Una infancia feliz-Relato de Juan Francisco Quevedo

Desde Abismos del Suroeste nos llega este libro en el que he tenido el gusto de participar con el relato que abre sus páginas.

Nos complace poner a disposición de nuestros lectores y amigos, mediante descarga gratuita ,el libro de relatos: LA VERDADERA PATRIA, a partir de una idea original de Juan Francisco Quevedo sobre la visión del mundo en la infancia y primera adolescencia, incluso en las peores condiciones políticas y sociales..

https://drive.google.com/file/d/1dmaq07-pRJN2tSd2xtyp_Lc2yYOD2XU5/view

 




UNA INFANCIA FELIZ
Juan Francisco Quevedo

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi
padre.
Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María
Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo
Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años. Mi padre vino al
mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un
pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se
iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y
había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era
siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.
En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un
entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban
sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban
hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor
vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que
quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y
hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.
Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que
sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios
kilómetros para asistir a clase en el Barrio de Arriba, donde unos curas con
babero blanco se encargaban de educarle. Más tarde, fue a las escuelas del
pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando
un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo.
Con el dinero se compró un par de zapatos, una pluma, unos libros, unas
cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su
padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro
para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.
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Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas y a sallar y preparar la
tierra para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos.
Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un
buhonero que llegaba puntualmente con un burro que llevaba dos
cuévanos a sus costados por los que asomaban y gruñían los pequeños
animales. Engordaba como si fuese un rey con las sobras del día y, en
otoño, con la caída de las castañas, comía sin fondo ni conocimiento hasta
que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar hasta poder digerir la
barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba,
junto a una cabra, para que con la carne de ambos hubiese suficientes
chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la
leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina.
El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia
por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin
problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño
agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.
Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir
los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies le
ofreció tabaco de liar mientras comenzaba una conversación de lo más
seria. Con las primeras bocanadas le comunicó lo que supondría un gran
cambio en su vida.
Para eludir un servicio militar que ya se atisbaba y que no tuviera
que morir en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el
biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron
hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos,
como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión
crucial y dolorosa pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le
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preferían vivo, y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del
continente negro.
Eran años en los que sólo los más pudientes se libraban del servicio
de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien
haciéndolo a un sustituto. Así eran los vientos que soplaban en la España
de principios del siglo XX.
Aquella fue la primera vez que salió de su comarca y de su zona de
confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de
paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la
máquina del ferrocarril. Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan
solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas
llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se
usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio
de Correos.
No tardó en embarcar con una pequeña maleta atada con una
cuerda en un mercante que hacia la travesía inter atlántica. Mientras se
asomaba por el puente del barco, nada más subir la pasarela, le despidió su
padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y
simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con
ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación
de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago
de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por
tantos años, ante una misma escena. Primero, le tocó como hijo. Después,
como padre.
Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la
culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores
de Melilla. Curioso. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como
Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate
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tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o
de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo. Mientras
nuestros jóvenes, los más pobres y, a veces, los más ignorantes, morían por
una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España
caciquil, sólo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad
podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, los más
humildes, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin
derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a
confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a
manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.
Mi padre llegó a Veracruz en el año 16 y se fue a trabajar a un
rancho donde sólo libraba un día al año; el primero de ellos lo aprovechó
para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás,…,
vuestro hijo que os quiere. A la foto, sentado en una silla, y apoyado en una
mesa junto a un libro, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que
llegó a enviar. Pronto prosperó y no tardó en montar un negocio propio en
la ciudad de Córdoba; después dedicaría toda su vida a su beneficio de café.
Entretanto, en España, se sucedieron los acontecimientos, aunque
el Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano diez
mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó durante sus
primeros años en México. No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta
que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura
militar amparada por la corona no les eximió, tras pagar una cantidad nada
despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción.
Años después, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la
República.
Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso,
su referencia española desde la distancia del océano; de hecho siempre
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conservó el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío en el 32 con el
escudo de la monarquía esmaltado y que siempre llevaba encima, incluso
cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del
general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría
lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su
historia.
La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara,
cuando aún era un niño imberbe, fue en el 36, veinte años después de su
salida. Para entonces, ya había recibido por carta la noticia de la muerte de
su madre, a la que hubo de llorar en el silencio de la lejanía. Al regresar,
pudo llevarla una sola flor, la de un magnolio, a su tumba.
Durante unos días aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos
en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que
jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante
el juego. Poco le duró la diversión.
Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una
guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza. Durante ella, se
constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano
que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días
pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias
infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas
y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le
mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el
miedo, de escribir la inicial de su nombre con un clavo en la parte de atrás
de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el
treinta y dos junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak.
Así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero
portugués que había atracado en el puerto de Santoña y desde Lisboa
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regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba
en un país que no reconocía como suyo. Había soportado en México varias
insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros y no sé cuántas
bravatas más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto
nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano.
Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de
refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39,
seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que
iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin
grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban
atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de añoranza. Les llevaba
veintitrés años de ventaja.
Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha,
ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la
calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y
tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo
que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo.
-Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba-. He tenido
grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca
juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte,
independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede
decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o mujer, por tener
unas ideas u otras. Por mucho que muchos se sigan empeñando en
enfrentarnos a unos con otros.
Mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su
pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por
suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura por mi
conciencia.
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Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de
sus padres, pues aún no contaba diez años de edad cuando comenzó.
Después, al terminar la contienda se fue interna a un colegio de monjas, al
que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía al fondo de la calle
Cervantes en la capital cántabra.
Ya en México vivió de una manera muy diferente a como
acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a
manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún
por llegar a nuestro país, a trabajar en el beneficio de café y a alternar con
todo tipo de gente, incluso con esos republicanos y comunistas a los que
tenía demonizados. Quién se lo iba a decir a ella, una muchacha de una
familia conservadora de las de toda la vida. Lo único que la oí decir de la
guerra las poquísimas veces que habló de ello, fue que nunca desearía que
nuestro país tuviera que volver a pasar por algo así.
Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López
Mateos, en el Sanatorio Español del D.F., aunque era y me sentía un
cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a
parir a la capital. En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío
López. De una tacada.
Ese mismo año, a principios de verano me trajeron a conocer a mi
familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en
el aeropuerto de La Habana, aunque el verde oliva ya dominaba sus
hangares y no nos dejaron salir del recinto. Sin embargo, a la vuelta ya no
pudimos aterrizar en Cuba.
Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión,
supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un
país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos
de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos
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meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la
tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y
desinhibido de una gran parte de sus habitantes.
Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La
Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos
que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en
vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a la familia.
Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan
elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de
sus besos como de su encanto. Hube de posar y retratarme, por activa y por
pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y
conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde,
acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos.
Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España,
estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles
señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en
sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas
dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver
un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis
española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que
aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de
guardar.
De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada
de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán
antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la
España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor
de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia,
no muy lejano.
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Después, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi
pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en
blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su
rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España
entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un
pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la
verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles.
Entre tanto, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight
Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y,
claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de
banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas
vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se
enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy
festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y
que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:
“Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la
multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.”
No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España
olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras
la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el
subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía
en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada
comunidad internacional.
Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar
al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese
pequeño detalle de la libertad.
Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid
encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un
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coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a
observar mi incontrolado, y ya por siempre incontrolable, apéndice herido.
El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, entrañable amigo de la familia,
se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le
cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un
pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que
aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se
debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable
personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de
vergüenza.
-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.
De brazo en brazo anduve aquel año, de brazo en brazo e
intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de sus cuellos;
todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe,
bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de
Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.
A aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras
y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, “son católicos hasta los
ateos”, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y
rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el
63 definitivamente. Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a
cambiar.
Fue en La Cavada cuando empecé a tener memoria de lo que
pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás. Recuerdo los
días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la
inocencia de mi dulce acento mejicano:
-Buenos días señorita.
-Buenos días.
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-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a
Dios y a usted.
Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había
comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza
natural que no hace más que avivarse desde la cuna.
La gente se derretía con mi acento, con mi retórica y con mi
pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era
incapaz. Tardé meses antes de que me adaptara a las nuevas costumbres.
Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la
mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.
Por la tarde, al acabar la clase, rezábamos siempre la misma oración, el
“Bendita sea tu pureza”, de rodillas y con los brazos en cruz. Después, los
sábados, íbamos todos, como en una procesión de enanitos de cuento, a
despedir a la señorita Laura a la estación de tren.
En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis
primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la
infancia.
Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas,
íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos
unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en
nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política
de palo y tente tieso, o sea, el clásico “la letra con sangre entra” mientras
pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos,
mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de
España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la
izquierda.
Y, sin embargo, aquella España, pese a parecer haberse detenido
anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los
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tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo
habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta
entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en
marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las
vías que la conducirían hacia el progreso económico.
Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la
vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho
provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la
emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo,
aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para
llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus
novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al
párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco,
con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra –
por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de
Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de
modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave
indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:
“El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos
patanes acabarán por matarlo en pocos años.”
Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La
Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se
aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se
pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas
siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe
lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del
Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y
arbitrarias decisiones. Con la misma arbitrariedad se decidía poner un
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pañuelo en una cabeza desmelenada que borrar la palabra “gustar” de un
texto religioso, por impropia, por supuesto.
Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres
Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para
colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas,
más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras,
bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes
censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante
inunde el ambiente aburrido de la época. Así se llega a estrenar la película
“El verdugo”, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es
un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente
interpretado por un galán de pueblo, con bigotito trasnochado y grasa de
arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un
desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el
alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se
ajusticiaba a garrote-vil –ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan
ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada,
una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de
las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de
la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.
Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria.
Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los
tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido
en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del
general Miguel Primo de Rivera: “Menos política y más administración”.
Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda
inconstitucional marcada por el “Fuero de los españoles”. Esta filosofía de
la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que
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se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso
de toda su retranca gallega, “el comandantín” le contestó, tras interesarse
éste por la situación política del país, de la siguiente manera: “Usted haga
como yo. No se meta en política.”
No había política que valiera, pero aún nos quedaba el cine, al
menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.
Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en
Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la
mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por
debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas
extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda.
Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como
Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la
corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a
escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque
aún habrían de pasar unos años para verlo. España era un país donde, aún,
las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro
sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía
Picabia, “la moral es la espina dorsal de los imbéciles.”
Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y,
cómo no, a visitar la catedral. Aquella mañana de finales de los sesenta
amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los
versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla:
“El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga”.
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Con semejante día, mi madre, sin intuir lo que estaba a punto de
acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Entramos en la
catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros
un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad
penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana
Regina, a sus seis o siete años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es
que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere
más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a
cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara. Aquel año,
entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin
ver al Papamoscas.
De aquella España donde la curia, desde el púlpito, expulsaba
públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo,
con los brazos descubiertos o con la falda un poco corta, ya nada queda.
Era la primitiva imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y
bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes
masónicas. Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un
país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.
Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas
confesionales, a base de limosnas, para dejar de ayunar en cuaresma, me
acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver “La caída del
Imperio romano”. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de
cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego
supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que
fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por
supuesto.
Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se
convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo
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del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación
no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso
orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre
del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía
prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una
quimera del oro negro.
Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del
Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.
Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar
un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara
contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe,
vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz.
Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar,
donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados,
mientras conversaba con los camareros. El caso es que aquel día, para
retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa
fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando
varias filas mientras, brazo en alto, gritaban: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!....” en
un éxtasis de grupo bastante curioso.
Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el
momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta
alguno que llegaría a ocupar un alto cargo con el tiempo y que,
casualmente, luego acabaría siendo mi profesor de Formación del Espíritu
Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del
Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una
Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había. Ahí estaba, como el
primero, y es que siempre fue muy aplicado este insigne falangista durante
los sesenta y respetado demócrata de toda la vida desde el setenta y seis
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hasta el día de su muerte. Al fin, no hizo más que lo que tantos, arrimarse al
poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para él, eso era lo de menos, ya que
creo deducir por su comportamiento que nunca padeció de ese mal tan
extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y
torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubiera
podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que
es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos
fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en
nuestras vidas.
Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante,
entre la masa, esos “idiotas” que decían los griegos, o los “muchos”, como los
describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis
inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar
pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación.
Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.
-¡Quiero verlo, quiero verlo!
Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de
un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria
colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano
pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y
reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella turba no respondía
más que a instintos poco meditados.
-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes
revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en
México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión
inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si
fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana
pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy
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cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca
hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de
una causa sin sentido.
En este caso no fue exactamente así. Franco murió en la cama de
un hospital sin que pidieran su cabeza. De hecho pasaron, haciendo
insufribles y largas colas, ante su cadáver-la masa además es necrófila-,
cerca de medio millón de personas, en un país con apenas treinta. Pronto,
también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido
contrario, por supuesto, en masa.
Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una
inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi
infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la
que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí. Y no hablo de
la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al
que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a
las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y
los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el hombre
que finalmente soy.
Juan Francisco Quevedo

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