Las nodrizas pasiegas 4, 5-Juan Francisco Quevedo

LAS NODRIZAS PASIEGAS 4-5

Incluso Fray Gerundio de Campazas en la novela del padre Isla habla de las bondades pasiegas:

“Son de naturaleza y complexión sana, honradas además, robustas y jugosas, cuidadas y pacientes hasta el punto de creerse felices con la dorada esclavitud de su oficio”.

Hay que tener en cuenta que en esa época se creía que a través de la leche se podían transmitir cualidades morales, por lo que era muy importante valorar la conducta moral de la nodriza; debía de estar casada, ser cristiana, gozar de una conducta intachable y no tener gota de sangre hereje. También valoraban el que tuvieran buen carácter, fueran amorosas y trabajadoras, además de listas. Era costumbre, tal y como reflejo en mi novela “Querida princesa” que el párroco de su pueblo expidiera un certificado donde hiciera constar la integridad moral y las buenas costumbres tanto de la nodriza como de la familia.

Por cierto, no me resisto a no comentar lo de la “limpieza de sangre” con un poco más de detenimiento.

Era muy importante en aquella sociedad, que las nodrizas tuvieran la sangre sin contaminar, en especial por infieles, fueran judíos o moros, no fuera a ser que se transmitiera el mal a través del fluido lácteo.

Ya en 1589 Fray Juan Pineda publica “Diálogos familiares de la agricultura cristiana”, donde argumenta que “la que no cría lo que pare, parece no ser más de media madre”. Y añade en relación a lo que estamos viendo sobre la transmisión de males a través de la leche:

“Que mujer morisca ni de sangre de judíos criase a hijo de cristianos viejos, porque aún les sabe la sangre a la pega de la creencia de sus antepasados, y sin culpa suya podrían los niños cobrar algún resabio que de hombres le supiese mal”.

Se tenía la creencia de que los pasiegos, que habían vivido y vivían aislados en las montañas del norte, aferrados a sus costumbres, eran una raza pura y libre de culpa y pecado. Eran, por tanto, como se denominaba entonces, y se llevaba a gala, “cristianos viejos”, honra importante como tan bien lo refleja Pedro Calderón de la Barca, cuando Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, hace con orgullo mención a ello en presencia del rey. Así le dice a su hijo:

“Por la gracia de Dios, Juan, eres de linaje limpio más que el sol”.

Baste recordar las palabras de Sancho:

“Yo cristiano viejo soy, y para ser conde basta”.

A lo que don Quijote responde:

“Y aún te sobra”.

Hoy en día, entre las muchas cosas que se dicen, hay una teoría sobre el origen judío de los pasiegos. De haberse conocido, el destino de las nodrizas pasiegas hubiera sido otro, desde luego.

NODRIZAS REALES CÁNTABRAS CON NOMBRE PROPIO

¿Qué hubieron de pensar y sentir, qué no les vendría a la cabeza a aquellas pasiegas que venían de sus modestas y humildes casas de las cabañas montañesas, de sus esforzadas y precarias vidas, cuando se encontraban rodeadas de ostentación y boato en los lujosos salones del Palacio Real?

La primera nodriza de nuestra tierra vino para amamantar a la futura Isabel II. Se llamaba Francisca Ramón González, era natural de Peñacastillo, tenía 21 años y contaba, a su vez, con un ama de cría de retén, de nombre Josefa Falcones, de 19 años, natural de Torrelavega.

En mi novela “Querida princesa”, Honoria, la nodriza que aparece en ella, hice que se apellidara González Falcones, para dispensar un pequeño homenaje a estas dos mujeres.

La reina Isabel II sintió gran devoción y cariño por su nodriza Francisca, a la que siempre dispensó su atención, así como por su hija María, que era hermana de leche de la reina y que era llamada muy a menudo a Palacio. La reina se dirigía cariñosamente a ella por “Mariquita”.

Francisca Ramón fue inmortalizada en un espléndido óleo por el pintor Vicente López. El cuadro se halla actualmente en el Palacio Real de Madrid. El historiador español Lafuente Ferrari describe así el atuendo que llevaba en el cuadro:

“Lleva la típica indumentaria profesional, blusa negra galoneada bordada en oro y delantal semejante. Corpiño y falda roja con peto verde galoneado de oro; gruesos pendientes y collar de corales, el pelo partido con raya en medio y peineta”.

Más tarde será la propia Isabel II quien contrate nodrizas cántabras para tres de sus hijos, para la infanta Isabel, que pasó a la historia con el apodo de “La Chata”, contrató a Francisca Guadalupe Porras, natural de Entrambasmestas y María Gómez Martínez, natural de Vega de Pas, fue ama de cría del Rey Alfonso XII.

En los días previos al nacimiento de Alfonso XII los médicos encargados del Palacio Real ya habían hecho su trabajo a la hora de elegir a las mejores amas que habrían de amamantarlo. De hecho, una comitiva de galenos había partido a mediados de septiembre hacia el norte de España a tal efecto, siendo elegida como ama de Cámara principal en Oviedo doña María Dolores Marina. A continuación, se trasladaron  a Santander, donde en la Fonda del Comercio, ubicada en  la calle de  la Compañía, fue elegida como nodriza de retén la pasiega doña  María  Gómez Martínez que llegaba “con  leche  de  ocho  días por tercer  parto”.

A modo de anécdota os puedo contar cómo llegó esta mujer desde la suplencia a amamantar al príncipe de Asturias y convertirse en una de las nodrizas más significadas de las que estuvieron al servicio de la Casa Real. La nodriza elegida en principio era asturiana y se llamaba María Dolores Marina y fue elegida nodriza de cámara del futuro Alfonso XII, tras una ardua selección por parte de los médicos de Palacio.

Por cierto, el primer beneficiado de tal decisión no fue otro que su propio hijo, Pedro Celestino, que desde ese mismo momento comenzó a cobrar una pensión por el hecho de ser hermano de leche del futuro monarca.

Cuando el heredero al trono contaba con ocho meses de edad disminuyó el flujo lácteo de esta mujer y hubo de ser sustituida por la nodriza de retén; pero no se fue de vacío. Fue gratificada con 240.000 reales de la época y además pudo disfrutar de una generosa pensión vitalicia que estuvo cobrando desde agosto de 1858 hasta su fallecimiento en septiembre de 1875. Por si fuese poco, su marido Celestino Meana Valdés fue ascendido a administrador principal de Correos en La Coruña. Y como colofón diremos que fue inmortalizada al óleo, con el príncipe Alfonso en su regazo, en un imponente retrato realizado por el pintor de cámara real Bernardo López Piquer. Hoy se puede contemplar en el Palacio Real de Aranjuez.

Como consecuencia de la falta del fluido lácteo, María Dolores Marina fue sustituida el 15 de agosto de 1858 por la nodriza que ejercía de ama de cría de retén, la pasiega María Gómez Martínez. Ésta dio la primera tetada al príncipe Alfonso en Gijón, durante las fiestas de La Asunción. La familia real estaba en el Principado y ese día habían acudido a escuchar Misa Mayor a la ermita de la Virgen de Begoña, en Gijón. La Misa fue celebrada por el padre Claret, arzobispo de Cuba.

María Gómez Martínez, una pasiega que había nacido en la Vega de Pas el 29 de septiembre de 1831, fue inmortalizada por el pintor de cámara de la reina Isabel II, Bernardo López Piquer, encontrándose el cuadro en el Real Alcázar de Sevilla con esta inscripción:

“María Gómez,  natural  de  la  Vega  de  Pas,  provincia de  Santander,  de  edad  veintiocho  años,  nodriza de S.A.R. el serenísimo Príncipe de Asturias Don Alfonso”.

Destaca, además del traje regional tan vistoso, el hermoso juego de corales que porta.

María había contraído matrimonio en abril de 1852 con un paisano pasiego llamado Juan Bautista Mantecón y Oria. No sería hasta 1857 cuando fue llamada a la corte para ejercer como nodriza de retén de Alfonso XII.

Al pasar María Gómez a ser la nodriza principal, hubo de contratarse otra de retén, siendo la elegida Josefa Ruiz Oria, también de la Vega de Pas. Ambas fueron reconocidas y elegidas por el médico cirujano de la familia real, don Francisco Alonso Rubio, en la Fonda del Comercio de la capital montañesa. Se situaba en la desaparecida, tras el incendio, calle de la Compañía, donde aún permanece la clásica iglesia santanderina fundada por los jesuitas gracias a Luis Quijada, hombre de confianza del emperador Carlos V. En el año 1607 adquirió para la Compañía de Jesús los terrenos donde habría de levantarse la iglesia.

María Gómez se hizo cargo de la lactancia del príncipe hasta su destete, a los dos años y medio, en mayo de 1860. Como muestra de la generosidad y consideración en que se tenía a las nodrizas reales, ese día se le otorgó la pensión vitalicia correspondiente de 4400 reales. La reina, al día siguiente, dio orden, entendiendo que era poco el estipendio para sus merecimientos, que se le aumentase a 6000 reales.

Como podemos ver, las nodrizas reales, al acabar su trabajo, resolvían los problemas económicos familiares que pudiera haber sobradamente ya que al estipendio que recibían durante su trabajo, superior a muchos de los salarios de entonces, se añadía una pensión vitalicia muy jugosa. A estos beneficios cabría añadir las joyas que les fueron regaladas, junto a otros muchos obsequios, así como la exención del servicio militar obligatorio de los hijos varones, cartas de recomendación, obtención de buenos y considerados puestos de trabajo para el marido…

El 15 de agosto 1867, con motivo de la festividad de la Virgen de Valvanuz, María Gómez se desplazó desde su lugar de residencia en León, donde habían empleado a su marido en la delegación del servicio de estafeta, hasta su tierra pasiega. En Selaya, junto a la hermosa campa donde está la Virgen y donde se ubica actualmente el museo de las amas de cría, hizo entrega a la Virgen de un precioso manto de terciopelo de seda, color magnolia, bordado en oro y plata que regaló en acción de gracias. Así se contaba en “La Abeja Montañesa” el 20 de agosto de 1867:

“Este  año acaba  de  regalársele  a  la  Virgen  de  Valvanuz,  por  doña  María  Gómez,  nodriza actual  del  príncipe  de  Asturias  don  Alfonso  XII,  una  hermosa  capa  que  lleva  en su  carroza  triunfal  el  día  de  la  festividad”.

 Incluso, cuando ya no estaba en la corte, siguió gozando de gran consideración, colaborando activamente en la materialización de la carretera que se hizo en su valle.

Posteriormente, en 1862 fue elegida Manuela Cobo, pasiega de San Roque de Riomiera. De la elección de Manuela Cobo como ama de la infanta María de la Paz, hija de la reina Isabel II, hay datos prolijos e interesantes:

“de temperamento sanguíneo, su constitución activa, sus carnes medianas consistentes y de buena conformación…Menstruó fácilmente, habiendo seguido esta función sin ninguna alteración. No ha padecido durante su vida enfermedades, sino ligeras indisposiciones estacionales”.

Esta nodriza pasiega fue también retratada por López Piquer en un óleo que se halla en el Real Alcázar de Sevilla.

Prosigamos con las nodrizas reales; la nodriza de Alfonso XIII es elegida por el médico de cámara, Esteban Sánchez Ocaña. Tras su periplo por varios pueblos montañeses junto a don Natalio Rodríguez, oficial de la Intendencia, selecciona a seis jóvenes madres que son llevadas a Madrid. De entre ellas, se decantaron por Maximina Pedraja, de 26 años y natural de Heras, quedando como suplente Adelaida Soto Herrero, de Somo.

Las condiciones exigidas por el doctor Esteban Sánchez Ocaña para la elección de la nodriza no eran precisamente cortas; veamos un extracto:

“-De diecinueve a veintiséis años de edad.

-Complexión robusta y buena conducta moral.

-Estar criando el segundo o tercer hijo; es decir, que habrá tenido otro u otros dos partos.

-Leche, lo más de noventa días.

-No haber criado hijos ajenos.

-Estar vacunada.

-Ni ella, ni su marido, ni familiares de ambos, habrán padecido enfermedades de la piel.

Será circunstancia preferente que la ocupación de su marido sea la del cultivo del campo…”

La unión de Maximina Pedraja con la familia real fue tan grande que, pasados los años, más de un viaje tuvo que hacer Maximina desde Cantabria hasta Madrid para acudir a la llamada del monarca, quien se dice la quería como a una madre. De hecho, la nodriza estaba en la comitiva real de la boda de Alfonso XIII el 31 de mayo de 1906, cuando al paso del cortejo por la Calle Mayor de Madrid, el anarquista Mateo Morral lanzó desde un balcón, contra la carroza del rey, una bomba camuflada en un ramo de flores.

Tres de los hijos de Alfonso XIII también tuvieron nodrizas cántabras, de lo que se deduce que la pasada lactancia pasiega debió tener influencia en la decisión del monarca. Rosalía Sáinz, pasiega de Pisueña, lo fue del primogénito Alfonso, Príncipe de Asturias. Su elección no deja de ser curiosa, pues la reina hubo de decidir entre una morena y una rubia.

El médico, natural de San Pedro del Romeral, Manuel Martínez-Conde Ruiz se encargaba de hacer una primera selección de amas de cría para la Casa Real que, posteriormente, y por indicación del conde de San Diego eran elegidas por el galeno de Villacarriedo, Andrés Diego de la Quintana. El caso es que éste eligió a dos candidatas para la lactancia del príncipe de Asturias, una morena y una rubia. Finalmente la reina María Cristina de Habsburgo se decidió por la morena de Pisueña, por Rosalía Sáinz.

María Teresa Penagos, cántabra de Totero, fue nodriza del infante don Jaime, y Constantina Cañizo, pasiega de Miera, fue la nodriza de don Juan de Borbón, padre del que fuese rey de España Juan Carlos I.

LOS TRAJES Y LAS TRADICIONES

El siglo XIX será, por tanto, con el desarrollo de las grandes ciudades, cuando más demanda haya para requerir el servicio de un ama de cría. Esta demanda se verá sin duda alimentada por la moda existente entre la realeza y la nobleza de poseer entre su personal amas de cría. Las pasiegas eran muy valoradas y queridas por las familias que las contrataban y se esmeraban en que estuviesen contentas y a gusto, entre otras razones porque no querían que se disgustasen por el temor existente a que la leche se alterara. Este temor se explicitaba en algún caso, como por ejemplo en la locura del hijo de Carlos III, un hijo que dejó en Nápoles cuando vino a reinar a España. Felipe de Borbón era un muchacho que nació con una minusvalía mental importante que se achacaba a que el ama de cría lo amamantó tras una acalorada discusión.

Esta moda de contratar nodrizas no estuvo bien vista por muchos escritores de la época. Uno de ellos fue Mesonero Romanos y en 1837 deja constancia de ello en el capítulo III de “Ayer, hoy y mañana”:

“…Y el eco de la moda resonó en los más recónditos secretos de su corazón. Impulsada por este movimiento, tira del cordón de la campanilla y llama a su esposo, el cual sonreía a la propuesta y conferencia con ella sobre la elección de madre para su hijo. Cien groseras aldeanas del Valle de Pas vienen a ofrecerse para este objeto. El facultativo elige la más sana y robusta, pero la mamá no sirve a medias a la moda y escoge la más linda y esbelta. Al momento, truécanse su grosero zagalejo en ricos manteos de alepín y terciopelo con franjas de oro; su escaso alimento en mil refinados caprichos y voluntarios antojos; y cargada con la dulce esperanza de una elegante familia, puede pasearse libremente por calles y paseos y retozar con sus paisanos en la Virgen del Puerto y disputar con sus compañeras en la plazuela de Santa Cruz. De esta manera pudo ser madre Margarita y multiplicar en pocos años su descendencia, llenando la casa de Carolinas y Ruberos, Amalteas y Paramundos, con otros nombres así”.

Las nodrizas no sólo iban a percibir un salario sino que iban a formar parte del hogar, por lo que además recibían tanto la vestimenta como la comida, con el fin de que su bienestar las llevara a mantener una relación amorosa con los niños.

La nodriza pasó a ser, de alguna manera, en aquella época, la muestra exterior del éxito social y económico de la familia que la contrataba. Y se mostraba y se presumía de ello, al lucirla en todo su esplendor, y esto era más notorio cuando salía a pasear al crío con el vistoso traje de fiesta pasiego, enriquecido con todo tipo de detalles y que solía llamar la atención allá donde fuera; solía incluir un rico ajuar que llevaba unos peculiares collares de monedas de plata y pendientes de filigrana así como llamativos trajes de terciopelo repletos de bordaduras de oro y ornatos de coral. Emilia Pardo-Bazán se hace eco de esa manera de vestir:

“Nos deslumbra el rojo fuerte de las sartas de coral, nos ciega el azul de las cuentas de vidrio y el relucir de las arracadas de filigrana pendientes de rollizas orejas. Nos recrean los tonos gayos de pecheras y justillos, la majeza de las amplias sayas de ruedo galoneadas y del pañuelo de seda que cubre la trenza dura de la pasiega beldad”.

Estos trajes policromados eran una preciosidad vistosa; sirva de ejemplo que en el bautizo de la futura reina Isabel II, llamó más la atención el traje de la nodriza que el del propio Fernando VII que lucía, ni más ni menos, que el flamante uniforme de capitán general. Con él sería enterrado poco después.

Recurramos de nuevo a Gautier y a su libro “Viaje a España” para ver el relieve social que tuvieron las nodrizas pasiegas en la capital del reino:

“Por  el Prado  pasean  y  pude  ver  algunas pasiegas de Santander   con   su traje  regional; estas  pasiegas  son estimadas   en España     como excelentes  nodrizas,  y  su  amor  a los  niños  es  tan tradicional  como en  Francia  la  honradez  de  los auvernianos; son mujeres guapas, vigorosas y fuertes. Llevan faldas rojas de muchos pliegues, orilladas con un galón ancho; corpiño  de  terciopelo negro, adornado  de  oro,  y  en  la cabeza  un  pañuelo  de  colorines,  todo  ello acompañado  de  alhajas  de  plata  y otras  coqueterías  salvajes.  La costumbre  de  acunar  a  los  niños  en  los  brazos  les da  una  actitud cimbreada  que  va  muy  bien  con  el  desarrollo  del  pecho.  Tener una pasiega  con  el  traje  típico  es  una  especie  de  lujo,  semejante  a  llevar un Klepta detrás  del  coche”.

Juan Francisco Quevedo

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