HILARIO BARRERO PROSPECT PARK-DIARIOS. -Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

PROSPECT PARK-DIARIOS. 2014-2015

EDITORIAL RENACIMIENTO (2019)

 

Hay escritores a los que uno se siente inmediatamente unido en la forma de expresión y en la manera con la que se aproximan a nuestra sensibilidad. Es la conexión invisible, firme y duradera que establece el lector cuando se siente en sintonía con la escritura, cuando percibe la emoción de la literatura como un regalo. Hilario Barrero es, sin lugar a duda alguna, uno de esos escritores que poseen la capacidad de llegar al lector a través de la palabra con algo muy difícil de conseguir y provocar: entusiasmo.

En el caso de los diarios de este feliz “Prospect Park” lo hace con la sólida base de una prosa cercana, en la que se percibe la huella del autor en cada frase, en toda su humanidad. Con esa intimidad, a la que nos invita sin solemnidad, va construyendo un diario donde la palabra nos muestra su día a día, su discurrir, con una exposición clara y hermosa, con la amenidad del que se sabe ya a salvo de casi todo, pues desde esa sabiduría en la que le ha ido instalando la vida nos transmite la sana quietud de la monotonía, esa fiel compañera con la que tan a gusto nos encontramos los que peinamos canas, o ya no tenemos canas que peinar.

Sin el menor rastro de arrogancia, comienza el diario en ese enero de 2014 dándonos una lección de dulzura, lo que ya es una lección de vida en sí misma. Nos explica lo que supone la traducción de textos literarios, una labor a la que, como bien sabemos los que hemos disfrutado de ella, Hilario Barrero se entrega con pasión y rigor, rebuscando en el lenguaje la palabra que mejor se adapte para dar un nuevo vuelo a ese poema que, en un idioma distinto, siendo el mismo, ya es otro.

Paseo y poesía es lo que nos muestra en cada día de este “Prospect Park”. Además, a las letras de la palabra paseo sólo le falta esa “Í” que rompe el diptongo de poesía para que, desde otras posiciones, alterando las letras, digan lo mismo; el autor ve la vida con poesía mientras pasea por ella. No es de extrañar, ya que en la biografía de Hilario Barrero muchas veces parecen confundirse ambas, parecen fundirse en una actitud curiosa y vital hacia todo lo que le rodea.

¿Qué puede ser más que eso un buen diario? Una mirada personal hacia el mundo que circunda al que se dispone a contar su día a día.

 Al fin, la visión única del poeta que habita en él es la que verdaderamente escruta la realidad contemplada en ese continuo paseo que es la vida. Se manifiesta tanto en la mirada interior hacia sí mismo, más reflexiva y a veces descarnada, como en esa otra mirada al exterior, donde lo mismo da fijarla sobre ese “perro que asoma el hocico” que sobre la “tetera de loza apoyada en el poyete de una casa”.

Muchas veces lo de menos es el objeto sobre el que fije su atención, es más el sentido de lo que cuenta, lo que transmite y cómo lo transmite. Ahí es donde subyuga al lector.

Hilario Barrero no se esconde en los textos, aunque como Fernando Pessoa pueda utilizar la escritura para evadirse de una realidad que a veces nos ahoga. Como dice el escritor portugués en “El Libro del Desasosiego: La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida”.

En el caso de los diarios, es capaz de contarla desde una óptica bien distinta a como se pueda desarrollar objetivamente.

En cualquier caso, y a pesar de cualquier intento de maquillaje o camuflaje, es fácil intuir al hombre que se parapeta tras el texto, que se vuelve atractivo para el lector y que se aleja del misterio de lo indescifrable para mostrarse y manifestarse a través de la escritura, con un lenguaje rico y sublime, como lo que es, como un hombre, que no es poco en estos tiempos de impostura.

Siempre y por siempre, Hilario Barrero aparece elevándose sobre esa dulce cotidianeidad a través del amor, de un amor que roza lo imposible y que nos remite a esas dos sombras que se funden para formar sólo una, un alma, en esa eternidad a la que aspiran los amantes verdaderos. Nos lleva a esa sombra larga, larga del “Nocturno” del poeta colombiano José Asunción Silva:

“¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!/

¡Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas…!

El frío de Nueva York en invierno, el palpitar gélido del ambiente de ese Brooklyn al que nos aproxima, se torna cálido en su mirada; de nuevo la magia paradójica del lenguaje flotando por las páginas de “Prospect Park”.

Desde cualquier situación y coordenada, el autor siempre acaba por llevarnos a ese día a día desde el que nos ofrece imágenes de la infancia, a ese “cucurucho de papel de estraza”. Son esas introspecciones, esas metáforas, esos vuelos imaginativos los que nos maravillan y los que nos atrapan. Al fin, lo que, como ocurre con la buena poesía, nos identifica con el autor, por mucho que sus vivencias neoyorquinas disten bastante de las que pudiéramos tener como lectores. Esa es su gran virtud, llegar a quien se detenga en sus páginas más allá de su origen o procedencia, porque su prosa va directamente al corazón de cualquier tipo de lector.

No podemos sino admirarnos ante su capacidad a la hora de desnudar paisajes, o personajes, con una sola y certera pincelada definitiva. Se advierte nítidamente en descripciones precisas, como en la línea en la que define al alcalde de la ciudad de Nueva York como un hombre que come “pizza con cuchillo y tenedor”.

Incluso cuando desde el hoy que le inspiran estos diarios, estos días de apartamento tranquilo, viaja en el tiempo y se sumerge en las evocaciones de un pasado lejano, de otras vidas, de un tiempo incluso alejado del suyo, no podemos evitar descubrir al poeta que siempre habita en él, a ese poeta que le posee como si fuese un demonio benéfico: “El cuadro sigue ahí/con un perfume de acero y de espada,/ con hombros cargados con capas fluviales,/ con cráneos tonsurados por la humedad, /con miles de teorías y leyendas, /con la decadencia y con el esplendor”.

A veces me detengo en textos como éste y con el libro en las manos pienso que esta lectura no puede ser más placentera. Siempre admirable, tanto por su esencia como por su forma.

Hay perlas escondidas que de pronto nos sorprenden. El autor nos cuenta una deliciosa historia que, bien pensado, pudiera merecer un libro entero. Es lo que nos pasa cuando descubrimos los amores que una desgraciada dama toledana, casada con un hombre ya viejo, mantuvo con un artista en ciernes que apenas comenzaba a pintar un gran cuadro en la toledana iglesia de Santo Tomé. Será a los pies del “Entierro del Señor de Orgaz”, con el niño que aparece en la izquierda inferior esbozado, donde se amarán tiernamente.

Hilario Barrero va y viene a la realidad desde el recuerdo, desde la imaginación de lo que tal vez nunca sucediera para deleite de un lector que no puede sino asombrarse ante una prosa fluida, lírica y apasionante.

Van fluyendo los días como fluyen las estaciones, van cayendo entre tutorías de universidad, viajes, visitas de amigos y reflexiones que nos llevan siempre hacia la calidez de la poesía, hacia ese verano perenne, hacia ese “refugio a veces sin paredes”.

Ese fluir del tiempo diario le hace retornar a su ciudad, siempre tan presente, pese a la distancia, a Toledo, al Toledo de su niñez, desde donde comienza a ver las sombras de un pasado que a él, a todos, con los años, nos va dejando cada vez más solos. Se acaban los paisajes de la niñez y las caras que nos acariciaron la juventud. Pero siempre Brooklyn esperándolo, aunque sea con los ecos de la muerte rondándolo; su tía Gloria, su hermana. Dos maneras muy distintas de recibirla.

En ese continuo viaje que suponen los diarios, Hilario Barrero nos conduce, lleno de la sapiencia que adquieren los hombres buenos, con esa ternura de las tardes tranquilas, al último día de 2014, al momento en el que deja atrás una parte importante de su vida. Es el momento en el que se despide de los compañeros de docencia en la universidad en la que ha trabajado a lo largo de los años. Pero no sólo de ellos, también se despide de Berceo, de Lope, de Quevedo, incluso de aquel alumno “que se emocionó al descubrir a Cernuda”.

Nunca se dice adiós del todo, y bien que lo sabe; sólo se despide para regresar de nuevo a un lugar del que nunca se fue, la poesía.

Los años van cayendo como la nieve, suave y lentamente en esa carrera inevitable que emprendemos hacia el olvido. Sigue pasando la vida, los poetas y la embelesadora y hermosa escritura de Hilario Barrero por las páginas de este diario que nos sumerge en el año 2015 y, así, al comenzar un mes de febrero nos recuerda aquella letanía que cada miércoles de ceniza nos dicen de forma lapidaria: “polvo eres…”.

Un viejo libro nos descubre el aserto al revelarlo lleno de nombres perdidos y olvidados, nombres de aquellos que un día parecía que iban a ser las grandes figuras de la poesía española y hoy ya no son nada; polvo en la desmemoria de los hombres. Nadie los recuerda.

No nos engañemos; ese será el destino de casi todos, incluso el de los más vanidosos. Pero, ¿quién sabe?, quizás algún día alguien los rescate de la oscuridad a la que parecen condenados al encontrarnos de plano con un volumen escondido en una librería de viejo. Si es que aún queda alguna, si es que aún no han sido asesinadas por las nuevas tecnologías, aquellas que aún están por saberse, aquellas que aún no llegamos ni a intuir. ¿Quién sabe si el camino que nos señalan los actuales inventos sea el que nos lleve a una futura sociedad distópica donde la realidad no suponga más que un control absoluto del hombre por parte de poderosas compañías de software? En ese mundo, las librerías posiblemente no existirán. Al menos, como hoy las entendemos.

Entre tanto llegan estos tiempos displicentes sigamos deleitándonos con la lectura sosegada, la que nos arrastra con dulzura a ese oasis de paz que es la soledad encontrada en unos días que se muestran al lector desde una perspectiva lírica y emocionada.

Se suceden los meses en esa serenidad que nos lleva a una vejez que nos hace más sabios. Aún queda mucho para que ese camino nos llene “la boca de silencio amargo”.

Al cerrar el libro, uno sabe que el autor ha cumplido con creces esa obligación que se impuso al ponerse a escribir un diario a diario, ha cumplido con el compromiso adquirido consigo mismo y con los lectores. En “Prospect Park” ha captado el discurrir de la vida, ha penetrado en ella a través de su propia visión de la realidad, de sus experiencias, haciendo uso de ese ojo privilegiado que posee para analizar y contar lo que le sugiere el entorno. Es un ojo mucho más poético que clínico el que aplica a cada latido de sentimiento que se genera en torno a él. Y lo hace desde una mirada real; tierna y amable, o dura y crítica, pero siempre imprimiendo en nuestra conciencia lectora ese sustrato que rezuma la buena literatura.

El nuevo año comenzará y un nuevo cuaderno, aún por rellenar, a buen seguro le espera en la mesa del escritorio. Otra vez comenzará a interpretar la vida, a contar la vida desde la escritura. Como magistralmente acostumbra a hacerlo Hilario Barrero.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

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