EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS-Juan Francisco Quevedo

EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

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EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

Hace noventa años, un lejano seis de agosto de 1928 nacía en Pittsburgh el que estaba llamado a romper los tradicionales circuitos del arte contemporáneo. Y no lo conseguiría hasta aquel remoto año de 1962. En esa fecha, un albino vicioso y de gustos efébicos, según cuentan los maliciosos, popularizó en una lata de sopa el sueño del arte de Marcel Duchamp: “Trivializar lo cotidiano”. Y, en el fondo, lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo. El camino para este pintor de la modernidad, Andy Warhol, probablemente se iniciara durante su paso, como trabajador veraniego, por unos grandes almacenes. Tal vez ahí, entre maniquíes y carteles anunciadores, surgiese su pasión por plasmar el mundo del consumo y la publicidad.
En el mismo año de 1.962, y por caminos distintos y casuales, Roy Linchestein, tras dejar a un lado el expresionismo intelectual de Pollock, de Kooning y de tantos otros, que había imperado durante las dos últimas décadas, comienza sus pinturas de tiras de cómics y su famoso retrato de George Washington; de esta manera ambos convergen en la popularización de la pintura uniéndose al movimiento del Pop-art, que ya despuntaba con fuerza desde mediados de los cincuenta, a través de artistas como Jasper Johns, con su celebrada obra “Tres banderas” y Richard Hamilton, el cual, en un collage fotográfico, del año 1.956, hizo aparecer, por vez primera, la palabra “pop”. Tal vez fuera el origen de todo y la causa primigenia para que todo se mirara de una manera divertida y aparentemente casual. Linchestein fue, tal vez, el que cargó de ironía sus telas, acercándose con humor a la manera de vivir americana –“american way of life”-. Tanto la sociedad, como sus personajes, eran retratados con pinceladas de sarcasmo bien administradas, como si de una sordera interesada se tratara.

Junto a la banalización que nos trae el consumismo y la televisión, aparece este innovador y transgresor estilo de arte, innovador y transgresor tanto en la manera de entender el entorno como en la de aproximarse a esta nueva sociedad de la comunicación y los medios audiovisuales. El pop-art parece nacer como un nuevo medio de consumo para una nueva cultura, básicamente urbanita. En cualquier caso, no fue más que el antecedente del espíritu de los tiempos de comercialización mediática que se avecinaban, y que no harían más que acrecentarse con el paso de los años. El sueño de cualquier ciudadano anónimo, ya lo dijo Warhol, no era otro que “ser famoso durante 15 minutos”. Tal vez, si Rimbaud siguiera entre nosotros se reafirmaría en aquella nota que dejó sobre el manuscrito de “Una temporada en el infierno”: “Ahora puedo decir que el arte es una tontería.”
Warhol hizo del arte, no cabe duda, un gran negocio, llegando a tal extremo, que los proyectos sólo le parecían verdaderamente interesantes si le aportaban dinero, mucho dinero. Pero el pop-art va mucho más allá de Andy Warhol.
El hombre se refugia-como pensaba Schopenhauer-ante las embestidas rutinarias del día a día, ante el vacío que nos provoca su “run-run”, en el arte y en la ciencia. Es la manera que tenemos de escapar de nuestras apreciaciones, necesariamente objetivas y, a veces, angustiantes, ante la vida diaria. En definitiva, es nuestra manera de desconectar de todo aquello que nos es inevitable. El arte y las ciencias, tanto las humanidades como las técnicas, se convierten en una liberación para el ser humano. En este sentido, el pop-art-por acercarnos a lo cotidiano-, es una manera cínica de aproximarnos a esa realidad nueva en la que, en esta década, se empieza a ver inmerso el hombre del siglo XX. En el fondo, se puede ver este arte como una reacción, como un acto de rebeldía frente al consumismo que tiñe nuestras vidas; claro está, desde una visión irónica y liberadora. Y, por supuesto, no exenta de un componente imprescindible y paradójico, justamente aquello que pretende criticar-desde la sonrisa cómplice-, es decir, el mercado. En resumidas cuentas: se hace arte para consumir. Y, además, se hace criticando irónicamente el consumo, es decir, criticando aquello para lo que se crea. El colmo de la contradicción.
“Estoy harto de esta vida de habitaciones amuebladas. /Estoy harto de tener gripe y dolores de cabeza. /Conoces mi extraña vida: Cada día trae
su cuota de ira…” Delmore Schwartz (Baudelaire).
El pop-art tiene la cualidad de estimular fácilmente los sentidos y, por ello, ser capaz de acercarse a aquellas personas que jamás se han interesado por el arte y sacarlas de su inopia. Se aproxima a la gente común a través de objetos y personajes que le son conocidos y cotidianos. Por ello, consigue penetrar en todas las capas sociales. Convierten el arte y lo artístico en un lugar común, en un espacio para compartir, alejándolo del teórico elitismo en el que se encontraba. Con su fuerza expansiva, acaba arrinconando al expresionismo abstracto de Pollock y Barnett Newman a las frías, y casi vacías, salas de los museos. Con él, es innegable, se instala cierta vulgaridad en el panorama artístico y, tal vez por esa causa, aunque no lo creo, Nueva York se convierte, desplazando definitivamente a París, en la capital artística del mundo.
En cualquier caso, fue Warhol quien se llevó el gato al agua y se convirtió en el tótem “underground” de la modernidad. Desde su famosa factoría salieron iconos que todavía hoy funcionan en el ámbito popular, baste recordar sus retratos de celebridades del cine, como Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe, tan sumamente imitados. Probablemente desde su tumba se remueva al contemplar el negocio que ha generado y que ya no puede controlar, ni disfrutar. Pero su aportación no se quedó exclusivamente ahí, sino que exploró además en otros ámbitos, inclusive en el difícil mundo del rock. Desde su factoría salieron los primeros Velvet que, como Andy, nacieron con vocación de marginalidad alternativa y después, como todos, acabaron absorbidos por la industria. Lou Reed, John Cale y aquella modelo de la que todos nos enamoramos, y que además cantaba tan bien, Nico, pasearon su desencanto por todos los circuitos alternativos de Nueva York y de Estados Unidos. Nico, esa valquiria hierática en el escenario, destrozó corazones allá por donde fue y, desde su fresca hermosura, todos soñaron, soñamos, con ennoviarla o cuando menos con acompañarla y, así, sentirnos redimidos por sus atenciones, quizá por su ternura, como se redimió Fausto a través del amor de Margarita:“al cielo nos conduce el eterno femenino.” Goethe(Fausto-Acto V).
Todos ellos pronto se desembarazaron del dios blanquecino y, a su vez, Lou Reed pronto se desembarazó de Cale-no confundir, como bien dice mi buen amigo Peto, del restaurante Casa Jandro Restaurante en Celis, con el autor de Cocaine, J.J. Cale, esa canción que todos creen es de Eric Clapton- y poco después también se desembarazó de la banda, The Velvet Underground-Sweet Jane-, y se introdujo por el lado más salvaje del camino-Walk on the wild side-, destilando melancolía, dejando resbalar las palabras como jamás nadie lo haya hecho. Dicen que la heroína-Heroin- estuvo a punto de matarlo pero lo cierto es que aún duró lo suyo, más lúcido que nunca, como un intérprete de “rock animal”, persiguiendo un sueño tal vez inalcanzable, un sueño cada vez más alejado del suicidio que cuando publicó Berlin, su particular calvario. Sus letras destilan lirismo descarnado. Lo mismo da que retrate Nueva York o que haga un viaje al interior de su alma. Él siempre, tal vez a su pesar, sale victorioso: “El futuro es igual para todos. /Lo encaramos como podemos/y no hay nada malo en tener miedo; /eso sólo prueba que eres hombre.” Lou Reed (Deshechado-poema-)
De esta manera, tontamente, entre el beso que nos mandaba Roy desde el acrílico de sus lienzos, y el Elvis disparando, ¿a quién?, tal vez a sí mismo, Warhol se convirtió en el representante más conocido, y sobre todo más mediático, del Pop-art y, con él, tuvo lugar la mayor popularización, y tal vez trivalización-como soñó Duchamp-, del arte. Warhol siempre estuvo unido al mundo del rock, en especial al mundo de los rock-stars. Con David Bowie-Space Oddity- ideó una multivariedad estética que convirtió al rubio y afilado cantante en un auténtico camaleón. Lo mismo se convertía en una estrella del Glamp-rock que iba al Space-rock, pasando por la mímica silenciosa, no podía ser de otra manera, de un maestro como Marcel Marceau. Y todo ello pareciendo artistas diferentes.
Con Mick, por supuesto Jagger, mantuvo una interesante relación de la que hoy nos queda, además de sus retratos, el archiconocido anagrama de la banda más longeva de la escena, The Rolling Stones. Desde unos labios, inspirados en Mick, también conocido como “Morritos Jagger”, salía una poderosa y desafiante lengua que, aún hoy, se burla un poco de todo bicho viviente y, además, es el inconfundible sello de los ya geriátricos Stones.
“No existe gran ingenio sin algo de demencia”. Aristóteles.
Warhol, en sus modelos, solía buscar gente que se moviera por los llamados circuitos alternativos-underground-, al menos supuestamente, pero ya nada era lo que parecía. Lo cierto es que, tanto él como sus figurines, pronto dejaron de ser marginales para convertirse en sencillamente extravagantes, y simplemente sugerían seguirlo siendo como vitola de modernidad y vanguardismo-eso siempre vende-. También, a veces, iconizaba y entronizaba muñecas rotas, como es el caso de Norma Jean, Marilyn Monroe, la niña desvalida que, una vez muerta, creció hasta convertirse en mito y que, en vida, no fue más que un ser humano condenado a una muerte ¿intencionada? por sobredosis de barbitúricos. Esta linda corista que conquistara a un príncipe imaginario, en la fantasía del cine, y a un rey del escenario como Laurence Olivier, tuvo que conformarse, en la vida real, con ser amante de un presidente y esposa de un dramaturgo-Arthur Miller- que condenó al pobre Willy Loman, viajante de profesión, a tener que morir una vez que había acabado de pagar la hipoteca de una casa que, entre otras cosas, le había consumido. Esta chiquita, que consiguió subirse al tren de Billy Wilder-“Nadie es perfecto”- en marcha, mientras el vapor de la máquina azuzaba sus piernas entre unas alocadas faldas que, con la colaboración de las cálidas rejillas de los metros, descubría sus encantos más íntimos, desnudaba su alma entre las canciones sensuales que un agobiado Joseph Cotten escuchaba de sus perniciosos labios en Niágara. Esta pobre Norma Jean acabó pasando de las catacumbas ocultas de la Casa Blanca, donde acudía en traje de fiesta, al frío mármol de una morgue, donde acudió, por primera y última vez, sin más sudario que el de la sábana que le pusieron tras la autopsia. Murió como dormía: desnuda. Sólo que sin sus gotas de Chanel número 5.
“Caminar a la muerte no es tan fácil, y si es duro vivir, morir tampoco es menos”. Luis Cernuda.
Él, que había sido un niño enfermizo, que había pasado una gran parte de su infancia en la cama, dibujando y recortando fotos de estrellas del celuloide, él, tan hipocondríaco, tan temeroso de todo lo que oliera a hospital, caminó al encuentro con la muerte un 22 de febrero de 1987. Una aparentemente inocente operación de vesícula, fue el detonante. Fue enterrado en la ciudad donde nació-Pittsburgh-, junto a sus padres, con todo el boato con el que había vivido, en un féretro de bronce macizo, con un elegante y negro traje de cachemir, que contrastaba con su piel blanquecina, con su peluca en un tono argenta y con esas gafas de sol a las que se vio condenado de por vida. Por no faltarle, no le faltó ni un sofisticado frasco de colonia, Beautiful, de la firma Estée Lauder.
Le dieron sepultura con la misma pompa con la que se había acostumbrado a vivir. Sólo que no la pudo disfrutar; nada le eximió, ni siquiera la inmensa fortuna que había acumulado en vida, para rendir otro tipo de cuentas. Tarde o temprano, la muerte a todos nos la cobra por igual enrasándonos para siempre.

Juan Francisco Quevedo

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