LAS NODRIZAS PASIEGAS-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Hoy empieza la primera de las entregas que me publica el diario Alerta sobre la historia y peculiaridades que hay en torno a las nodrizas pasiegas. Espero que la aventura de estas mujeres, además de interesante, en estos días en los que toca quedarse en casa, os resulte amena y entretenida.

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LAS NODRIZAS PASIEGAS

CONTEXTO HISTÓRICO

Aquel Madrid del siglo XIX en el que entierran a Larra, es también el Madrid de los primeros cafés y de las primeras tertulias literarias, como aquella que había en el café del Príncipe, donde se reunían todos los escritores románticos, desde Espronceda a Antonio García Gutiérrez, el primer autor que salió a un escenario a corresponder los aplausos del público en un estreno. Es también el Madrid del primer tranvía, del ensanche hacia Serrano y de los negocios del ferrocarril y la Bolsa, es el Madrid donde lo mismo se puede cruzar uno con literatos más o menos ilustres como con políticos de renombre, es un Madrid de relumbrón que sólo muestra la falsa fachada de lo que se esconde detrás.

Lo que pretende ocultar ese falso escaparate de vanidades es el Madrid, no lo olvidemos, que lega Fernando VII, un Madrid empobrecido, lleno de miseria, malos olores y un resabio castizo que rezuma las hieles del absolutismo recién finiquitado. Es el reflejo de una España arruinada y desmantelada tanto cultural como económicamente, una España que había cerrado, por orden real, hasta las Universidades. Este Madrid, el cotidiano, el que sufre la mayoría de sus habitantes, se entrecruza y contrasta con ese otro Madrid de la aristocracia y el dinero. En cualquier caso, es el Madrid agridulce del siglo XIX.

A este Madrid decimonónico, lleno de contrastes y desequilibrios sociales es donde llegan, víctimas del mismo mal, casi endémico, desde La Montaña, las nodrizas pasiegas. Vienen con sus miedos y con su valentía a ganarse la vida con una mercancía para vender muy fácil de transportar, ya que no necesitaba más alforjas que sus propios pechos.

No tardará en imponerse su contratación como una moda en la que se reflejará el poderío social de los contratantes, una señal inequívoca de relevancia social. Convivirá durante unos años con otra moda más perniciosa, la del suicidio. Y moda fue, ya que durante la efervescencia romántica más de seis mil jóvenes compatriotas elegirán el suicidio como la forma, más que radical, de abandonar este mundo. Larra, con veintisiete años, será uno de ellos y, además, será el primer suicida, debido a las presiones sociales y a que en ese momento había un gobierno liberal, en ser enterrado en sagrado pues todos ellos eran enterrados extramuros, junto a las tapias de los cementerios. Para ello, la iglesia, tras múltiples presiones gubernamentales, hubo de acudir a la argucia de darle tierra por loco y no por suicida. Ese fue el trato al que se llegó y que todos aceptaron.

EL ADIÓS A SU TIERRA Y EL VIAJE

Una vida muy dura, llena de necesidades, y la esperanza de un futuro mejor para sus familias, les harán vender el líquido que llevan consigo a quien pueda pagarlo. Eso tan solo será así al principio, antes de que sean ellas las que se postulen como vendedoras de un producto que ya no tiene la demanda de sus inicios. Las que llegaban colocadas desde sus lugares de origen tenían por delante un futuro esperanzador, sin embargo, más tarde, muchas fueron las que acudieron a la aventura, abriéndose ante ellas un futuro de lo más incierto.

Estas mujeres abandonarán todo, familia, marido e hijos para ayudarlos a salir adelante, para aliviar los escasos medios con los que venían subsistiendo, para mejorar una economía exangüe y voluntariosa, basada fundamentalmente en la ganadería, en la huerta y en la venta ambulante de quesos y mantequilla, cuando no en el contrabando de telas y tabaco.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellas mujeres valientes y decididas, capaces de dejar atrás una vida, la única que conocían, por contribuir a mejorar la existencia de toda la familia?

Nunca se sabrá pero seguro que pensaban que no hacían otra cosa que cumplir con su obligación para con los suyos.

Eran mujeres que seguramente se despedirían de su familia, de su marido y de sus hijos, el último aún recién nacido, como se correspondería con ese carácter fuerte que a buen seguro las poseía y acompañaba, una manera de ser que se había zurcido en la breñas y en las cabañas del valle de Pas. Lo harían sin escenas, con pena pero sin estridencias, con la tierna adustez de estas mujeres sacrificadas y arrojadas. Sabían que robaban el alma y el alimento a unos hijos para poder cedérselo a un desconocido que aún no había proferido un sollozo en este valle de lágrimas. Era algo inconcebible desde nuestra mentalidad pero que, sin embargo, entonces, ambos, nodriza y familia contratante, desde sus mundos tan opuestos, veían casi con la misma naturalidad. La nodriza pasiega, como una obligación moral hacia los suyos y la otra parte como una imperiosa necesidad familiar.

Asistiremos, en esa primera etapa de bonanza, a su colocación en casas de la aristocracia y de la nueva burguesía, donde se las tratará con suma consideración y respeto, además de proporcionárselas un salario adecuado para sus pretensiones que, posteriormente, al acabar la crianza iba acompañado de otras prebendas. Algunas de ellas, tras terminar sus funciones de lactancia, permanecerían en la casa como amas secas. Más tarde, tras el duro periplo del viaje, otras pasiegas llegarán a la capital sin colocación; lo harán al reclamo de las que regresaron y pudieron proporcionar una vida mejor a sus hijos. Mientras esperan que la suerte les sonría con una contratación, se reúnen y malviven en la madrileña Plaza de Santa Cruz.

Veamos el testimonio recogido acerca de este mercado humano por Fray Gerundio de Campazas en la novela del padre Isla publicada en la segunda mitad del siglo XVIII:

“Hay en la Plaza de Santa Cruz, de Madrid, un mercado diario de carne humana, cuya influencia en las costumbres no se ha pesado todavía. Los que pasan miran, ven un grupo de pasiegas sentadas en el suelo, o en las piedras que forman el borde de un portal, las unas con un niño de pecho, las otras sin él, y sin fijar más ni su atención, ni su pensamiento prosiguen su camino (…).

¿Qué hacen aquí estas pobres y robustas montañesas, las unas comiendo un mendrugo de pan y las otras indicando en su semblante que no les desagradaría comerle? ¿Qué hacen? Esperar pacientemente a que una madre pobre y desventurada, o que alguno en nombre de una madre rica y regalona se acerquen a contratarlas para que, por tanto más cuanto, den a su hijo el alimento que llevan en sus pechos”.

Mientras esperan en la plaza ser contratadas ejercitan la caridad con aquellas madres que se han quedado sin leche, dando ejemplo de generosidad. Así lo sigue contando Fray Gerundio:

“Las madres pobres que han tenido la desgracia de ver secárseles los órganos de lactación acuden allí con sus niños… los van alimentando gratis pasándolos sucesivamente ya al pecho de una, ya al de otra, y aquellos hijos de cincuenta madres salen adelante y viven”.

De los reconocimientos médicos que se les hacía a mediados del XIX por las juntas municipales, a raíz de la gran afluencia de estas muchachas, da cuenta uno de los muchos detractores que hubo, sobre todo entre intelectuales y literatos, de esta costumbre de amamantar hijos ajenos. El escritor don Benito Pérez Galdós nos relata cómo se vivían estas esperas en un consultorio que había en el Gobierno Civil de Madrid:

Quedeme pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífero alineado en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de los cuales era Miquis, hacían el reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fue para considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia y pobreza, fueron a tan indignos tratos. Las había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos o arrimados; rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad y la expresión de astucia; era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las aldeas. Vi pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana, mucho pañuelo rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía, refajos de paño negro, redondos, huecos, inflados, como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y pies descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros; como inscripción ornamental el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza y la llamó “lugarteniente del pezón materno”.

Todas estas jóvenes madres, unas y otras, que se decidían a emprender el incierto viaje siempre lo hacían por ayudar a los suyos. Sacrificaban sus vidas y olvidaban el miedo y los temores por lo que consideraban mejor para su familia. Dejaban atrás, en sus localidades natales, todo lo que tenían, tanto material como sentimentalmente: marido, hijos, casa, animales, hacienda y familia. Hoy nos parece una experiencia muy dura y conmovedora, incluso inmoral por el componente de tráfico humano que conllevaba, pero muy lejana en el tiempo. Y no es así, no fue tan lejana ya que este trasiego humano existió hasta bien entrado el siglo XX. Fue un auténtico éxodo, plasmado en una de las muchas tragedias que, junto a la emigración y a las guerras coloniales, asoló nuestra tierra.

Se daba la hiriente paradoja de que estas jóvenes dejaban y quitaban el alimento a sus propios hijos, que quedaban al cuidado de abuelas, tías y hermanas-que los alimentaban con la leche del ganado- para venderlo a cientos de kilómetros, en una época en que las distancias y las comunicaciones hacían que pareciera se marcharan al otro confín, y dárselo a otros niños que acabarían siendo hermanos de leche de sus propios hijos.

La crianza en la capital solía durar dos años, el tiempo que se prolongaba la lactancia. Cuando finalizaban su tarea, las más afortunadas, en función del rango social y de la influencia de la familia, eran recompensadas con diversos y en muchas ocasiones valiosos obsequios.

Regresaban a sus casas y a su tierra de origen con un poco de capital ahorrado, un baúl lleno de ropa blanca y los tres trajes de ama que eran inexcusables, el de gala, el de media gala y el de diario. Así mismo llegaban con el reconocimiento de su propia familia, consciente del sacrificio realizado, y en muchos casos, con la exención de los hijos varones del servicio militar, ya que se convirtió en costumbre solicitar ese favor de sus empleadores cuando estaban en disposición de concederlo, tal y como era el caso de la realeza y las familias de la nobleza y alta burguesía. Y esto último no era baladí, sobremanera durante los conflictos de Filipinas, Cuba y el Rif que tanta desgracia acarreó a la juventud que obligatoriamente se tenía que incorporar a filas. Una buena parte de ella, sin embargo, para eludir los conflictos bélicos, prefirió apuntarse a las filas de la emigración.

Juan Francisco Quevedo

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Una respuesta a LAS NODRIZAS PASIEGAS-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

  1. Tete dijo:

    Como siempre maestro, estupenda exposición de los hechos.
    Un abrazo

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