JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES LA MEDIDA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

Dentro de la colección de poesía “A la sombra de los días”, editada por Miguel Ibáñez y Luis Alberto Salcines, llama poderosamente la atención un título, “La medida del tiempo”, del poeta y escritor Javier Menéndez Llamazares.

A pesar de lo que el propio poeta nos cuenta desde ese pasado que tan bien define como “pretérito interior” y más allá de aquello que el viejo poeta dijera al joven Javier Menéndez Llamazares, está el feliz encuentro con la poesía que nos presenta, tamizada por el chino, no sólo del tiempo sino también por el de la experiencia y la sabiduría que aportan los años. Y se nota en esa mano serena, en esa mano que ha sabido recomponer el poema desde el hoy para hacerlo crecer y ofrecérselo al lector con la frescura lírica de la calidad poética. No en vano, tal y como le dijera Gamoneda, “escribir es, en realidad, reescribir” y, en esta reescritura, es indudable que el prosista nunca dejó de ser poeta, ya que ésta es una condición, una actitud vital, que es difícil de adquirir si no se posee.

Con este libro, concurre una circunstancia que sorprende a los que estamos habituados a leer poesía; desde el primer verso, se origina esa identificación, esa complicidad que se establece con el poema, produciéndose, por tanto, un hecho fundamental: el poema trasciende lo personal, lo que hubiera podido motivar al poeta al escribirlo, adueñándose del lector y en ese tránsito, en el que el poeta llega a desaparecer, se universaliza. Por tanto, el poeta ha tenido la perspicacia de hacer que un hecho aparentemente trivial e individual se generalice.

En “Autoescuela”, el poeta aprende a caminar por la vida en lecciones sucesivas que le ayudan, nos ayudan, a enfrentarnos a nuestros miedos y a nuestros recuerdos. En tanto en cuanto dure la existencia, el aprendizaje es un recorrido interminable, una lección permanente por y para intentar descubrirnos en ese mar de evocaciones que se acumulan en el tiempo, en su medida: “He pensado en mí todos los días de mi vida, y aún no sabría explicar por qué todavía soy un perfecto desconocido.”

Javier Menéndez Llamazares, tal y como han hecho siempre los buenos poetas, no teme enfrentarse a los tópicos poéticos y, sin duda, uno de los más manidos es el que hace referencia a la pérdida, a lo perdido, a esa evocación continua de lo que se va, como un hecho inherente al propio discurrir vital; un recurso universal de la poesía más allá de su origen geográfico o temporal. El poeta lo aborda con un lirismo seductor, una invitación ineludible para paladear la poesía que se desprende de “En el valle del silencio”, un lugar de la memoria que se ilumina, nos ilumina los recuerdos, para añorar lo que ya nunca podrá ser, la paz y la inocencia que acompañan a la juventud: “Pero ya sé que te invoco inútilmente. / ¡Ah, si pudiéramos volver al tiempo de las cerezas!”.

Con esta poesía cercana, discursiva y conversacional, casi sin puntuaciones, más allá de lo estrictamente imprescindible, continuamos en estos primeros poemas de “La medida del tiempo”; el poeta se aproxima al lector de una manera comprensible, bella, emocionante y sensitiva. Con estas armas como único y escueto bagaje nos hace llegar una poesía sin artificios que consigue lo más dificultoso, la complejidad de la sencillez.

La infancia siempre es ese lugar al que se pretende retornar y con la poesía logramos salvar una imposibilidad física, conseguimos regresar en el tiempo a ese paraje de la memoria en el que habita la felicidad. Ahora bien, en “Salterio” parece caminar más bien hacia donde habita el olvido: “Debajo de mi memoria, junto a lo imaginado en el delirio y las fabulaciones deliberadas, anidan las creencias de la infancia”.

Un poema con el retórico ritmo de la repetición, de la anáfora consciente, nos lleva con inteligencia hacia contraposiciones atrayentes, plenas de sentido, en las que la voz poética despliega su pensamiento más íntimo y su yo más tierno: “Frente a mi corazón, unas gotas de insomnio y un lecho de acederas, el camino y el horizonte, la memoria y la casa de mi padre”.

Con una sucesión de horas el poeta llena el día como si se tratara de una repetitiva letanía. Con este poema, el libro cambia absolutamente la grafía, la manera de hacer poesía. No hay transición, es un aldabonazo, un giro brusco y sugestivo, un corte que sorprende al lector sin previo aviso para adentrarnos en el terreno de una poesía que, sin cambiar el tono meditativo y reflexivo, acorta los versos y se torna un tanto enigmática, sin desvelarnos del todo el misterio que encierra el poema, dejando al lector que hurgue en ellos, profundizando y conectando con él desde su propia experiencia: “El que habla no conoce/la lenta exactitud del desánimo, /pero sabe del silencio y el estilete blanco en sus costados, /la perdurabilidad del hábito en el eunuco”.

Hay ocasiones en las que la voz poética pareciera ver el amor, a la mujer, con cierto miedo, con cierto temor, embozado por el deseo, por la huida: “Febril avanzo en la noche hacia tu cuerpo, ágil en el deseo, impulsado por la inconsciencia. /No quisiera recordar que todo, pronto, será memoria”.

No deja de ser curiosa esa manera que tiene el poeta de contemplarse a sí mismo desde otro yo que le observa, desde un yo ajeno y que de manera omnisciente pareciera erigirse en la conciencia de su yo verdadero. “Littera legenda” es un poema definitivo: “Te he elegido a ti porque has salido de mi propio corazón. /Cuando hayas contemplado tu cuerpo te habrás extraviado en las similitudes. /No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, mas conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos”.

Al final del libro pareciera calmar ese desasosiego que se intuye en muchas composiciones como si una espada de dolor atravesara el corazón de los poemas: “Ahora destilo mi voracidad/en la conformidad de unas manos que cartografían el amor, /de unos cabellos que se esparcen por mi pecho”.

El último, “Codicilo”, bien pudiera ser una especie de inventario de esas últimas voluntades que el poeta nos deja como legado; bien pudiera ser una despedida, un guiño hacia el lector en un intento por hacerle su cómplice, como si tomara prestados los versos de Baudelaire, “mon semblable, -mon frère!”: “El tiempo entrará en ti/y tú podrás tomar/la medida del tiempo”.

“La medida del tiempo” es un libro que aun habiendo nacido en y desde el pasado, se lee y se disfruta en el presente sin que haya perdido un ápice de interés y vigencia, lo que convierte la poesía que contiene en atemporal; es decir, en algo inherente a la poesía verdadera, a esa poesía que supera sin resentirse las barreras del tiempo-y su medida- fundamentalmente por una causa, porque apela directamente a los sentimientos del lector, estableciendo un diálogo con él desde el que se construyen los mecanismos capaces de estimular las fibras neuronales que desembocan y nos conducen directamente a la emoción poética. Desde luego, “La medida del tiempo” nos da la exacta medida de un espléndido poeta, Javier Menéndez Llamazares.

Juan Francisco Quevedo

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5 respuestas a JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES LA MEDIDA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

  1. Pingback: La medida del tiempo – Javier Menéndez Llamazares

  2. GRACIAS POR ESTA ENTRADA TAN INTERESANTE SOBRE POESIA. UN SALUDO

  3. Agradecido por la buena y extensa nómina de autores que nos traes y presentas de manera tan magistral. Enhorabuena, Juan Francisco. Salud.

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