ANTONIO CRUZ ROMERO ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA (RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020) -Juan Francisco Quevedo

ANTONIO CRUZ ROMERO

ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA

(RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020)

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Cinco años y medio es el período temporal que abarca este elegíaco diario que nos presenta el escritor Antonio Cruz con el título “Ámsterdam es una ciudad maldita”. El autor transitará a lo largo del libro por territorios escabrosos en una ciudad que, como dice Hilario Barrero en el prólogo, “aparece con un pasado luminoso, donde la felicidad tenía su jardín, y con un presente y futuro oscuros y tenebrosos donde la muerte y el olvido tienen su huerto”.

Antonio Cruz se aproxima al lector como si éste fuese un amigo invisible ante el que poder mostrase con verdad, con su verdad; aquélla que va incluso más allá de su propia consciencia, aquélla que incluso trasciende sus propias intenciones para buscar la cercanía a través de una complicidad con el lector que consigue con el dominio del lenguaje y de la emoción que lo acompaña.

La verdad, provista de autenticidad y desnuda de impostura, siempre logra superar la barrera existente entre lector y escritor, esa primera frialdad que sólo se rompe con los buenos libros. En este diario desaparece casi de inmediato, no sólo por la verdad desnuda que nos transmite sino porque nos llega con la destreza y la sabiduría de un domador del lenguaje, un escritor que nos conmueve tanto con líricas ráfagas de ternura como con hirientes destellos de rabia contenida.

Está claro que este libro no es sólo, desde luego, un diario al uso de una ciudad, es mucho más, es un doloroso relato autobiográfico, pegado a ese Ámsterdam de sus contradicciones, que concita en el autor todos esos sentimientos asociados a la propia experiencia, la de cualquiera en cualquier lugar; por eso es tan fácil conectar con él, porque nos transfiere emociones con las que el lector se identifica con facilidad. Pese a pertenecer y sentirse de una ciudad muy concreta, de su ciudad elegida, nos traslada impresiones universales que cualquiera puede asociar a cualquier ciudad, a la suya, en esa lucha permanente que nos acompaña con ella y contra ella, según los diferentes momentos y las diferentes etapas vitales que siempre van unidas a su paso y a su recuerdo.

El libro se abre con un magnífico y esclarecedor prólogo de Hilario Barrero que nos sitúa a la perfección en el meollo del diario. Por un lado, la ciudad de Amsterdam que “nos ofrece su olor, un perfume que habla, que inunda nuestros sentidos y respira con nosotros” y, por otro, “ la angustia, la presencia ausente de las dos hijas, la conducta cruel de quienes cambian el ritmo del viaje”.

El autor, ya desde el preámbulo de esa dedicatoria a sus dos pequeñas hijas, nos muestra sus intenciones, no las esconde, ni se esconde, y se dispone a revelarnos desde su verdad más íntima “esta crónica de nuestras vidas ausentes y su dolor”.

El diario consta de dos partes que se diferencian no solo temporalmente en el calendario sino también en su percepción de la ciudad a través de sus vivencias personales.

Pero hay miradas sobre Ámsterdam, sobre la creatividad y sobre sí mismo, que permanecen inalterables en la narración, que dislocan y cruzan el libro de principio a fin.

Podremos ser partícipes del profundo amor de Antonio Cruz por la lengua neerlandesa, así como su devoción por los poetas que en ella escriben y cuyos poemas salpican las páginas del libro, descubriéndonos un mundo poético y cultural de lo más desconocido. No podemos olvidar que “el lenguaje en sí es un verdadero milagro de tintes divinos”.

Podemos ser cómplices de sus ganas de conocer, de saber, y acompañarlo en su curiosidad impenitente; podemos reconocer e indagar con él los rincones más inexplorados, los cementerios olvidados y las iglesias más recónditas de la ciudad.

También nos llama la atención, y atraviesa el libro como un bálsamo que concilia y repara el ánimo del autor, su devoción por la música, en especial por la música clásica, aunque no deja de haber menciones a músicos de jazz como Ben Webster o a cantantes como Billie Holiday.

Acompañaremos en este viaje a este cinéfilo empedernido y visitador casi compulsivo de librerías, museos y bibliotecas. Nos trasladará el gusto por lo que significa el simple hecho de abrir un libro y sentir en ese tacto el placer de poseerlo; no sólo el de la lectura. Ese afán lo llevará a comprar algún libro “por la irremediable codicia de poseerlo”.

Y siempre, siempre, a lo largo del diario, como una monótona letanía, se suceden la lluvia tenaz, la neblina, la humedad, el frío, el olor y esa contraposición entre la luz y la oscuridad, en la lucha permanente entre ellas cuando uno vive a estas alturas del atlas geográfico.

Ámsterdam es una ciudad que se ha apropiado del autor, que lo ha fagocitado con todas las consecuencias. Eso lo ha convertido, tal y como anticipa en el epílogo, con una frase del escritor Multatuli, en un “amsterdamés, por desgracia”.

La primera parte del libro, de este diario vital, se inicia en julio de 2014 y transcurre durante aún una época de cierta felicidad, con Noa, su primera hija como eje de su mundo, aunque el autor ya nos anticipa en estas iniciáticas páginas la fugacidad de un tiempo en el que pronto se mostrará “triste por abandonar Amsterdam; feliz por dejar una casa emponzoñada de malas sensaciones”.

Será un martes, un 19 de julio de 2016, cuando todo estalle y la fricción con la familia de su compañera se haga inevitable y se manifieste cruda y dolorosamente en ese peregrinaje por las calles con su hija Noa y con ella embarazada de su hija Sophie. Se nos helará la sangre en ese éxodo en el que, tras él, intuye, todos intuimos, que llegará el hundimiento, el derrumbe de la paz familiar, la destrucción del hogar que habían construido con tanta fe en el futuro.

Ese pesar y ese sentido de la decepción, unido al sedimento de maldad que no comprende cómo puede encontrar refugio en personas que han estado tan próximas, harán que una espada de dolor atraviese, no sólo su corazón, sino el sentir de un diario por el que el autor se desangra a través de palabras que fluyen con un lirismo conmovedor.

En la segunda parte, que se inicia en febrero de 2018, el dolor provocado por la ausencia de sus hijas lo impregnará todo, incluso la percepción de la ciudad que, en esa dualidad que siempre lo acompaña, se tornará más inhóspita, pero siempre querida, aunque sea desde el dolor y desasosiego que le provoca. Es un amor reñido que va unido a su percepción; la que emana de sus pasiones más íntimas y profundas.

Los sentimientos hacia sus hijas, Noa y la pequeña Sophie, son una muestra inigualable de amor, muchas veces expresado poéticamente a través de las experiencias sensitivas que le traslada el contacto con sus hijas, como cuando con los pies entrelazados acaricia sus cabellos y sus caras.

Entre sus páginas también descubriremos al hombre metódico, de costumbres fijas e inamovibles, que se esconde tras el autor, aquél que tan sólo pasea en una bicicleta, la que se corresponde con el número cuatro, aquél que visiona “Casablanca” la noche previa a viajar a Ámsterdam y que ordena su escritorio “como un resumen de mí mismo”. Por no hablar del hombre que elige su asiento en función del día de nacimiento de sus hijas. En cualquier caso, todos estos detalles lo hacen mucho más cercano.

Uno recuerda otros diarios en los que las anotaciones del nacimiento de los hijos es apenas una diminuta nota a pie de página, donde tan sólo se suceden los logros profesionales, los contactos con personajes de cierto renombre, las puyas malintencionadas hacia aquéllos que no fueron generosos en sus críticas; diarios por donde fluyen constantemente las miserias humanas encubiertas.

Nada de eso encontraremos en este libro de Antonio Cruz. Sólo la verdad de su propia existencia, sin alambiques innecesarios, con la crudeza de la propia experiencia y con la incredulidad asombrada ante la maldad ajena, la que sólo puede emanar del corazón de los buenos.

Sólo esperamos que el tiempo restañe sus heridas, como las de todos; la vida, al fin y al cabo, no es más que una sucesión de cicatrices tras las que se esconde alguna enseñanza.

Sin duda, algún día visitaré Ámsterdam de la mano de este diario, de la mano de Antonio Cruz, veré la luz reflejada en el agua de unos canales que penetran en la tierra como “lanzas en forma de agua”. Y disfrutaré hasta del frío y de la lluvia, la lluvia que flota adherida al paisaje de la ciudad como una estampa perenne. Pasearé y deambularé por sus calles sin rumbo, alquilaré la bicicleta número cuatro y me perderé en el mercado contemplando ese crisol de colores que ofrecen las diferentes culturas que conviven en Ten Katemarkt. Y, por supuesto, no dejaré de visitar alguna librería, en especial Antiquariaat Kok, y sentarme en alguna terraza a degustar un vasito de ginebra del país. Después me perderé hasta encontrar el lugar exacto desde el que poder contemplar la puesta del sol un día de invierno con el cielo despejado.

Un libro magnífico y gratificante de un escritor con un bagaje de lecturas y de conocimiento que se deja reflejar en un relato ameno, directo, a ratos poético y siempre verdadero.

“Ámsterdan es una ciudad maldita” no sólo nos descubre una ciudad, nos descubre al hombre, al hombre que ha llevado su dolor y su experiencia por sus calles.

Juan Francisco Quevedo

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