NICOLÁS CORRALIZA ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019) -Juan Francisco Quevedo

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

“Abril en los inviernos” es el cuarto libro de Nicolás Corraliza, un poeta hecho con los mimbres de la sensibilidad y del lirismo, es decir, con los utensilios básicos con los que hacer buena poesía, unos instrumentos que el autor combina a la perfección.

Cien son exactamente los poemas que componen el libro, cien pequeñas perlas preciosas que inmediatamente se hacen con el lector y lo poseen.

Los poemas, sin título, son precedidos por el número romano correspondiente. Esa manera de anunciarlos es una demostración de pureza y levedad que tan bien se corresponde con esa poesía cuidada y llena de simbolismo con sentido de Nicolás Corraliza.

Ya el primer poema es en sí mismo toda una demostración de intenciones, unos versos desde los que se apela a nuestra conciencia con la certidumbre de lo inevitable, del olvido al que, finalmente, nos llevará el paso del tiempo:

“Para el silencio de la tierra, /los pasos que me restan. /Las fechas descifradas; /el olvido que germina/sin el agua de los verbos. /Se volverá invisible el relámpago/cuando enmudezca la lluvia”.

Esa preocupación íntima sobre lo efímero de la existencia, común a los poetas y a la poesía, ligada a los tópicos universales, la expresa desde una visión personal, con brillantez y sin que nos parezcan repeticiones manidas, lo que confiere un gran interés a sus composiciones. Una poesía cargada de gran simbolismo, con una sucesión de metáforas e imágenes sorprendentes que dejan en el lector un sabor dulce. Es una poesía que se lee con la certidumbre de encontrarnos ante un poeta con un gran gusto por la elegancia del lenguaje, una constante que atravesará el libro a lo largo de esta serie de poemas sucintos en los que las palabras nunca nos acecharán con rudeza, bien al contrario, lo harán con un profundo sentido estético, incluso cuando sus versos sacudan enérgicamente a nuestra conciencia lectora.

“Ya está la noche en los huesos de la desgana. /El silencio de la herida que guarda las horas sin luz”.

Este paso del tiempo, en ocasiones lo manifiesta asociado a esa melancolía en que nos sumen los recuerdos que nos transportan a la infancia y a la juventud. Cuando esa realidad cae como una losa, sabemos que nunca retornará, respiramos la decepción al tocar casi con los dedos una muerte a la que nos hemos acercado sin percatarnos.

“Despertar un día/con el aliento viejo, /y saber que el sueño/fue la juventud”.

Algunos poemas no son ajenos a la creación literaria, a esa lucha que mantiene el poeta consigo mismo por llegar al poema.

“Mortaja de sílabas. /Versos de un poema en pena/fuera de tono. /A veces regresan. /Se presentan limpios y desnudos, /como si acabaran de nacer/del silencio de un limbo”.

Es muy llamativa esa referencia que el poeta hace hacia el hombre que crea en la soledad, que pergeña el poema, esa “carne de sílaba en frágil esqueleto que crece o se emborrona”, a sabiendas de que éste tal vez permanezca más allá de sí mismo, al fin, sólo es “la escritura de un hombre sin mañana”.

Al final, esa velada alusión a la muerte se explicita en un poema de un solo verso de una manera clara y con una imagen demoledora:

“Ya está clavada la noche en las uñas del silencio”.

Pero no sólo es una poesía meditativa y filosófica, cargada de humanismo, también es un grito en ocasiones contra las miserias humanas, a las que a muchos les arrastra la vida. En este poema se muestra con un verso final a modo de sentencia, dentro de la tradición latina:

“Los que están de pie/odian a los sentados. /Con la felicidad ocurre lo mismo. /A ser posible no la muestres”.

Este “Abril en los inviernos” no es ajeno a esa asociación inexcusable entre el amor y la muerte que tan bien expresara el poeta francés del siglo XVI Pierre de Ronsard en los “Sonetos para Helena”:

La viviente y el muerto a tristeza me llaman: /una pide sufrir, pide el otro mi llanto: /el Amor y la Muerte son al cabo lo mismo.

Con ese matiz de la felicidad efímera que nos puede proporcionar el amor, el poema de Nicolás Corraliza profundiza en esa certeza inexcusable.

“Como ovillos/de una misma madeja, /nos vamos enredando/en la maraña del amor. /Sabemos el final. /La muerte es el nudo/que nadie deslía”.

No es ajeno el poeta a la rememoración de la infancia, a esa construcción como vehículo de conocimiento, al tiempo de la alegría y la luz: “Corríamos escaleras abajo/buscando tras la puerta la amnistía de la luz”. Casi a continuación nos sorprende con el descubrimiento del amor en la juventud a través de unos versos plenos de belleza y lirismo: “Piel adolescente, /reflejo cereal que espiga nuestros nombres”.

El autor no se muestra ajeno al tiempo en que vive y desde su guarida se hace eco de la incomprensión que nos coloniza: “Últimamente se hace incómodo el silencio en los ascensores. /Nadie saluda. Llevamos en los ojos el horror de la supervivencia”.

A las inciertas preguntas constantes que nos acompañan y que siempre quedarán sin respuesta sólo “nos responde el silencio”. Quizás el mismo que Calderón de la Barca nos deja en ese verso memorable de “La vida es sueño”:“Respóndate, retórico, el silencio.”

Nos forjamos viviendo, en el dolor, a la búsqueda de la luz de una primavera que no siempre llega: “La esperanza estudia/en academias de nieve. /Quiere ser abril”.

El dolor ante la inevitable presencia de la muerte nos sacude con versos directos-“No hay antídoto cuando late el luto”- que nos llevan a una desolación de la que nos puede salvar y redimir el amor:

“Flotar. /Navegar la tristeza/respirando/esperanza o deriva. /Traen tus manos/el mar que nos salva”.

La vida nos sorprende, cuando menos lo esperamos, cuando “nos duele la ausencia”, con el regalo del sol de nuestra infancia. Se repite el milagro que ya hiciera escribir estos versos, en el siglo XIV a. C., al faraón Amenofis IV: “Tú que brillas lleno de hermosura sobre el horizonte celeste, disco viviente cuya misión es dar la vida”.

En un poema, dedicado a León Felipe, el poeta nos da cumplida cuenta, con ironía, de ese ser genérico que atiende por el apelativo de Hombre:

“Doctor: /hoy me duele el mundo/a la altura del Hombre”.

El libro progresa hacia el final con las preocupaciones del poeta, vivir a pesar del peligro -“pertenecer a una emoción”-, morir y contemplar la muerte desde el conocimiento de su exactitud-“Será nuestro este lugar cuando no tengamos nada”-, retornar al pasado, a los tiempos felices desde la memoria-“La juventud es un pájaro perdido/que regresa si le nombras”-. Y, al final del trayecto, siempre el amor como método de redención y salvación:

“Para quedar, /buscaremos un quiosco/donde llueva siempre a las seis. /Cerca del Teatro, /lejos del circo mundial/ de los sedientos. /Un beso muerde al dolor/y hace el bien. /Los que nunca se besaron/siguen dormidos”.

Cerramos el libro con la seguridad de que siempre recordaremos algunos de sus versos, con la intención de retornar a esos poemas que nos han provocado emoción verdadera, la que nos traslada la buena poesía, aquella con la que nos dejamos impregnar de belleza a través del milagro de la palabra, el que se produce cuando uno se encuentra ante un poeta que sabe hacernos partícipes de sus inquietudes a través del dominio del lenguaje. Es el caso de este “Abril en los inviernos”. Es el caso de un poeta al que nunca le responderá, retórico, el silencio, Nicolás Corraliza.

Juan Francisco Quevedo

Nicolás Corraliza

 

 

 

 

 

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