EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA -UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV- Juan Francisco Quevedo

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

CUATRO SIGLOS DESDE LA PRIMERA REPRESENTACIÓN DEL DON JUAN

Con motivo del 400 aniversario del estreno de “Tan largo me lo fiáis”, antecedente primero de “El burlador de Sevilla”, atribuido a Tirso de Molina, cuento esta pequeña historia un tanto peculiar sobre el supuesto personaje inspirador del mito de Don Juan, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. “Tan largo me lo fiáis” fue representada en Córdoba por primera vez en 1617 por la compañía de Jerónimo Sánchez.

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

Fue Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, un madrileño a quien le tocó vivir el comienzo del siglo XVII entremezclado con el teatro de su maestro, el gran Lope de Vega, y la poesía de Quevedo y Góngora. En uno de los aventajados discípulos de este último, Juan de Tassis, segundo conde de Villamediana, habrá de fijarse, y tomar como modelo, para comenzar a escribir su Burlador de Sevilla, suponiendo que fuera suya la autoría que sólo se le atribuye, ya que nadie la certifica.

La primera vez que se plasma en unos pliegos la figura de don Juan es en la obra Tan largo me lo fiáis, antecedente inmediato de El burlador de Sevilla. Seguidamente nace el mito, que se prolonga en los siglos -manteniendo su esencia primigenia- a través del teatro, la poesía, los ensayos, la música, trascendiendo incluso lo artístico y literario para instalarse en la cultura popular, aunque sea de una manera simplista y, nunca mejor dicho, donjuanesca.

En El burlador de Sevilla nace el mito universal del don Juan y lo hace yendo más allá del don Juan conquistador, que es lo que ha quedado en la memoria popular; nace ya en su origen, con la completa intención del autor, como un drama valiente en el que la voluntad del protagonista se enfrenta a la voluntad divina en un acto temerario de rebelión ante la fuerza del destino. Este don Juan utiliza a la mujer, sin piedad ni medida, para retar a los cielos y, en ellos, también a ese Dios que parece que todo lo puede. Es un desafío desesperado en un tiempo de religiosidad extrema. Por tanto, es un acto arriesgado y novedoso en comparación con las representaciones teatrales de la época.

No significa que el protagonista se enfrente a quien todo lo puede porque no sea religioso, que lo es, sino que está dispuesto a hacerlo, aunque ello le suponga perderse en las sombras perpetuas de la eternidad. Prefiere condenarse antes que renunciar a su libertad. A su libertad para elegir. Y este don Juan de Tirso, se afianza en su empeño y para demostrar su capacidad electiva, desafía al mismísimo cielo y, a pesar de conocer su triste destino, prefiere decantarse por la perdición eterna que doblegar su voluntad. Y es ahí, justamente ahí, donde radica la verdadera grandeza del personaje de Tirso. No se doblega sabiendo a lo que se enfrenta.

Al modelo literario del Burlador le siguieron muchos, aunque casi todos conservaron lo esencial del personaje. Quizás, dentro de los más conocidos, sea el don Juan de Byron el que más se aleje del modelo, ya que el poeta usa al protagonista como excusa para abordar los temas más variados desde un halo romántico. Sin embargo, tanto el don Juan de Molière como el de Zorrilla siguen el molde original, siendo este último el más celebrado y el más representado en toda la historia del teatro español desde aquella primera puesta en escena, con el actor Carlos Latorre en el papel principal, en el madrileño teatro de la Cruz, un 28 de marzo de 1844. El don Juan de Zorrilla-que el año pasado se cumplieron 200 años de su nacimiento- tiene, al igual que el de Tirso, un trágico final, un trágico destino, irremediablemente unido al castigo divino siendo, quizás, lo más novedoso del mismo la creación del contrapunto de don Juan, en el personaje de don Luis. Así mismo, Charles Baudelaire, el gran poeta francés, dedica su poema “Don Juan en los infiernos”, incluido en Las flores del mal, al personaje de Tirso, aunque inspirado en la obra de Moliére. Otros muchos escritores, como Merimée, han llevado a sus páginas el mito, haciéndose eco de la fama e intemporalidad de un personaje que ha logrado traspasar todo tipo de fronteras, tanto idiomáticas como artísticas. Y como ejemplo, no podemos dejar de mencionar la famosa ópera de Mozart, Don Giovanni.

No obstante, y como advertíamos al principio, tras la creación del don Juan parece haber estado presente la inspiradora figura del eminente poeta del siglo de oro, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. Y no nos quedaremos para contar esta historia paralela en lo más evidente, la similitud de grafía entre el personaje real, y posible inspirador del autor, y el personaje literario.

Acababa de empezar a correr el siglo XVII cuando el conde de Villamediana se hacía un hueco en la corte pacata, triste y llena de rosarios y rogativas del abúlico Felipe III, un rey que se pasó la mayor parte de su reinado en el reclinatorio en vez de en el trono. No tardó el conde en hacer oír su nombre entre las paredes del viejo Alcázar de los Austria; aparecía su figura y sus galanterías entre las conversaciones siseantes de las damas de la corte, donde se le musitaba con admiración. Entre los caballeros, se le disculpaban sus excesos con paternal envidia, por su juventud, y entre los círculos literarios, que no eran cojos, salvo Quevedo, se le recibía con sorpresa, ante unos versos tan magistralmente trazados.

Como vemos, pronto gozó de todo el flamante conde, de las mujeres y de la fama literaria ya que enseguida se convirtió en un poeta reconocido en un siglo de poetas más que reconocidos, así como en un personaje entre novelesco y provocador. Es en estos años cuando se gana su fama de bien parecido, gran seductor, importante escritor, mejor caballista y poseedor de una afilada y nada prudente pluma contra el poder, incluyendo tanto al valido real, el duque de Lerma, como al propio rey.  Son los años en los que son comentados en la corte sus amoríos escandalosos y apasionados con la marquesa del Valle.

Así mismo, por entonces comienzan a correr rumores de su posible homosexualidad, el “pecado nefando” de la época. A todas estas cualidades que jalonaban su persona, habría de añadir la de pendenciero, tahúr y fullero. Toda una leyenda andante este conde entre gamberro, guapo y simpático. Además, hacía versos. En cualquier caso, con su historial de agravios a damas, nobles y políticos no es de extrañar que pronto fuera desterrado de la corte y se aplicara a viajar por Italia a la espera de tiempos mejores.

Pero en 1621, pasados casi veinte años, parece que cambia su suerte, ya que muerto el tercero de los felipes sube al trono el cuarto, un rey tan indolente como el anterior, que deja el gobierno de la nación en las manos del temido e inteligente conde-duque de Olivares, pero mucho más entusiasta, en lo que dar alegría al cuerpo y a los sentidos se refiere que su antecesor en el trono. No en vano se le imputan más de treinta hijos bastardos. También se diferenciaba de su real padre en ser más apasionado de las artes que de las iglesias.

Y entre las artes, aquella con la que más disfrutaba el rey, y su bella y joven consorte, la reina Isabel de Borbón, era el teatro, en el que nuestro conde no era precisamente manco. Felipe IV, atraído por la fama de un ya maduro Juan de Tassis, rondaría los cuarenta años, le condona el destierro y le atrae al oropel capitalino. Y las puertas de la corte en pleno, con sus damiselas al frente, se abren de par en par a este seductor pero, no lo olvidemos, también se le abren al autor teatral, al insigne poeta y al hombre de mundo. No le costó nada a don Juan penetrar por ellas y obtener el aplauso y la admiración, en medio de aquel ambiente festivo que era la corte de Isabel de Borbón. A la traviesa reina le gustaba ir a las corralas madrileñas a ver funciones de teatro y a hacer de las suyas, como soltar lagartijas en el patio bajo, con el único fin de desternillarse de risa o de divertirse con las trifulcas, los insultos y, si había suerte, con las peleas de las mujeres más pendencieras. Así se entretenía esta reina a sus mal contados dieciocho años. Le encantaba divertirse y daba la casualidad de que el conde de Villamediana había nacido para eso, para divertirse y para divertir, cuando no para hacer llorar.

Al parecer, este elegante conde y ya veterano galán, curtido en lides de faldas, cuando no de calzones, se enamora perdidamente de la persona que menos le convenía, la reina, la alegre y jovial francesita que de noche yacía junto a Felipe IV y de día a saber por quién suspiraba. Una presa de este calibre, joven, guapa y alegre no podía pasar desapercibida a nuestro galán por muy reina que fuera y en ese especial interés nace su desgracia y su leyenda. Y el mito de don Juan.

El conde proseguía con su actividad literaria y, en aquellos tiempos, todas sus poesías amorosas, en las que era prolífico, iban dedicadas a Francelisa o a Francelinda, anagramas bastante evidentes de la francesa reina Isabel. No obstante, en la corte, las damas le preguntaban continuamente por la verdadera identidad de su amada, por la destinataria de aquellos hermosos versos. Nunca contestaba el conde, y a pesar del acoso y las presiones de aquellas damas nunca satisfacía su curiosidad y siempre se evadía con una respuesta oportuna, dada con ingenio. Pero, como no podía ser de otra manera, un buen día la reina le preguntó directamente lo que el conde tantas veces evitaba. Fue entonces, cuando se vio obligado a dar una contestación a la reina: “Mañana, señora, sabréis la respuesta”.

Al día siguiente recibió Isabel un paquete en nombre del conde. Al abrirlo se llevó una grata sorpresa. Tras desembalar con ligereza la pieza que contenía, descubrió entre el envoltorio un espejo de tocador. Es fácil imaginar la sonrisa, entre malévola y agradecida, que esbozó la reina al verse reflejada en el presente del conde.

Por aquellas fechas se iba a cumplir un año de la subida al trono de Felipe IV, coincidiendo con las fiestas de primavera de 1622, y la reina ideó una gran celebración en Aranjuez para festejarlas. Con ese motivo, encargó al conde de Villamediana tanto su organización como una obra de teatro para la ocasión. Ni que decir tiene que el conde lo hizo a las mil maravillas. Llegado el día se representó, primeramente, la obra del conde de Villamediana, La Gloria de Niquea, en un teatro instalado en el Jardín de la Isla, de los Reales Sitios. La reina tenía un papel hermoso, ya que aparecía lujosamente ataviada, al final de la obra, en un trono, como Reina de la Belleza. Fue un gran éxito tanto para el autor como para la actriz estelar. Tras la representación, se trasladaron a otro teatro, situado en el Jardín de los Negros, donde continuaría la fiesta con la representación de una obra de Lope de Vega, El Vellocino de Oro. Durante el espectáculo teatral, al comenzar el segundo acto, el teatro se incendia misteriosamente, declarándose un importante fuego, con el consiguiente tumulto y la consabida desbandada de los asistentes. Entre el desconcierto, nadie se percata de que la reina ha caído desmayada. Nadie, salvo una persona que la rescata de las llamas, poniendo en juego su vida, y la recoge entre sus brazos para trasladarla hasta el prado más cercano donde la pone a salvo. Cuando la reina abre los ojos descubre a su salvador, que no es otro que el conde de Villamediana.

El hecho corre por la corte y por el pueblo llano como otra llamarada, llegándose a extender el rumor de que el incendio lo provocó el propio conde para poder abrazar a su amada. A raíz del incidente las puertas de palacio ya no están tan abiertas para él; y su principal y regio habitante no disimula sus recelos.

Pocos años después de los hechos, La Fontaine alabaría la acción del conde, capaz de quemar un teatro para tener entre sus brazos a su dama. Desde luego, es el colmo del romanticismo en pleno barroco.

La temeridad del conde era proverbial y, como don Juan, no duda en retar si no la voluntad divina, sí la regia, que en aquellos años era casi lo mismo. Era el conde de Villamediana un excelente rejoneador de toros, a la par que excepcional jinete. Durante un espectáculo al que asistían los reyes, el conde hizo una de sus magistrales picas, entre la admiración del pueblo, lo que provocó en el palco real el comentario de la reina:-“Pica bien el conde”. A lo que el rey contestó:-“Pica bien pero demasiado alto”

Las anécdotas se multiplican por Madrid, haciéndose famosa la ocurrida a comienzos del verano de 1.622, tras el fuego de Aranjuez. Se celebraba un espectáculo taurino en la Plaza Mayor de Madrid, con el conde como principal atracción, y más tras los comentados sucesos de la primavera pasada. Todo el mundo, incluida la corte, estaban pendientes de la presencia del conde ante los reyes. Todos observaban sus reacciones. El conde de Villamediana hizo su entrada majestuosa en la plaza con un gorro en el que llevaba una divisa donde podía leerse: -“Éstos son mis amores”

A su vez, bajo la divisa, colgaban varios reales de plata.

La adivinanza estaba al alcance de todo el mundo, tanto del pueblo como de la envarada corte: “Éstos son mis amores reales” parecía querer decir en una apuesta más que temeraria.

Mayor arrogancia no podía caber, pero aún así el rey parecía desconcertado ante el jeroglífico hasta que, al parecer, un bufón exclamó: -“Mis amores son reales”

El rey, sin duda ofendido, pudo firmar, en la frase que soltó, la sentencia a muerte del conde:-“Pues yo se los haré cuartos”

En este personaje real, en este don juanesco personaje, el conde de Villamediana, pudiera haberse inspirado Tirso para dar vida literaria a su personaje principal, a su don Juan, al mito universal que estaba a punto de crear.

Y no acaban aquí las similitudes ya que, al igual que a don Juan Tenorio, en la obra de Tirso, también al conde de Villamediana, en la vida real, le avisan de su próxima muerte.

Su confesor, Baltasar de Zúñiga, le previene de su asesinato, actuando como ángel de la guarda del conde. Juan de Tassis sabe de su destino, como también lo supo don Juan, y lo refleja con su pluma escribiendo dos versos estremecedores:

“porque el bien que le queda a un condenado/es esperar segunda vez sentencia”                          (Sonetos líricos LIII, 7-8)

Y la terrible advertencia se hizo verdad el 21 de agosto de 1.622, pocas semanas después del festejo en la Plaza Mayor. A la vuelta de palacio, cuando iba acompañado por don Luis de Haro, será asesinado como consecuencia de un certero golpe de ballesta en plena calle Mayor madrileña.

Su muerte enseguida se achacó a sus “amores reales”, aunque detrás de la misma haya un misterio que jamás se logró resolver. Tras el asesinato, todos quisieron ver la mano del mismísimo rey y de su valido, el conde-duque de Olivares. Claro está, no faltó quien lo atribuyera a su pluma o a su homosexualidad, pero el pueblo pronto se inclinó por la versión más romántica.

Corrieron por Madrid infinidad de coplas y versos haciendo referencia a estos hechos, pero fueron los más conocidos los que se atribuyeron a su gran amigo y maestro, Luis de Góngora:

“Mentideros de Madrid/decidnos: ¿quién mató al conde?/Ni se sabe ni se esconde. /… La verdad al caso ha sido/que el matador fue Bellido/y el impulso, soberano.”

Este gran poeta que fue Juan de Tassis, conde de Villamediana, quizás sirviera de modelo a Tirso, o quien fuera su autor, para alumbrar a su Burlador, para dar iluminación y nacimiento al mito del don Juan, un mito que traspasó el tiempo y los siglos, la literatura y las fronteras, convirtiéndose en universal.

Baste como botón final de su maestría unos pocos versos de este Juan de Tassis de tan trágico destino. Estos dos versos bien pudo dedicárselos a la reina. En ellos, se remite al ya clásico cautivo enamorado: “estimo más estar preso/ que nadie su libertad.”

Como poeta de su tiempo no fue ajeno a la decadencia española:

“Debe tan poco al tiempo el que ha nacido/en la estéril región de nuestros años/que, premiada la culpa y los engaños, /el mérito se encoge escarnecido.”(Sonetos líricos, LVIII, 1-4)

Juan Francisco Quevedo

Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

    Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

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3 respuestas a EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA -UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV- Juan Francisco Quevedo

  1. Como siempre, minucioso y ameno y enriquecedor. De la última representación de “El convidado de piedra” que pude disfrutar, hace ahora unos cuatro meses:

    https://lucernarios.net/2018/07/17/el-burlador-de-sevilla-tirso-de-molina-festival-internacional-de-teatro-clasico-de-almagro-2018/

    Salud.

  2. isasifrepuig dijo:

    Fantástica exposición.
    Todo está inventado y pensado. Unos se inspiran en otros. La diferencia o la sorpresa llega junto a la manera de contarlo.

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