Las nodrizas pasiegas (y 6)-Juan Francisco Quevedo

y 6

LAS NODRIZAS PASIEGAS (Y 6)

Desde luego, no eran los mismos trajes con los que salían de sus pueblos y llegaban a la capital. Una buena descripción de esta vestimenta sería la que hago en mi novela “Querida princesa” de aquella muchacha que va de nodriza a Madrid:

Llevaba un pañuelo rojo anudado atrás con un lazo que le cubría el pelo por completo, destacando en aquella cara limpia y sonrosada unos zarcillos de cobre, unas arracadas de filigrana relucientes que colgaban de los lóbulos de las orejas. Por encima de la camisa con cabezón, que iba plegada bajo el corpiño, y pendiendo del cuello, destacaban varias filas de hilos de corales labrados de un rojo fuerte y con unas cuentas de vidrio de un azul profundo. Por encima de la camisa tenía un corpiño negro, ribeteado en rojo, un poco escotado y que contribuía a resaltar aquella parte de su anatomía destinada a ser su medio de vida. Por encima del corpiño se veía un peto y una chaqueta corta, abierta y sin cuellos, con algún adorno en la bocamanga. Llevaba una saya de paño plegada a la cintura y que le llegaba hasta unas pantorrillas cubiertas con unas tupidas y toscas medias de color azul claro que iban hasta los pies, protegidos con un calzado de cuero que estaba atado con unas cuerdas al empeine y a la pantorrilla. Tapando la saya por delante portaba con elegancia natural, como era todo en ella, un delantal con faltriqueras de cuyo cinto colgaba una tira de tela hasta la altura de las rodillas y en cuyo extremo iban sujetas unas tijeras y una pequeña navaja, pensada más para cortar pan y queso que como arma defensiva. Por último, Honoria se embutió en la capelina de lana sin teñir, que tanto frío les quitaba en invierno, se puso a la espalda un cuévano, donde llevaba todo lo que necesitaba para este viaje y para su periplo madrileño, y se pasó por el antebrazo, hasta colgarlo del codo, un cesto alargado, cubierto con una telas viejas, donde llevaba un cachorro”.

En 1856 Luis Eguilaz escribió el libreto de la zarzuela titulada “El salto del pasiego” en el que describe la vestimenta de las mujeres de la tierra:

“Con mis patenas de plata / y sartales de coral, (señalándose el pecho) / saya con franjas doradas, / pecherín y delantal / bordados de lentejuelas / y grandes lazos atrás, / con hebillas en zapatos / que crujan mucho al andar, / las medias con sus cuchillas / que a la pierna hagan mirar / y pañuelo a la cabeza / que diga: Valle del Pas, / de envidia las madrileñas / al verme se morirán” .

Dentro de las tradiciones culturales heredadas, y que trasladaron a sus quehaceres como nodrizas, estaban por ejemplo la de dotar de un collar de corales rojos a los críos que amamantaban. Tenía la creencia de que ahuyentaba el mal de ojo. Así mismo tenían la costumbre, antes de dar el pecho, de tomarse un vaso de leche caliente para que bajara mejor el líquido lácteo. Igualmente, preferían dar de mamar en una silla baja. Cuando comenzaban el amantamiento daban un poco de leche de cada pecho en la misma toma. Posteriormente, vaciaban primero uno de ellos al completo y si el niño seguía con hambre le ofrecían el otro. Si les salían las temidas grietas, las curaban untando mantequilla.

Las nodrizas estaban muy bien pagadas y después de trabajar durante dos o tres años, volvían a su tierruca con prestigio y respeto así como con dinero suficiente para sacar adelante a su familia durante años, o incluso emprender algún negocio.

LAS PASIEGAS EN GRANADA

Es muy curioso que además de en Madrid, Barcelona y otras capitales, hubo un lugar donde las nodrizas pasiegas fueron muy requeridas, Granada.

El caso de la llegada de las nodrizas pasiegas a la ciudad nazarí es más tardío; comienza a finales del XIX pero sus predecesoras, las que abrieron camino hasta la Corte, les llevaban ya más de un siglo de ventaja.

No obstante, no me resisto a comentar que frente a la fachada principal de la catedral de Granada está una pequeña plaza que pudiera pasar desapercibida, la Plaza de las Pasiegas, que encierra en su nombre una carga de emotividad enorme, protagonizada por unas mujeres valientes, decididas, procedentes del Valle del Pas en La Montaña, que acudían a Granada como nodrizas al reclamo de mujeres de familias pudientes.

Partían desde el Valle del Pas, su gran patria chica, casi siempre aprovechando el viaje en la carreta de vecinos de la zona o de vendedores ambulantes habituales, que recorrían España con los productos de su tierra.

Lo hacían, como era de rigor, después de haber parido y lactado al hijo propio durante un mes. Como el camino era largo, se llevaban un cachorrito de perro al que daban de mamar durante el tiempo que durase el trayecto para que no se les cortara la leche; cachorro al que cogían un gran cariño y que, una vez cumplida su misión, quedaba al cuidado, ya convenido, de los vecinos que las habían ayudado en el viaje y en ocasiones, como en el caso de mi novela “Querida princesa”, de la familia contratante; al fin y al cabo el perro iba a ser hermano de leche del niño al que iba a amamantar. Durante el viaje seguro que tatareaban algunas canciones que les recordaban la tierra que abandonaban:

“Adiós cabañuca de mi vida

la espalda te voy dando

no sé que llevo por dentro

que van mis ojos llorando.

Espérame, cabaña guapa

que a criar me voy ahora;

que nos volvamos a ver

le pido a Nuestra Señora”.

Las amas de cría amamantaron al poeta granadino Federico García Lorca. Primero lo hizo la mujer del capataz, José Ramos, que vivía en la casa de enfrente y su hija Carmen, aunque era seis años mayor que el poeta, será su compañera de juegos en Fuente Vaqueros. Luego se cree que hubo de hacerlo alguna pasiega, tan comunes en Granada. Sobre su madre se cuenta que cambió dos veces de nodriza, ya que le pudieron los celos al advertir la preferencia del niño por su ama de cría.

De estas mujeres diría el poeta en una conferencia sobre las nanas infantiles: “Gracias a estas admirables criadas y nodrizas que bajan de los montes o vienen a lo largo de nuestros ríos para darnos la primera lección de Historia de España y poner en nuestra carne el sello áspero de la divisa ibérica: solo estás y solo vivirás”.

Los que trataron al escritor en Granada relatan que siempre mostró especial querencia por la Plaza de las Pasiegas y que siempre tuvo a sus nodrizas en la memoria, a las que llegó a dedicar unas palabras en una conferencia que dio sobre las nanas infantiles, ya que consideraba que era de estas mujeres de quienes recibían los niños las primeras canciones. Quizás estuviera ahí, en esas tonadas que oyó durante su infancia, su gusto por la raíz popular:

 “El niño rico tiene la nana de la mujer pobre… Estas nodrizas están realizando hace mucho tiempo la importantísima labor de llevar el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y burgueses”.

Durante la conferencia recordó la tristeza de algunas nanas sevillanas con la que las gitanas duermen a sus hijos y creyó ver en ellas el influjo del “canto de las montañas del Norte”. A continuación añade que tienen un “extraordinario parecido con este canto de Santander”:

“Por aquella vereda

no pasa nadie,

que murió la zagala,

la flor del valle,

la flor del valle…”

En 1928 en una conferencia titulada “Canciones de cuna españolas” pronunció estas palabras llenas de lirismo que bien pudieran parecer un poema como equivocadamente se pudiera pensar:

“Hemos observado muchas veces cómo, al dormirse y sin que nadie le llame la atención, ha vuelto la cara del almidonado pecho de la nodriza, ese pequeño monte volcánico estremecido de leche y venas azules y ha mirado con los ojos fijos la habitación aquietada para su sueño”.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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