Las nodrizas pasiegas 3-Juan Francisco Quevedo

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LAS NODRIZAS PASIEGAS 3

 El inicio de la llegada de pasiegas a Madrid se concreta en una fecha exacta, en 1830, cuando Fernando VII solicita a sus médicos el buscar nodriza en Santander y su provincia:

“… quiero que el día 10 salga de esta Corte para Santander y su provincia el médico Aso, y Merino, el de la Veeduría, para escoger un ama para lo que dé a luz mi amada esposa…”.

Desde entonces y hasta casi mediados del siglo XX, más del cincuenta por ciento de las nodrizas de la Familia Real Española han sido de nuestra tierra.

Primeramente las nodrizas reales eran llevadas a la Casa de Amas, en un ala del Palacio Real, pero a partir del año 1851 y hasta La Gloriosa de 1868 eran alojadas en uno de los pabellones situados en el Sitio del Buen Retiro de Madrid, conocido popularmente como La Pajarera, cuyas inquilinas más afamadas eran las pasiegas, hasta tal punto que el término pasiega llegó a ser sinónimo, incluido en los diccionarios de la época, de nodriza y extensible a cualquier ama de cría con independencia de su lugar de nacimiento.

Así se reflejaba el término “Pasiega” en la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia Española: “Nodriza, especialmente de familias de alcurnia”.

Tal fama adquirieron las pasiegas que no tardaron en reconocerla los escritores de la época, tal y como lo describe Bretón de los Herreros en un escrito de 1851:

“Pero haya pacido las hierbas del Septentrión o las del Oeste de la Península, es forzoso que la nodriza sea montañesa para aspirar a la honra de dar teta al mamón que nació en dorada cuna”.

CONDICIONES PARA SER NODRIZA REAL

Uno de los tratados que más influyeron a la hora de seleccionar amas de cría fue el dictado por Bernardo de Gordonio, médico occitano de principios del siglo XIV. Sus recomendaciones fueron tenidas en cuenta a la hora de buscar un ama durante los siglos posteriores. Si bien se inclinaba por la lactancia de la madre, justificaba que la hiciera una nodriza cuando era imprescindible el recurrir a éstas por causas naturales:

“Dezimos que la leche de su madre es más conveniente al hijo que otra ninguna, porque es semejante al engendramiento del gobierno que tuvo dentro de la madre mas porque las mujeres son delicadas, o son muy viciosas, o que no quieren trabajar con el niño, o que es el peçon del pecho muy corto o que es enferma […] conviene poner remedio y buscar ama que sea loable”.

En otros escritos nos ilustra sobre la elección del ama, considerando que han de ser diecisiete las condiciones que debe reunir. No podemos obviar que algunas de ellas estuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XX. Para Gordonio, además de que tuvieran la edad adecuada, también era muy importante su comportamiento, así como reunir una serie de cualidades personales para beneficio del lactante, condiciones que también se tuvieron muy en cuenta a la hora de seleccionar las nodrizas pasiegas:

“La primera, que sea de edad de veinte y cinco hasta treinta, porque ella es la edad buena y muy perfecta, la segunda condición es, que no sea muy flaca, ni muy gorda, mas sea medianamente en esas qualidades. […] La octava condición es, que la ama sea de buenas costumbres conviene que no se enfurezca de ligero, ni se enoje, no entristezca, ni sea loca, ni endemoniada, ni apoplerica, ni golosa, ni se embriage, porque las tales condiciones hacen daño al niño, y lo hacen negligente. […]. La onzema condición es, que sea sabia, y enseñada el ama en componer al niño, conviene a saber en cantos, y en música, y lo dice Avicena, la qual prueba es manifiesta, que al poner el pecho al rostro del niño cura todas sus enfermedades”.

Con estos antecedentes, es fácil aclarar que ser nodriza real no era tan fácil en aquellos tiempos; la joven que era elegida debía reunir unos requisitos médicos y morales muy estrictos.

El primero y más necesario, por imprescindible, era haber parido y haber lactado al hijo durante un mes. Así mismo, no debía haber criado hijos ajenos ni ser primípara; era mejor que ya hubiera parido al menos en otra ocasión pues, de esa manera, aportaba experiencia y la demostración de que sus pechos habían sido capaces de sacar adelante al menos a un hijo. También se requería que la edad estuviera comprendida entre los veinte y los treinta y cinco años, teniendo muy en cuenta que hubieran trabajado en la tierra ya que consideraban que éstas que así lo habían hecho, eran más fuertes y estaban más dispuestas a cumplir con sus labores. Por otra parte, debían de tener buen color y ser robustas, aunque con proporciones adecuadas.

Por si todo ello fuera poco, entre otros requisitos que debían cumplir, se encontraban, literalmente, los siguientes:

“estar vacunada y ni ella ni su familia haber padecido enfermedades graves ni ningún tipo de afección de piel. Además, tener los pechos bien formados, pero no excesivamente abultados. Deben de estar surcados por numerosas venas que se entrecruzan en la línea media. Las areolas mamarias bien conformadas y pezón sin grietas, largo y delgado…”.

La inspección a que eran sometidas por los médicos era muy exhaustiva, siendo examinados incluso tanto los órganos genitales como el ano, pues no debían encontrar el menor rastro de haber padecido afecciones tan comunes en aquellos años como la sífilis.

También se daba gran importancia a la boca, en especial a la dentadura, completa y sin caries, y a las encías, rosadas y firmes. Hacían a un lado a las que tuvieran mal aliento pues podía llevar al niño a rechazar la lactancia.

Se analizaba la vista, eliminando de inmediato a las que tuviesen la mirada extraviada pues pensaban que el lactante podía imitar el bizqueo del ama. Se examinaba el pelo, que no tuvieran enfermedades como la tiña, ni que tuviesen calvas. Se desechaban así mismo a las pelirrojas.

Se incidía en que no hubiera rastros de tuberculosis así como que no hubiera antecedentes de haberla padecido en la familia. También daban suma importancia a que ni su marido ni ningún familiar hubieran sufrido enfermedades de la piel.

El reconocimiento no podía ser más minucioso y meticuloso haciendo hincapié en la valoración del pecho, teniendo en cuenta tanto el tamaño como el tejido adiposo; se seleccionaban mujeres con mamas medianas y con ausencia de tejido adiposo por considerar que eran las que más leche podían dar. Se valoraba, como veremos a continuación, el pezón y la salida de la leche a través de los orificios del mismo, debiendo salir al menos por diez de ellos. Se valoraba también la calidad del líquido lácteo, su abundancia en lactosa, siendo imprescindible que la leche hubiera subido en los tres meses previos a desempeñar su labor alimenticia.

Ahora bien, ya antes, en 1786, cuando las pasiegas aún no eran requeridas a la corte, se edita un libro escrito por el médico de cámara de los duques de Alba con las condiciones que debe reunir una buena ama de cría:

“La  leche  para  que  sea  buena  debe  ser  mantecosa,  dulce,  sin  olor,  de  color blanco   azulado,   de   consistencia   mediana   y uniforme,  más  clara  que  espesa,  semidiáfana, enteramente   disoluble   en   el agua,   sin   hacer efervescencia,  ni  con  ácidos,  ni  con  alcalinos… Por lo  que  mira  al  cuerpo  debe  el  ama  ser  de talle  proporcionado  en estatura  y  conformación, tener  la  tez  fresca  y  de  buen  color,  los  ojos vivos, el  mirar  agradable,  la  boca  sana  sin  mal  aliento, las  encías sólidas  y  coloradas,  el  pelo  negro,  o castaño,    o    rubio    claro,    la garganta  algo levantada  y  ancha, los pechos medianos, consistentes  y elásticos  sin  durezas, ni cicatrices, dispuestos a llenarse fácilmente de leche, y cuyas venas sean gruesas y  patentes, los pezones encarnados,   firmes, elevados, de proporcionado  tamaño,  y que moderadamente comprimidos  despidan  luego  la  leche  a  modo de regadera,  las  carnes  fuertes,  y  el  pellejo  liso  sin granos,  postillas, ni cicatrices  sospechosas. Debe a más de esto hacer bien todas sus funciones naturales  sin  que  huela  mal  su  transpiración;  no ha  de padecer  flores blancas,  ni  tener  indicio alguno  de  enfermedad habitual;  no  ha  de  ser primeriza,  ni  su  edad  menor  de  veinte,  ni mayor  de  treinta  y  cinco años.  En  fin debe  ser  aseada  y  cuidadosa, de  genio  dócil  y  afable,  y de  temperamento  alegre y  pacífico…”.

Así mismo la calidad de la leche era examinada con minuciosidad mirándola al trasluz y analizando la viscosidad y densidad de la misma dejando caer una gota en la uña del pulgar. En cuanto a las características organolépticas la leche más apreciada era la de sabor dulce, mantecosa, sin ningún olor y de un color blanco ligeramente azulado.

Benito Pérez Galdós, no muy amigo de estas transacciones lácteas, incluye en su obra todas aquellas exploraciones y técnicas de las que se hacía uso…

“Había exploraciones de que, en otro lugar, se espantaría el recato. Curioso de durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo; […]. En un lado el facultativo examinaba areolas, […], después de rebuscar vestigios, y poniendo en él la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto a una ventana al trasluz la delgadísima lámina líquida entre cristales extendida.”

Así mismo, y como exigencia inexcusable, debían de tener el consentimiento firmado del marido para acudir a la capital como amas de cría. Os leo una copia exacta de la autorización que extendió Juan Ontañón de su puño y letra:

“Como esposo que soy de Andrea Aragón, la doy gustoso mi consentimiento para que se traslade a Madrid para servir de ama de lactancia del infante o infanta que dé a luz Su Majestad. Y para que conste, lo firmo en Burgos a 3 de enero de 1864.”

El valle del río Pas gozaba de fama de gran salubridad para ir a la búsqueda de amas de cría y así lo hizo constar en su informe don Dionisio Villanueva  Solís,  médico real, en 1858 tras su estancia en la Vega  de  Pas:

“espacioso  valle,  sin  aguas  detenidas  ni  enfermedad  endémica alguna,  cuyos habitantes,  con  alimentación  sana,  gozan  de  robustez  y buena  constitución”.

De ello y de la cualidad de las pasiegas ya había dado cuenta también el autor de la mejor novela del romanticismo español-El señor de Bembibre-, el escritor del Bierzo Enrique Gil y Carrasco, que pasó unos días por esas tierras, en una publicación de 1839:

“Las costumbres de Pas son bastantes puras y sencillas, sin que sirva de regla el sinfín de nodrizas que hay en Madrid con el nombre de “pasiegas” para el mayor abono de su salubridad y robustez”.

Juan Francisco Quevedo

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