COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS-Juan Francisco Quevedo

En estos días se han publicado en el Diario Alerta este periplo que os propongo a través del cantil marítimo de la bahía de Santander, tal y como estaba a finales del siglo XVIII. Aquí están ya reunidas todas las entregas.

Espero que os sea un viaje grato

COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS

Os propongo que me acompañéis en este viaje a través de la imaginación; os invito a que, en la lectura de estas líneas, abandonéis el mundo real y abráis las puertas a vuestro mundo interior a través de esta narración.

 Quisiera recordar, parafraseando a Pereda en su lúcida y literaria descripción, como era aquella ría de nuestros antepasados, antes de que empezaran los rellenos, las escolleras, antes de que la mano transformadora del hombre hiciera prácticamente desaparecer la primitiva línea costera de nuestra bahía. Quisiera recordarla tal y como era, haciendo un pequeño recorrido a través de sus orillas salinas, retrocediendo en el tiempo hasta los años finales del siglo XVIII. Os invito a que me acompañéis por este viaje al pasado.

Cuando los pescadores regresaban sobre las encrespadas olas, a rudo golpe de remo, huyendo de los vientos del mar, y divisaban el estratificado y cortante acantilado sobre el que se asienta Cabo Mayor, empezaban a respirar con cierto alivio. Elevado cien pies sobre el agua, se convertía en la señal certera, inamovible en su actitud de aviso de navegantes, con la que se cercioraban del cercano abrigo de la bahía. Aún faltaba un último esfuerzo para ponerse a salvo.

Cabo Mayor se convirtió en una llama luminosa desde la noche de los tiempos. Cuando alguna barcaza se retrasaba y se acercaba la noche, los marineros que ya habían llegado al abrigo del puerto y las mujeres de estos y las de los que aún estaban por llegar, con los churumbeles más pequeños aún pegados al cuerpo con un improvisado capazo, corrían prestos hacia sus alturas y se encendía una gigantesca hoguera para que orientase, como una torre flamígera, a los marineros perdidos en la oscuridad del mar. Desde allí esperaban y rezaban al patrón de los mares para que sus compañeros, sus maridos y sus hijos llegaran. Hombres curtidos en mil batallas, que habían luchado y arrastrado a las ballenas más bravas hasta la bahía, se arrodillaban e imploraban por los suyos. Otros días serían ellos los que estuvieran en peligro.

En estas fechas, aún faltaban unos años para llegar a ese 1839 en que el actual faro empezó a guiar a los barcos durante las noches tormentosas. Es, desde entonces, como el candil, encendido permanentemente en la ventana, a la espera del holandés errante; nunca se apaga, aunque tal vez no regrese nunca. Su esposa, a pesar de que hayan pasado los años, no pierde la esperanza y todas las noches deja esa luz en la ventana para guiar a su marido perdido, para que encuentre el camino de vuelta al hogar.

Cuando, de regreso de faenar, los pescadores pasaban por las cercanías de Cabo Mayor, alguno de los marineros, mientras se asía con fuerza al remo de la trainera, evocaba sus bajadas por el acantilado para recoger un poco del agua ferruginosa que brotaba de la fuente de La Sirena, a los pies de la imponente mole natural.

Tras tomar un poco de aire, el patrón les devolvía a la realidad y les animaba a dar unas cuantas paladas más para conseguir dejar a un lado la, por entonces, inaccesible -bellamente hendida en la profundidad del relieve rocoso- cala de Mataleñas. Poco después, al sobrepasar Cabo Menor, aún con el respirar agitado del penúltimo esfuerzo, divisaban la inconfundible ensenada del Sardinero, todavía con las dunas arenosas por las que entrecorrían los pequeños arroyos provenientes de la vaguada de Las Llamas, antigua lengua deprimida a través de la que, en alguna época, entraba el mar.

A día de hoy, de aquellos regatos que transitaban por la ladera de la colina de San Sebastián hacia el arroyo de Las Llamas, ya sólo queda un hermoso parque que ha conservado alguno de los pequeños humedales que se forman en la vaguada, debido a la escasa pendiente del lugar. El agua de los mismos discurre hacia el mar tapado y canalizado. Lejanos están los tiempos en que este valle actuaba como un verdadero desagüe; el torrente iba pasando de las praderías, mientras las nutrias nadaban en sus aguas, a las marismas pantanosas, para, desde allí, ir en busca de los arenales de la segunda playa y morir en la mar.

Con la Punta de Piquío, llamada en los mapas del pasado Punta del Rastro, a babor, el timón se ponía rumbo a la isla de Mogro, Mouro en la actualidad, que, desde la lejanía, surgía envuelta entre espumosos y bravíos blancos. Atrás habían quedado la primera playa del Sardinero y la Punta de San Roque, conocida como el Cañon, sobre la que se asentó la iglesia -hasta su derribo en 1.936- de su mismo nombre. A sus pies estaba la playa de La Concha que se prolongaba hasta la Punta del Lobo. Tras ella, aparecía la pequeña ensenada del Camello. Hoy en día ambas, con la ayuda de la mano humana, forman una misma playa.

Ahora sí llegaba el momento de acceder a la bahía. Ahora sí llegaba el momento de ponerse definitivamente a salvo de las embestidas marinas.

Mientras les contempla la roca del Camello, emergiendo desde la bajamar como un monstruo del desierto sobre los arenales salinos del mar, la trainera enfila el amplio paso que se abre entre la isla de Mouro y la desaparecida península de Santa Marina de don Ponce, por entonces ya convertida en una isla pegada a la costa loredana, y que también fuera conocida como isla de Jorganes o de los Conejos. Tras ver de soslayo el acantilado rocoso con que se inicia la Península de la Magdalena se avista, en lo más alto de la misma, lo que se llamara Monte Hano, ubicación defensiva de fuertes y baterías a lo largo de la historia. Al pasar por entre estas dos islas, verdadera entrada a la tranquilidad de la bahía, se deja a un lado el peligroso y estrecho paso, por la cercanía náufraga del acantilado, que se delinea entre la isla de Mouro y la península de la Magdalena. Esta última, en otra hora, perdida en la memoria, también isla, a la que, probablemente, sus primeros habitantes, quizás unos de los primeros santanderinos de la historia, accedieron a pie en bajamar. A los pies de Monte Hano, sobre las rocas y casi suspendido sobre el mar, se alza, hoy en día, el faro de la Cerda, desde el que se avisa de la cercanía del engañoso acantilado.

Hay una máxima que los estrategas militares conocen muy bien. Quién domina la isla de Mouro controla el acceso a la bahía. Aunque, por estas fechas, aún falten unos años para la ocupación de Santander por los franceses, si cabe recordar que, en esa época, los ingleses establecieron una batería en la isla y estrangularon a las naves francesas que estaban en el interior de la bahía.

La salida de la isla de Santa Marina presenta, para los marineros foráneos, nuevos peligros. El extenso banco de Las Quebrantas es la trampa -con su aparentemente ingenuo canto de sirenas- a la que son atraídos los barcos en días de temporal y donde permanecen, tras encallar, abandonados y silenciosos, gritando su infortunio a los navegantes desprevenidos que arriban a la bahía. Hay ocasiones en que esos cantos de sirena son más maliciosos y es sabido que, a veces, en noches de tormenta, se encienden hogueras y faroles para atraer los barcos y hacerlos encallar en este traicionero banco de Las Quebrantas. Dicen que bien pudiera ser obra de piratas ribereños.

Tras sobrepasar esta trampa natural surge el arenal del Puntal, hermosa lengua de dunas y limos frente a la desembocadura de la ría de Cubas, beneficiario inerme de la sedimentación y de los depósitos que arrastra la ría.

Frente a la playa de La Magdalena se erigen, sin demasiadas pretensiones, la isla de La Torre y el pequeño islote rocoso de La Horadada, también llamado Peña de los Mártires, desaparecido ya desde hace unos años por causa de los embates y temporales marinos.

Al pasar junto a él, una vez completamente a salvo, los marineros de la calle de la Mar detienen su boga y se encomiendan a sus patronos, San Emeterio y San Celedonio. No en vano se protegen bajo las invocaciones a estos santos. El arco con el que la piedra viva se abre, en la isla de La Horadada, fue esculpido por el mar, para abrir paso a la embarcación en la que, según la tradición, llegaron las cabezas de los Santos Mártires, antiguos centuriones de la guarnición romana de Calahorra, tras ser arrojadas al río Cidacos, junto a su confluencia con el Ebro. La barca, tras pasar bajo el arco pétreo portando las reliquias, prosiguió adentrándose en las aguas de la bahía hasta embarrancar en la ría de Becedo, junto a la ladera norte del peñón rocoso de Somorrostro, origen del puerto y de la ciudad de Santander. Allí se edificó, sobre las ruinas de unas termas romanas, una humilde ermita que, con el paso de los siglos, ha dado lugar a la actual catedral de Santander.

Sin embargo, los marineros del Cabildo de Arriba, los mareantes de la calle Alta, prefieren esperar, para encomendarse a su patrón, a fondear en el playazo del Dueso, arenal que se forma bajo la ladera sur del cerro de San Pedro. Al pie del Paredón, sobre la playa, dejan sus embarcaciones y ascienden, costosamente, por las anchas y desgastadas escaleras de piedra que les llevan hacia el empinado barrio de San Pedro. Desde sus alturas, sobre la actual Rampa de Sotileza, se encomiendan al santo mentado, su patrón.

Tras dejar la playa de La Magdalena, donde los niños se dan sus coles y los adultos menos intrépidos toman sus plácidos baños, entre la fría quietud de sus aguas, llegamos a la altura de la Punta de San Marcos. Al sobrepasarla, la embarcación se abre paso relajadamente frente al ruin y pedregoso arenal de Los Peligros. Hoy en día La Magdalena y Los Peligros forman una sola playa, sin que la citada Punta de San Marcos sobresalga lo suficiente como para mantenerlas divididas.

A su derecha van contemplando, con la calma que llega tras el esfuerzo, los pequeños cabos, si se les puede llamar así, del Promontorio y de San Martín. Desde San Martín vemos, a tiro de piedra, el, como dijera Amós de Escalante, solitario islote rocoso de San Mamés. Sobre él, había una ermita a la que se accedía, desde San Martín, a través de un puente de un solo ojo. En San Martín, en su playazo pedregoso y tosco, se ven fondeadas las primeras barcas de pescadores y, con ellas, las primeras carpinterías ribereñas. Después, tras dejar a un lado el escollo de Tres Hermanas, llegábamos a Molnedo-Puerto Chico-, donde arrojaba sus aguas a la bahía el arroyo que, a través de Tetuán, descendía desde el Alta captando a su paso todas las torrenteras que desaguaban en su cauce. Allí mismo se encontraba la fuente de Molnedo, llamada Fuente Santa, donde en más de una ocasión los marineros habían saciado su sed y baldeado sus barcazas. Tenía la fuente, de ahí su nombre, fama de milagrera, tal vez debido a su alto contenido en selenito y carbonato cálcico.

Enseguida, a golpe pausado de remo, divisan la ribera rocosa denominada la Peña Herbosa. Tras ella, al superarla, se descubre la pequeña ensenada de Cañadío, donde se vuelven a ver pequeñas barcas arribadas sobre la playa. En este fondeadero, de escaso calado, se acaba de construir un pequeño muelle de madera, desde el que se embarcan las cajas de cerveza provenientes de una fábrica recién construida por el conde de Campogiro. En lo alto de la ladera de Cañadío se puede ver, desde el mar, la ermita de Santa Lucía-origen del barrio actual-, donde se celebra una romería anual de la que disfrutan los santanderinos. Las huertas de la zona están repletas de viñedos; las parras se sujetan con cañas, procedentes del cañaveral que da origen al nombre de la ensenada, para evitar que las uvas toquen el suelo y se pudran. Más tarde, cuando los ensanches de la ciudad lleguen hasta este lugar, y quede aislado por la primera línea de edificios del muelle, al trozo de mar que se formará aquí –actual Cañadío y Pombo-, al penetrar el agua por un boquerón que habrá a la altura de Lope de Vega, se le conocerá como La Maruca.

Ya no se ve el arroyo conocido como río de la Pila, que descendía a la bahía desde la ladera sur de la colina de San Sebastián. Ahora sólo queda una fuente del mismo nombre que, desde la mar, ya no se divisa. Justo hasta ahí llegan las escolleras del primer ensanche de Santander. Estos trabajos fueron ejecutados por los hermanos Solinís, arquitectos provenientes de la Fundición de La Cavada. Luego veremos como a la bahía, de alguna manera, van llegando las aguas, los cañones y los técnicos del Real Sitio de La Cavada.

Ya se pueden ver casi acabadas en su totalidad las cinco primeras casas del muelle y el edificio de la Real Aduana que, casi un siglo después, albergaría a la reina Isabel II. Este ensanche va desde la antigua calle de la Mar, tras derribar la muralla del Cantón de la Mar, hasta el muelle Largo, en el río de la Pila. Se ven barcos, más grandes de los encontrados hasta ahora, fondeados casi encima de las casas nuevas, con las velas entrando prácticamente por sus ventanales, desde las que sus ocupantes, al asomarse o salir de los portales, dan directamente a la bahía.

Ya están entrando en el muelle de Naos, o de Anaos, al decir de los raqueros que pululan por la ribera a la búsqueda de algún incauto al que sacarle unas perrillas o a la búsqueda de las colillas que los armadores y señoritos dejan caer a medio consumir. Aquí desembarcan nuestros marineros tras la dura jornada de pesca; los mareantes del Cabildo de Abajo irán hacia sus casas de la zona del Arrabal de la Mar, tras dejar, a sus espaldas, la ría de Becedo. Tal vez después se acerquen a la capilla de la Purísima, que a duras penas se apoya en los restos de la antigua muralla, a la espera de que la piqueta inmisericorde cumpla con su deber destructor y acabe por sucumbir a su empuje. Cuando en 1.847 ocurra lo irremediable, al hacer la especulación su trabajo de derribo, estos humildes pescadores peregrinarán, en sus rezos, hasta la capilla de los Santos Mártires, lugar santo que ellos mismos han levantado en Miranda, camino del Sardinero.

Los otros, los mareantes del barrio de San Pedro, tras dejar el castillo de San Felipe a un lado, ascenderán por las escaleras de la catedral, dejando a sus espaldas el arroyo de Becedo y la calle del Puente, una curiosa calle que, a medida que se alejaba hacia Santa Clara, más estrecha se iba haciendo por la necesidad de poder ver, desde todas las casas, el reloj de la catedral. Al subir la escalinata llegaban al empedrado de la calle Ruamayor, en tiempos la calle más importante, donde exhibían sus blasones los linajes más nobles de la ciudad. Luego, unos pasos más para poder ver el mar, su mar, desde el Paredón, y ya estaban en la calle Alta, en su barrio. No en vano solían denominarse a sí mismos como callealteros.

Las horas de estos pescadores en sus casas, tanto unos como otros, estaban ya contadas. Pronto, la ciudad necesitará de sus terrenos, de sus atraques, y no tardarán en derribarse sus pobres y apiñadas casas y en ponerse a secano sus fondeaderos. En ello no habrá distinción, tanto los del Cabildo de Arriba, la aristocracia pesquera, como los del Cabildo de Abajo, tendrán que conformarse con su maldita suerte. Entonces se les hará peregrinar, primero hacia Peña Herbosa y Tetuán, fondeando en Puerto Chico y Molnedo y ya mucho después, allá por los años cuarenta del siglo XX, hasta su ubicación actual en el Barrio Pesquero. Un lugar fundado sobre arenales, marismas y juncales que impedían el crecimiento de la ciudad hacia el oeste. Este fue el último gran ensanche realizado hasta la fecha.

Hemos dejado a nuestros acompañantes en el muelle de las Naos, frente al castillo de San Felipe, desde donde, poco a poco, han ido desapareciendo mientras caminaban hacia sus barriadas. Los barcos atestan los muelles; algunos fondean fuera de la Dársena, en los pozos de la Osa, frente a San Martín, y de los Mártires; este último se ve, desde el Paredón, un poco más allá del fondeadero del Dueso. En la Dársena Grande el mar penetra, a través de la ría, bajo el perfil rocoso del cerro de Somorrostro, al pie de la actual catedral. La ría de Becedo pasa bajo el puente que comunica la Puebla Vieja con la Puebla Nueva, por lo que hoy es la calle de Calvo-Sotelo. Después del puente, en dirección al desaparecido convento de San Francisco, se situaban las antiguas Atarazanas, donde tantos barcos se construyeron y pasaron los inviernos. Hoy sólo queda un viejo embarcadero, en la esquina de la actual calle Lealtad, y una vieja poza que, cuando hay marea alta, hace llegar el agua hasta la plaza que se forma delante del convento de San Francisco-actual Ayuntamiento-. Hasta allí, así mismo, llegaba el arroyo de la Mies del Valle, después de bajar por la vaguada de la actual calle San Fernando.

Hasta que se produjo este reciente primer gran relleno del muelle, la vida del viejo Santander había girado, durante siglos, en torno a las dos riberas de la ría de Becedo. Con los ensanches llegaría un nuevo palpitar, una creciente actividad, un ir y venir del que surgiría este nuevo Santander, la ciudad moderna que emergía en torno a los nuevos negocios y a la nueva burguesía portuaria.

Al dejar a un lado el espigón de piedra de sillería del muelle de las Naos la bahía sigue penetrando hacia el oeste, mojando los pies de la antigua necrópolis, por la ladera sur del cerro de Somorrostro. A sus faldas amantísimas van quedando playazos, por todo lo que es hoy la calle Cádiz, hasta llegar al fondeadero del Dueso. Entonces, para bajar hasta él, no estaba la Rampa de Sotileza. Los pescadores del Cabildo de Arriba descendían por unas sencillas, amplias, musgosas y desgastadas escaleras de piedra que venían de lo más alto del Paredón. Con la construcción de la Rampa, muchos años después, se puso a prueba la ya de por sí poca paciencia de los carreteros. Esta subida, enemiga tanto de bueyes como de carretas, tal vez fuese la gran impulsora de la fama de grandes blasfemos que ha perseguido a estos hombres que, con una vara de avellano en ristre, tenían que pelear contra la tenacidad animal más enconada, contra el ya difícil hacerles subir y contra el más difícil no deis un paso atrás, ni por inercia.

Habrán de pasar todavía unos cuantos años para que el padre de Marcelino Menéndez Pelayo, cuando fue alcalde de Santander, construyera la Rampa de Sotileza, castigo de carreteros. Con ella, también se esfumaría el viejo muelle de pescadores que aparece en la novela de don José María Pereda, Sotileza.

A Don Marcelino siempre le hizo mucha gracia lo que se cantaba por la ciudad con esa obra paterna. Decía algo así:

La Rampa de Sotileza

la llaman el Paredón.

Eso sería desde arriba

pero desde abajo no.

Junto al Paredón, continuaban las aguas de la bahía su camino hacia el oeste, bajo las laderas de la Peña del Cuervo, sobre los raíles de las actuales estaciones de tren.

Desde aquí, tras la sucesión de diminutos cabos y pequeñas ensenadas, la bahía, en su línea costera primitiva, cuando aún se había librado de los rellenos, complicaba su perfil en su camino hacia el sur con varias rías secundarias, que se encontraban separadas entre ellas por indudables penínsulas. Pero entonces, hasta bien mediado el siglo XIX, la bahía tenía el doble de extensión que actualmente, lo que puede dar idea de la explosión para los sentidos que suponía divisarla desde lo alto de Peña Cabarga, durante un día despejado y picado por el sur, con el ambiente libre de humedad. De aquella primitiva línea costera apenas queda un quince por ciento en la actualidad. La capacidad transformadora del hombre, sobre todo la emprendida a partir de finales del siglo XVIII, ha sido inmensa. Baste como ejemplo que tanto las rías como las penínsulas que se abren hacia el suroeste, en los mapas actuales, se han diluido hasta casi desaparecer, fundamentalmente por el efecto de los rellenos.

Pero siguiendo nuestro recorrido hacia el oeste, por la margen norte de la bahía, llegamos a las huertas que poblaban Cajo, donde se encontraba la conocida Fuente de la Salud, de donde brotaban las ferruginosas y conocidas aguas rojas. Después llegábamos a la llamada isla del Oleo, que sobresalía por entre las marismas que prácticamente la circundaban. Hoy ubicamos la isla del Oleo en el lugar donde se asienta la fábrica de Nueva Montaña. El agua de la bahía penetraba, entremezclado con las marismas, hasta Las Presas, La Remonta y aledaños, llegando en su viaje hasta las mismas laderas de Peñacastillo, una peña aún íntegra, libre de las dentelladas de una cantera que la ha dejado mutilada. Entonces, aún se alzaba sobre unas aguas marinas que prácticamente remansaban a sus faldas. El grabado de Braun (1.575), el primero que existe de la pequeña villa, nos deja contemplar su redondeada y uniforme fisonomía, tras la recoleta silueta de la ciudad de Santander. Durante siglos, los viajeros, a su sombra cónica, bordeándola por el norte pasaban por el único camino existente. Era el camino de Burgos, el único que nos llevaba hasta Santander. Entraba primeramente por las Calzadas Altas y a través de la Rua Mayor se introducía por sus calles. Siglos después se accedía a la villa atravesando la mies del valle, que nos conducía hasta el convento de San Francisco, donde, a las puertas de la ciudad, se encontraba un humilladero con la figura de un Cristo mutilado en su interior.

Entre la isla del Oleo y Peñacastillo transitaba la Canal de Campogiro, bordeando la finca de La Remonta. Y por el otro lado, es decir entre la isla del Oleo y la Península de Maliaño extendía su tejido de agua ramificada el Canal de Raos, entrando por la mies de Camargo y pasando, con los años, por debajo de las vías del ferrocarril y bajo los caminos que sobrevolaban las lagunas. Hoy se levantan en su antiguo trayecto, sobre las enormes extensiones de marismas, el aeropuerto y varios centros comerciales. La antigua ría de Raos está desecada y sus espacios han sido ocupados por rellenos; lo que aún queda de ella está canalizado o bien ocupa una mínima extensión de las marismas de antaño.

A un lado van quedando pequeñas poblaciones, como Estaños y Herrera. Llegamos, de esta manera, a la Península de Maliaño. Entre ella y la península de Guarnizo transitaba la ría de Boo, cuya fuerza movía las pesadas piedras de varios molinos, como en tantos otros puntos del entorno de la bahía.

En la península de Guarnizo, lindando con las aguas de la ría de Solía, se situaban los legendarios astilleros donde, allá por el siglo XVI, se construyeron las primeras embarcaciones transoceánicas, los primeros galeones que sustituyeron a las empequeñecidas galeras. Allí se botó el San Juan de Nepomuceno, a cuyo mando estuvo el almirante Churruca durante la batalla de Trafalgar. En 1.871 se hizo a la mar el último barco fabricado aquí, la fragata Don Juan.

Es allí, en lo más profundo de la bahía, a la altura de San Salvador, donde vierten sus aguas a la misma dos rías que permanecen enfrentadas la una a la otra. Frente a la ría de Solía, confluyendo en el mismo lugar, aparece la ría de Tijero. Ambas dan lugar a la ría de Astillero a la que, posteriormente, une sus aguas la ría de Boo. La ría de Tijero penetra, a través de la llanura de Heras, al pie de Peña Cabarga, hasta el parque de Tijero donde, en el siglo XVII, se construyó un embarcadero, con los almacenes correspondientes, desde donde poder cargar los cañones de hierro colado, fabricados en la Fundición de La Cavada, para transportarlos hacia los astilleros de Guarnizo o hacia la bahía santanderina. Entonces estas rías eran anchas, profundas y navegables. En la actualidad ya no lo son, debido en parte a los restos que fueron quedando en sus lechos, como resultado del lavado de mineral que llegaba desde las cercanas minas de hierro de Cabárceno, y debido en parte también a la mano, casi siempre perniciosa, del hombre. De la existencia de hierro por estos contornos dan fe tanto el rojizo color de sus fangos y de sus aguas, como el testimonio escrito que nos dejaron los romanos, verdaderos expertos en explotaciones mineras, allá por los comienzos de nuestra era. No en balde Plinio definió a Cabarga como una montaña entera de hierro próxima a la costa.

Por la ría de Tijero comenzamos el recorrido a través de la franja sur de la bahía, no sin antes volver la vista, casi por inercia, hacia Peña Cabarga. Inmediatamente nos encontramos con la Punta de Pontejos, hoy unida por un puente a la Península de Guarnizo. Bajo él pasan las aguas de la ría de Astillero que, un poco más hacia arriba -en el actual pueblo de Astillero-, aún conserva la estructura metálica del Puente de los Ingleses, desde donde los cargueros salían repletos de mineral hacia Gales.

Por delante de Pontejos sobresale la antigua isla de Pedrosa o de la Astilla, hoy convertida en península y que, en tiempos, fue cedida al estado para que la dedicara al triste destino de Lazareto. Frente a la costa de Elechas, en la Punta o Promontorio del Acebo, se halla la isla de las Animas o de Garza, más conocida como isla de Marnay. Es una roca solitaria y desangelada, sin más.

 Siguiendo nuestro itinerario hacia la bocana de la bahía llegamos a Pedreña, desde donde se contempla, en todo su esplendor, a Santander reflejado en el espejo de las aguas que la mecen. Es precisamente entre Pedreña y Somo donde vierte sus aguas a la bahía la ría de Cubas.

 Desemboca el río Miera frente al arenal del Puntal, al noreste de la bahía. Los grandes aportes de residuos que hace este río contribuyen, en gran medida, al enorme fondo arenoso que pueblan las aguas de la ría de Santander y que hace necesario su continuo dragado. La bahía, durante la marea baja, es una sucesión multitudinaria de bancos de aluvión a la vista, emergiendo de entre las aguas como pequeñas islas arenosas sobre las que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres de su entorno se han dedicado al marisqueo y a la captura de pequeños moluscos.

El río Miera, llamado ría de Cubas en su desembocadura, nace en el puerto de Lunada. Recibe, en su corto recorrido, aguas de numerosos afluentes mientras su ribera riega multitud de pueblos como Mirones, Liérganes y La Cavada. Es en este pueblo donde se ha aprovechado la fuerza de sus aguas para mover la maquinaria de las Reales Fábricas, dedicadas a la obtención de cañones de hierro colado. Así mismo, por su corriente se desplazaba la masa arbórea que suministraba energía a los altos hornos de la citada Fundición, la mejor del país, en su momento, y una de las mejores de Europa. Curiosamente, La Cavada se halla unida a la bahía de Santander por tres causas distintas. Por un lado el río Miera, encarnado a la fisonomía de dicho pueblo, aporta el caudal de su cauce, por otro, los cañones de hierro, fabricados en la Fundición del Real Sitio, llegaban a la bahía a través de la ría de Tijero. Y, por último, de este pueblo llegaron a la capital, para dirigir las obras del primer ensanche santanderino, los hermanos Solinís. Hicieron las escolleras y los rellenos que iban hasta la actual calle del Martillo. Uno de ellos, Francisco, es el que diseñó el arco de Carlos III, que se encuentra a la entrada de este pueblo y que fue, a su vez, la entrada principal de las antiguas Fundiciones.

Tras la desembocadura del río Miera y siguiendo el arenal que, por la franja costera, va de Somo a Loredo, llegamos hasta encontrarnos frente a la isla de Santa Marina, donde daremos por finalizado este pequeño recorrido. Esta isla fue hasta principios del siglo XV una península, unida a la costa por una pequeña lengua de tierra. En el año 1.408 el canónigo de la Colegiata de Santander y, a su vez, arcipreste de Latas, pueblo en el que se ubicaba la península, fundó un monasterio de Jerónimos en el citado lugar de su propiedad. Fue dedicado a Santa Marina. En 1.418 el mar dejó aislada a la península de cualquier tierra firme convirtiéndola, de esa manera, en una isla. Por ello, en 1.419, y al hacerse dificultoso el aprovisionamiento general, el abastecimiento de agua dulce y la asistencia de los vecinos del lugar al culto que allí se celebraba, se acordó que los monjes volviesen al monasterio de Corbán. Cabe reseñar que, mediado el siglo XIX, aún se veían calaveras incrustadas entre los restos de las paredes del templo. Esta isla de Santa Marina, junto con la de Mouro, constituyen las dos referencias para tomar la embocadura de acceso a la bahía santanderina.

Tras dejar Santa Marina, avanzando por la costa, llegamos al cabo de Langre, desde donde, por última vez, contemplamos la entrada a la ría de Santander. Con su siempre relajante visión fijada en nuestras retinas finalizamos este viaje, entre geográfico, literario, histórico y sentimental, a través de sus recovecos y arenales, a través de la salinidad espumosa y las tonalidades cambiantes de sus aguas.

Juan Francisco Quevedo

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