Los últimos de Bachiller- 3ª Parte-Juan Francisco Quevedo

Los últimos de Bachiller- 3ª Parte

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LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

TERCERA PARTE

Claro está que aquellos años en los que cursamos nuestro sexto de Bachiller y nuestro C.O.U. sólo fueron el final de un proceso personal, el de una historia educativa que había comenzado, en mi caso, mucho antes en la escuela de Arriba de La Cavada, a la que acudí con mi acento mexicano poco después de cumplir los tres años.  Allí, la señorita Laura nos conducía  y llevaba con mano firme y sin que le temblara el pulso; todas las mañanas me ponía ante ella y le recitaba con convencimiento y con mi dulce acento mexicano aquello que traía aprendido desde el otro lado del océano: “Se presenta Juan Francisco Quevedo, para servirle a Dios y a usted”.

Eran los tiempos de rezar el “Bendita sea tu pureza” de rodillas y con los brazos en cruz, junto a los pupitres, de acompañar a la maestra los sábados al tren para despedirla desde el andén cuando se iba a Santander y de ir a misa los domingos para que los maestros nos colocaran en las primeras filas por separado, con el pasillo central de por medio, a los niños de las niñas. Fueron tiempos de golpes de pecho exagerados al ritmo de “por mi culpa, por mi grandísima culpa” buscando la complicidad del amigo y con la incertidumbre de que te pillasen riendo por lo bajo y te ganaras un buen sopapo.

Fue mucho más, también fueron tiempos de una libertad de movimientos inusual, la que se daba en los pueblos en esos años con poca circulación por sus calles y en los que las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par sin que nadie temiese nada. Desde nuestra corta edad podíamos ir y venir sin rendir cuentas, podíamos ir con nuestros amigos a cualquier huerta a robar unas peras, a cualquier prado a jugar al pañuelo, o acercarnos al río a lanzar morrillos al agua. Eso por no hablar de la peonza, el juego estrella de aquel curso del 63-64 en el que un compañero me dejó una marca de guerra al desenredarse la peonza y estrellarse al lanzarla y salir disparada contra mi frente. En cualquier caso ya estaba allí la señorita Laura Zamora para apretar el chichón con una perra gorda y disimular el estropicio. Las bolsas con las canicas de barro, las chapas con la efigie de Julio Jiménez, de Bahamontes, de Anquetil o de cualquier corredor al que nos esforzábamos en hacer llegar el primero a la meta. Incluso cuando nos pegábamos a la ropa aquellos hierbajos adherentes que a modo de dorsal nos servían para echar carreras alrededor de la escuela y luego aliviar el sofoco colocando los carrillos contra la piedra que circundaba el zaguán de la entrada.

Después de aquel curso iniciático en el que uno aprendió a pertrechar sus primeras letras y a realizar sus primeras cuentas, nos trasladamos a Santander y, tras un breve paso por el Colegio Cervantes, en la calle Antonio López, me convertí en alumno del colegio de los Padres Agustinos, lo que sin duda imprime carácter a todos los que por allí pasamos. Aún me veo saliendo del portal de la calle Cádiz, aún con las legañas en la cara y los restos del Cola Cao en la boca, acompañado por mis hermanos camino del túnel para salir hacia la calle Burgos. En el semáforo, mis dos hermanas se separaban de nosotros y se encaminaban hacia La Enseñanza, el colegio que la Compañía de María tiene en la ciudad desde el siglo XIX.

Cómo no recordar las partidas de frontón en el paredón del colegio con esas pelotas de goma verdes que venían de regalo con los zapatos Gorila. Cómo no recordar los partidos de fútbol en aquel campo de fútbol de tierra que daba a la calle Alta; cuántas veces tuvimos que gritar para que nos echasen de nuevo hacia adentro el balón que había desaparecido por encima de la alta tapia que nos separaba de la calle y nos impedía verla. Casi siempre regresaba, pero más de una vez nos quedamos sin balón. Allí mismo, en aquel campo de fútbol se celebraba el Festival de la Canción, que era todo un acontecimiento en Santander; en aquel escenario actuaron dos de mis compañeros de clase, recuerdo perfectamente que cantaron sin mucho éxito Anduriña de Juan y Junior y Quiero besar otra vez tus labios de Lone Star.

Después, cuando fuimos creciendo, nos reuníamos en los futbolines que había cerca del colegio y allí nos hicimos grandes jugadores de ping-pong y de billar, por supuesto de billar francés, el de las tres bolas, con el que aprendimos a hacer carambolas hasta haciendo retroceder a la bola en busca de la tercera en discordia. De cuando en cuando, incluso nos tirábamos algún lujo y nos arriesgábamos a hacer un siete al tapete.

Buenos tiempos, tiempos en los que ya empezábamos a querer compartir el nuestro con chicas, en los que pretendíamos descubrir aquello que la cultura de la época nos envolvió en una capa de misterio casi insondable. Ello hacía que cuando alguna muchacha que te gustaba se dirigía a ti con cierta soltura, hiciera que afloraran esos colores rojizos delatores y, para colmo, siempre había algún amigo caritativo que lo hacía notar con la consiguiente subida en el tono de tu vergüenza. También me pasaba cada vez que me tocaba salir a la pizarra; sentía un calor interior que se exteriorizaba en unos grandes coloretes que no hacían sino ir a más a medida que me iban preguntando. Cosas de la edad.

Es difícil olvidar todos aquellos años de colegio, todos aquellos compañeros, aquellos años de bachiller y aquel último año de C.O.U., el del curso 75-76; sólo sobreviviría un año más antes de que llegase a ocupar su lugar el nuevo plan académico de los que ya habían  cursado la E.G.B. y el B.U.P.

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que asoló a la ciudad en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de “a la salida te espero en la palmera”.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones. No había pasado nada igual desde que unos años atrás tuviese lugar el atentado de E.T.A. contra Carrero Blanco; aún recuerdo cómo entró uno de aquellos padres a darnos cuenta de la noticia y a mandarnos para casa entre la algarabía disimulada de los compañeros. ¡Cómo olvidarlo! La noticia nos la dio el padre Carlos, un hombre que entre otras cosas aseguraba haber dado clases a Pelé. Era conocido por todos como “El Bolas”.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía que la historia “es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, “a mí qué me cuentas, yo soy de Letras”. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

Juan Francisco QuevedoIMG_20200104_123935

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