Valle-Inclán (100 años de La pipa de kif)-Juan Francisco Quevedo

IMG_20190321_091539

DON RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

HACIA UN NUEVO ESTILO

LA LEYENDA Y EL ESCRITOR

CIEN AÑOS DESPUÉS DE LA PUBLICACIÓN DE SU LIBRO DE POEMAS LA PIPA DE KIF (1919-2019)

Durante la adolescencia, siempre se me aparecía Valle-Inclán como el personaje que representaba estéticamente al escritor inverosímil que me apasionaba, siempre envuelto en un halo de perturbación y misterio legendario. En mi madurez, esa es también la imagen que me asalta cuando quiero imaginar cómo habría de ser y representarse un poeta de esos que campaban a sus anchas por los bulevares madrileños.

De alguna manera, cuando observamos a don Ramón en cualquier fotografía, en especial en esa que Alfonso Sánchez Portela le sacó en agosto de 1930 en la que tumbado en un diván nos muestra unas suelas agujereadas, éste simboliza y encarna lo que en España ha sido siempre la pobre y precaria situación del escritor. A pesar de todo, sin embargo, don Ramón siempre fue más allá de esas minucias pecuniarias que nunca llegaron a trastornarlo ni a distraerlo más de la cuenta, quizás porque, como bien se demuestra en las últimas cartas inéditas publicadas del escritor, nunca fue para tanto.

En cualquier caso, era un hombre difícil de achicar, era un escritor echado para adelante que no dudaba en desafiar al más imponente de los mortales sin que le temblara el pulso, aunque fuera con esa lengua de trapo que gastaba, tan afilada como su pluma, la misma que le hizo perder el brazo al clavársele el gemelo después de recibir un bastonazo por una discusión aparentemente banal en la tertulia del café de la Montaña, en la Puerta del Sol. Aquel aciago día de julio de 1899 unos señalan que reñía con su oponente comparando entre sí el valor de portugueses y españoles y otras fuentes indican que discutían sobre la legalidad de un duelo que iba a celebrarse debido a la minoría de edad uno de los duelistas. De lo que no hay duda es que, tras una intervención del periodista Manuel Bueno que no debió de ser muy de su gusto, el pendenciero escritor de las barbas puntiagudas le increpó gravemente, a lo que su oponente respondió levantando el bastón para golpearlo. Valle en un gesto reflejo intentó protegerse con el antebrazo y la mala fortuna hizo el resto. La herida del antebrazo terminará gangrenándose y se hará necesaria su amputación.

Hombre irascible y de pelea que le llevaba sin recato a patear en el patio de butacas cualquier estreno que no fuera de su agrado y en especial si se representaba una obra de su denostado Echegaray. Tal era su inquina hacia don José, treinta años mayor que él, que cuando Valle se encontraba en un trance delicado de salud, el premio Nobel se ofreció a darle su sangre en una transfusión. Valle rechazó de plano el plasma de su colega por tenerlo “lleno de gerundios” según unos y de “esdrújulas” según otros. Su fijación fue tal que cuando a una calle madrileña se le impuso el nombre del insigne escritor, Valle no tardó en llamarla “Calle del Viejo Imbécil”.

Inolvidable este hombre que un día en una de sus tertulias de café le dio por comentar cómo algunas arañas eran homófagas. No tardó en preguntar un joven que era eso de la homofagia. El bueno de Valle le replicó sin que se le moviera un pelo de la barba; “Usted por ejemplo sería homófago si comiera besugo”.

En las páginas de su excelente y particular biografía de don Ramón María del Valle-Inclán -greguería en sí mismo-, Ramón Gómez de la Serna nos descubre desde las metáforas imposibles de su ingenio, el hongo sobre el nido de su materia gris desde el que escudriña a este gran hombre que, en su época, fuera más personaje que literato y cuya excelencia, con el paso del tiempo, ha encumbrado al literato, interesándonos también aún el hiperbólico personaje. Abordamos, con el cariño de su ceceante figura, a este gran don Ramón de las barbas de chivo, como le definiera Rubén Darío, que pareciera haberse mudado con toda su sacrificada y mísera prole, para dar a luz su esperpento, a los cóncavos espejos del madrileño Callejón del Gato.

Nació en Villanueva de Arosa, aunque él siempre sostuvo haberlo hecho en un barco que hacía la travesía de Villanueva a Puebla del Caramiñal un 28 de octubre de 1866. Según su partida de bautismo fue llamado Ramón José Simón Valle Peña, un nombre que jamás usará y que tan sólo se repetirá en su acta matrimonial. El poeta evocará su llegada al mundo en su libro de poemas “El pasajero” con estos versos memorables: “¡Me llamó tu carne, rosa del pecado!/Solos en la casa, desvelado yo, /la Noche de Octubre, el mar levantado… / ¡La gotera glo-glo-glo!”.

Fue criado, según su hijo Carlos Luis, por “una aldeana coloradota
y aficionada al vino apodada La Galanucha”.
Y fue creciendo en su Galicia natal hasta que la fortuna o el destino lo llevaron a hacer las Américas.

¿Qué podemos entrever de un hombre que dijo haberse ido a México porque se escribía con x? Allí será donde forjará su fama de valiente, siempre impregnada con una gran dosis de insolencia. Su descarada desfachatez lo llevó hasta tal extremo que se dice que se presentó al presidente como “El gachupín Valle-Inclán. Un león en dos pies”. Y tal vez por ello, después de regresar a Madrid allá por 1897 con su primer libro, “Femeninas”, dijo pasearse por la capital del reino con dos leones que se había traído de las Américas. Desde luego hubiera sido un espectáculo verlo arrastrando a las bestias con su alargada barba, sus antiparras quevedianas y su larga melena cayendo sobre un McFerland impecable; el que llevaba los días de lluvia. Lucía una llamativa cabellera que hacía que fuera recibido en los teatros más castizos del foro al grito de “¡Que se la corte, que se la corte!”.

Hasta aquí una parte del personaje en que dio este literato que renovó e innovó la prosa y el teatro, siendo un gran creador de lenguaje así como de estilos y nuevos caminos que van desde el esperpento, a la ironía fina y despiadada. Sería líder de cualquier vanguardia aún sin pretenderlo. Dotado de una vena cómica, entre culta y popular, se erige como la gran figura literaria de los últimos dos siglos. Estrafalario personaje que fue un gran amigo de Rubén Darío y Alejandro Sawa y que, aunque fue admirado por todos los escritores de la época, desde Antonio Machado a Unamuno, sin embargo, no gozó en vida del reconocimiento general, más allá de sus anécdotas, que corrían por los corrillos y las redacciones como polvorilla. Su anecdotario era tan variopinto que en los últimos años de su vida llegó a haber una sección fija en los periódicos sobre las leyendas de don Ramón. Como es de suponer, la mayoría inexistentes e inventadas pero algunas, con el crisol de los años encima, se dan por falsamente ciertas. Esto, no siempre le divertía y mucho menos cuando iban acompañadas de falta de respeto, como cuando algún reporterillo se excedía en la elucubración. Cierta vez, un gacetillero, con insolencia y prepotencia, en un abuso de camaradería y mal gusto, le preguntó por su próxima muerte. Valle le contestó con un poema que tituló “Testamento”:

Te dejo mi cadáver, reportero.

El día que me lleven a enterrar,

fumarás a mi costa un buen veguero,

te darás en la Rumba un buen yantar.      

Y después de cenar con mi fiambre,

adobado en retórica sutil,

humeando el puro, satisfecha el hambre,

me injuriará tu dicharacho vil.

Y al dejar la colilla con el chato,

a medio consumir, sobre el mantel,

dirás, gustando del bicarbonato,

“¡Que no la diñe ahora don Miguel!”

Para ti mi cadáver, reportero,

mis anécdotas, ¡todas para ti!

Le sacas a mi entierro más dinero

que en mi vida mortal yo nunca vi.

Caballeros, salud…

Anécdotas mil pero veamos una de las que le atribuyeron con más gracia. Dijeron que con su ceceo bisbiseante dejó de piedra a un médico con cuya mujer tenía amoríos. El linajudo escritor llamó a su puerta en la creencia de poder estar a solas con su amante. No fue así y al verle por la mirilla de la puerta, el cornudo galeno le preguntó, “Quién es usted”. No dudó en responder: “El padre de sus hijos”.

Es evidente que la verdadera cara del escritor se ha visto deformada por una sucesión inacabable de fábulas más o menos apócrifas que han contribuido a hacer de su vida un verdadero disparate y una continua teatralidad. No obstante, todo ello no sólo no debe ocultar su valor literario y lingüístico como renovador y creador del español sino que debe ser un atractivo más para adentrarnos en su universo literario. Su obra está provista de una capacidad expresiva y un ingenio impecable y refrescante, acompañados por unas dosis justas y adecuadas de barroquismo. Su estilo se alza como un referente indiscutible de la lengua española. Si su vida fue una hipérbole constante, su obra es todo un homenaje al lenguaje literario. Siempre persiguió la perfección y esa búsqueda denodada de la excelencia él la denominaba “la fiebre del estilo”. Su máxima sin duda era la pulcritud expresiva.

Pero si algo quiso ser don Ramón María del Valle-Inclán desde su más tierna infancia fue poeta. Lo supo desde el día en que José Zorrilla visitó la escuela gallega donde estudiaba. Cuando el afamado escritor romántico le preguntó: “¿También eres poeta?”. Sin dudarlo, le contestó que sí y es que, por entonces, según sus propias palabras, el niño que era Valle “ya había dialogado con la Luna y comenzaba a descubrir que las rosas guardan el encanto de haber sido mujeres”. Y es que ya “el eterno femenino” de Goethe le impulsaba hacia arriba, hacia los laureles del Olimpo.

No tardaría mucho don Ramón en descubrirse como escritor y no tardaría en sacudirse de encima el realismo zafio y ramplón que inundaba el ambiente social que le rodeaba. Como hará también Pessoa, no dudará en utilizar la literatura como válvula de escape para huir de esa realidad desasosegante, de esa vida grosera que limita, cuando no elimina, la dignidad y la libertad humana. Será en esa evasión cuando encuentre su voz y lo hará a través de una palabra rica, irónica y llena de humor. Con su imaginación, sabiduría y lucidez estiliza y crea estilo tanto en la literatura que propone como en su propia vida. Como tanto le gustaba decir, no sin razón: “Me ha fallado la época”.

Aunque al principio, en sus primeros años, tienda a idealizar la realidad, no tardará en hacerla pasar por el tamiz del esperpento, para deformarla, a través del reflejo de la misma en los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Será entonces cuando la hipérbole tome vuelo y la caricaturización se haga arte. Sin embargo, a pesar del esperpento, bajo su pátina de humor hiriente y deformante, siempre emergerá la cruda realidad que le rodea, más explicitada que nunca. La verdad la disfraza y la deforma para, al presentarla con otro aspecto, hacerla aún más patente si cabe.

Si bien el esperpento no lo oficializa hasta “Luces de bohemia” (1920), será en 1919, con la publicación de su poemario, “La pipa de Kif”, cuando asome por entre sus versos la cabalgata esperpéntica que, como un carnaval de desvalidos y desamparados, está por venir. Abordará en esta poética algo tan ligado al simbolismo francés como los paraísos artificiales pero lo hará ya desde la mirada personal del esperpento.

El esperpento, según don Ramón, es, a estas alturas, casi una tradición inventada por Goya en la que valiéndose de la máscara y lo carnavalesco da una nueva visión del mundo. En la escena XII de “Luces de bohemia”, Valle-Inclán hace decir a Max Estrella: “El esperpento lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del Gato”. Y, siguiendo ese ejemplo, así lo expresará en la Clave II de “La pipa de Kif”: “Llevo mi verso a la Farándula”. Y vaya si lo llevó.

Como Goya y como Gutiérrez Solana convierte, en sus versos, al hombre en animal, incluso en objeto, como vemos en “Fin de carnaval”, con un sombrío aire solanesco, o en “Bestiario”, donde el humor se hace carne de animal: “Y la romántica jirafa, /solterona que bebe hiel”.

En verso publicó tres libros, que van desde el modernismo del primero, “Aromas de leyenda”, al expresionismo esperpéntico del último, “La pipa de kif”. A finales del siglo XIX, cuando imperaba en poesía un realismo prosaico surge, por oposición al mismo, un grupo de poetas que, desde la sinceridad, quieren expresarse con belleza y lirismo, cambiando por completo el estilo literario. A esto contribuye Valle-Inclán y, sobremanera en verso, Rubén Darío. Ambos son, sin duda, junto a Manuel Machado, lo mejor del modernismo en nuestras letras. El amor por la belleza y el desprecio de la chabacanería fueron su credo y lo que le hizo escribir: “Sé como el ruiseñor, que no mira la tierra desde la rama verde donde canta”.

Don Ramón María del Valle-Inclán hace de sus historias poéticas y de sus protagonistas una gran farsa, impregnando sus versos de un aroma en el que flota un continuo disparate esperpéntico. En “La pipa de Kif”, en la serie “Medinica”, utiliza como unidad argumental un pueblo español tradicional, con sus matones, sus guitarrones y hasta sus guardias civiles. Es la España más oscura, perdida en sus supersticiones y en sus miedos ancestrales.

Este nuevo estilo de expresión no deja de ser un viaje permanente, entre patético y carnavalesco al absurdo donde, como en el poema “Vista madrileña”, escudriña un mundo extraño y aburrido donde un zapatero enseña a su jilguero a silbar “La Internacional”, una tabernera, en la acera, abre el pericón, una vieja tuerta azota en su puerta…

En este poemario visiona, así mismo, la muerte a través de la marihuana, una sustancia que actúa como mediadora del conocimiento por primera vez en la literatura hispánica. En su “Rosa de sanatorio”, un soneto clásico con el que cierra el poemario, reflejará su paso por la mesa de operaciones y viajará al paraíso de la inconsciencia tras haberse paseado por todos los paraísos artificiales en los pareados decasílabos de “La tienda del herbolario”.

      ROSA DE SANATORIO

   Bajo la sensación del cloroformo

me hacen temblar con alarido interno,

la luz de acuario de un jardín moderno,

y el amarillo olor del yodoformo.

 

   Cubista, futurista y estridente,

por el caos febril de la modorra

vuela la sensación, que al fin se borra,

verde mosca, zumbándome en la frente.

 

   Pasa mis nervios, con gozoso frío,

el arco de lunático violín;

de un sí bemol el transparente pío.

 

   Tiembla en la luz acuaria del jardín;

y va mi barca por el ancho río

que separa un confín de otro confín.

A pesar de la profusión de curiosidades que le acompañaron, nunca dejó que aflorará su verdadera personalidad, como demostrará en la hora de la muerte. No en vano Manuel Azaña, que tanto y tan bien le conoció, dijo que Valle era “el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su verdadero sentir”.

Toda su complejidad aparente, su dandismo pobretón y amadrileñado, sus blasones celtas, se desmoronan frente a la muerte con la simplicidad del que afronta un mero trámite. Cuentan de este gallego universal, de este marqués de Bradomín, bueno, católico y sentimental, que en la hora de su marcha definitiva un infausto día de 1936 sólo acertó a decir: “¡Cuánto tarda esto!”.

Yo simplemente diría las palabras de Shakespeare a la muerte de César: “Éste fue un hombre. ¿Cuándo nacerá otro?”                                    

Don Ramón en su testamento, pese a la altura de las torres de la catedral de Santiago de Compostela, con todos sus ángeles de piedra, y al catolicismo a ultranza del marqués de Bradomín, deja escrito que se le entierre civilmente. Parece mentira, pero supo separar literatura y vida. Él, que de su vida no había hecho más que literatura.

Este inmenso personaje y literato, este hombre con barbas de chivo, este viejo cascarrabias era un hombre de presencia espectral, cuya sombra le perseguirá, cosida a sus botines blancos, eso sí, sin cordones, más allá de la muerte. Este dominador del lenguaje, que ya hiciera exclamar a Unamuno: “Esa lengua castellana que para don Ramón no es madre… ¡Es hija!”, renovó e innovó la literatura.

Y es que este don Ramón, dotado de una vena irónica, se erige como un santón estrafalario sobre el panorama prosaico de una época gris. Una época en la que el dictador Miguel Primo de Rivera dirá de él, en una nota pública: “Eximio escritor y extravagante ciudadano”. Pero qué podían pensar de un hombre que perseguía un nuevo estilo y veía el mundo a través del humo azul -como el verso de Víctor Hugo- de una pipa de kif. Un mundo, como su pluma, cada vez más actual y menos, a pesar de sí mismo, extravagante.

Yo siempre lo veo paseando entre la hojarasca otoñal por el parque de la Herradura de Santiago de Compostela.

Siempre fue fiel a los suyos e hizo bueno el lema de su estirpe, el que lucía en el palacio de sus antepasados: “El que más vale/no vale tanto/como vale Valle.”

Juan Francisco Quevedo

DSCN2240

Esta entrada fue publicada en CRÍTICA, POESÍA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s