SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES-Juan Francisco Quevedo

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Alerta

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Han pasado la friolera de sesenta años desde que unos muchachos que se hacían llamar The Quarry Men, realizaran su primera grabación de un tema propio. La canción llevaba por título “In Spite of All the Danger” y estaba compuesta por dos jóvenes que aún no eran nadie y que firmaban la canción al alimón como Lennon y McCartney. A su vez, un músico desconocido, un tal George Harrison, ya formaba parte de aquella iniciática formación de 1958 que no tardaría en cambiar de nombre. A principios de 1960, adoptaría su denominación definitiva, aquella por la que entrarán en la historia, no sólo de la música rock o pop sino también en la de la historia del siglo XX, The Beatles.

No obstante, aún les quedaba un peregrinaje de dos años por clubs de Liverpool y Hamburgo para comenzar a ser lo que no tardarían en llegar a ser, el grupo más famoso, querido y cotizado de la historia del rock. Primero simplemente fueron una explosión de alegría inconformista que encabezó a una juventud deseosa de cosas nuevas, deseosa de romper con el pasado, y después, y a la vez, se convirtieron en una ingente máquina de hacer y producir dinero, en un emblema propagandístico para el país del que procedían. Tal es así, que a pesar de la aversión manifiesta que suscitaban en el establishment de su país, tanto los  personajes de la alta sociedad como las instituciones de la más elevada raigambre, en cuanto olieron el olor del dinero y las divisas, en cuanto intuyeron que esa marca, así los veían desde la city de los negocios, iba a subir exponencialmente los ingresos de su caja registradora, no dudaron en asimilarlos e integrarlos en la alta sociedad británica.

Y lo escenificaron a lo grande; con el mayor y más preciado de los honores institucionales. La apoteosis, esa ascensión a los cielos como deidades vivas, les llegó ni más ni menos que de la mano de la reina de Inglaterra Isabel II que, con todo el boato de la realeza británica y en el palacio de Buckingham, coronó al grupo como Miembro de la Orden del Imperio Británico.

Y hay que decir que no desmerecieron en absoluto en el ceremonial ya que llegaron a palacio a bordo del Rolls Royce de John Lennon. La monarca inglesa y los más altos dignatarios de la nobleza y del estado les estaban esperando para imponerles la distinción en el gran salón del trono. Sólo tres años antes aún no eran nada, lo que da idea de la marea que generaron en todos los ámbitos; por no hablar de lo mudable y caprichosa que puede ser la fortuna.

Pero regresemos a ese año, al sesenta y dos, un año que para mí, un intruso metido a historiador de los bajos fondos, fue fundamentalmente el año en que cuatro chicos de Liverpool, The Beatles, revolucionaron el planeta con sus canciones y con su estética, con sus trajes negros impecablemente imperfectos e innovadores, con sus corbatas estrechas, sus flequillos igualados hasta las cejas y con una pulcritud transgresora.

Hasta entonces todo lo que había ocurrido, y ya habían pasado algunas cosas en el mundo de la música, baste recordar a Elvis Presley o Bill Haley, no era nada comparado con lo que estos chavales recién llegados de Hamburgo iban a originar en una juventud inconformista que pedía a gritos que detuvieran un mundo que nada tenía que ver con ellos. Ellos también, los Beatles, ya querían habitar uno muy distinto; y a esa aventura se lanzaron con un bagaje muy ligero y muy fácil de transportar: un talento único e inigualable para conseguir melodías geniales, melodías con las que inundarán de felicidad a la juventud de los sesenta. Pero su legado no caerá en el olvido tras esa primera explosividad, tras ese primer golpe de efecto, sino que se transmitirá a las generaciones posteriores de una manera natural, por la propia calidad y calidez de sus temas. Su música y su influencia perduran aún en nuestros días.

En noviembre de este año de gracia de 1.962 los Beatles editan “Love me do”, su primer disco sencillo y su primer número uno. Estos mozalbetes que desde esta ciudad portuaria de Liverpool absorbieron, y muy provechosamente, las resonancias que les llegaban desde los Estados Unidos acerca del rock and roll -Berry, Little Richard, Perkins…-, se convirtieron repentinamente en un referente esencial a ambos lados del continente; con ellos nacerá una nueva era, con ellos nacerán las superbandas de rock. Y será desde esa América del norte, desde unos Estados Unidos consolidados como referencia cultural mundial, desde donde un poeta como Allen Ginsberg, aparentemente de vuelta de todo y con ese halo de profeta beatnik, no tardará en otorgarles su bendición y proclamar a los cuatro vientos que “la conciencia de la humanidad está en Liverpool”. Casi nada.

Y lo dice un hombre que sabe, desde su aullido de la desesperanza y de las promesas incumplidas, del desastre de su patria, de su dolor, de las pérdidas irremediables a las que se vieron arrastrados destruidos por la locura. Pero algo, tal vez la música de cuatro jovencitos de poco más de veinte años, parece estimular al viejo visionario descreído, parece hacerle renegar del desencanto que le ha hecho imaginarse un vagabundo loco. Estos chicos imberbes le motivan incluso más que el viaje sicodélico que le pueda proporcionar una pequeña estrellita de L.S.D., iniciales de la lisérgica droga que acabará coincidiendo con una de las canciones más celebradas de los Beatles y que forma parte del mítico disco, Sgt. Pepper´s. Estoy hablando de Lucy in the Sky with Diamonds.

Aquellos músicos, todavía con cara de buenos en aquel 1.962, se habían granjeado una creciente fama entre los asiduos a los garitos-The Cavern– de Liverpool y ya empezaban a tener un nombre entre la juventud inglesa. Pronto lo tendrían en los corazones de los jóvenes del mundo, de un mundo que creían poder mover y cambiar a base de algo tan sencillo y elemental como dar y recibir amor. Tal y como cantaron años después Crosby, Stills y Nash, a los que se añadió, sin hacerse esperar, el incombustible ahogo nasal de Neil Young –“Harvest”-.

“Cuando no esté contigo a quién amas,

ama a quién esté contigo.”

Así de fácil. Eran tiempos de lucha pacífica y revolución de cuerpos, donde se caminaba a la paz a través del amor y la música. Como siempre, como ya se hiciera, eso sí con no demasiada fortuna, desde que el mundo es mundo.

“Omnia vincit amor” (El amor todo lo vence).

                                        Virgilio (Églogas, 18, 69)

Será en 1.963 cuando los Beatles tocarán en “The Cavern” por última vez. Después, ya nunca nada volvería a ser igual para ellos. El grupo crecía a una velocidad de vértigo y la voracidad de sus fans les impedía completamente algo tan elemental como intentar poner un pie en la calle. De haberlo hecho, de haber tenido esa osadía, lo más probable es que hasta al menos pintado de ellos le hubieran cortado esa extremidad andante para venerarla en sus casas como si fuera una reliquia, como si fuera el apéndice incorrupto de cualquier santo entronizado. Si sus seguidores más fanatizados les hubieran tenido a mano, es más que probable que hubieran acabado completamente mutilados y repartidos por piezas entre la multitud vociferante, tal y como ocurrió con el cadáver de Voltaire, el cual, en plena iconoclastia revolucionaria, al ser paseado por media Francia como monumento a la razón, regresó mediado a París, pues en cada pueblo del camino se le iba quitando algo. Sólo una cosa no pudieron conseguir y quedó intacto: su cerebro. No fue casual; ya había salido de la capital sin él, tras extraérselo para conservarlo en formol como un monumento a la inteligencia. Pues bien, pareciera que esta revolución cambiara, como aquella, unos santos por otros y ahora los santos eran ellos, los Beatles.

Si a Lennon le hubiera pasado lo mismo que al genial Goya; es decir si al ser desenterrado hubiera aparecido en la tumba sin cabeza, seguro que ya hubiera aparecido; claro está, teniendo en cuenta lo que han evolucionado los tiempos. El profanador la hubiera vendido, a precio de oro, en una subasta por internet. De eso no me cabe la menor duda.

Hoy en día, el famoso club de Liverpool donde tocaron los Beatles en sus inicios se ha convertido en un lugar sagrado para aquellos que aún adoramos, a pesar de los años, sino sus cabelleras, sí sus melodías sencillas y pegadizas. Es nuestra inocua manera de ponernos a contracorriente.

“Me encuentro buscando un refugio otra vez

contra el viento.

Soy ya viejo, pero sigo corriendo contra el viento.”

                                           Bob Seger (Against the wind)

De alguna forma, ir a contrapelo, aún en la madurez, no es más que un estupendo estímulo de vida y el rock, y toda aquella endiablada música, lo era entonces y lo sigue siendo ahora.

Paul, John, George y Ringo estaban a un paso de ver medrar sus bigotes, así como de desmelenarse, al ritmo del sitâr de Ravi Shankar, acompañados por las inmensas barbas, canas y floreadas, de los grandes gurús de la India. Pero antes de perderse en la moda orientalista, hubo un tiempo en que creyeron -fue muy fácil verlo así- estar por encima del resto de los mortales. Y, observado desde la distancia del hoy, tal vez lo estuviesen. También, dicen los maledicentes, que en sus borracheras de sabe Dios qué, les crecía tanto el ego que llegaban a sentirse incluso por encima de Él. Y tal vez hubo un tiempo en que también lo estuvieron. Al menos a los ojos de una gran parte de los habitantes de aquel planeta que pretendíamos cambiar al son de su música. Y cambiar, entre otras cosas, transformando la iconografía que había acompañado a la civilización a lo largo de la historia. Los santos, encaramados sobre sus peanas durante siglos, eran descabalgados para ser substituidos por estos nuevos ídolos, más efímeros, más de carne y hueso, pero tocados con ciertos ribetes celestiales que les acercaban a la santidad. Claro está, a esa edad, incluidos ellos, todos creíamos tocar la inmortalidad. Hoy bien sabemos que no; solamente tenemos que mirar, a nuestro alrededor, los añicos desparramados de tanto cerebro de santo roto.

Y América también se rendirá a sus pies, a los pies de los aún chicos buenos de Liverpool. Lennon y su banda llegan al número uno de las listas, con el tema “I want to hold your hand”, a velocidad de crucero, tal y como va su vida; baste comentar que su primer L.P., “Please please me”, lo grabaron en un solo día.

Tras el asesinato de John Kennedy, a finales del 63, los Estados Unidos, sus verdaderas entrañas, habían quedado sumidos en el luto más riguroso; el país pareciera vivir en una inmensa y compartida depresión colectiva. Pareciera que la llegada de este nuevo grupo inglés fuera providencial para contribuir a hacer más llevadera esta pena conjunta.

La locura social que van a provocar en el seno de la juventud americana comienza desde que pusieron un pie en el aeropuerto y continúa en todos y cada uno de sus conciertos, donde arrasan en todas sus presentaciones hasta el extremo de que, en determinados temas, cuesta distinguir la música por encima del griterío. No cabe duda de que el mundo y América están a sus pies. O en sus manos.

Durante este año de 1.964 llegan a ocupar los cinco primeros puestos de las listas más importantes y, tras el baño de egos entre la multitud, llegaría su peculiar evolución, una evolución que comenzará, como vimos, con su visita al regio Buckingham Palace. El dinero y las perspectivas que genera, como siempre, sigue doblegando voluntades y ennobleciendo, aunque sea sólo un espejismo, a sus poseedores. Después, tras ser nombrados caballeros, dejarían atrás su ñoñería cursi, la cuidada y repipi estética iniciática -aunque Paul nunca se desprendió del todo de ella y de Ringo más vale no hablar- y emprenderían desde la maraña de sus barbas desaliñadas aventuras más arriesgadas, tanto musicales como vitales.

Tonteando con las drogas y con los grandes santones orientales, pariendo canciones y aumentando, entre película y película, su legión de seguidores se plantarían, casi sin enterarse, durante el 69, en lo alto de la azotea de los estudios Abbey Road, a tocar “Get back”, con la oculta y siniestra intención de montar un escándalo y ser detenidos por la policía. Leyenda o no, lo cierto es que los tiempos ya habían cambiado y buena prueba de ello es que la policía se limitó a disfrutar de la actuación; incluso alguno de aquellos bobbies no pudo evitar bailar levemente y con cierta dignidad.

Y después, antes de certificar su defunción, llegó la mítica maldición japonesa, en forma de mujer. Cayó sobre los Beatles como una cizaña perniciosa, como antes cayera sobre la humanidad una maldición eterna cuando Eva aceptó la manzana tendida por un demonio en forma de serpiente. Seguro que también con los ojos rasgados.

Luego, los Beatles ya sólo eran historia. Al pensar en ello y mirar hacia el pasado, nos damos cuenta de lo deprisa que fue, y pasó, todo para todos.

“Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es… cansado.”

Francisco de Quevedo (Representábase la brevedad de lo que se vive…)

En menos de diez años estos recién llegados, Lennon y McCartney fundamentalmente, sin olvidar a un estupendo compositor como Harrison, baste recordar la memorable “Here comes the sun”, llenaron de melodías el presente y el futuro. Y no fue sólo su música, fueron ellos en sí mismos: su actitud, su rebeldía, su evolución desde el corte ramplón hasta las melenas del Abbey Road-“Come together”-, pasando por su alucinógena y alucinada etapa del Sgt. Pepper´s, donde una Lucy –L.S.D.-, en un cielo de diamantes, pintaba el mundo de colores.

“Pero el loco de la colina

ve ponerse el sol

y los ojos en su cabeza

ven el mundo girando.”

                                   The Beatles(Fool on the hill).

Larga vida a The Beatles.

Juan Francisco Quevedo

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Una respuesta a SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES-Juan Francisco Quevedo

  1. romgonru dijo:

    Excelente artículo, compadre.

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