EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN-Juan Francisco Quevedo

EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Ya han pasado treinta un años desde que en la noche del ocho al nueve de noviembre de 1989 comenzase la caída de un muro que llevaba erguido veintiocho años desde que se iniciara su construcción.

Más de un canto dolorido se escribió, junto a los llantos de las familias separadas y de los muertos atrapados en las alambradas, durante los largos años que transcurrieron desde que la vieja capital de Alemania fuera partida en dos para ejemplarizar con su división la incomprensión -el telón de acero- que, tras la barbarie que acompañó a la Segunda Guerra Mundial, aterrorizó al mundo.

Esta mole de sangre y dolor llenaba de oprobio las conciencias de los desamparados hombres que, desde ambos lados-alegoría de los dos mundos existentes-, miraban con horror hacia donde les conducían aquellos llamados a protegerlos.

En el muro que levantaron se reflejaba la tensión de un mundo que pendía no ya de un hilo que sujetaba una espada, sino de un dedo siempre presto para pulsar el botón que podría desencadenar una guerra nuclear. Una hecatombe humana que podría exterminarnos como especie con un simple y nimio gesto.

Un poeta bien pudo escribir: Berlín, Berlín; /en otra hora capital de una Alemania libre. /Cuántas lágrimas derramadas sobre tus ruinas. /Cuánto llanto al recordar tu antiguo esplendor.

“Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.”

                                                  Rodrigo Caro (Canción a las ruinas de Itálica)

Un inmenso telón de acero, en forma de muro de hormigón-el muro de la vergüenza-, iba a separar durante décadas a los berlineses. Y, de alguna manera, iba a ser el símbolo de la división entre los dos mundos surgidos tras la segunda guerra mundial. Dos bloques, herméticos como fiambreras, se habían declarado, con la altisonancia del redoble de las hebillas militares, la guerra fría; una guerra que se sostenía en una insultante exhibición de fuerza-desde unos desfiles siniestros- y en la amenaza permanente de un conflicto atómico.

Todo ello pendía, como una maldición llena de cotidianidad, sobre nuestras simples cabezas de seres comunes; la crin de caballo que sostenía esta amenaza macabra podía quebrarse en cualquier momento.

Y la orden del exterminio vendría dada desde unas cabezas no muy nucleares, más bien trepanadas y nucleadas por la miseria de sus ocupantes. Aquellos que manejaban los maletines de la destrucción, en una paranoia delirante, tenían comunicación directa entre ellos, a través de un cinematográfico teléfono rojo.

¿Sería para ponerse de acuerdo a la hora de destruir el planeta?

Siempre me he preguntado:

 ¿De qué y para qué sirven el poder y las riquezas al necio si no pueden comprar la sabiduría?

Tal vez para aplastarla.

Un día sí y otro también desayunábamos con titulares de prensa en un tono catastrofista: “Escalada armamentística pone al mundo al borde de una guerra nuclear”.

Y nos acostumbramos a ello, a este tono mortuorio y alarmista, como quien se acostumbra a un sordo pero permanente dolor de muelas. Es más, con el tiempo, la fuerza de la monotonía temática nos hacía olvidarnos hasta del peligro existente.

Esta división, encarnada en el muro berlinés, no sólo se ciñó al entorno del mismo sino que traspasó sus límites y, por simple ósmosis, creció así mismo en el corazón de las gentes, generando pasiones y odios irracionales que se retroalimentaban con la socorrida excusa-fomentada por ambas partes- de un patriotismo exaltado y agresor.

Solamente Rudolf Hess, desde la cárcel de Spandau, donde penaba solitario, inmerso en su delirio, al igual que cuando, en plena guerra, saltó sobre Escocia en paracaídas, podía llegar a creer que la paz entre los pueblos aún era posible. Todavía espera-desde su neurosis embalsamada por el olvido- salir del cementerio y ser recibido por el premio Nobel de Literatura Winston Churchill, ese sir pegado a un buen puro, metido a primer ministro que, tras prometer a su pueblo sangre, sudor y lágrimas, y ganar una guerra-la Segunda Guerra Mundial-, perdió las elecciones legislativas.

Equivocadamente o no, el pueblo entendía que lo que había valido para la guerra no valía para la paz.

La Puerta de Brandeburgo fue testigo mudo y petrificado de la infamia que se edificó en un muro recubierto de cadáveres y alambradas, una pared que se cimentó sobre el sufrimiento y el llanto de una ciudad que se dividía en dos, que separaba a hermanos, a padres e hijos y cercenaba la libertad de sus vecinos.

Los muchachos, con sus caras de soldaditos lampiños, enfundados en sus uniformes militares corrían desesperadamente por poder llegar al otro lado. En su carrera hacia la libertad abandonaban el casco y el fusil. Y perdían la vida.

Todos corrían. Unos conseguían traspasar los obstáculos y otros quedaban enganchados, agonizantes, sobre los espinos de las alambradas.

No será hasta la noche del 9 al 10 de noviembre cuando se abra una brecha definitiva en el muro que separó a los alemanes y dividió al mundo en dos. Una vez herido en su corazón, con el martillo de la justicia, la fuga sanguínea de ciudadanos del Este hacia el Oeste fue un torrente, un masivo e imparable flujo en busca de lo que más ansiaban, la libertad y la reconciliación con sus vecinos de ayer.

De un ayer al que le habían caído encima veintiocho años.

Aquella noche de noviembre, en una gran fiesta de la gente común con sentido común, los ciudadanos berlineses acudieron en masa con todo aquello que tenían a mano en sus casas, un martillo, una piqueta o una maza, para contribuir a terminar con el símbolo de una ignominia, para derribar un velo negro de intransigencia.

Mientras caían cascotes, mientras se demolía este monumento a la miseria humana, mientras los hombres y mujeres de ambas partes se abrazaban y lo festejaban brindando con cerveza, un latir de cuerdas vibrantes sobrevolaba sus cabezas y sus conciencias. El violoncelo de Rostropóvich-una parte de la segunda suite de Bach para cello- acompasaba la música que surgía de aquel golpeo contra un hormigón que cedía al nuevo signo de los tiempos.

Hasta los muros más altos caen cuando se cimentan en la injusticia.

Juan Francisco Quevedo

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4 respuestas a EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN-Juan Francisco Quevedo

  1. ¡Qué días! Incertidumbre, gozo, esperanza… y la certera frase de tu artículo: «una gran fiesta de la gente común con sentido común»

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  2. Me gusta tu texto.
    Como bien dices, un símbolo de una ignominia, un velo negro de intransigencia.
    Y ahora esperemos que se siga teniendo presente en el devenir de nuestra historia para evitar acontecimientos tan crueles.
    Saludos.

    Le gusta a 1 persona

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