ALFREDO JURADO JARDÍN DE PARACELSO – Juan Francisco Quevedo

ALFREDO JURADO

JARDÍN DE PARACELSO

ALFREDO JURADO

JARDÍN DE PARACELSO (2018)

Con más de quince libros a sus espaldas, el poeta Alfredo Jurado Reyes acude al mundo editorial con una nueva obra, un libro de poemas que ya es sugerente desde que leemos el título “Jardín de Paracelso”; pareciera que ya desde ese preciso instante el autor quisiera advertirnos de lo que después encontraríamos en el interior, ese equilibrio homeostático que el alquimista preconizaba para mantener un cuerpo sano. Alfredo Jurado lo transmuta, como creyó el sabio haber transmutado el plomo en oro, en una búsqueda de la sabiduría interior a través del conocimiento, a través de la unión con la naturaleza. En esa compleja relación a la que se llega desde la naturalidad y la sencillez, el hombre, el poeta, encuentra el equilibrio y la paz.

Desde el inicio de la lectura somos conscientes de algo a lo que Alfredo Jurado no se puede sustraer, de su origen, de esa esencia andaluza y cordobesa que nos invita a dejarnos embriagar con unas palabras por las que rezuman sin complejos y con devoción la cal, la luz y el olor de los pétalos de las flores de unos jardines que nos remiten al alma de esta tierra. Todos los versos son un canto encendido y lírico destinado a plasmar un retrato que, al fin y al cabo, parece no ser otra cosa que el reflejo de su autor, del poeta.

La cita de Paracelso con la que se abre el libro ya es, en sí misma, una señal, un guiño hacia el lector, para desvelarnos una buena parte de la intención y del corazón de una obra que nos llena de belleza, de belleza formal por el dominio exquisito del léxico y de entusiasmo vital y serenidad por lo que nos transmite, por el contenido. Desde los primeros versos hasta los últimos nos recuerda esa fecunda época de los descubrimientos a través del empirismo, cuando éste se impuso a la superstición y a las milagrerías, unos tiempos en los que la experimentación no sólo se aplicó a la ciencia, sino que traspasó esas fronteras para alcanzar las de la religión y el pensamiento. Pareciera que el poeta se apropia de ese sueño ilustrado, de ese siglo XVIII en el que el hombre aplicó ese empirismo continuo a su manera de estar en el mundo, a su manera de pensar, de vivir, de amar, de saber. Desde “Exordio” se explicita una clara invitación a vivir viviendo, a no encapsularse tras el parapeto de lo ficticio, a como dijera Kant arriesgarse a conocer por uno mismo, pareciera que nos volviera a decir, “Atrévete a saber”.

“El alma es pronunciar el nombre de las cosas, /llenar nuestra mirada de todo lo que amamos /impregnarnos de auroras, de nostalgia, latidos/que sustentan aquello que estimamos; /aquello que nos llena de cordura, /semejante a un torrente que anega las arterias; /proceso que nos hace transitados de vida”.

En esa búsqueda constante a través de lo vivido, la voz poética se centra y da un valor necesario a lo cotidiano, a lo más banal y trivial, a las pequeñas cosas que llenan nuestro día a día y nos colman sino de alegría, sí de quietud. Cada nuevo amanecer es como un nuevo milagro, un constante redescubrimiento que nos enlaza a la vida, que nos quiere exculpar del final que preconizara Céline: “Sólo queda el sentimiento de no haber hecho algunas pequeñas cosas. Uno ya no es sino una vieja linterna de recuerdos en una calle por la que no pasa nadie”.

El poeta lo refleja con sabiduría desde la “Tenue Levedad”, con predominio de versos de arte mayor, de versos alejandrinos que inundan el libro: “Transparente cristal para los ojos, /la espera cautelosa de las amanecidas, /cuando se abre el hibisco nuevamente en su talo. /Tenue luz en la tarde, tímida y agotada/para la levedad de los jazmines; /breve luz que ilumina la flor de cada día”.

Como no podía ser menos, y atendiendo a esa racionalidad de la que nos hacíamos eco, también forman parte de la vida las desilusiones y contrariedades; un “Jardín para el invierno” que siempre nos acecha: “Una sonata triste consigue apoderarse/de nuestro corazón y lo enmudece, /ya que también se ausenta el estornino, /dejando aquel entorno desprovisto de un canto/de vida inagotable”.

En este tono progresamos por la lectura entre homenajes claros al oficio de ser poeta, hacia esas palabras “que caen temblorosas de los árboles”, hacia la paz y la calma que nos brindan y nos proporcionan el paisaje y sus sonidos, en una armonía plácida. La naturaleza forma parte de una vida que se satura “como una esponja inmensa que se bebe la luz”.

Las referencias a la naturaleza se prodigan con generosidad y nos llenan de emociones, de sensaciones que nos recuerdan el didactismo de Horacio, el de aprender disfrutando.

Eso son los poemas de Alfredo Jurado, una experiencia entusiasta de amor por la tierra, a la que vive tan pegado y adherido, que pareciera camuflarse y confundirse en y con ella. Nos transmite esa emoción con nitidez logrando trascender el ámbito de su territorio, ya que el sentimiento de amor hacia lo que tenemos y sentimos como nuestro es universal, por lo que le es muy fácil conectarse con el lector, un lector que se deja envolver por la fascinación hacia lo primigenio, hacia el latido de la tierra. Y lo hace el poeta desde un lirismo clásico: “Un pañuelo de luz se va encendiendo, /matiza de amarillo el filodendro, /que trepa hasta el alfeizar”.

“Al bies de la nostalgia” es el título de la segunda de las tres partes que contiene el libro. En ella se reafirma la voz poética, desde otra óptica, en una apuesta por la vida interior, por llenarla y enriquecerla porque “un pálpito de vida para el alma/renace cada día, cada instante”.

Un lenguaje puro, lleno de imágenes delicadas y potentes, de palabras hermosas, como el lirismo poético que desprenden, anegan un libro que nos muestra a un poeta que domina la versificación con maestría; oficio e inspiración se aúnan en una alquimia perfecta: “Anduvo por la orilla con sendos pies descalzos, /allí donde las piedras arpegian la garganta/del agua y el molino; donde acallan las ranas/sus cantos estridentes para cualquier presencia. /Donde el sauce se agota con la sed del estío, /donde expone la nutria la muaré de su vientre/para la luz del Sol.”

La tercera y última parte del libro, titulada “Horizonte perdido” se abre con un “Preámbulo” que sucede a ese “Exordio” y a ese “Prefacio” que inauguraban cada comienzo. En el silencio de las calles solitarias y centenarias, el poeta sublima la paz meditativa que nos hace olvidar que la vida nunca se para: “Glosar la intensidad de los instantes, /sensaciones sutiles, las aceifas de luz/que inundan la mirada; /encomendar el alma al dios que habita el arco/de la enjuta atalaya”.

En un paseo, el poeta parece acompañarse de ese otro, de su otro yo, en el que se desdobla en un diálogo consigo mismo, que bien pudiera ser su conciencia. Con ese compañero fiel “Deambulamos al par por las aceras, /que nos llevan de nuevo hasta extramuros, /paseamos el silencio de las calles estrechas, /y en ello presentimos/que aquella soledad que practicamos/nos presta compañía y elocuencia”.

Siempre se habla con ese ser que llevamos cosido a los zapatos, el mismo que le hace, que nos hace, retornar a la racionalidad que revolotea por el libro: “Si a veces le confieso que en los atardeceres/se me abre para el alma una ventana, /que da la libertad para algún ave/que me habita en el pecho, me exhorta a la cordura”.

Al acabar la lectura de este “Jardín de Paracelso” uno podrá cerrar las páginas físicas pero siempre permanecerán abiertas las emociones que han desprendido; esas permanecerán en la conciencia del lector como un amarre al que asirse para rescatarnos de la prosaica existencia que nos atosiga.

Alfredo Jurado, el hombre, el poeta, nos regala unos versos en un libro muy hermoso, en el que se condensa la verdadera esencia del arte de la poética, una poesía que se brinda al lector sin trampas ni artificios. Un libro de un poeta verdadero.

Juan Francisco Quevedo

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