LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER- Juan Francisco Quevedo

LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER

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LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER

La primera vez que escuché a este grupo fue allá por los ochenta. Estaban en pleno éxito; no recuerdo muy bien si con su “Déjame” o con la prestada “Sobre un vidrio mojado”. No tardaron en salir por aquella tele pública que todos los de mi generación veíamos y comentábamos. Claro está, no había otra.

En principio, pensé que se perderían en el olvido tras un par de canciones de éxito como tantas bandas y cantantes de aquellos años, pensé que iba a ser un grupo más de aquella loada e insulsa eclosión, más allá de su estética colorida y hortera, que se dio en llamar “movida madrileña”. Un movimiento infantil y sin ningún atisbo cultural de peso, aparte de sus ganas de llamar la atención, del que se salva con elegancia Tino Casal, tanto por su estatura musical como por su porte principesco, así como algún que otro resto de aquel naufragio del que hoy sólo quedan las tonterías de los que enseñan sus vidas de cartón piedra a través de los realitys de alguna televisión. Alguno de ellos, por cierto, haciendo chanza, no sé si guionizada o real, de una ignorancia supina que su partenaire intenta equilibrar con cierta oratoria supuestamente profunda y llena de vacuidades como sus personas o personajes. Es preferible regresar a verla en uno de esos programas que nos remiten al sentimentalismo pretérito -“cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”-, presentando “La bola de cristal”. La cuestión es que, probablemente distraído con el hard y el heavy, no vi la clase y el estilo que había en aquellos primigenios chavales que se hacían llamar Los Secretos. A día de hoy todavía hay quien los identifica con la “movida”, pero al margen de la coincidencia que pudieran tener en el tiempo, ni por su estilo musical, ni por sus letras, ni por su estética, ni absolutamente por nada pueden formar parte de aquella corriente divertida, lúdica y vistosa en sus formas y vacua y sin contenido alguno en su fondo.

Los Secretos curiosamente, o más bien las circunstancias que se produjeron en torno a esta banda madrileña cuando se denominaba Tos, son el inicio y los involuntarios precursores de toda la movida madrileña ya que en el concierto homenaje que se organiza en febrero del ochenta a la memoria de Canito, el batería de la banda que acababa de morir en un accidente de tráfico durante la Nochevieja del 79, se reúnen los grupos que originarán este fenómeno.

Los Secretos encajarían, desde luego mucho más y mucho mejor en corrientes más internacionales y con un mayor peso específico como la que se denominó new wave o nueva ola, pero con muchas peculiaridades e influencias que les llevarán a evolucionar de manera significativa, aproximándose al country e introduciendo el banjo en sus composiciones. A esto hay que añadir la influencia mejicana que tuvieron desde el principio.

Tras la muerte del batería y también vocalista Pedro Antonio Díaz en la primavera del 84 el grupo se sume en un silencio del que se rehará tras casi dos años de mudez absoluta. Con la incorporación de Ramón Arroyo a la guitarra, Nacho Lles al bajo y Steve Jordan a la batería a finales del 85 y, posteriormente en el 88 la del teclista Jesús Redondo, el grupo se rearmará y adquirirá una solidez y una eficacia que no hará sino profundizar en la calidad musical de las guitarras, en la potencia y precisión de la batería y en la belleza de las armonías vocales. No se puede olvidar que desde sus primeros discos utilizan guitarras de doce cuerdas, algo que será muy característico de la banda madrileña.

El caso es que por entonces uno ya tenía cierta cultura musical a pesar de su bisoñez, una cultura de lo más ecléctica, donde lo mismo se emocionaba con el “Thick as a brick” de los Jethro Tull que con alguna canción de los Purple o los Zeppelin. Y ya había tenido contacto con el rock nacional.

Unos años antes, no muchos, de encontrarme con Los Secretos yo ya había descubierto el rock español a través de los catalanes Iceberg o el gran Oriol Tramvia, que con su “¡Bestia!” a todo volumen hacía que me desgañitara sin medida por las pistas más atrevidas, pues no era fácil de encontrar por estos lares esta discografía. Eso por no hablar de un catalán de los quilates de Pau Riba que con su álbum doble “Dioptria” me hipnotizó; aparecían figuras verdaderamente estridentes y alternativas como este Pau Riba  de “Noia de porcellana”, y,  dentro del rock más tradicional y purista,  grupos como Iceberg, con la potente guitarra de Max Suñé al frente y el atrevimiento de adaptar el texto milenario del faraón Amenofis IV “Himno al sol” al mundo progresivo y electrificado del rock. Un rock, por fin, de cierta calidad, “made in Spain”. Tras la estela catalana, con su celebrado y mítico Festival de Canet, desde el 75, el gusanillo de hacer música auténtica se extendería por toda España y esta mezcla explosiva generaría la aparición de numerosos y grandes grupos como los cántabros Bloque de Juanjo Respuela o Ñu, donde Molina, quizá el músico más puro y menos corrompido por los tiempos venideros, ejerce de maestro de ceremonias, subido a la genialidad de una flauta juglaresca. Aún lo recuerdo en uno de mis primeros conciertos, allá por el 75 o 76, embutido en la irreverencia de unas mallas medievales, con la lengua de los Stones dibujada allá donde el relieve se hace más evidente y dando saltitos al ritmo de su endiablado aparato de viento por todo el escenario. Y es que no hay manera de entender el rock sin un factor de provocación.

Pero volvamos a aquella Barcelona en la que se cocía la esencia verdadera de la intelectualidad española en todos los sentidos; no se puede obviar que desde allí escribían en castellano, para el mundo, dos premios Nobel, como Vargas Llosa y García Márquez. Por no hablar de tantos otros. Eran los tiempos y el espíritu de la Cataluña de Tarradellas.

Pasaron muchas más cosas, fueron los años en los que emergió un grupo andaluz de los que te dejan cuajado, Smash, con el cantaor Manuel Molina al frente, un músico que poco después se puso al servicio de la hermosa voz de Lole, que con “Todo es de color” cantó a los espacios infinitos. Aparecía por las bambalinas musicales el llamado rock andaluz que de la mano de Triana se hizo, con justicia, inmensamente conocido. Descubrí al grupo y a su “Hay una puerta niña” en un festival que se celebró en la plaza de toros de una ciudad castellana, donde la prensa local, ni corta ni perezosa, se hizo eco del evento al día siguiente con el titular “La cochambre ha llegado a…”.

Mientras Serrat, Joan Manuel, medita cómo sacar buen vino de una cepa enana –“Curro, el palmo”-, es elegido para representar a España en el televisado Festival de Eurovisión. Ahora se debate, en su fuero interno, entre la duda razonable de si interpretar la canción elegida, de título monosilábico, en castellano o en catalán. Esta última opción, totalmente inviable para la época, es la favorecida por su oráculo y él es relegado a un ostracismo del que salieron dos de los discos más influyentes de toda la historia musical de la época, los dedicados a dos poetas malditos para el franquismo, Antonio Machado y Miguel Hernández. Uno que tiene sensibilidad versificadora, todavía está dando gracias porque hubieran vetado la participación de Serrat en Eurovisión. Más que nada por lo dicho, porque aquel confinamiento le permitió sacar dos discos emblemáticos que, de no haber pasado lo que pasó, el cantante catalán tal vez jamás hubiera hecho. Después vino Miguel Ríos y sus “Conciertos de rock y amor” donde hizo una versión encomiable en directo de aquel “Cantares”.

Además de escuchar todas estas cosas, me entretenía y mucho con aquellos grupos a los que más tarde tapó la movida y que salieron de aquel Madrid de cinturón industrial, de aquel Madrid que creció al ritmo de los Planes de Desarrollo y que generó un rock marginal que se hacía en la periferia de la capital. Hacían un rock urbano y desaliñado, directo y sin sofisticaciones. Estos grupos, radiales y radicales, traen un soplo de aire fresco y en sus letras a veces reflejan sus vivencias. Son chavales con poca formación pero con muchas ganas de expresarse y lo hacen, cantando en castellano, a través de un rock duro y eminentemente descarado. Quizás sus máximos representantes fueron los Burning, aquellos Burning del “Jim Dinamita” que decían cosas como aquella de que “no dudes en buscarme/donde haya algún follón/pues donde Dios no existe/allí reino yo”. Nos intentaban hacer ver cómo era la vida donde ellos se acostumbraban a desenvolverse, un lugar donde sólo los chicos duros pueden sobrevivir. Los Burning han sido probablemente el grupo de su época con el sonido más internacional que hemos tenido. Aunque aún sigue por ahí, bien es cierto que se perdió para siempre en la nebulosa de la que emergió.

Descubrir a Los Secretos -no tardé en hacerlo tras aquella inicial obcecación-, fue un encontronazo de lo más inesperado del que todavía no me he recuperado. Hoy, cuando ya apenas no escucho más música que la que me recomienda algún amigo o ponen mis hijos, o sea, Rulo y La Fuga, Pereza, Fito y poco más, sigo fiel a Los Secretos. Han conseguido lo que casi nadie; jamás me aburren ni me cansan como me ha pasado con tantos y tantos que no han resistido la prueba del tiempo y a los ya sólo escucho en viejas reuniones nostálgicas, donde incluso me ponen a un compositor muy poco valorado y con alguna buena canción, al Camilo Sesto de “Amor, amar” y aquella época. No digo más. Ni menos.

En el coche, y viajo mucho cada día, sólo pongo dos Cds, uno de música en inglés, donde aparecen sin orden ni concierto desde los Stones o Roy Orbison, hasta Elvis o Sinatra, pasando por Sam Cooke o el soul de Otis Redding. Sin olvidar a Dylan cantando con Jonny Cash “Girl from the North Country”. El otro Cd es fundamentalmente de Los Secretos, unas veinticinco o treinta canciones suyas con alguna más de Nacho Vega, a la que se une la “Soledad” de El Cigala o el “Veneno en la piel” de Radio Futura.

Hoy en día, con ese enfado constante que nos va poniendo los años, aguanto, a no ser de fondo y en bajo, a muy pocos más.

Con este recital de Los Secretos en el Palacio de Festivales, además romperé una de esas promesas que se hace uno a sí mismo y que nunca se cumple, en este caso la de no asistir nunca más a un directo. Con ellos, volveré a quebrantarla; eso sí sentado y cómodo. Por lo que veo, la única promesa en la que me mantengo firme es aquella que me hice la primera vez que me asomé a un gimnasio. No volver.

Sin duda, volveremos a escuchar a unos músicos excelentes y a un compositor y cantante tan magnífico como Álvaro Urquijo, un músico, fundador del grupo junto a su hermano Enrique, que se ha convertido en un referente musical indiscutible. Puede que no tenga la voz profunda y llena de matices de Enrique pero  posee algo de lo que muchos carecen, un gusto exquisito. Su disco “Con cierto sentido”, es sencillamente inmejorable.

No quisiera dejar pasar la ocasión de hablar de Enrique y “Ojos de gata”, puede ser la excusa perfecta. Una canción que me impresionó, como tantas de Álvaro y Enrique, la primera vez que la escuché; es casi la anti canción por excelencia, con la que se rompe la estética de las estrellas del rock y del pop, una canción con la que el grupo y los hermanos Urquijo se consagran. Desde luego si algo, Los Secretos y sus canciones, no son, es precisamente vulgares.

Espero poder escuchar durante el concierto “Por la calle del olvido”, uno de los muchos guiños que ha realizado la banda a lo largo de los años hacia las rancheras mejicanas y hacia un compositor como José Alfredo Jiménez, al que admiraban profundamente, Enrique en especial; baste como muestra su espléndida versión de “Un mundo raro”.

Mientras disfrute del directo, en un intervalo, seguro que en mi cerebro retumbará la voz de Enrique cuando, convertido en un crooner de los cincuenta, interpretó la bellísima canción de Pablo Milanés “Para vivir”. Después, en una procesión, y no precisamente de difuntos, irán pasando Buena chica, Qué solo estás, Y no amanece, No me imagino, El primer cruce, Agárrate a mi María… Qué gran grupo, qué gusto poder escuchar a Álvaro, al músico, al compositor y al cantante. Y a un grupo como Los Secretos con hechuras de clásico. Sin duda.

Hoy, como cada día en mi coche, tengo una cita ineludible con Los Secretos. Después, tendré otra más multitudinaria. Sólo que a la de esta noche en el Palacio de Festivales no iré solo, como cada mañana, ya que iré muy bien acompañado. Iré con otra enamorada del grupo, con mi hija Claudia. Luego todos seguiremos nuestro camino. Pero a tu lado.

Juan Francisco Quevedo

enrique y Álvaro urquijo

los secretos 2018

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Una respuesta a LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER- Juan Francisco Quevedo

  1. isasifrepuig dijo:

    Magnífica y emotiva crónica. Ha sido un recorrido por mis años jóvenes. Gracias. Voy a buscarlos y escucharlos.

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