Un paseo por Harvard, Boston y el M.I.T.-Juan Francisco Quevedo

De mi paso por la ciudad de Boston y de mis visitas a la Universidad de Harvard y al M.I.T. (Instituto de Tecnología de Massachusetts) queda esta crónica que publico en el diario alerta.

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De mi paso por la ciudad de Boston y de mis visitas a la Universidad de Harvard y al M.I.T. (Instituto de Tecnología de Massachusetts) queda esta crónica que publico en el diario alerta.

DE BOSTON A CAMBRIDGE A TRAVÉS DEL RÍO CHARLES
UNA VISITA A HARVARD Y AL M.I.T. (INSTITUTO DE TECNOLOGÍA DE MASSACHUSETTS)

Cuando uno llega a Boston le impresiona la ciudad como si de una sorpresa inesperada se tratara. No puede ocultar su vocación de primera ciudad de Nueva Inglaterra y de ser una de las más antiguas de la nación.
A las iniciales líneas del cielo, marcadas por los altos edificios que las dibujan, se sucede una urbe que poco tiene que ver con lo que nos podemos esperar a primera vista. Boston es una ciudad marcada por el apacible estilo colonial de sus calles y por el rojo encendido de los ladrillos sobre los que está construida. Por delante de las edificaciones se encaraman las escaleras de incendios, el único elemento propio de unas casas que nos recuerdan la belleza de su pasado inglés, tan inglés que, a veces, uno cree encontrarse en el mismísimo Londres. Claro que ya está ahí la célebre y televisiva cervecería Cheers para desengañarte, para que te frotes bien los ojos y te des cuenta de que estás en la ciudad más británica de los Estados Unidos de América, una ciudad situada en el noreste del país y que apenas se halla a poco más de cuatro horas en coche de Montreal.
No podemos en nuestra estancia sustraernos a caminar por los rincones históricos de Boston, una ciudad que se vuelve esplendorosamente florida en primavera, con sus casitas de cuento envueltas en los tonos rosáceos y anaranjados que nos obsequian, como si se tratase de una explosión natural y salvaje, la multitud de árboles y plantas que se distribuyen por su entramado urbano. Es una ciudad cuidada y querida por sus habitantes; se detecta con sólo detenerse a admirarla.
Pocas cosas hay más placenteras que iniciar nuestra andadura de turista sorprendido y dispuesto a no dejarse despistar por nada ajeno a la propia ciudad que haciendo el llamado recorrido de la libertad-Freedom Trail.
Comenzar por el Jardín Público y el Boston Common con un café entre las manos es una delicia para los sentidos; nos adentramos en ellos bajo la protectora sombra del monumento a George Washington entre una explosión de pinceladas coloristas, casi impresionistas, que nos brinda la naturaleza. Un lago que se encuentra en el corazón del parque y que surge como un paraje paradisíaco, inmediatamente me remite a la película “El indomable Will Hunting”, en concreto a ese banco en el que, a orillas del agua y con unas vistas de lo más relajantes, se sentaban Robin Williams y Matt Damon, ese muchacho rebelde, criado en los barrios marginales y violentos, que era un prodigio de las matemáticas.
Dar un paseo entre la quietud de un parque que se enmascara y protege del bullicio de una ciudad que hierve de vida, es un oasis dentro del caos circulatorio. Boston es capaz de obsequiarnos con una cerveza en Cheers, con los escaparates de las apacibles tiendas y terrazas de Newbury Street, con las excelentes vistas que hay desde el último piso del Prudential center o con la inexcusable asistencia a un partido de béisbol de los Red Sox. Y todo ello aderezado con un beso de la primavera en la diana de nuestro pequeño universo. Eso por no hablar de los Celtics, ese mítico equipo de la NBA que, a los de nuestra generación, nos hace volver la vista y la mirada hacia la nostalgia de los anillos de Larry Bird.
Junto al parque, en un lugar cercano al cementerio donde se hallan las tumbas del poeta Samuel Sprague, me encuentro con el Hotel Omni Parker, un establecimiento que abrió sus puertas en 1855, siendo el hotel más antiguo de EEUU. En él trabajó en 1912 como panadero Ho Chi Minh, el que fuera presidente comunista de Vietnam del Norte; quizás aquí germinara lo que le llevase a su cruzada anticapitalista posterior.
En esos mismos pasillos, en esas mismas salas por las que trabajara el líder vietnamita, se dice que el presidente Kennedy atendía asuntos menos de estado y más privados. Aunque también en sus salones anunció su presentación al Congreso en 1946 y en la mesa 40 de su restaurante pidió la mano a Jackie Bouvier, la mujer que estaba destinada a llevar el refinado y exquisito gusto parisino a la sociedad americana.
Pero aquel hotel era mucho más que eso, era el lugar de reunión del Club de los sábados, en el siglo XIX, y eran miembros del mismo el novelista Nathaniel Hawthorne y los poetas James Russell Lowell, John Greenleaf Whittier y Henry Wadsworth Longfellow. Allí residió durante cinco meses Charles Dickens, donde recitó e interpretó para el citado club “Cuento de Navidad”.
Sin duda, todo un clásico en un país tan joven, un país que desde esa juventud ha perdido el miedo a explorar nuevos caminos, aquellos que, quizás, otras culturas más encorsetadas en la tradición, no están tan dispuestos a recorrer.
Callejear por la ciudad hasta acercarte al Museo de Bellas Artes es una experiencia deliciosa; la ciudad se abre entre grandes espacios hasta que llegamos a divisar la fachada renacentista del espléndido museo, una fachada que aparece escoltada por dos grandiosas esculturas de Antonio López, formadas por dos imponentes cabezas en bronce de más de dos metros de altura de una misma niña, una despierta y la otra dormida.
En el interior, magníficos cuadros nos acompañan, desde el famoso retrato que le hiciera Velázquez a Góngora, así como los que hiciese al malogrado príncipe Baltasar Carlos, que inspiró una de las más bellas composiciones de Lope de Vega, y a su padre el rey Felipe IV. Lienzos de Carreño Miranda, Rembrandt, El Greco, Van Gogh, Degas, Monet, Renoir o del deslumbrante pintor americano John Singer Sargent se suceden en una procesión de genios inmensa, hasta llegar a la extraordinaria colección de arte egipcio. Después de visitar las excelentes exposiciones individuales de Frida Khalo y de Toulouse-Lautrec que tenían lugar durante nuestra estancia, nos resignamos a dejar atrás el museo con la sensación de habernos impregnado de la belleza inmensa que alberga; sin duda uno de los mejores del mundo.
Boston, más bien la cercana Cambridge, a las que tan sólo las separa el río Charles, es un enclave sobre todo universitario, no en vano Harvard es la primera universidad en todos los sentidos, la más antigua del país y la más prestigiosa del mundo. Así que después de andar por sus calles, deleitarnos con sus museos, donde se exhiben lienzos de los más relevantes pintores de la historia, nos decidimos a pasar el río Charles y hacer una visita a Harvard, la mítica Universidad americana para después, de la mano de mi amigo Luis Alberto Alonso Pastor, Research Scientist y Principal Investigator del City Science Network of Collaborative Cities en el City Science Group MIT Media Lab, hacer una didáctica y apasionante visita a través de alguno de los departamentos del Media Lab, que forma parte del inmenso e impresionante complejo que compone el Instituto de Tecnología de Massachusetts (M.I.T.).
Cuando llegamos al campus de Harvard no podemos dejar de tener la sensación de tocar con los dedos la historia del conocimiento de los últimos siglos. De la mano de mi hija Claudia, profesora de español en la prestigiosa universidad, visitamos la imponente biblioteca y nos rendimos en un silencio conventual a su solemnidad.
Caminamos por el campus, revivimos las escenas de una de las últimas películas rodadas en él, La red social, sobre la vida de Mark Zuckerberg, alumno de Harvard y creador de Facebook, y nos encaminamos a su magnífico museo, donde nos volvimos a admirar con la belleza de las esculturas de Rodin y Bernini, de los cuadros de Picasso y Van Gogh, así como con los de los innumerables maestros que pululan por sus salas. Parece mentira que una ciudad, más bien dos que son una, Boston y Cambridge, puedan albergar dos espacios artísticos tan maravillosos.
Después de conocer y departir con la profesora de Literatura Comparada de Harvard, Lana Jaffe Neufeld, traductora de mis poemas al inglés, recientemente publicados en Inventory, la revista que edita la Universidad de Princeton, tan sólo me queda por realizar mi deseada visita al Media Lab.
En seguida nos recibe Luis e iniciamos un recorrido que, desde el primer momento, me deja boquiabierto. Cualquier tema que toque lo hace con tal pasión que inmediatamente conectas con la esencia del Media Lab, un centro de investigación avanzado en el que cualquier idea, por más loca que pueda parecer en principio, tiene cabida. Esa es la filosofía de esta institución; por muy disparatado que pudiera parecer a primera vista un proyecto, siempre será aceptado y apoyado si está sustentado sobre un buen plan de investigación.
Me voy quedando asombrado a medida que vemos cómo se puede influir con pequeños cambios en el diseño urbano; para eso están los estudios que realizan desde las ciudades inteligentes. Por no hablar de los avances en inteligencia artificial, en vehículos autónomos, en duplicidad de alimentos o en avances médicos y de análisis. Son pequeños ejemplos de algunas de las diferentes áreas que se realizan desde este laboratorio de pruebas perteneciente al entramado del M.I.T., proyectos que en un futuro habrán de causar un fuerte impacto en el día a día de la sociedad que tenemos a la vuelta de la esquina, mucho más pegada a los avances de las realidades técnicas de lo que ha estado jamás.
Boston es mucho más aún, aunque parezca mentira, que un gran centro del conocimiento mundial en todos sus ámbitos, universitario, intelectual y tecnológico. Es una ciudad con vida, con mucha vida, con unas calles por las que caminas con la sorpresa de descubrir en cada esquina algo agradable, desde una bonita terraza donde hacer un alto en el camino y tomarte un brunch, ese invento que tanto éxito está teniendo y que te permite realizar a media mañana un desayuno fuerte a la americana, hasta una calle que te invita a recorrerla, a dejarte embriagar por el secreto encanto de las ciudades que destilan pasión por la vida.
Uno se va de Boston con una bonita sensación, la de querer regresar cuanto antes.
Juan Francisco Quevedo

Parque de Boston donde se rodó El indomable Will Hunting

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