CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO-Juan Francisco Quevedo

CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO

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UN CAPÓN EN LA CORTE BORBÓNICA DEL SIGLO XVIII

 

De todos los castrati que fueron, sobresale por méritos propios, tanto por su fama y popularidad como por sus logros, Farinelli. Tras triunfar clamorosamente en el mundo operístico y en los escenarios europeos, recalará en España, adonde llegará con una misión prácticamente imposible, rescatar a Felipe V, el primer rey español de la dinastía borbónica, de la abulia y de la depresión en la que se hallaba inmerso.

Mediada la década de los treinta del siglo XVIII, el rey español que desde la adolescencia manifestó cierta tendencia depresiva, entrará en una fase de locura absoluta. Se niega a asearse, a comer y a cualquier cuidado, encerrándose en su habitación y negándose a salir de la cama. En multitud de ocasiones piensa que ha muerto y grita aterrado. En cualquier caso, nada le interesa y mucho menos las labores de gobierno que recaen en la parmesana Isabel de Farnesio, una reina a la que, cuando al monarca le asaltan episodios de furia, llega incluso a golpear. En su locura, el soberano, hace día de la noche y noche del día, obligando a sus ministros a despachar a las dos de la madrugada. Ante este panorama de absoluta demencia, la preocupación en la corte es tremenda, temiéndose incluso el peor de los desenlaces, la muerte del rey.

En lo más álgido de la grave crisis mental por la que atraviesa Felipe V, Isabel de Farnesio tomará una decisión de lo más sorprendente. Nadie osará contradecirla; de su poder da medida exacta la composición del famoso cuadro del pintor francés Van Loo que cuelga en las paredes del Museo de Prado, La familia de Felipe V; en él se aprecia a la perfección que era ella y sólo ella quien verdaderamente mandaba en España.

Durante el año 1737, la reina envía una embajada a Londres con la secreta misión de traer a Madrid, costara lo que costara, al mayor asombro artístico que existía en la época, al castrati Carlo Broschi, conocido como Farinelli. Conseguirán su objetivo, logrando que el maestro se traslade a Madrid, donde residirá los próximos veintidós años, tras ofrecerle una cantidad inmensa de pensión, tres mil libras.

Al llegar el lírico divo a palacio es informado con detalle por la reina de los desvaríos del rey así como de su negativa a abandonar sus habitaciones, donde permanece encerrado a cal y canto. Isabel de Farnesio le hace saber que confía tanto en la belleza de su canto que pretende rescatarlo de su ensimismamiento a través del impacto que pueda ejercer en el espíritu del rey.

Farinelli no se hace esperar y de inmediato comienza su sesión de músico-terapia en una estancia contigua a las dependencias del rey. Su voz no tardará en lograr un efecto milagroso, al conseguir despertar la curiosidad real. Con esta reacción, resurgía cierta esperanza ya que parecía que el rey, a pesar del ostracismo autista en el que se sumía, aún era capaz de estimularse por algo realmente bello y hermoso.

Asombrado por la voz que le llegaba hasta la cama, el rey decidió averiguar de qué se trataba y, al ver que salía de la privilegiada garganta de Farinelli, no pudo por menos que ofrecerle todo aquello que pidiese. Farinelli se limitó a pedirle que se levantara y que asistiera a los Consejos, así como que se vistiera y afeitara.

Nunca sería nuestro divo un hombre mezquino ni ambicioso. Habiéndolo podido tener todo, jamás abusó de la confianza de los reyes en los largos años que permaneció en la corte. Ni abusó del padre, Felipe V, ni abusó, después, del hijo, Fernando VI.

Desde el momento en que se obrara el prodigio, el rey aún vivirá nueve largos años, durante los cuales, día a día, Farinelli entonará las cuatro mismas canciones, inexorablemente, rematando la actuación con una serie de gorgoritos en los que imitaba el canto del ruiseñor. Quién sabe si la milagrosa y portentosa voz del divino castrati actuara como un sedante sobre la mente del rey. Hoy en día hay muchas teorías sobre música y relajación, así como sobre música y sus cualidades terapéuticas, por lo que no supone nada extraño que consiguiera el efecto paliativo, aunque no curativo, que se buscaba.

Pero, lo cierto y verdadero es la capacidad de emocionar de esta asombrosa voz, una voz que había hecho llorar a media Europa y que ahora se ponía a disposición del rey. Los castrati inundaron los escenarios del XVIII, y parte del XIX, arrebatando a las sopranos mujeres los grandes papeles femeninos, ya que éstas no podían igualar sus registros. Podemos decir, aunque suene cruel, que los castrati, de alguna manera, eran voces diseñadas a la medida. Sus cualidades bucales, conservando su voz de niño y a la vez con la caja de resonancia y los pulmones de un adulto, les convertían en inalcanzables. La crueldad con la que se conseguía el prodigio, a través de la castración, permaneció inalterable hasta bien entrado el siglo XIX.

Pero nuestro Farinelli, al contrario de la mayoría de los castrati, no provenía de la pobreza, sino que era hijo de una familia bien acomodada; su padre fue gobernador de varias ciudades, lo que nos induce a pensar que su infortunio, aunque luego se convirtiera en virtud para los que le escucharon, fue originada por algún lamentable accidente, que bien pudiera haber sido una caída desgraciada, o por alguna enfermedad. Farinelli además poseía un físico agradable, sin las taras que comúnmente tenían los castrati, lo que hará que levante no pocos suspiros entre las damas de la época.

Ante lo inevitable, ante la mutilación de su hijo, la familia decidió darle una educación exquisita y no dudaron en enviarlo al Conservatorio de Nápoles, donde daba clases el maestro más prestigioso de la península itálica, el profesor y compositor Porpora. Será precisamente en una de sus óperas cuando el joven Carlo se suba por primera vez a un escenario.

Fernando VI sucederá a su padre, Felipe V, en el trono de España. Compartirá con su esposa, la reina Bárbara de Braganza, sus aficiones, especialmente la caza y la música, siendo ambos grandes melómanos. Todas las noches acudían juntos a escuchar y deleitarse con la voz de Carlos Broschi, Farinelli, el divino castrati que permaneció a su lado durante todo el reinado. En esos años y con la supervisión de Farinelli se construirá el Teatro de la Ópera del Buen Retiro que será una referencia mundial hasta su destrucción.   

Carlo gozaba del favor real, junto a un grupo de privilegiados amigos, entre los que destacaba el insigne embajador inglés Benjamín Keene. El célebre cantante jamás se aprovechó de su ventajosa situación, pese a disponer de multitud de oportunidades para haberlo hecho. Pero veamos cómo describe el embajador inglés la alegría y el desenfado que reinaba en el espíritu de la corte de Fernando y Bárbara.

“Después de la ópera comenzó el baile en la gran sala llamada el Casón… Me quedé allí, como de costumbre, hasta las tres de la mañana, pero salí cuando quise para refrescarme con toda clase de aguas y vinos…., de modo que bailé más que en estos treinta años pasados. A la noche siguiente, apenas me hube sentado en la ópera, Sus Majestades Católicas me enviaron el libreto por medio de Farinelli… Tuvimos luego una cena en la sala de los Reinos; después, un baile, donde el rey cansó a todas las damas de palacio…”

Para Farinelli, el eunuco divino, su don supuso un inmenso ascenso social, gozando de la admiración de los melómanos de su tiempo y del aprecio y el cariño de los reyes, primero de Felipe V y, después, de su hijo, Fernando VI. Sin duda, la alegría de la corte y del rey era transmitida por la reina Bárbara de Braganza que, desde el primer momento, supo ganarse el afecto y el respeto de cuantos la rodearon. Era una persona tremendamente inteligente, culta y conversadora que, desde que iniciaba un acercamiento, hacía olvidar a su interlocutor su más que probada fealdad. Recurramos de nuevo a Keene para recordar a la reina.

“La reina asimismo nos hace saber cuándo se propone pasear por los jardines y nosotros acudimos. Yo llegaría a deciros que aún cuando ella fuera una persona particular, tiene tantas cualidades y tan agradables, que yo buscaría su compañía. Nadie se ha mostrado nunca tan libre, tan dispuesta hasta las más lejanas indicaciones y tan sumamente condescendiente como ella. Afirmo que esto es realmente cierto.”

Para el entretenimiento de Fernando VI y de su esposa, Bárbara de Braganza, Farinelli, con el apoyo del marqués de la Ensenada, organizará los paseos fluviales. A tal efecto, se dragará el río Tajo, en los alrededores de Aranjuez, con el fin de que pudiera navegar por su cauce la llamada por el eunuco divino “flota del Tajo”.

Los paseos fluviales se iniciarán en 1752. Se navegaba río abajo durante unas tres horas, en las que se recorrían cuatro millas en el trayecto que hay desde el embarcadero del Sotillo hasta el del Puente de la Reina, junto a palacio. Lo más espectacular del recorrido era el concierto fluvial en el que cantaba el gran Farinelli. Regresaban al embarcadero de Palacio ya de noche.

A la muerte de su esposa, Fernando VI cayó en una depresión brutal y se encerró en un viejo y mal acondicionado castillo en Villaviciosa de Odón.

El rey, inmediatamente, se desentendió de los asuntos de gobierno y ya sólo hablaba de cualquier recuerdo relacionado con la reina difunta. A finales de septiembre la situación es alarmante, pues Fernando se niega a comer y sólo ingiere líquidos. A su vez, aumentan sus rarezas y los episodios de furia. Toda la corte rememoró lo que ya había ocurrido con su padre.

El último documento que firmará está fechado en septiembre y el último despacho con Wall será a primeros de octubre de 1758, todavía “de pie y en conversación”. Pronto abandonará todo, tanto los asuntos de gobierno como la caza, su pasión, y le invadirá una obsesión enfermiza por el temor a morirse. La enfermedad podía con el rey.

Los intentos por hacer volver al rey en sí son desesperados. Para intentar recuperarlo se hace venir al castillo a su gran entretenedor en sus excursiones por el Tajo, al divino castrati, a Farinelli. Se pone con él en práctica la terapia que tan excelente resultado diera con su padre, Felipe V. Pero esta vez todo fue inútil, nada lograba alejarlo de su extraña y enfermiza melancolía, ni tan siquiera la voz privilegiada del divino castrati.

Poco a poco, dejó de hablar, de alimentarse, estando como ausente a todas horas. Después se encerró en una pequeña habitación, donde apenas había espacio para una cama; allí pasaría sus últimos meses.

El día 10 de agosto de 1759, justamente 13 años después de su ascenso al trono, fallecía Fernando VI. Su cadáver será llevado desde Villaviciosa de Odón al convento de las Salesas Reales, para ser enterrado en un sepulcro frente al de su esposa.

No obstante, y a pesar de este último “año sin rey”, es de justicia reconocer a Fernando VI por los muchos méritos de su reinado. Fue prudente y sobrio, amante de la paz y contrario a todas las alianzas bélicas que le propusieron, dando a la nación unos años de plácida prosperidad. Supo rodearse de gente de gran talla en el gobierno, que actuaron modernizando las instituciones, arreglando la hacienda, constituyendo el catastro, creando y reparando caminos y canales. Así mismo, fue capaz de dotar a la Armada de una flota acorde al perímetro costero de España, que pudiera defender sus intereses y llegar a inquietar a Inglaterra.

A la muerte de Fernando VI, será su hermano Carlos el que le sucederá en el trono. Con ello, la estrella de Farinelli comenzará a declinar. El castrati permanecerá en España muy poco más.

Carlos III, nunca estuvo muy inclinado, todo hay que decirlo, a gozar con y de la música. Por tanto, el destino de Carlo Broschi estaba determinado, máxime cuando el rey llegó a comentar, en un exceso cruel, aunque no exento de gracia, que a él “los capones sólo le gustaban en la mesa”.

A pesar de todo, supo reconocer los servicios prestados a la corona y agradecérselos personalmente cuando ya iba camino de Bolonia y se encontró con él en Zaragoza. De hecho, le mantuvo el sueldo que le otorgara su padre, Felipe V, según sus propias palabras, “en consideración de su moderación, no habiendo jamás abusado del favor, del afecto y de la generosidad del Rey su antecesor”.

No obstante, conviene recordar que Carlos y María Amalia de Sajonia, cuando fueron reyes de Nápoles, contribuyeron al desarrollo cultural y artístico del lugar con importantes aportaciones. Durante su reinado se descubrieron los restos de las viejas ciudades romanas de Pompeya y Herculano, favoreciendo el rey las primeras excavaciones arqueológicas, donde presenció personalmente la aparición del templo de Júpiter. Tras el hallazgo de las ruinas de Herculano, aparecieron las de Pompeya, comprando el rey inmediatamente todos los terrenos para facilitar las excavaciones. Así mismo, construyó el hermoso teatro de San Carlos, templo musical de la época, a pesar de su indiferencia por esta disciplina artística.

A la muerte de su protector, el rey Fernando VI, Farinelli ya había sido advertido por un amigo lo que  podría suponer para su persona el cambio de gobierno, ya que era evidente que no gozaba de la confianza del nuevo rey. Ante la advertencia e intuyendo su marcha, le preguntó “¿Cuándo?”. El amigo le respondió señalándole con el dedo unos versos de la primera escena de “Artaserse”:

“…La otra turba

De falsas amistades

Falta cuando la gracia del Rey falta.

¡Oh! ¡Cuántos vi humillados antes,

Que hoy no caben de orgullo y de soberbia!”

Farinelli, tras la desafección real, se marchará a sus posesiones de Bolonia, donde vivirá admirado e idolatrado en un retiro dorado aún veintidós años más, hasta 1782.

                                                                                                                        Juan Francisco Quevedo

CarloBroschi-Farinelli

Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines de Aranjuez

Flota del Tajo en Aranjuez

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4 respuestas a CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO-Juan Francisco Quevedo

  1. romgonru dijo:

    Muy interesantes tus publicaciones sobre los castratti, compadre ¿Las proseguirás el próximo año?

  2. Flor Ka dijo:

    Muy interesante, me ha atrapado la lectura.

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