LUIS MIGUEL MALO MACAYA UN POETA VERDADERO – Juan Francisco Quevedo

LUIS MIGUEL MALO MACAYA

UN POETA VERDADERO, UN POETA CON ALMA

UN POETA DONDE EL VERBO SE HACE PALABRA

LUIS MIGUEL MALO MACAYA

UN POETA VERDADERO, UN POETA CON ALMA

UN POETA DONDE EL VERBO SE HACE PALABRA

Con Luis me une una amistad que se remonta más de treinta años en el tiempo, una amistad que nos lleva a una época en la que el mañana aún no existía para nosotros; de hecho, sólo era un discurso con el que nos obsequiaban viejos aburridos y temerosos a los que cada día, por cierto, nos debemos de parecer un poco más. Recuerdo aquel hombre generoso de espíritu, siempre abierto de brazos con los que poder estrechar contra su pecho a los amigos. A todos; hasta a los que no se lo merecieran. Recuerdo a un hombre de anchos sentimientos y de una ternura sin fondo. Le recuerdo envuelto en la niebla de un collado que nos transportaba a la quietud de un valle por el que discurría sin prisa, como la vida, el río Nansa. Fueron tiempos en los que, por ser tan jóvenes, o quién sabe si a pesar de ello, las amistades son más fáciles, aunque aún no se sepa si van a ser duraderas y conseguirán superar la distancia y los silencios.

Recuerdo tu cálida acogida, con la sonrisa, como las puertas de tu casa, siempre abierta, siempre placentera. Recuerdo nuestras comidas y nuestras largas sobremesas en aquel restaurante que tanto y tan bien nos saciaba a diario, Casa César, recuerdo tantos días y tantas noches compartiendo la ternura de los versos de Vallejo, de Manuel Machado y de tantos y tantos que alargarían la lista hasta quedarnos con La palabra de León Felipe, hasta “la última palabra, para tirársela a Dios, con la fuerza de la blasfemia o la plegaria… y romperle la frente… A ver si dentro de su cráneo está la luz… o está la nada.”

Recuerdo su verbo encendido y apasionado en aquellos días, en aquellas noches de, pongamos, digo, es un decir, un invierno del 87, cuando aún éramos inocentes niños del mundo y temblábamos sin temor, conmovidos, con ese hombre que morirá un día, en París, con aguacero. Tal vez un jueves.

Recuerdo bien aquel enero de hace más de treinta años, cuando la nieve cubría con su certera y copiosa llegada el pueblo de Bielva; todavía eran años en los que la luz nos dejaba al amparo de las velas al intuir cualquier tormenta; eso sí, ya sin el encanto gótico de las palmatorias ni de aquellos camisones con gorro de dormir; cualquier botella vacía nos valía para que se asentasen y desplegasen una luz que nos servía para poder recitar a quién, a Cernuda, a Salinas, a Quevedo, a… Tú, siempre de memoria. Yo, con mi desmemoria olvidadiza, revisitando las páginas de cada poeta que desmenuzabas. Tú y yo solos en tantas madrugadas mientras tu hijo Isaac ya dormía en el cuarto contiguo después de haber enredado con nosotros al juego de aquellos palillos endemoniados a los que no se podía ni tocar, salvo que quisieras perder con premura.

Recuerdo aquellas latas entreabiertas, un cenicero repleto y un whisky en la madrugada para luego poder dormir al amparo de la chimenea del salón. Eran días de frío intenso, días sin pan, sin que un triste coche pudiera acercarse a través del metro de nieve que nos cubría. Cubría el paso a cualquiera que osara salir a intentarlo como ahora se cubren de añoranza y nostalgia estos recuerdos que, como una brisa invernal, me sobrevuelan con los años. Estamos en un tiempo imparable que, con su paso firme e inaplazable, nos van hiriendo sin remedio. Después de aquellas fechas en las que gritábamos los versos de Rubén, “yo soy aquel que ayer no más decía”, o nos reíamos con la afectación exagerada que un actor imprimía a su voz al recitar aquello de “¡Ya viene el cortejo!”, vinieron muchos más días, mucho más claros y luminosos, en los que pudimos llamarnos amigos, amigos más allá de las tinieblas del aturdimiento nocturno, mucho más cerca del entendimiento oportuno que se esconde en las conversaciones sosegadas. Y también vinieron muchos más versos. Fuimos y vinimos por los años sin perder un ápice de confianza; ni una sola fisura en el armazón de la amistad. Sólo las verdaderas soportan el paso del tiempo y los silencios prolongados sin resentirse, sin resquebrajarse mínimamente. Siempre estamos ahí, querido Luis. Siempre.

Pero para hablar de Luis, del Luis profundo que se manifiesta en cada una de sus palabras, es imprescindible hablar del poeta; con él, en él, no se puede disociar hombre y poeta; ambos visten el mismo traje y surcan los mismos cielos que cantaran desde Homero a Fray Luis. Para hablar de su poesía podría haber escogido muchos de sus poemas, no de los que duermen el sueño de los justos, esperando que el propio poeta los desempolve de esa cárcel de papel donde reposan inanes en una infinidad de cuadernos, me he tomado la libertad de elegir uno de mis, uno de sus, poemas favoritos. Es un poema de esos años en que aún éramos tan jóvenes y tan insolentes, años en los que la vida aún nos parecía un fulgor maravilloso, un destello mágico que nos iluminaba el camino con su luz cegadora. Como la palabra poética. Este poema lo escribió Luis Miguel Malo Macaya hace casi cuarenta años y para mí es la excusa necesaria para referirme a él y a su poesía.

Una vez que el tamiz del tiempo ha hecho su labor depuradora, y también y sobremanera con la poesía, la lectura de este poema no ha hecho sino confirmarme en lo que pensé la primera vez que Luis me lo recitó con ese decir y esa voz honda que posee: Es un poema que conmueve y emociona, al que además le acompaña una belleza formal extraordinaria que nos conduce hacia lo que podríamos denominar hermosura lírica, en definitiva, hacia la esencia del arte de la poética. Por tanto, en él se funden y confunden esas dos premisas, ética y estética, fondo y forma, que a veces han pretendido enfrentar y que, en mi opinión, deben ir juntas, de manera inseparable, en un armónico equilibrio. Esta conjunción maravillosa siempre se da cuando un poema nace de manera natural, sin intermediaciones intelectuales, como es el caso, con la intención de trascender, incluso a su autor, independientemente de las pretensiones que se tuvieran en el instante de su concepción. El poema, con el vuelo que adquiere, deja de pertenecer al poeta para instalarse en la memoria del lector. Esto ocurre con los versos de este poema de Luis Miguel Malo Macaya.

Parpadea su anuncio
la mañana, y un gris
cada vez más cerrado
viene a dar sobre mí.

La ventana es un marco
de dolor: y hasta aquí
confinó su reproche
mi ansiedad de salir.

Cae Agosto. Y al último
corazón que sentí
se derrumba una fecha
preguntando por tí.

 

Uno, como lector, no puede sino rendirse ante tanta verdad, en cuanto que destila autenticidad, y ante tanta belleza, en cuanto que está plena de sentido poético.

Inmediatamente apreciamos que estamos ante un gran poeta, que posee además lo más difícil de conseguir -ya que el resto se puede adquirir con oficio y dedicación-; posee un sentido rítmico innato que dota a los versos de una musicalidad difícil de encontrar en muchos poetas, incluso en algunos de los consagrados, que son rehenes de una poesía un tanto encorsetada y con una sonoridad un poco escueta, por decirlo con suavidad. Y todas esas cualidades, Luis Miguel Malo Macaya las recubre con algo que poetas de larga trayectoria no han tenido jamás, inspiración. Y es que no basta siempre con empeñarse en ser poeta. Hay que poseer ese algo que se llama inspiración y que no se adquiere con el conocimiento. Simplemente, se tiene o no se tiene. Y Luis desborda por cada poro de su piel inspiración. A raudales. Tanta como sentido poético, dominio de las imágenes y vuelo en sus metáforas.

Cuando fracasa el ritmo en un poema, falla lo más inherente a la poesía; le falta esa cadencia que transporta al lector al mundo poético. Así que no es un disparate decir que si a la métrica manía la acompaña una musicalidad precisa- como si el espacio lector fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, y de los versos saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta-hasta el oído más díscolo lo agradece. Y con Luis proliferan los lectores agradecidos.
Luis Miguel Malo Macaya pertenece a esa vieja escuela de los poetas que no dudan en calzarse las mallas y transformarse en juglares del verso para captar con su especial mirada las variantes caleidoscópicas que se esconden en las imágenes más cotidianas. No olvidemos que tuvo como maestro al más grande de todos ellos-en palabras de Buero Vallejo- a Fernández Cueto, conocido por Pío Muriedas, y que le prologó el libro del que he extraído este poema. Escuchar declamar al viejo actor de La Barraca, al que tantos poetas, desde Lorca a Aleixandre, pasando por Blas de Otero o Celaya, le dedicaron versos y poemas encendidos, era un placer y una delicia. Amén de un privilegio. Y Luis era de esa escuela de poetas rapsodas que crecieron al calor de la voz de Pío Muriedas.
Y con Luis me han dado muchos amaneceres disfrutando de sus cualidades como poeta y como declamador vehemente, cuando era necesario, de versos. De esos tiempos, en los que, como decía al inicio, éramos tan jóvenes, recuerdo con ardor juvenil unos endecasílabos de Luis que solían ser recurrentes y que solíamos soltar a última hora de la noche, o a primera del amanecer, a cualquier incauta a la que aún no hubiéramos aburrido.

 

Ya ves de qué manera te lo digo
cuando decir amor ya es decir nada
o cuando no decirlo da lo mismo.
Si puestos a decir te digo amada
puestos a no decir te lo desdigo.

 

Pero volvamos al poema en cuestión, al poema que me ha servido de excusa para hablar del poeta Luis Miguel Malo Macaya. Es un poema de contrastes que nos remite, sin que plantee otra posibilidad, a una melancolía desolada. Lo hace desde el inicio, cuando contrapone la primera luz del alba con la íntima oscuridad que invade a la voz poética. Y esa tristeza se cuela, como decía Pío Muriedas de los versos de Luis, en nuestra mente de puntillas. Y se instala en ella para quedarse. El poema prosigue con una dolorosamente hermosa metáfora que conduce al poeta a refugiarse en sí mismo, en su mundo interior, alejándose de lo que existe más allá del marco de esa ventana que bien pudiera ser el cordón umbilical que hasta entonces le había unido al mundo. Se cierra con una voz dolida, con un corazón incapaz de volver a sentir, al menos más allá de esa enigmática sombra a quien se dirige.

Dominando en esta bella composición, de principio a fin, el heptasílabo y rimando los versos pares en asonancia, mantiene ese ritmo cadencioso que caracteriza a la poesía de Luis Miguel Malo Macaya. En estos tres cuartetos se encierran no solo unos versos capaces de hacer vibrar las fibras que nos conducen a la emoción poética, sino que en ellos se intuye a un poeta que se refugia en la poesía para que le rescate del desencanto al que le ha llevado, quizás, la decepción y el desengaño.

Quiero acabar recordando al poeta clásico, al gran hacedor de sonetos que es Luis. Y nada mejor que hacerlo con uno de los que vienen en su último libro de versos, A mi indebido tiempo, editado por Miguel Ibáñez y Luis A. Salcines en la colección A la sombra de los días en el año 2017.

Quiero hacer un soneto como Blas

de Otero, poderoso y consecuente:

un soneto que golpee la frente

del que lo lea, no un soneto más

 

o menos parecido a los demás

sonetos al ornato de mi frente:

un soneto al paredón, valiente,

sin tabla rasa que dejar atrás.

 

Un soneto cual él me lo escribiese

humana y fieramente humano

y redoblado en mí de su conciencia.

 

Irredento soneto en puño y mano

tendida a todos, y en su incomplacencia

que saliese a la calle y escupiese.

Los recuerdos imborrables que nos dejaron aquellos años de versos inflamados, madrugadas interminables, ceniceros repletos y copas vacías, se condensan en versos como éstos. Versos, querido Luis, que ya no son tuyos, son de aquellos lectores que nos dejamos atrapar por su lirismo, por su verdad y por su belleza. Valores, por cierto, a los que con cada relectura descubrimos un nuevo e insospechado significado.

Salud y abrazos poéticos y personales, querido Luis Miguel, querido amigo, querido poeta. Ahora y siempre.

Juan Francisco Quevedo

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