En la muerte de Luis Eduardo Aute-Juan Francisco Quevedo

En la muerte de Luis Eduardo Aute.

Se va un autor que siempre me ha acompañado, un autor cuyas composiciones han sabido resistir el paso del tiempo.

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Ha muerto Luis Eduardo Aute y aunque ya conocíamos su precario estado de salud desde hace años, no deja de sorprendernos que una persona que nos ha acompañado con su música y con sus textos a lo largo de la vida, desaparezca. Había nacido en 1943 en Manila, cuando los ecos de las explosiones de los bombarderos americanos caían sobre el archipiélago.

Un día escribió algo que me trasladó a esa tradición dual tan española, mostrando ese carácter tan nuestro, pese a su educación de colegio británico en Filipinas; escribió algo así como: “España de mis amores, ¡cuánto te odio!”.

A veces nos sentimos tan identificados en una simple frase que, por muy humorística que pudiera ser en su concepción, acumula un gran trasfondo de verdad. Es algo muy propio de artistas renacentistas que han sido capaces de unir y reunir poesía y música en una canción. Como él lo hacía.

Sé que llegó a este mundo de la música por casualidad, ya que desde las calles de Manila, cuando su padre estaba a las órdenes de Jaime Gil de Biedma, por entonces Presidente de la Compañía de Tabacos de Filipinas, nunca había soñado con ser cantautor; le sobraba y bastaba con corretear con los muchachos de su edad y hablar en tagalo mientras juntos descubrían el mundo. Por entonces, se conformaba con pintar e imitar las láminas de grandes artistas y, así, descubrió a Goya y su Maja desnuda, su primer acercamiento según confesó al universo sexual femenino.

Después, ya en España, y con una guitarra en la mano intentó con pereza imitar y cantar canciones de artistas a los que admiraba. Fue entonces cuando descubrió que para él era mucho más fácil componer e interpretar sus propias canciones.

Tuvo éxito desde el principio, desde aquel “Rosas en el mar” que compusiera en 1966 con veintitrés años, desde “Al Alba” aquella canción irreverente que le regaló a Rosa León y que ésta pudo interpretar sin que tuviera consecuencias en televisión española en el año 1975. Según Luis Eduardo Aute, era una crítica solapada a las últimas ejecuciones del franquismo, una canción con estrofas tan demoledoras que cuesta creer que pasara la censura de la época:

“Los hijos que no tuvimos/se esconden en las cloacas/comen las últimas flores/Parece que adivinaran/que el día que se avecina/viene con hambre atrasada”.

En realidad, en la gran mayoría de sus canciones reside esa búsqueda constante del individuo por resolver cuestiones filosóficas sobre el amor y la vida y, por tanto, siempre muy ligadas a la muerte y al sexo; posiblemente los ejes sobre los que ha construido una gran parte de su obra.

Un hombre como él que nunca supo amoldarse a una sola disciplina artística porque, como decía, le hubiera aburrido hasta la extenuación, transitó por la poesía, por la escultura y por la pintura con gran pasión. Siempre interesado en algo y siempre intentando descubrir nuevos horizontes porque si algo aborrecía era estar ocioso. Y si era algo nuevo, mejor.

Sería muy prolijo y fácil de consultar en las hemerotecas su trayectoria artística, a la que avalan sus discos y sus numerosas exposiciones, tanto nacionales como internacionales.

Recuerdo la única vez que pude asistir a una de sus exposiciones de pintura; fue en el Santander de los ochenta, en el MAS. Giraba en torno a la pasión; eran cuadros de gran formato y uno en especial me llamó mucho la atención; la cara sangrante de un Cristo con la corona de espinas y unos ojos implorantes.

Recuerdo con emoción cómo pude compartir una tarde con él hace apenas seis años, antes de que sufriera el infarto que prácticamente le retiró de la escena pública.

Era mi primera novela y la editorial nos invitó a compartir caseta de firmas el día de la inauguración de la Feria del Libro de Madrid. Para mí fue una sorpresa de lo más agradable; me encontraba cara a cara con uno de los hombres que, con sus canciones, había acompañado una buena parte de mi vida. En seguida se interesó por lo que había escrito y se mostró cercano y próximo a lo largo de la tarde con una humanidad y cariño que hubiera mostrado a cualquier otro desconocido con el que hubiese podido coincidir. Al despedirnos, nos dimos un abrazo y nos dijimos que ya nos veríamos, que no tardaríamos en reencontrarnos. Que no me olvidara de que su abuelo por parte materna era un santanderino.

 Ahora, a su muerte, aún queda en su cartera de cosas pendientes algún proyecto, como aquella serie de poemas a los que Jaime Gil de Biedma le pidió que pusiera música para que los interpretase Marisol, Pepa Flores. Nunca pudo hacerse, pues a pesar de estar los tres de acuerdo en un principio, coincidió en el tiempo con la decisión irrevocable de retirarse de la malagueña. ¿Quién sabe? Tal vez sea el momento de rescatar esa carpeta.

Ya nunca podrá escuchar a su hija decir Albanta (levanta), papá, palabra que le sirvió para dar título a uno de sus álbumes pero nos queda su canción para recordar su ternura. Como nos queda también aquel memorable disco doble, Entre amigos, donde le acompañaron los otros tres grandes de la canción de autor, Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.

Muere el hombre, muere el artista, pero nos queda su obra. Una forma de inmortalidad reservada tan sólo a unos pocos privilegiados.

Sólo me queda decir que aunque sienta que te estoy perdiendo, de ninguna manera tendré que olvidarte porque siempre nos queda la música y siempre seguirás pasando por aquí.

Juan Francisco Quevedo

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Una respuesta a En la muerte de Luis Eduardo Aute-Juan Francisco Quevedo

  1. Tete dijo:

    Qué bonito Juan.

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