Las nodrizas pasiegas 2-Juan Francisco Quevedo

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LAS NODRIZAS PASIEGAS-2

Es preciso recordar que en esos tiempos, al empobrecimiento que había sobre todo en las zonas interiores de Cantabria, entonces conocida por La Montaña, se sumará, en el último cuarto del siglo diecinueve y primera parte del veinte, otro elemento que hará que los chicos en edad de quintas sientan la imperiosa necesidad de esquivar el servicio militar, una sucesión de guerras coloniales que se prolongarán en el tiempo. Nuestros jóvenes se veían obligados a luchar en lugares lejanos, desde Cuba a Filipinas, pasando por el norte de África, en los numerosos conflictos bélicos que España tenía abiertos, en unas condiciones precarias y penosas, siendo diezmados tanto por las veleidades propias de la contienda como por las numerosas enfermedades, algunas de ellas endémicas, como la malaria, que les asolaban.

Por otro lado, y no es baladí precisamente, a los años de servicio militar en las numerosas guerras existentes, se añadía la injusticia flagrante de que el cumplimiento de este deber recayera casi exclusivamente entre los muchachos más desfavorecidos social y económicamente. No podemos olvidar que durante aquellos años sólo había dos maneras de eludir “la mili”, una de ellas era la exención directa por pago en metálico al estado de una cantidad sólo al alcance de los más pudientes que, en aquel final del siglo diecinueve, ascendía a unos doce euros actuales (2000 pesetas), un auténtico capital para los tiempos que corrían. Sirva como referencia que en el Madrid de cambio de siglo, el salario diario medio de un varón adulto era de 3,50 pesetas. La otra manera de evitar las milicias era pagar a sustitutos para que la hicieran por aquellos que recurrían a tal, digamos, aprovechamiento de la debilidad ajena. Estaban dispuestos a abonar una buena cantidad por ello; como es de suponer, el que accedía al intercambio-dinero por años de servidumbre al ejército- siempre provenía de las clases más humildes y empobrecidas de la sociedad montañesa. Este otro modo de driblar el servicio militar era un poco más económico que el anterior, pero muy caro aún para una gran parte de la población, aunque sí lo suficientemente jugoso como para que otros más necesitados lo aceptaran. El coste de esta transacción humana rondaba los seis u ocho euros-entre 1000 y 1300 pesetas-.

Como se puede ver, aquellas pasiegas que regresaban con la exención del servicio por parte de los hijos varones los libraban de una muerte casi segura y en el mejor de los casos, de sufrir y verse expuestos a multitud de penalidades.

Pero regresemos a ese periplo al que se lanzaban muchas jóvenes madres pasiegas. De este viaje incierto da cuenta y testimonio con ingenio y sagacidad el escritor francés Teófilo Gautier. Estas impresiones, obtenidas en primera persona y de manera directa, las reflejará en su obra “Viaje por España”, publicada en 1840. En ella, cuenta el escritor galo que durante el viaje a la capital, mientras reposaban los caballos, una escena le llamó poderosamente la atención mientras esperaban y se aliviaban del polvo del camino en una posada:

“En la sala que comíamos, una mujer corpulenta con aspecto de Cibeles, se paseaba de largo llevando bajo el brazo un cestillo oblongo cubierto con una tela, del cual salían unos débiles lamentos aflautados, muy semejantes a los de un niño pequeño. Aquello me intrigaba mucho, porque la cesta era tan pequeña que sólo podía contener un niño microscópico, un liliputiense propio para exhibirse en una feria. El enigma tardó poco en explicarse: la nodriza -pues esto era aquella mujer- sacó del cesto un perrillo canelo, se sentó en un rincón y dio gravemente el pecho a este mamoncillo de un nuevo género. Era una pasiega que se dirigía a Madrid a criar y se valía de aquel medio para no quedarse sin leche “.

Se trataba de una pasiega que se dirigía a Madrid a criar y se valía de aquel medio para no quedarse sin leche ya que del hecho de que ésta continuara fluyendo dependía su sustento y el de la familia. No podían permitirse el lujo de que se les cortara por lo que recurrían a ese original método de succión animal.

La costumbre estaba tan extendida que incluso aparecieron anuncios donde se ofrecían cachorros, como este que salió en un diario de Zaragoza en el año 1797:

“El que necesite de un Perrito para tirar los Pechos acudirá al Despacho del Diario”.

LOS INICIOS

La historia de las nodrizas es muy antigua; ya aparecen referencias sobre ellas en el Egipto de los faraones, donde además existe una rica iconografía escultórica sobre las mismas, así como en civilizaciones tan distantes como la babilónica o la griega, donde ya en su mitología aparece Amaltea, que fue la ninfa nodriza de Zeus.

En la civilización mesopotámica, en las Leyes de Esnunna, se establece la multa que debe satisfacer el hombre que entregó a su hijo a una nodriza y no pagó las raciones acordadas por los tres años que duró la lactancia. Así mismo en esta civilización, se recoge en el código del rey babilónico Hammurabi una referencia a las nodrizas:

“Si un hombre confía su hijo a una nodriza y ese hijo muere mientras lo cuida la nodriza, si la nodriza, sin saberlo el padre ni la madre, se procura otro niño y se lo prueban, por haberse procurado otro niño sin saberlo el padre y la madre, que le corten un pecho”.

En la civilización de la Roma antigua la figura de la nodriza era muy común, sobre todo en las familias de alto rango que solían utilizar para tal menester a sus esclavas. Ya Sorano de Éfeso el médico griego que en el siglo II ejerció su profesión tanto en Alejandría como en Roma, nos habla de algunas de las condiciones que deben reunir las nodrizas:

“No debe ser ni demasiado joven, ni demasiado vieja, tendrá entre veinte y cuarenta años, habrá tenido ya dos o tres hijos, estará sana, en buenas condiciones físicas, a ser posible alta y de buen color. Tendrá senos de talla mediana, elásticos blandos y sin arrugas. Los pezones no han de ser ni demasiado compactos, ni demasiado gruesos, ni demasiado pequeños, ni demasiado porosos, deben dejar pasar abundantemente la leche. La nodriza ha de ser moderada, sensible, pacífica.”

En España ya encontramos referencias concretas partir del siglo XIII; de hecho en las “Siete Partidas de Alfonso X El Sabio” (1221-1284) se anotan y reflejan las condiciones que debían reunir las nodrizas reales y la manera en que debían ser criados los hijos de los reyes:

“Deben haber buenas amas que hayan leche asaz e sean bien acostumbradas e sanas e fermosas e de buen linaje e de buenas costumbres e señaladamente que non sean muy sañudas.”

El término nodriza proviene, como tantas palabras, de nuestra lengua madre, del latín, de nutrix-icis (alimentadora) que posteriormente evolucionó hacia nutrice y por último a nodriza. Ahora bien, aunque menos coloquial, aún se utiliza la palabra nutriz, más próxima a la raíz original de la que deriva.

Pero, la pregunta que nos hacemos es: ¿Cuándo nace toda esta moda de importar nodrizas de nuestra tierra de manera casi masiva para estos menesteres?

La generalización y la especificidad de, digamos la profesión, en las pasiegas no llegará hasta el final del reinado de Fernando VII. Será el amamantamiento de la futura Isabel II el verdadero origen de la moda de traer amas de cría de nuestra tierra. Por simple imitación, se impondrá con gran éxito entre las clases pudientes de la capital como signo inequívoco de relevancia social, sin olvidar otras causas más justificadas médicamente, como los problemas de deformaciones que causaba el corsé, así como la debilidad física y, a veces, nerviosa, de la madre recién parida. Bien es verdad que en otras ocasiones las razones eran puramente estéticas, debidas principalmente al desgaste y la incomodidad que conllevaba la lactancia. Si bien en menor medida, también contribuyó a ello la falacia de que con las relaciones sexuales se desencadenaba la menstruación, lo que hacía que la leche fuera de peor calidad. Por todo ello, en especial los maridos, preferían contratar los servicios de una nutriz que mantener la abstinencia sexual durante las largas lactancias de la época. Por tanto, ya poco tenía que ver con los motivos más clásicos y racionales, como que la madre no se encontrara en condiciones tras el parto por agotamiento o porque tuviera falta de leche.

Ahora bien, en las reinas, paridoras de profesión por imperiosa necesidad de surtir de herederos a la corona y al reino, estaba más justificado la toma de nodrizas para la crianza. Y así lo hace ver el doctor Gregorio Marañón:

“Siendo tradición en las mujeres españolas ser madres, parir hasta la muerte, y más en las reinas para asegurar la egregia sucesión, no resulta extraño que la mayor parte de estas regias cluecas murieran de sobreparto o completamente agotadas con tanta maternidad, sobre todo si tenemos en cuenta que empezaban a parir en cuanto apuntaba en ellas la edad fecunda”.

De justicia es decir que solamente una reina española en ese período histórico crió a sus hijos con sus propios pechos; fue la reina María Victoria de la Cistierna, esposa del rey de España, Amadeo I.

Mientras que en las clases altas se procedió a la lactancia subrogada por moda y comodidad en la mayoría de los casos, en las clases más humildes sólo se suspendía la lactancia por razones de peso ineludibles, en especial cuando las madres se quedaban sin leche. En estos casos, cuando no encontraban una vecina o pariente que pudiera y tuviera leche para amamantar a sus hijos y a los de ella, recurrían a lo que tenían más cerca, al ganado de la casa. Esta práctica conllevaba un riesgo que por entonces se desconocía, ya que la alimentación del bebé con leche animal ponía en grave riesgo su vida por la sobrecarga renal y metabólica que se producía en su organismo. Sin embargo, siempre la sabiduría popular al fondo, se daba preferencia a la leche de burra que hoy es sabido es muy parecida a la leche materna ya que, al contrario que vacas, cabras u ovejas, las burras son mono gástricas mientras que el resto de esos animales poseen cuatro estómagos, de ahí que su leche sea más difícil de digerir por tener un contenido muy elevado en grasas y proteínas en relación a la materna.

Como vimos, desde el siglo XII la presencia de nodrizas en la corte castellana era habitual.

Durante el siglo XVI las señoras de la nobleza eran las que ejercían las funciones de nodrizas reales aunque también algunas provenían de Navarra y La Mancha. Después, hasta la llegada de las pasiegas, las amas de cría se buscaban preferentemente en la provincia de Burgos, siguiendo a continuación las de Toledo y Madrid. Burgos se convirtió en el epicentro de este mercadeo humano debido a una estancia en la ciudad, en 1706, de la reina María Luisa Gabriela de Saboya, la esposa del primer Borbón español, Felipe V. No podemos olvidar que durante ese año, y con motivo del acercamiento del otro pretendiente a la capital, el archiduque Carlos de Austria, se traslada la Corte y el gobierno a Burgos. Se hace por mandato de la reina que en esos momentos ejercía la Regencia ya que el rey estaba al frente de sus tropas.

Juan Francisco Quevedo

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