SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN -Juan Francisco Quevedo

eichmann

SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN POR EL SERVICIO SECRETO ISRAELÍ (11 DE MAYO DE 1960)

En 1.941 -parece mentira que fuera hace apenas setenta años-, Adolf Eichmann estaba al frente del plan más perverso e inmoral que jamás haya ideado mente ¿humana? En la Alemania nazi se ponía en práctica la llamada, eufemística y cínicamente, solución final. Bajo la inocente apariencia de un difícil problema matemático resuelto, y resuelto definitivamente, se encubría el mayor y más abyecto plan genocida puesto en práctica desde que el hombre es hombre.

“Homo hominis lupus” (El hombre es lobo para el hombre)

                                                      Plauto (Asinaria, 2,4, 28)

Frente al idealista lema de Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza”, siempre se encuentra el lado más oscuro del ser humano, esa parte depredadora que, con sólo estimularla adecuada y convenientemente, convierte al hombre en una fiera caníbal.

Al secreto plan de aniquilación y exterminio nazi le acompañaba una crueldad-si cabe aún una mayor- irracional y desconocida. Esta crueldad se veía incrementada por el sustento intelectual, racista y repleto de superioridad asesina en que se apoyaba.

A los pobres miserables, objeto del exterminio, se les encerraba en inhumanos campos de trabajo, donde se les exprimía hasta reventar, siendo víctimas, entre tanto, de todo tipo de experimentación, tanto médica como industrial. Se aprovechaba de ellos absolutamente todo, desde sus piezas dentales de oro hasta, en algún caso, la piel. Se les reducía a la nada, penando por ella hasta encontrar la muerte en lo que, para muchos, era una verdadera liberación. Los destinatarios de esta abominación fueron fundamentalmente los judíos y muy especialmente los judíos polacos. Pero no se fueron solos, también se fueron, con ellos, disipándose por las chimeneas de los hornos crematorios, las almas gitanas del centro de Europa y la conciencia inane de una atónita y desorientada raza humana.

Desde entonces, y por los numerosos méritos contraídos, tal vez perdiéramos la dignidad y el derecho de ser y llamarnos seres humanos o, simplemente, personas. La humanidad nunca se repondrá, ni expurgará suficientemente la infamia y la ignominia que, en forma de detritus maloliente, cayó sobre ella.

En aquellos negros años miles de especímenes de nuestra raza, científicos supuestamente inteligentes, dedicaban su tiempo a analizar la mejor manera de proceder con el exterminio. Desde sus sesudas cabezas racionalizaban el gasto y los inconvenientes de las diferentes formas de matar, tanto de las antiguas como de las nuevas que, al son del gas de turno -monóxido de carbono o cianuro de hidrógeno-, iban inventando cada día como quien descubre la penicilina. Todo sea por el bien de la humanidad, una humanidad a punto de desintegrarse víctima de su propia estupidez.

“Ciencia sin consciencia no es sino ruina del alma”  (Rabelais)                                                                

Tras rememorar, conmovidos, semejante dislate, cabe preguntarse: ¿Acaso la inteligencia es señal inequívoca de algo? ¿Acaso no somos y no nos comportamos como verdaderos animales?

“Nos asombra ver lo pequeñas y escasas que son las diferencias, y lo múltiples y pronunciadas que son las semejanzas (entre simios y humanos)”.

                       Charles Bonnet (Contemplación de la Naturaleza –año 1.781-)

Adolf Eichmann, allá por 1960 aún no era un viejecito adorable, aunque pudiera pensarse, pues la realidad es que tenía tan solo 55 años. Pasaba plácidamente sus días en Argentina, país al que acudieron a refugiarse, protegidos por una red enmarañada, algunos de los nazis más sobresalientes, huidos tras la derrota del III Reich.

Este aparentemente venerable, pequeñito y encantador vecino, despreocupado en sus ociosidades, se olvidó del pasado como si nunca nada de lo ocurrido hubiera ido con él. Este Ugolino moderno (Dante, Canto 33), tras devorar a sus congéneres, no estaba, sin embargo, dispuesto a morir de hambre y, mucho menos, de remordimiento. Como gerente de la planta de Mercedes Benz en Argentina se ganaba cómodamente la vida. No sospechaba, pese a todas las precauciones que tomaba, que una vecina judía, Silvia Hermann, amiga de su hijo, levantaría la liebre. En realidad fue el padre de ésta, un judío alemán ciego huido de su patria en el año 1938 quien, tras escuchar las historias que traía su hija del hogar de los Eichmann, llegó a la conclusión de que se trataba del criminal que había masacrado a sus compañeros de fe.

Tras conocer su identidad, le tocó convencer a los servicios secretos israelíes, que no daban mucha credibilidad al testimonio de un pobre ciego. Después de confirmar a través de los rasgos morfológicos de unas fotografías actuales que, efectivamente, se trataba del criminal nazi, el primer ministro de Israel, Ben Gurion, dio total prioridad a una operación para secuestrarlo, traerlo a Israel y juzgarlo.

Era una oportunidad de poner negro sobre blanco toda la maldad que arrastraba el régimen nazi. No quería desperdiciar esa circunstancia para que el mundo conociese, a través de un juicio público, las mayores barbaridades jamás antes cometidas en la historia. Aún quedaban muchos testigos vivos de aquella ignominia que habrían de pasar uno a uno ante los atónitos ojos del mundo, ante los impasibles pequeños ojos del genocida.

Pero aquel día, un once de mayo de 1960, algo iba a cambiar, alguien desenredaría la madeja de silencio tejida en torno a él. No fue necesario que nadie entrara en su casa de la calle Garibaldi, en Buenos Aires, sin llamar a la puerta, más bien derribándola, como antes, él, tantas veces había mandado hacer. Era un tipo de costumbres fijas, así que no les fue difícil a los agentes del Mossad trazar un plan para anularlo.

Una fingida avería junto a la parada del autobús en el que Eichmann regresaba a su casa fue el cebo para atraerlo. Antes de que se diese cuenta ya le habían secuestrado y subido a un avión, camino de Israel. La tierra de David le esperaba con un nudo de horca colgando de una de las puntas de su ancestral estrella. En Jerusalén, tierra de promisión, es juzgado y ajusticiado. Simón Wiesenthal, superviviente del holocausto y uno de los artífices de su captura, desde el banco de testigos, ya sólo piensa en descubrir, en sus retiros dorados, a los culpables aún por apresar. Ya, al menos, tras el escarmiento, nunca volverían a dormir tranquilos. Cualquiera, cualquier día, podría interrumpir sus apacibles vidas y recordarles las barbaridades cometidas en nombre de sabe Dios qué.

De nada le sirvió a Eichmann alegar la socorrida y militar obediencia debida. Fue condenado por el delito de genocidio a morir en la horca por crímenes contra la Humanidad. Tras ejecutarse la sentencia, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas en un lugar indeterminado del mar Mediterráneo en presencia de varias víctimas del Holocausto y fuera de las aguas jurisdiccionales del país.

Durante el 62, año en que pendió de la cuerda Adolf Eichmann, fallece el escritor Hermann Hesse, icono futuro de una juventud que se identificará con la orientalista filosofía de su Siddhartha. Curiosamente se va un Hesse que ya había intuido la capacidad de crueldad inherente al hombre y, curiosamente, asociada al hombre corriente y moliente.

“No hay nada tan malvado, salvaje y cruel en la naturaleza como el hombre normal” (Hermann Hesse)

Juan Francisco Quevedo

                                                                                                 

sala juicio

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