AVELINO OREIRO-Unas cuantas décimas y otros poemas febriles-Juan Francisco Quevedo

AVELINO OREIRO

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles, AVELINO OREIRO

2018-Septentrión Ediciones

Avelino Oreiro es el nombre de un poeta de cuerpo y alma entera que por primera vez nos descubre su poesía pero, no nos engañemos, no estamos ante un advenedizo ni ante un poeta novel, estamos ante un poeta con años de lecturas y oficio a sus espaldas, ante un poeta maduro y en plenitud. Incomprensiblemente, por esas cosas del destino y las casualidades, ha permanecido inédito, refugiado en su guarida personal, hasta esta feliz fecha en que se ha decidido a desvestirse delante de los lectores para mostrarnos una poesía que trasciende de su ámbito particular.

Avelino Oreiro se acerca al mundo del papel impreso con un primer libro que lleva un título de lo más sugerente, “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”, y lo hace de la mano de una editorial joven pero de gran prestigio dentro del mundo poético, dirigida con indudable acierto, criterio y sabiduría por el poeta Carlos Alcorta. Nos estamos refiriendo a la editorial Septentrión.

Lo primero que se percibe al abrir el libro y comenzar a degustar los poemas iniciales es el dominio técnico y formal del autor; algo que el lector agradece de inmediato. Cada verso, cada acento, cada pausa precisa, contribuyen a resaltar la cadencia rítmica, la musicalidad evocadora de esa vieja escuela de siempre. Nos lleva por el poema como un maestro de baile lleva a los bailarines, marcando los tiempos con su vara, golpeando contra el suelo. Esa vara que hacía la misma función que el pie, en la poesía grecolatina, y que servía para marcar el ritmo del poema.

El libro se abre con un prólogo, rebosante de sapiencia, escrito por el poeta José Luis López Bretones que tras una pausada lectura nos conduce y sirve de guía para adentrarnos en estas “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”. Como bien indica el ingenioso título la mayor parte de las composiciones que nos encontraremos se corresponden con el clasicismo de la décima o espinela, estrofa a la que el autor se ha afanado con dedicación hasta demostrar en este libro un dominio envidiable de la misma. Estamos ante unos poemas que, como bien explica José Luis López Bretones, ya estaban concluidos hará unos diez años; más allá de las revisiones que haya podido hacer el autor de cara a la edición. Las páginas del libro se abren, además de con las justas menciones al padre y al prologuista, con una dedicatoria que hace justicia al verdadero artífice de que Avelino se decidiese a mostrarnos sus versos. Este hombre es el médico cordobés, nacido en su Lucena del alma, Francisco Bujalance. Parecen las de ambos vidas cruzadas, Avelino, gallego ejerciente y andaluz de corazón y Paco, mi hermano del alma, gallego de adopción y andaluz devoto.

Desde el inicio resuenan en los versos de Avelino Oreiro los ecos machadianos, profundamente humanos, que nos evocan sus poesías reflexivas. En el libro se abordan todos aquellos temas que, desde Homero, han conmovido al hombre, el paso del tiempo, la infancia, la soledad, el amor y la muerte. Son temas tópicamente universales que en la pluma del autor, con su perspicacia y sentido poético, trascienden el ámbito de lo individual para elevarlo desde lo personal con un fin, universalizarlo. Ese es uno de los grandes aciertos de Avelino Oreiro. Y lo hace alejado de las modas imperantes que pudiera haber, recurriendo a los metros clásicos y situándose por encima de ellas. Ello contribuye a que, sin duda, el oído menos dotado agradezca este gusto por el ritmo, por la métrica manía, por conferir una musicalidad envolvente a su lírica y, como dice el prologuista, luego serán los lectores los que “sabrán ajustar el oído al corazón y dejarse llevar por la melodía del verso”.

Pero no sería justo incidir solamente en la estructura del poema, que es impecable; los poemas del autor van más allá de lo estrictamente formal, ya que su poética es profundamente reflexiva y meditativa, con lo que consigue lo más difícil de lograr, un equilibrio encomiable entre ética y estética, entre fondo y forma, entre lo que se dice y cómo se dice.

Avelino Oreiro se aproxima al lector con la idea de hacer una poesía clara, diáfana y que pueda llegar sin ningún tipo de intermediación intelectual, lo que no hace sino acortar ese espacio, a veces insalvable, que nos lleva hacia el poema: “Llamaré al amor, amor, / al pan, pan, y al vino, vino”.

Nos encontramos ante un poeta al que como dice él mismo en su “Bosquejo de un autorretrato” le atrae la cotidianidad y dentro de ella la poesía más popular, es decir aquella que puede prescindir de los poetas: “Amo el zumo del dios Baco,/ la tarde, el bosque otoñal,/ la belleza impersonal,/ las tertulias y el tabaco;/ las pulgas y el perro flaco,/ las plazuelas recoletas,/ los viajes sin maletas,/ los soliloquios del mar/y la canción popular,/que es poesía sin poetas”.

Después, el libro se ve inmerso en una serie de poemas en los que la voz poética se adentra en esa soledad un tanto angustiosa, que parece casi existencial, y que el poeta la lleva pegada a su ser como si fuera un sino imposible de eludir, casi una predestinación: “Un recién nacido llora,/ grita su primer poema:/ Una soledad suprema/se inaugura en cada aurora”.

El paso del tiempo y la añoranza por lo perdido, bien sea la juventud, los amores, o cualquier otra de las muchas cosas que el hombre va dejando atrás por la vida, siempre es fuente de atracción e inspiración para los poetas y Avelino Oreiro lo refleja con su voz: “Calvicie en cuarto creciente/ -hojarasca en la bañera-, / vislumbres de calavera,/ bajo la arrugada frente”.

La infancia, como ese paraíso perdido del hombre, al que siempre se sueña con regresar, compone una décima entrañable, que rezuma ternura melancólica por cada uno de sus versos: “¿Dónde vi yo antes, dónde,/ dónde ese pelo yo viera/ -retazo de primavera donde el sol jamás se esconde?/ ¿Dónde yo lo viera, dónde/ -sobre ti tan retorcido,/ de oro niño entretejido-,/ dónde, me pregunto, dónde?/ (El recuerdo no responde,/ hecho, como está, de olvido)”.

El libro avanza firme y se adentra en territorios como el amor, el desamor y la pérdida. Se torna un quejido doloroso que, desde la serenidad, se emite con resignación: “No conozco el paraíso/ de un corazón de mujer. / Lo que se dice querer, / ninguna mujer me quiso. / Anillo de compromiso/ ha lucido mi anular/ varias veces; pero amar, / nunca nadie me ha amado. / (Soledades de un pasado, / que no deja de pasar)”.

Al cerrar el libro, uno se va con la sensación de haber paladeado poesía verdadera, poesía que rezuma sentimiento y emoción, poesía de siempre y concebida para siempre. En ella, continuamente resuenan los ecos de don Antonio Machado. Me despido con el poema que dedica a José Luis López Bretones, un poema donde estas sensaciones, estas voces, se vuelven más intensas: “No seré ni fui ni soy/ más que una nube que pasa/ en un tiempo que no casa/ con mañana, ayer ni hoy. /Yo vengo a la vez que voy/ y, acercándome, me alejo/ del reloj y del espejo, / del Edén y la Utopía. / En la noche duerme el día:/ Niño será quien fue viejo”.

Juan Francisco Quevedo

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