“LOS CASTRATI”-Juan Francisco Quevedo

Aquí os dejo la bárbara historia de los castrati.

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LOS CASTRATI

LA HISTORIA DE UNOS NIÑOS MUTILADOS BÁRBARAMENTE PARA PRESERVAR SU VOZ ANGELICAL

 

Sería muy a principios de los ochenta cuando nos encaminamos hacia el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela a escuchar una conferencia del psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera. Creo recordar que se titulaba sencillamente “Los Castrati”.  Éramos unos jóvenes estudiantes a los que aún movía e interesaba cualquier tema que pudiera motivarnos intelectualmente y aquel hombre ya había captado nuestra atención a través de sus libros.

Hacía pocos años, no más de tres o cuatro, que habíamos leído y nos había fascinado la biografía que había escrito sobre el escritor japonés Mishima, con toda la iconografía ritual, casi sagrada, que flotaba en sus páginas en torno a la muerte. Pero no era el único libro que nos había impactado; en nuestro grupo de amigos, todos estudiantes en Santiago, habíamos comentado con profusión otro de ellos, el titulado “Concierto para instrumentos desafinados”, un visión divertida pero no exenta de rigor y ternura sobre algunos de los enfermos psiquiátricos que habían pasado por sus manos.

Por otro lado, el profesor y escritor hacía apenas un año que había publicado uno de sus libros más importantes, que ha sido y es libro de texto en muchas universidades, “Introducción a la Psiquiatría”. Mi buen amigo Paco Bujalance, ya en el último año de Medicina, lo había comprado y disfrutábamos todos con su lectura y con los comentarios que suscitaba entre nosotros. Lo había hecho a pesar de la indicación del catedrático de turno de su inutilidad, un hombre que tampoco se recataba en denostar la figura de su autor como psiquiatra. Claro está, a decir de mi buen amigo, este libro tenía una ventaja sobre los que recomendaba su catedrático, una ventaja nada despreciable, se entendía con claridad meridiana.

A nuestro interés por la conferencia se añadía una curiosidad un tanto morbosa; el caso es que por esas cosas del protocolo, el conocido detractor del conferenciante iba a ser el encargado de presentarlo y no nos queríamos perder cómo ventilaba ese trago. Claro está, y aunque no sirva como disculpa, quizás flotara aún en el ambiente académico la obscura figura del padre del conferenciante, quizás aún nadie había olvidado que había sido el psiquiatra del régimen y en esa asimilación con el sistema se había esforzado en una búsqueda peregrina, la de encontrar el gen rojo. Desde las alturas de la dictadura aplaudían y alentaban ese interés con el que se pretendía asociar a una anomalía genética toda una corriente de pensamiento político, el comunismo.

Ahora bien, en nuestros tiempos de estudiantes no hay que olvidar que lo que estaba en plena efervescencia en España era la corriente anti-psiquiátrica que no solo pretendía acabar con el encierro inhumano de los manicomios y con las sesiones de electroshock sino que, además, abogaba por la supresión de la medicación y por abordar los problemas mentales con unas terapias de tipo psicosocial.

El caso es que mientras que el catedrático de Psiquiatría de Santiago de Compostela se enmarcaba en esta corriente anti-psiquiátrica, que ya definiera como tal David Cooper en 1967, el conferenciante era mucho más ecléctico y pragmático en el tratamiento de las enfermedades mentales y aunque defendía un trato humano, no descartaba tratamientos farmacológicos y una terapia más individualizada.

Una vez instalados en la primera fila del aula, llegó el momento de dar comienzo el acto y, para nuestra diversión, el catedrático de Psiquiatría no escatimó en elogios y deferencias a la hora de presentar a su colega. Sin duda, actuó como un “pelota” de lo más servil, aparte de como un hipócrita, no atreviéndose a decirle en público lo que comentaba a sus espaldas. Vallejo Nájera mientras escuchaba con media sonrisa, parecía decirle lo mismo que uno de sus personajes de “Concierto para instrumentos desafinados”, el que aparece en “El orinal de plata”, le dijera a un nuevo médico del psiquiátrico. El galeno, que era un tanto autoritario y muy poco comprensivo, ignorando las costumbres del que se autodenominaba Archiduque don Ataúlfo, le llamó la atención delante de Vallejo Nájera y de parte de su equipo por hacer sus necesidades en un orinal en el pasillo, algo que venía haciendo sin que nadie aparentemente reparara en ello; el archiduque le miró desde abajo y le dijo: “¿Por qué se atreve usted a tutearme? Sentado donde estoy sentado, no llega usted a la altura de mi desdén”. Tras espetarle semejante dardo, siguió a lo suyo ante la perplejidad del recién llegado y la alegría contenida de los presentes. Vallejo, igual de imperturbable que su paciente, comenzó su conferencia.

Pronto nos olvidamos de todos estos chismes y en seguida nos vimos atrapados por las primeras palabras del conferenciante. No tardó en decirnos: “Os voy a poner la única grabación existente de un castrati; se conserva en el Metropolitan de Nueva York y han tenido la amabilidad de procurarme la grabación que vais a escuchar”. Entonces nos fascinó esa posibilidad; hoy en día se puede escuchar a Alessandro Moreschi en Youtube sin el menor problema. La grabación, aunque aceptable, no me produjo nada especial, ni su voz me pareció especialmente angelical; quizás por estar predispuesto a escuchar algo extraordinario.

Vallejo Nájera no tardó en relatar cómo se decidió a profundizar en la historia de estos hombres. Un día caluroso de verano, yendo en coche con un amigo, el profesor Ugo Cerletti, inventor del electro-shock, por Roma, casi atropella a un hombre que iba tirando de un carro lleno de verduras; éste comenzó a gritarles y a insultarlos con grandes voces acordándose de su madre, “la gran puttana”. El profesor italiano sin inmutarse detuvo el coche y le dijo a su acompañante mientras el verdulero gritaba con más intensidad: “Observa su estructura anatómica: rechoncho, distribución feminoide de la obesidad, manos pequeñas…, esa voz podría ser una maravilla”. Sin duda era un hombre con cierto hipogonadismo y el profesor comenzó a explicarle cómo algunos tenores también sufren esta deficiencia endocrina.

De ese hecho tan simple surgió su interés por estos hombres que, siendo niños y estando en posesión de una hermosa voz, antes de que ésta cambiase, eran castrados para preservarla y poder admirarla ya de adultos.

Los orígenes de esta aberrante práctica se remontan a la antigua civilización sumeria y, posteriormente, ya hay constancia de la existencia de cantantes eunucos en el Imperio Bizantino, donde gozaron de reconocimiento hasta la caída de Constantinopla en el año 1204. Después, se desvanecen de la historia hasta que, misteriosamente, reaparecen en la Italia del siglo XVI. Quizás, en su regreso sorpresivo,  pudiera haber tenido una gran influencia la decisión tomada por el Papa Paulo IV de prohibir a las mujeres actuar en los escenarios romanos, lo que pudo provocar que existiese una necesidad de incorporar voces femeninas para los personajes que hasta entonces encarnaban las mujeres y que fueron asumidos por los castrati. Esta prohibición papal se había tomado basándose en las palabras de San Pablo, entresacadas de la I Epístola a los Corintios: “Las mujeres cállense en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra”.

La realidad fehaciente es que a raíz de esta decisión los castrati proliferaron a los largo de los dos siglos siguientes, gozando de gran popularidad y reconocimiento. Su declive no se produciría hasta finales del siglo XVIII donde se alzaron voces significadas, como las de Voltaire o Rousseau, frente a estas aberrantes y bárbaras costumbres. Será Napoleón, tras la toma de Roma el que prohíba estas prácticas que serán castigadas con la pena de muerte.

Ahora bien, el Papa Benedicto XIV, mediado el siglo XVIII, ya había prohibido la amputación de cualquier parte del cuerpo, salvo en aquellos casos que se justificara médicamente. Esto dio lugar a multitud de trampas, provocando un sinfín de falsas alegaciones en las que se decía desde haber sido mutilado de pequeño por un cerdo hasta haber sido víctimas de los más variopintos accidentes.

De la proliferación de castrati, de estos maestros del falsete intrínseco a su naturaleza, durante el barroco italiano, baste decir que en el año 1780 había sólo en la ciudad de Roma setecientos cantando en las diferentes iglesias de la ciudad. A ellos se sumaban al menos dos más actuando en los numerosos teatros operísticos existentes. La primera gran estrella del bel canto con estas características será Baldassare Ferri, que llegará a parar una guerra tan solo para que la reina Cristina de Suecia pudiera escucharlo.

Por otro lado, a principios del siglo XIX la iglesia consintió la vuelta a los escenarios de las mujeres, lo que fue el inicio de la decadencia de los castrati. La última actuación operística de un castrati en un teatro será la llevada a cabo en 1830 por Giambattista Velluti; ahora bien tanto en el Vaticano como en otras iglesias seguirán actuando hasta su prohibición definitiva, por el Papa León XIII, en 1902, ya a comienzos del siglo XX. En 1913 se retirará el último de los castrati, que había pertenecido al coro de la Capilla Sixtina, Alexandro Moreschi. Había sufrido la extirpación testicular a la edad de diez años y fue conocido debido a su prodigiosa voz como el Ángel de Roma, llegando a actuar en 1900 en los funerales del rey Humberto I.

La castración fue en aquella Italia una práctica habitual debido a la demanda existente para nutrir las filas de numerosos coros, como por ejemplo el de la Capilla Sixtina, y, para subirse a los escenarios, donde aquellos más afortunados estaban llamados a llenar los teatros y a ser admirados. Téngase en cuenta que en aquellos años no se escribían papeles para las sopranos mujeres sino para los castrati; eran estos hombres evirados los que, debido a los tonos tan agudos y elevados a los que podían acceder, copaban los grandes escenarios interpretando papeles femeninos.

Con la castración y sin el aporte testosterónico se pretendía conseguir y potenciar voces angelicales. Hay que tener en cuenta que al detenerse el aporte de hormonas masculinas se paraba el desarrollo y los cambios naturales de la laringe con lo que no sólo se conservaba un tono de voz agudo sino que al crecer el resto de órganos se potenciaba aún con los pulmones de un adulto y la resonancia que se conseguía con el desarrollo de la caja torácica. El resultado era un tono algo similar al de una soprano pero muy mejorado por la potencia que se podía conseguir. Ahora bien, hoy se sabe que el déficit de testosterona conlleva grandes problemas, como serias complicaciones y deficiencias cardiovasculares que acortan la vida. Eso por no hablar de una merma de la masa muscular y ósea, reducción del deseo sexual y una serie de graves inconvenientes. El aspecto de estos hombres solía ser más afeminado y eran más altos debido a que la presencia de testosterona hace que se cierren los discos de crecimiento de los huesos.

Esta práctica de castrar a los niños comienza a realizarse en Italia mediado el siglo XVI y consistía en eliminar el tejido testicular sin que afectara al pene. Principalmente se utilizaban dos métodos para realizar la extirpación. En uno de ellos se introducía a los niños, de entre siete y doce años, en una tina de agua caliente tras haber inducido en ellos una sedación por métodos no muy ortodoxos, ya que la anestesia no aparecería hasta el siglo XIX. Se les administraban grandes cantidades de alcohol o substancias como la tintura de láudano con opio en su formulación. En ocasiones se les presionaba la carótida para que se desvanecieran y quedaran inconscientes, lo que provocó numerosas muertes.

Una vez preparados para la emasculación, se seccionaba el escroto con una incisión y se procedía a la extirpación testicular. A continuación se cortaban las hemorragias con emplastos, cauterizaciones al fuego o mediante una fuerte ligadura.

El otro método consistía en la extirpación por isquemia; para ello se ligaba fuertemente una cuerda por encima de los testículos y se comprimían hasta provocar una necrosis que hacía que muriese el tejido testicular y que se fuera desprendiendo. El dolor que se provocaba duraba semanas.

Con ambos métodos se conseguía suprimir las dos funciones testiculares, la producción de testosterona y la de espermatozoides. Cuando esto se hacía como era el caso, antes de la pubertad, los caracteres masculinos, como la aparición de vello o el desarrollo de la laringe, se anulaban y, con ello, también lograban aquello que más querían, conservar la voz. Después de la mutilación todo quedaba en manos del azar, ya que no todos los castrati podían mantener la voz en el tiempo y aquellos que no lo conseguían estaban mal vistos por la sociedad e incluso se les negaba dar tierra en sagrado. En una gran parte del siglo XVIII, cuando más demanda hubo de estos cantantes, se estima que se castraban unos cuatro mil niños al año.

Fuera cual fuera el sistema empleado, el dolor causado a los niños ante tamaña salvajada era inmenso; sólo poder rememorar cómo podían ser aquellas dantescas escenas sobrecoge hasta al corazón más curtido. Además, la mortalidad provocada tenía que ser muy alta, no sólo por la brutalidad de la práctica sino también por las nulas medidas higiénicas y por la falta de preparación de los que las llevaban a cabo, que carecían de titulación alguna y se paseaban por los diferentes lugares ofreciendo sus servicios.

La castración dejaba a aquellos futuros hombres infértiles pero no impotentes, lo que supuso para ellos una gran ventaja a la hora de correr aventuras amorosas, ya que en una época sin métodos anticonceptivos, las mujeres sabían que no corrían el riesgo de caer embarazadas. Además, tenían fama de ser grandes amantes, ya que podían mantener, digamos el entusiasmo, durante largo tiempo.

La demanda de voces existente hizo que muchas familias italianas viesen en la castración de sus hijos varones una manera para ayudarles a sobrellevar la pobreza, llegándose a extremos impensables en la popularización de la emasculación. De hecho, en una barbería de Nápoles se llegó a colgar un cartel en el que se anunciaba escuetamente: “Aquí se castran niños”.

Cuesta decirlo, y suena un poco al grito del pueblo madrileño cuando espoleaba la venida del absolutismo al grito de “¡Vivan las caenas!”, pero los castrati despertaron tanto fervor en Italia que cuando Napoleón abolió en Roma la práctica y las actuaciones de los castrati, el pueblo se sublevó al grito de: “¡Viva el cuchillo, el bendito cuchillo!”.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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