LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO-Juan Francisco Quevedo

Juan Carlos y Franco

AQUEL JOVEN JUAN CARLOS EN LA ESPAÑA DE FRANCO

LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO

Aunque no fue una boda de cine, perfectamente pudiera haberlo sido. Pero, por entonces, ni tan siquiera pudo ser una boda real, aunque sí de la realeza; de una realeza europea que se entregaba a los endofágicos brazos de sí misma. La boda, no cabe duda, no hacía sino continuar con la tradición, es decir, primo más primo igual a un gran primo al cuadrado o, lo que es lo mismo, la representación en la vida del Saturno devorando a sus hijos. Juan Carlos y Sofía, con la autorización genuflexiva de un general Franco ausente -viajar al extranjero era desasosegante- ponían una pica en la siempre ortodoxa, y por poco tiempo, monárquica, Atenas.

El novio había llegado a España, de niño, en un tren, sin pompa, sin bombo, sin familia y casi sin equipaje. En aquellos años de soledad y bromas malintencionadas el que posteriormente sería el rey Juan Carlos aún era Juanito, el mismo Juanito que tanto irritaba a su padre, un don Juan que, desde su condado de Barcelona y al calor de Estoril, donde una corte de andar por casa lo adulaba, aún soñaba con el armiño del trono, el mismo Juanito al que desde dentro, tanto falangistas como monárquicos adscritos al Movimiento, miraban con superioridad y desconfianza.

Nadie daba mucho por él pero, Juanito, como también lo llamaba el general, era el elegido, el ungido por la mano, invadida por el Parkinson, del viejo Jefe del Estado que, en su juventud, soñara con ser actor de cine y hubo de conformarse con firmar algún guión como el de Raza con el pseudónimo de Jaime de Andrade. Juanito también era el elegido para ser el objetivo de los chistes de mal gusto de una sociedad como la española, acostumbrada a ir detrás del sol que más calienta, aunque sólo sea como método eficaz de supervivencia, tras los sufrimientos de la guerra.

El caso es que salían a las calles por cientos de miles a honrar al general y a mofarse de su supositorio -por ir siempre adosado a su trasero, según se decía-. Con estos antecedentes podemos concluir que muy mal lo debió de pasar Juanito. Años de preparación en la soledad real de su persona, también real, sin apoyos afectivos ni efectivos. Años de desconfianza -luego se vio que justificada- desde todos y cada uno de los aledaños de un poder que se refugiaba bajo el protector manto del Caudillo. No pudo contar con nadie -Adolfo Suárez aún era un estudiante de Derecho-, ni con los Procuradores a Cortes ni con la flor y nata del Movimiento y, lo que es peor, ni con el pueblo. Estaba rodeado de enemigos, desconfiados y desafiantes, por todas partes. Era la perfecta definición de una isla solitaria y perdida.

“Triste país en donde todos los hombres son graves y todas las mujeres displicentes, en donde en la mirada de un hombre que pasa vemos la mirada de un enemigo.” Pío Baroja (Vieja España, patria nueva)                                                          

 ¡Pobre Juanito! ¡Qué sólo se debió de sentir! Por un lado, todos los que tenía a su alrededor estaban con Franco y, por otro, sus teóricos aliados, los disidentes monárquicos, se encontraban, al menos espiritualmente, en Estoril, con su padre, con don Juan. Con todos estos antecedentes, si rememoramos lo que fue la infancia y la juventud de Juanito sólo cabe felicitarse al ver cómo, desde su tesón y entereza, a la vez que con la inestimable ayuda de un grupo reducido de colaboradores, entre los que se encontraba el nunca suficientemente ponderado Adolfo Suárez, acabó convirtiéndose en, primero, don Juan Carlos y, después, en el Rey. En todo ello, no cabe duda, su matrimonio con la princesa Sofía de Grecia fue determinante. Algún día se reconocerá el importante papel representativo de esta mujer, destronada, por el pueblo, en su país y entronizada, por el pueblo, en aquella España democrática.

Lo que habría de venir después, lo que se supo más tarde, tanto en los últimos años de reinado del que fuera llamado Juan Carlos I, como después y ahora, tras la renuncia al trono, ya es harina de otro costal y objeto de otro análisis.

En aquel ambiente de aquella España, descrito tan literariamente por Pío Baroja, aquel viejo galeno cascarrabias, hubo un hecho que, desde mi mirada infantil, me sorprendió y causó cierta impresión. Apenas habían transcurrido diez años desde que el ataúd del escritor hubiera sido llevado a hombros por Cela, bajo la atenta mirada de Hemingway, al cementerio civil de Madrid, cuando el Generalísimo Francisco Franco-julio del sesenta y ocho- acompañado por su regio y joven acólito, nos visitó en Santander.

El portahelicópteros Dédalo, un retal americano de la segunda guerra mundial, y el crucero Canarias, buque insignia de la Armada, atracaron en la bahía de Santander junto a un sinfín de barcos de guerra entre los que destacaba el buque escuela Juan Sebastián Elcano. Fue una semana de visitas, maniobras, desfiles y desembarcos.

Franco languidecía en el Azor, fondeado en la bahía; había resistido firme en el poder sin que nada le hiciera tambalearse, pero hay algo que nunca perdona, las horas vividas. Se refleja a la perfección en la inscripción latina que aparece bajo el reloj de muchas iglesias:

Todas hieren, pero la última mata (Vulnerant omnes, ultima  necat)

Se puede leer entre otras bajo el reloj de la catedral de Brujas Y Baroja da cuenta del mismo lema, inscrito en el reloj de sol de la iglesia de Urruña, pueblo vasco francés.

Con Franco fue exactamente así; murió en la cama de un hospital de viejo, siete años después de su visita a Santander, sin que nadie le moviera del sillón que ocupó durante cuarenta años. Ante su cadáver, haciendo insufribles colas, pasó un interminable número de personas. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

La hora de Juanito había llegado y con la compañía de unos cuantos viejos conocidos del sistema se revolvieron contra el mismo e hicieron un giro impensado. Nadie daba un duro por él y, sin embargo, en unos meses acabó con toda la parafernalia de un Régimen que se auto fagocitó a sí mismo, extinguiéndose sin más.

Quién se lo iba a decir a aquel muchachito que vino a España con una maleta y sin el respaldo de nadie, salvo del general, cuando en aquel julio del 68, rodeado de una masa que aclamaba a Franco, se encontraba más solo que nunca.

Ahora, por sus errores, sabe de la hiel cambiante de las adhesiones inquebrantables, como se decía.

Aunque, en verdad, siempre será igual. Por mucho que cambiemos de lugar siempre aflorará lo que llevamos dentro. Intentar enmascararlo es una trampa que nunca saldrá bien.

“Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”

(Quienes surcan la mar mudan de cielo, no de alma.) Horacio (Cartas I, 11,27)

                                                                  

Juan Francisco Quevedo

1948.llega a España con diez años

Semana Naval 68

 

Esta entrada fue publicada en CRÓNICAS, HISTORIA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s