JOAN MARGARIT-PREMIO CERVANTES-Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT

PREMIO CERVANTES 2019

Hay noticias que nos llenan de alegría porque hacen justicia no sólo al poeta sino y, sobre todo, a la poesía. Es lo que me ocurrió al saber el nombre del nuevo Premio Cervantes, Joan Margarit i Consarnau, un poeta excelso, necesario e imprescindible.

Con este galardón se rinde culto a dos lenguas peninsulares en las que el poeta se expresa con destreza innovadora y exactitud. Una, su lengua materna, el catalán y, otra, la lengua común, la lengua en la que leyó y se embebió con los grandes de la literatura en castellano, la española. En ambas es un maestro y en ambas muestra un dominio preciso del lenguaje, lo que le hace pertenecer a ese selecto club en el que militan muy pocos, el de la palabra precisa. Y ahora también, a sus 81 años, pertenece a otro no menos distinguido, ya que forma parte de esa especie de Parnaso del Olimpo que es el más alto y prestigioso premio de las letras en español, el Premio Cervantes.

El ministro de Cultura y Deportes, José Guirao, acompañado por la uruguaya Ida Vitale, última ganadora del Premio Miguel de Cervantes, ha sido el encargado de dar a conocer a eso de las dos de la tarde de este pasado jueves el nombre del premiado en la edición 2019. Ha salido elegido por el jurado de una lista de candidatos que habían sido propuestos por la Real Academia de la Lengua Española para optar este año al premio.

Antes de desvelar su nombre, y para dotar de cierta intriga adivinatoria al acto, el ministro leyó un poema del ganador, No tires las cartas de amor. Acabó despejando definitivamente la incógnita al finalizar la lectura.

No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esta flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.

José Guirao destacó su aportación a un lenguaje con el que “ha enriquecido tanto la lengua castellana como la catalana y representa la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal”.

El Premio Cervantes, cuya primera edición tuvo lugar en 1976, ha reconocido a grandes escritores como el cántabro Gerardo Diego, y este año enriquece su nómina con la figura indiscutible del poeta Joan Margarit. La entrega se producirá, como viene siendo costumbre, el 23 de abril, fecha de fallecimiento de Cervantes, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Unos días excelentes para el poeta catalán ya que, precisamente, Joan Margarit, recibirá la próxima semana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que le fue otorgado el pasado mes de mayo. El jurado de este premio definió al poeta como “el gran artífice de la poesía como instrumento moral”.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

Ahora toca hablar más del poeta, más de su obra. Debo decir que sus libros son textos de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan sólo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Joana y Un asombroso invierno, bien merecen un comentario más extenso pero antes debo resaltar su última publicación, Para tener casa hay que ganar la guerra, una deliciosa autobiografía donde narra los años que van desde su nacimiento hasta su paso por la universidad.

Me gustaría recordar que su obra completa se recoge en un magnífico libro que lleva por título “Todos los poemas (1975-2015)”.

Joan Margarit es un poeta que sabe muy bien cómo hacer poesía; en ella verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad (autenticidad, emoción, entusiasmo) y belleza (lirismo, sentido rítmico, contención métrica) para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad. No hay nada más complejo que la búsqueda de la sencillez.

Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige y sería una insensatez renunciar a ello. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, de Un asombroso invierno donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema del mismo libro en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema que se recoge en Un asombroso invierno desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

Ya han pasado casi veinte años desde la publicación de Joana, veinte años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía. Surgen los versos sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

Un cuento

No digas nada, Joana,
tan sólo escúchalo y no digas nada.
Íbamos caminando en la lluviosa
mañana por el pueblo adormecido,
entrábamos despacio
por una larga calle de adoquines
que no llevaba hacia ninguna parte.
Los niños nos llamaban con canciones
para acercamos al canal, que viésemos
su casa reflejándose en el agua.
Te gustaba, ¿recuerdas?,
ver a los niños. Al marcharnos
quedaban sus caritas pegadas al cristal,
sus voces apagándose en el agua.
Llegamos tarde. Demasiado. Tanto
que siempre volveremos separados:
ese es el precio por haber podido
entrar dentro de un cuento.
Y qué suerte encontrarte ahora aquí,
de madrugada, convertida en patio:
esto quiere decir que todo el tiempo
estabas junto a mí en la oscuridad.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera.

Miré hacia atrás, a mi balcón,

la baranda como una partitura.

Dije adiós a mi padre y a mi madre.

La vida me eligió para su amor.

También la muerte.

No me une más relación con el poeta que el agradecimiento por sus versos y un intercambio de unas pocas letras. Cuando Joan Margarit estaba a punto de concluir Un asombroso invierno me llegaron sus palabras: “… Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuanto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión”. 

De este libro tan excelso y crucial solamente voy a recordar uno de sus poemas, uno de mis favoritos. Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. El poema, como toda su poesía en general, surge sin trabas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado.

Cuesta de Atocha

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector. A un lector al que cuida con la misma sencillez grandiosa de su poesía, con la delicadeza de aquellos a los que la vanidad no les alcanza.

Baste una parte de la última comunicación que tuvimos, tras la reseña que hice en el diario Alerta de Un asombroso invierno, para darnos cuenta de ello.

“Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu

Joan “

Joan Margarit es un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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2 respuestas a JOAN MARGARIT-PREMIO CERVANTES-Juan Francisco Quevedo

  1. Desde hace años que sigo la estela de Joan Margarit y sus versos. Sobran más comentarios. Gracias por esta entrada, Juan Francisco. Salud.

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