Angel Fernández Fernández (La huerta de los manzanos)-Juan Francisco Quevedo

Ángel Fernández Fernández

La huerta de los manzanos

Visor libros (2019)

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Ángel Fernández Fernández

La huerta de los manzanos

Visor libros (2019)

 

Cuando abrí el libro de Ángel Fernández Fernández, La huerta de los manzanos, Accésit del XXIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, me quedé sorprendido ante la fuerza poética de los versos de un autor que desconocía absolutamente. A medida que avanzaba por sus páginas me sentí unido al yo poético tanto por la claridad de sus poemas como por la capacidad que tienen los mismos, a pesar de partir de vivencias muy personales y particulares, para lograr inmiscuirnos en ellos y dejarnos cautivar tanto por su capacidad lírica como por su capacidad para penetrar en la conciencia del lector. La mayor dificultad que puede encontrar el poeta es hallar esa conexión con el lector para universalizar su poesía y poder trascender a su propio yo. Ángel Fernández lo consigue con unos poemas profundamente humanos que rebosan cercanía.

Esa capacidad del autor para transmitir emoción, sin abandonar la forma lírica, hace de este libro una delicia que degustar con calma. Cuando cerré sus páginas, tras esa primera lectura, más rápida, supe que me encontraba ante un buen poeta, ante un poeta que quizás hubiera merecido llevarse el primer premio pero que, sin duda, este importante reconocimiento le servirá para dar visibilidad a sus versos, unos versos que nos reconcilian con la poesía, con la buena poesía.

Ángel Fernández nació en León en el año 1963 y éste es su tercer libro de poemas para adultos, a los que hay que añadir uno de cuentos y otro de versos para niños.

Con La huerta de los manzanos, el poeta, en plena madurez, nos retrotrae hasta la infancia, hasta su infancia, hasta el pueblo leonés de sus antepasados, Sabero, para pasear por sus recuerdos de la mano nostálgica de una melancolía que, a ratos, se vuelve tierna, con personajes entrañables como su abuela, y, sin embargo, en otros momentos, se tiñe de cierta rabia y amargura al rememorar las duras jornadas mineras y el clasismo marcado entre los trabajadores y sus jefes, encarnados en los ingenieros.

De fondo de toda la construcción poética, más allá de la inmersión sentimental en el devenir de las vidas que componen este huerto fértil, está el paisaje de los parajes de su infancia, está esa huerta de los manzanos de su niñez, acompañada y envuelta en la densa nostalgia de los recuerdos de cuando pateaba las calles de Sabero.

El poeta Ángel Fernández, desde la fascinación de la cotidianidad, con unos versos que manan con la complejidad de la sencillez, nos invita a adentrarnos, a través de una vieja fotografía, en el universo que ha creado en torno a esos recuerdos de su niñez que, si bien tamizados y reconstruidos por los años transcurridos y por la memoria, son los que se corresponden con el tiempo vivido.

Desde la complicidad que sugieren unos versos que nos llegan a esa parte ininteligible del cerebro donde se instalan los mecanismos que conducen a la emoción, con unos versos que son capaces de desencadenar las sinapsis neuronales precisas para que sea así, nos sumergimos en las páginas, en la lectura de un libro que es en sí mismo una autobiografía sentimental del autor. Ángel Fernández nos atrapa con la autenticidad y verdad de su propia historia, la de una familia que nos remite a esa patria del hombre, a ese paraíso idealizado por la dureza de la vida, que es la infancia. La infancia que el autor vivió y disfrutó en un pueblo minero de León.

Esa fotografía actúa y provoca en el lector la misma función que ya hiciera el espejo de Alicia. A través de ella, traspasando sus límites, nos vemos inmersos en el mundo mágico del yo poético. El que nos quiere mostrar desde su propia existencia, donde la memoria ya ha tenido tiempo de ejercer su labor depuradora. Nos lo ofrece como quien entrega una apetitosa manzana recién arrancada de uno de los árboles de su huerta. Es la tentación ineludible; con un sólo mordisco nos introduce en su mundo y, más allá de expulsarnos del paraíso, bien al contrario, nos damos de frente con él a través de la lectura. Todos los poemas de La huerta de los manzanos son una permanente invitación a pasar al otro lado del espejo, a morder esa manzana prohibida que se nos ofrece, no como serpiente de fuego sino como un ángel de luz.

Pasáis por debajo de la cerca y de todos los miedos posibles.

Los frutos de los árboles se arrojan contentos a vuestros brazos.

Tu madre te sonríe entre mordisco y mordisco.

Repartís las manzanas.

Y buscáis la salida.

El poeta, desde su yo más íntimo y personal penetra en esa infancia idealizada a través de los ojos de su madre.

Si te asomas, la ves, al fondo de sus ojos:

una niña traviesa con un palo

buscando caracoles entre las ortigas.

La imágenes evocadoras, nítidas y comunes, nos ensamblan y nos introducen con facilidad en el mundo que el autor nos presenta, un mundo con el que es muy fácil identificarse, con el que el lector se siente unido con facilidad a partir de sus propias vivencias. Ángel Fernández tiene esa habilidad para elegir y seleccionar bien los recuerdos que lleva al papel; conecta con el lector de inmediato porque los universaliza, porque transcienden a su propio yo poético.

Que se compran, se comen,

se pueden poseer;

y no solo mirar con la nariz aplastada por el cristal

hasta hacerte daño

o hasta que te riña la mano voladora

de la confitera.

No tarda en aparecer en los poemas el rancio clasismo insultante que imperaba en aquel pueblo minero que no deja de ser el reflejo de unos tiempos que van quedando atrás, aunque vivos aún en la memoria de quienes los sufrieron. Eran tiempos en los que se nacía y se moría sin más expectativa que aquella de la que provenías; era muy difícil que las clases sociales se renovaran con sangre nueva ya que ni tan siquiera se relacionaban entre sí. El poema titulado irónicamente Las ingenieras es fiel reflejo de aquella España.

Y ellas hacían el esfuerzo enorme

de respirar

el mismo oxígeno que todos los clientes,

algunos todavía tiznados y grasientos.

Porque eran generosas y humanitarias

y estaban tituladas en la hipocresía

de la compasión.

Con una ternura inmensa, se evocan desde unos hermosos versos la dureza del trabajo, la voluntad bondadosa de unos hombres heridos de muerte en vida por culpa de las enfermedades que contraían. Un ángel dormido, es el título de un poema extraordinario.

El ángel se despierta y, claro,

se convierte en mariposa,

herida de bondad y silicosis.

A través de los ojos de su madre, se lamenta del paso del tiempo, de una niñez que tal vez nunca viviera, que se le escapó sin poder paladearla. Al menos, tal y como, desde la mirada de hoy en día, entendemos que se debería vivir.

Mi madre se dejó olvidada la niñez,

tal vez entre las casas del lavadero de carbón

o en el castillete que se alzaba pretencioso

a la entrada de la mina.

Esta biografía familiar, este friso de la memoria pone en relieve los avatares de una saga que se configura en los recuerdos heredados y vividos del autor. Van pasando su abuela, su madre, sus tíos, con unos versos que nos llevan a ese amor, puro y limpio, de los seres queridos (Era ya un niño mayor y mi abuela/seguía llevándome a caballito…), junto a otros que nos remiten a ese trasfondo de crueldad que subyace en la infancia, a esos versos que evocan a la anciana del pueblo que sirve de mofa a los niños.

Cuando vuelve a la casa,

sus gatos la reciben

pegando bien los rabos a sus pardos faldones,

y a ella se le olvida, otra vez, llorar.

Junto a la ilusión infantil de la víspera de Reyes hace un recorrido melancólico por los recuerdos felices de aquellos años junto a sus hombres y mujeres cercanos y así van pasando por los poemas, Carmina, César, Tino… Si hay algo que consigue transmitirnos el poeta es esa tranquilidad relajante de la vida en Sabero; se refleja en muchos de los poemas.

El sol cae desplomado en la carretera

y una joven anciana le alivia un poco

esparciendo en el asfalto lluvia enlatada.

Los bares, las cantinas y el alcohol, asociado al trabajo duro de los mineros, recorren y traspasan el libro como una espada de dolor.

Los hombres estaban encerrados

en gigantescas botellas de cerveza

y pegaban sus labios al cristal

como los peces ventosa.

De cuando en cuando, por los versos, aflora ese clasismo encarnado en los ingenieros de las minas, cargado de fingida comprensión y de una cercanía distante que no hacía sino remarcar el abismo existente entre las clases sociales.

Las criadas de los ingenieros de las minas

llevaban cofias almidonadas en la cabeza

y una sonrisa artificial cosida al rostro.

Siempre es difícil elegir en un libro tan poderoso algún poema cuando todos están dotados de brillantez expositiva y una gran carga lírica, cuando son capaces de trascender al propio autor para, a través de la sinceridad, de la emoción que generan, hacerlos nuestros. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar tres de ellos que me han conmovido especialmente. Los tres están unidos por un poso de tristeza, el que te dejan esas niñas que desde la infancia se ven abocadas al trabajo (La niña va a servir y Mantener el equilibrio) y el miedo al que aboca a madres, esposas e hijos aquella sirena que, cuando suena a destiempo, lo cubre todo de silencio; siempre trae consigo la desgracia de un accidente en la mina (Silencio).

LA NIÑA VA A SERVIR

España tiene frío

y le duele la vida y la garganta.

Los zapatos de plástico se pegan a los pies

si la niña no lleva calcetines.

Llueve carbón.

El castillete es solo un esqueleto de hierro,

un espantapájaros que a nadie atemoriza,

un minarete para el juego del viento y de las nubes.

La niña va a servir a la casa de los ingenieros

y acelera el paso.

Porque ya son las seis de la mañana.

Entorno la portilla de la La huerta de los manzanos de Ángel Fernández con la seguridad y la felicidad que me provoca el hecho de haber encontrado entre sus frutales a un poeta, a un buen poeta. Es una huerta a la que nunca se le pone la tranca; se accede fácilmente abriendo las páginas de un libro. Podemos decir que la entrada siempre está franca para los que nos acerquemos a degustar sus versos, para los que caigamos en la tentación de mordisquear una de sus manzanas.

Un buen libro para la poesía.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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