UN DÍA DEL LIBRO DISTINTO-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Hoy me recuerdan en esta red la crónica que escribí en el año 2018 para el diario Alerta con motivo del Día del Libro. Con ligeras modificaciones a causa de este confinamiento obligado, lo recupero de ese baúl de la memoria reciente que es Facebook.

Además, si la lectura, como la escritura, siempre es un ejercicio reflexivo que se ejerce desde la soledad interior, tal vez éste sea un buen momento para dejarnos llevar por la aventura que supone poner un libro en nuestras manos.

Presentación1

Cuando hago el esfuerzo de retroceder en el tiempo a través de la memoria para intentar recordar aquellas primeras lecturas que me llevaron de la mano durante los años de infancia, la de un chaval de La Cavada de la década de los sesenta, lo primero que aflora a mi mente son los chistes, como decíamos entonces a lo que hoy en día se llaman comics. En un batiburrillo más propio de mercadillo que de despacho ordenado me van llegando los nombres de aquellos héroes imaginarios que sentíamos como reales, que nos dieron la posibilidad de vivir experiencias ajenas como si fuesen propias, de tener vidas de ensueño que iban más allá de nuestra ingenua existencia. Así, desfilan por mis recuerdos El Llanero Solitario, Red Ryder, Roy Rogers, Tarzán de los Monos, el Capitán Trueno, el Jabato y todas las Hazañas Bélicas con las que nos reuníamos con los amigos en cualquier portal para intercambiarnos los números que cada cual poseía. Y siempre había que estar ojo avizor porque no solía faltar el espabilado de turno, que solía ser un poco mayor que el resto, e intentaba aprovecharse y llevarse por la cara uno o dos chistes de más.

Fuimos creciendo pero nunca pudimos olvidar del todo la ilustración, fuera con Astérix, “¡qué locos están estos romanos!”, o con toda la saga de Ibáñez que, desde esa Rue del Percebe de los Tiovivo, nos llevó hacia Mortadelo y Filemón o hacia el inefable Rompetechos.

Después, prácticamente al alimón, nos adentramos en la palabra escrita. Lo hicimos al ritmo de la fantasía de Julio Verne, de las aventuras de Emilio Salgari, Walter Scott, Jack London o Robert Louis Stevenson, de las historias más cercanas y entrañables de Dickens y Mark Twain  y de las más inquietantes de Oscar Wilde y Conan Doyle. Fuimos creciendo con ellas hasta vernos, ya con pantalón largo, como tiernos bachilleres.

Allí, los que tuvimos la fortuna de encontrarnos con buenos profesores de Historia y de Lengua y Literatura, nos fue muy fácil ir descubriendo autores y lecturas clásicas que, al final, son las que me han ido dado un bagaje que me ha permitido moverme con soltura por el mundo de la escritura. Más o menos a mis trece años, allá por tercero de bachiller, fue cuando decidí ser poeta y comencé a escribir en el silencio de esas clases de estudio que más parecían castigos que otra cosa. Posteriormente, ya en mi habitación de adolescente, plagada con fotos de los Rolling Stones y de Bob Dylan, iba llenando mis cuadernos de versos. En ellos, intentaba plasmar el estilo y la retórica de Jorge Manrique-nunca podré olvidar lo que me impresionaron sus coplas-, cuando no el de aquel Arcipreste que, en aquellos años se me antojaba un fascinante irreverente y más al leer lo que nos contaba con tanto arte y desparpajo: Como dice Aristóteles, cosa es verdadera, /el mundo por dos cosas trabaja: la primera, /por tener mantenencia, la otra cosa era/por poder arrimarse con hembra placentera”.

Después, como un fulgor inesperado apareció Fray Luis de León y, con él, el poeta latino Horacio. Cualquier antología en español que se precie-creo que ninguna lo hace-debería abrir con los poemas de Horacio; sin duda el poeta que más ha influido en la poesía en nuestro idioma. Y ya que hoy, al contrario de lo que pasaba con nuestros poetas hasta el siglo XVIII, ya que no somos capaces de leer directamente del latín, deberían antologar sus poemas con las traducciones-más bien recreaciones-que hicieron de ellos Fray Luis, Lope de Vega o Moratín.

El caso es que así, imitando a todos los que me impregnaban con la belleza de sus versos, fuese Garcilaso, Góngora, Quevedo, Lope o Calderón, fui llenando mis cuadernos de bachiller hasta que un buen día me decidí a intentar no imitar a nadie sino aprovechar lo que había aprendido y aprehendido para intentar expresar mis sentimientos desde mi propia voz.

Pequeños poemas de amor emergían en mis cuartillas con ansias inflamadas hasta que, llegados a los dieciséis años, me sentí imbuido por un espíritu menos romántico y más combativo; descubrí el poder embriagador y rebelde de la música rock e intenté llevar esa filosofía de combate a mis versos; me comencé a preocupar por el estercolero en que estábamos convirtiendo al mundo, por el sufrimiento que provocan las guerras y por cosas así. Al fin y al cabo ese era y debe ser el verdadero romanticismo de la juventud, el del inconformismo.

Fue en sexto de bachiller donde me impregné de ese lenguaje nuevo y rompedor de Espronceda, me sedujo el mayor himno a la libertad que se haya escrito jamás, la Canción del pirata, Que es mi barco mi tesoro, /que es mi dios la libertad, /mi ley, la fuerza y el viento, /mi única patria, la mar…”, y me embriagaron los bellos encantos de ese dolorido Canto a Teresa que anunciaba el futuro de la poesía, truéquese en risa mi dolor profundo…/que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?.

Tras él, llegaron los quejidos más íntimos de Rosalía y de Bécquer, un vate que me deslumbró con una poesía que brotaba del alma, breve y luminosa como un relámpago, en definitiva, con una poesía verdadera.

Cuando, desde la edad de la insolencia necesaria, creía haber descubierto todo y saber todo, por el temario de aquel libro de bachiller de Lázaro Carreter, de repente, apareció Rubén Darío dando otra vuelta de tuerca al lenguaje, prolongando esa sombra larga, larga, larga de José Asunción Silva. Rubén dio con Azul un pistoletazo que removió los cimientos poéticos, “…Dentro, el amor que abrasa; /fuera, la noche fría”. Recogió el título de un verso de Víctor Hugo, “El arte es azul” y en ese color simbolizó la ensoñación ideal y el misterio. El que me asaltó de inmediato.

Y después, con Galdós, Clarín y Pereda (Fortunata y Jacinta, La Regenta o Sotileza y Peñas Arriba), retomé mi gusto por la novela, en el que me reafirmé con los autores del noventa y ocho. Me dejé llevar por el mundo que se escondía tras los títulos memorables de Niebla o Abel Sánchez, ese gran tratado unamuniano sobre la envidia, de La Busca o El árbol de la ciencia de Baroja, todo un tratado filosófico tras el que, quizás, se esconde la desilusión que se oculta tras el conocimiento.

Con esa generación, al descubrir a don Antonio Machado, me hice socio de la poesía de la claridad, en la que aún milito. El impacto que me produjo don Antonio fue absoluto; hasta el extremo de que sus Poesías Completas sigue siendo uno de mis libros de cabecera. Claro está, sin olvidar al hermano modernista, a don Manuel, ese hombre que aún camina camino de cualquier parte ya que si la vida no se tomó la pena de matarle, él no se tomó la pena de vivir.

Después de ver pasar la buena poesía de Unamuno (Rosario de sonetos líricos), como si se tratara de un dulce silencioso pensamiento Shakesperiano, descubrí la precisión exacta de Juan Ramón, al que tanto hicieron renegar aquellos gamberros del veintisiete, aquellos que luego, como Cernuda o Alberti, hubieron de crecer en la desgracia de una guerra que les rompió por dentro, o morir en ella, como Lorca. Mientras César Vallejo (Niños del mundo/si cae España…) moría en París un día de aguacero, muchos poetas hubieron de partir al exilio desde donde el solo nombre de España envenenaba sus sueños.

No tardó en llegar la universidad y en ella me empezaron a llegar los ecos de Hidalgo, de Hierro, de Goytisolo, de Valente y de un Gil de Biedma que me asombró desde el primer instante. Entonces, con ellos y como ellos, descubrí que la poesía era más que Garcilaso. No me conformé con eso, a la Universidad de Santiago de Compostela me llegaron los fascinantes ecos de la poesía gallega y portuguesa de la mano de Pessoa, de Curros Enríquez, de Nobre, de Celso Emilio Ferreiro y tantos otros; incluso los de un tal Vinicius de Moraes (Se necesita un amigo para dejar de llorar. / Para no vivir de cara al pasado, /en busca de memorias perdidas).

Ya desde una madurez un tanto desmemoriada, uno nunca se cansa de dejarse impresionar por poetas que han ido llegando a su vida, poetas que te hablan desde sus versos con belleza y autenticidad. La poesía se renueva constantemente en ellos.

Día tras día, avanzo y avanzamos por la vida descubriendo libros de autores viejos y nuevos que nos permiten poder decir que si hay un Día del Libro, y me parece bien que lo haya, es por obra y gracia de los lectores. Para un autor tener un buen lector es como tener un tesoro, al que hay que cuidar y mimar por ese simple hecho de haber tenido la amabilidad de haber dedicado su tiempo y su inteligencia a desmenuzar un libro del que eres su autor. Ese acto vale un libro. Le da valor, el valor de haber sido leído de verdad. Por eso debemos cuidarlos tanto, porque cuando aparece se da una paradoja maravillosa: Ya no hay nada que se interponga entre el libro y el lector; ni tan siquiera su autor.

Para concluir os diré que al fin, han sido autores como Erasmo de Roterdam, Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán… los que me han llevado a libros inolvidables, a libros que siempre permanecerán en mi memoria, libros como Elogio de la locura, el Quijote, el Buscón, Tirano Banderas…, libros que han sido capaces de dejar huella en nuestra memoria lectora, libros que nunca irán a parar al cementerio de los libros olvidados.

Todos ellos, autores y libros me han hecho olvidar, aunque sólo fuera por unas horas, las miserias cotidianas a las que nos arrastra la vida.

“Escribir es olvidar. La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.” Fernando Pessoa (El Libro del Desasosiego)                                                 

Feliz día del Libro.

Juan Francisco Quevedo

 

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Una respuesta a UN DÍA DEL LIBRO DISTINTO-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

  1. Tete dijo:

    Muy bueno maestro.

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