesenta y nueve, de la compositora norteamericana Laura Nyro, cuya escritura también reflejaba la esencia del ser:

 

Winter froze the river

And Winter birds don´t sing

So Winter makes you shiver

So time is gonna bring you spring

 

 

Jesús Cárdenas

 

 

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