Cambiar el mundo; cuántas veces se ha intentado y qué poco se ha conseguido-Juan Francisco Quevedo

cambiar el mundo

LA UTOPÍA DE CAMBIAR EL MUNDO

Más allá de las guerras y las desgracias que han asolado el mundo en los últimos tiempos, hubo varias revoluciones ideológicas que contribuyeron a cambiar la manera de pensar de una sociedad instalada en el pasado.

Tras la irrupción de la Revolución Francesa y la aparición de las primeras democracias imperfectas, surge, casi un siglo después un pensamiento novedoso con una manera de analizar la realidad histórica muy distinta a todas las interpretaciones habidas hasta el momento; son los primeros balbuceos de una corriente en la que aún comunistas y anarquistas caminaban de la mano. Después del fracaso de aquel intento de dictadura del proletariado, perpetrado a finales del siglo XIX, concretamente se terminó de sofocar en mayo de 1871, en la llamada Comuna de París, sobrevino la revolución rusa, con Lenin a la cabeza. En la Comuna parisina se intentaron aplicar las nuevas ideas filosóficas surgidas en torno a una nueva clase social, especialmente combativa.

Si bien la de París sólo consiguió que Napoleón III y Eugenia de Montijo dejaran de veranear en Biarritz, la rusa hizo que se tambalearan las estructuras de la vieja Europa.

Más tarde, siempre mayo, llegarían las flores de la primavera parisina; aquel mayo del 68, pese a ser reprimido casi de inmediato, generaría tal marea de cambios sociales que hicieron que el orden social establecido se tambaleara. Si bien, en un principio, pudiera parecer que de manera inmediata no consiguieran nada, que todo se diluyera en la protesta, en la actitud contestataria y contracultural, sin embargo, el espíritu de los sesenta, la impronta que dejaron todos aquellos movimientos se acabarían reflejando en multitud de cambios sociales que aún perduran en nuestros días. Por tanto, la filosofía y las ideas que invadieron a la juventud de aquellos años, cuyos padres habían sido testigos de la segunda guerra mundial, penetraron en las estructuras sociales y en las de poder provocando un cambio absoluto en multitud de campos, afectando sobremanera a la vida cotidiana y a las relaciones sociales más elementales. La liberación de la mujer y su incorporación real a la universidad y al trabajo en busca de la igualdad, el cambio entre las relaciones paterno filiales, haciéndolas más cercanas, la revolución en las escuelas y universidades, dando al traste con lo que había sido un autoritarismo a ultranza, las relaciones con el poder político, hasta entonces encorsetadas y lejanas, hubieron de replantearse para acercarse a las nuevas exigencias del ciudadano.

Quizá el pensamiento de Sartre refleje el sentir de aquellos tiempos, unos tiempos en los que todo debe cuestionarse para reducirlo a la nada. Es la forma de rebeldía del ser y, a la vez, es la expresión de su relación con la nada. De alguna manera, los jóvenes de la época son herederos de la angustia del más lánguido de los romanticismos pero, substituyendo su melancolía angustiada, desde la que intuyen al ser, como diría Heidegger, como algo concebido para la muerte, por la vitalidad existencialista que imprimen a su manera de vivir en todas sus manifestaciones. Frente a un hombre, inmerso en un destino radicalmente trágico, siempre hay quien intenta liberarlo y, en ese sentido lúdico y festivo, los sesenta –su espíritu- se separan de cualquier pensamiento revolucionario anterior.

De aquel mayo del 68 aparentemente fracasado surgió una sociedad en la que se acabó con la permisividad pasiva hacia cualquier modo de injusticia, como el racismo, poniendo en liza y al alza valores como el pacifismo y el ecologismo. Se cuestionó un capitalismo feroz y salvaje, capaz de destruir cada vez más a los más desfavorecidos, y se buscaron nuevas vías para conseguir una sociedad más justa y solidaria. Así mismo, se denunció el abuso de autoridad de las propias democracias y el excesivo control sobre sus ciudadanos de las mismas, abriéndose un nuevo camino para conseguir vivir en un mundo con mayores libertades y cada vez más alejado de la sociedad orweliana de “1.984”. Incluso se comenzó a valorar el medio ambiente como algo que merecía la pena proteger y conservar, al estar en constante peligro por culpa de esa vieja lucha entre progreso y deterioro ambiental. No ha lugar a una ciencia sin conciencia.

“En la naturaleza la mejor política es ser lo más conservador posible.” (Werner-Heisenberg)

Pero, sin duda, una de las grandes herencias de los sesenta es el papel de la mujer en la sociedad. Por vez primera en la historia lucha decididamente por incorporarse a sus estamentos, demandando las mismas oportunidades que los hombres, luchando por cambiar las viejas leyes que protegían el machismo heredado y exigiendo la igualdad en todos los terrenos. El germen para una nueva mentalidad estaba sembrado.

Con la revolución rusa, el siglo XX había comenzado, por tanto, convulsamente, especialmente para la familia Romanov, teorizando sobre la necesidad de cambiar el mundo, y además de hacerlo incluso a pesar de quienes lo habitan, aplastando a su paso la familia, la religión y la propiedad privada, los tres enemigos del pueblo. Marx creía más en un hombre sin lazos -ni a Dios, ni a la tierra-, capaz de crear un mundo distinto, radicalmente distinto al conocido hasta entonces, donde todos los seres humanos caminaran hacia una hermandad, unidos en la utopía de una igualdad inalcanzable.

“No se trata de interpretar el mundo de diferentes maneras como hasta ahora han hecho los filósofos sino de transformarlo.”(Karl Marx)                                                                                               

Aunque con unos objetivos distintos, fundamentalmente la lucha contra todo tipo de autoritarismo y la igualdad efectiva del ser humano como tal, todo ello regado con un sentido lúdico y pacifista de la existencia, las nuevas generaciones de los sesenta se identificaban con el discurso imposible del marxismo y se alejaban de él en cuanto suponía, quizá, un enorme sacrificio. En cualquier caso, las nuevas corrientes de pensamiento, encarnadas en un existencialismo afrancesado, pasado por el orientalismo idealizado, también pretendían, mediante la revolución, cambiar el viejo sistema, aunque, bien es verdad, que de una manera radicalmente distinta. Baste recordar el acertado y celebrado “Prohibido prohibir” de mayo del 68. Con esos principios y con ese espíritu, podemos concluir, a pesar de los marxistas más acérrimos, que ambas corrientes de pensamiento estaban completamente distanciadas. Tal vez, estos jóvenes, con cintas en la frente y flores en el pelo, estuvieran más cerca del anarquismo autorregulador y descreído, aunque luego, con los años en sus sienes, acabasen haciendo buena la aseveración de todo un clásico del pensamiento libertario.

“Soy anarquista. Aunque amigo del orden.”(Proudhon)

La revolución rusa creó una nueva clase de poder, perdida entre la gigantesca burocracia de un país mastodóntico. Los objetivos de la sublevación se fueron diluyendo por los caminos de la represión y el hermetismo. De la quimera que suponía este sueño de elevar al hombre sobre su propia naturaleza, baste leer la maravillosa novela de Orwell, Rebelión en la granja, donde, incluso en la revolución, hay luchas por estar encima de los demás, apareciendo unas nuevas clases sociales, tan abyectas, al menos, como hubieron podido llegar a ser las antiguas, aquellas a las que sustituyeron.

En la lucha por la igualdad y, por tanto, por la eliminación de la sociedad clasista, surgen nuevas capas que, como siempre, intentan aprovecharse de las más desfavorecidas. En esa bella fábula prosopopéyica que es la novela de Orwell, los primitivos siete mandamientos -donde se pregonaba la igualdad y la libertad animal- sobre los que se asentaba la nueva sociedad, surgida tras la rebelión contra los humanos, se vieron reducidos, con el paso del tiempo, a uno, en el que se justificaba la más descarada desigualdad.

“Todos los animales son iguales,

pero algunos animales

son más iguales que otros.”

                                  George Orwell (Rebelión en la granja)

Sin embargo, no todos siguieron la senda marxista de la sociedad sin clases a través de la revolución. Otros, como Rimbaud, tal vez impregnado por Hölderlin, soñaban simplemente con la también imposible misión de intentar cambiar al hombre. A un hombre que, como sugiere el poeta loco del romanticismo alemán, tal vez sólo adquiera la calidad de tal cuando ya duerme en el limbo de los justos.

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”(Friedrich Hölderlin)                                              

Hermann Hesse, desde su lucidez, parece testarnos en contra del hombre, al menos en contra de la fantasía de creer demasiado en él y, por tanto, en su capacidad para -nada más y nada menos- cambiar el mundo. Tal vez, su visión sea la más realista y aquella sobre la que se recuestan, al final de un camino que fue imposible recorrer, los rebeldes jóvenes que todos fuimos cuando nos creíamos mejores y nos creíamos, sobre todo, distintos, a la vez que capaces de cambiar el mundo a base de paz, rock y amor. Y es que el tiempo nos arroja contra nuestros propios sueños; a unos les destruye con sus embestidas y a otros, sencillamente, nos atempera. Es cuestión de suerte.

El tiempo nos conduce, convirtiéndonos, a lo largo del trayecto, en sucesivos proyectos de nosotros mismos, no volviendo nunca a ser ya el mismo hombre del día anterior. En nuestro camino hacia la muerte la única certeza que siempre nos acompaña, ya desde la cuna, es la muerte misma, recordándonos nuestra fragilidad con la proximidad de su aliento.

“Todo fluye. Nada permanece igual. No es posible bañarse dos veces en el mismo río” (Heráclto)

No obstante, y a pesar de nuestros sucesivos fracasos como especie, en ese afán por ser mejores, en la inútil, pero imprescindible búsqueda de la justicia humana nunca debemos cejar. Nunca debemos dejar que se entone ese réquiem por nosotros mismos.

“Y todos los años, por su aniversario,

para nosotros, sin que nadie lo advierta,

¡desencadenaré ese Réquiem

que compuse por la muerte de la Tierra!”

Jules Laforgue (La muerte del organista de Nuestra Señora de Niza)

Ahora, por primera vez en la historia moderna estamos viviendo unos momentos difíciles pero que, a su vez, también pueden ser una oportunidad para que de estos tiempos inciertos surja una sociedad mejor, una sociedad capaz de poner en valor aquellas demandas que los ciudadanos, desde el confinamiento en sus hogares, están exigiendo a gritos. La transformación también se está produciendo a nivel personal, no sólo social, ya que este tiempo presente también nos está sirviendo para ver y valorar lo que nos rodea de manera absolutamente distinta.

A todos nos satisface y nos reconcilia con la humanidad la lucha denodada, tenaz, altruista y desinteresada, de tantas y tantas personas, desde tantos y tantos ámbitos, especialmente desde el sanitario. Cientos de miles de personas entregadas, sin pensar en ninguna recompensa material, a una causa común, a un bien mayor; la salud de los ciudadanos de un país. Este cambio, en un mundo en el cual hasta ayer parecía reinar la codicia, será una de las grandes aportaciones de este tiempo a una sociedad más humana.

Es el momento de prepararnos para un futuro que, de no ser previsores, nos comerá a dentelladas; la primera ya nos ha sido dada. Para ello -es otra de las grandes lecciones que nos están dando estos tiempos difíciles-, debemos prepararnos a través de la investigación y de la formación ética de la sociedad. Debemos poner valor, para que sirvan como modelo de referencia, a las nuevas generaciones de profesionales que tenemos en todos los campos. Un cambio ético y de valores se está gestando y debe calar profundamente en la sociedad que surja tras este impasse forzado en el que estamos inmersos para que su impronta vaya más allá de estos meses y permanezca en el tiempo. Si lo conseguimos, quizás podamos contribuir a cambiar el mundo en alguna medida, a construir entre todos un mundo mejor.

Tal vez haya llegado el momento de dar la vuelta a aquel viejo lema de mayo del 68, quizás haya llegado el momento de dejar de pedir lo imposible y de comenzar a exigir lo posible.

Es el camino para llegar en el futuro a obtener lo que hoy nos parece imposible.

Nos lo merecemos como sociedad.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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