UNA INFANCIA FELIZ-1-Juan Francisco Quevedo

I

UNA INFANCIA FELIZ

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi padre.

Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años.

Mi padre vino al mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.

Nació como se nacía entonces, en la casa y con la ayuda de alguna vecina a la que la práctica empírica había convertido en comadrona. Después, la selección natural era la encargada de que el nuevo crío saliera adelante o no. A mi abuela Fausta Piró Harche, tras el parto, aquella buena mujer la encamó durante quince días en los que, uno tras otro, la tuvo a caldo de gallina. Así se recuperó.

En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.

Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios kilómetros para asistir a la escuela en el Barrio de Arriba, donde unos curas con babero blanco se encargaban de educarlo. Más tarde, fue a las escuelas del pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo. Con el dinero se compró un par de zapatos de cordones, una pluma, unos libros, unas cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.

Siempre sintió admiración por su maestro, un hombre al que su magisterio le obligaba a dar sus clases con un impecable traje raído; era todo lo que le permitía su escueta economía. Imagino que fuese él quien le inculcase su amor por la cultura y la lectura, en especial por las biografías históricas, algo que también he tenido la fortuna de heredar.

Creció correteando por el corral de vecindad que había delante de la casa persiguiendo al gato de la familia para, una vez que le atrapaba, subir al balcón y arrojarlo por él. Siempre le asombraba verlo haciendo piruetas por el aire para poder caer sobre las cuatro patas sin el menor rasguño.

Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas, con lo que la resonancia del chorro de leche recién extraído golpeando el fondo del cubo de zinc que ponía bajo las ubres, se convirtió en uno de esos sonidos de la infancia que jamás se olvidan. Aprendió a sallar, a llevarse con la azada la primera capa de tierra, sin hundirla en ella, y preparar el terreno para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos. La huerta de casa daba prácticamente para todo el año, lo mismo se recogían patatas que judías verdes, caricos, arvejillos o esas cebollas rojas y prietas; rara vez le mandaba su madre o sus hermanas, eso de ser el pequeño era lo que tenía, a La Central a comprar algo que no diera la huerta de la casa.

Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un buhonero que llegaba puntualmente con un pollino a su vera. Este llevaba dos cuévanos a sus costados, apoyados sobre las albardas, por los que asomaban y gruñían los pequeños animales. Mi abuelo, Juan Quevedo, después de mirarlos y remirarlos bien, se decidía por uno de ellos y lo echaba a un pequeño corralillo donde lo íbamos alimentando. En cuanto crecía un poco, se le dejaba suelto por el barrio, donde campaba a sus anchas. Engordaba como si fuese un rey, solo que con fecha de caducidad, con las sobras del día y, en otoño, con la caída de las castañas ayudadas por las suradas, comía sin fondo ni conocimiento hasta que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar. Allí, dormitaba sin poder moverse hasta que conseguía digerir la barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba, junto a una cabra, para que con la carne de ambos animales hubiese suficientes chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina. El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.

El día de la matanza, a mi padre le mandaban agarrar al pobre animal del rabo para, después, frito y como un trofeo, ponérselo en el plato para dar cuenta de él. Siempre recordaba con cierta repugnancia como el matarife y alguno de los hombres que ayudaban el día de autos, se bebían un gran vaso de sangre del animal, aún caliente. No olvidaba el rastro que dejaba en sus labios. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, su madre siempre le daba un paquete para el maestro. Era costumbre en todas las casas. Así era como le demostraban su agradecimiento.

Cuando despuntaba la primavera, subía cuidar las ovejas a La Mortera y, cuando arreciaba la lluvia y las tormentas, corría a refugiarse a la Nuria o la Jana, dos cuevas cercanas. Al atisbar el verano, mi padre salía a buscar naitas, unas pequeñas fresas silvestres que crecían al pie de árboles y a la sombra de cunetas, tapias y zarzales. Las iba coleccionando y metiendo en una hierba recia, anudada en un extremo, como si fuesen rosquillas para guardarlas y poder comerlas más tarde. Cuando llenaba el improvisado receptáculo, se sentaba en cualquier piedra y las degustaba como si fuese el mayor de los manjares. Siempre dijo que nunca ningún sabor de los que tuvo oportunidad de probar le satisfizo tanto como el de aquellas naitas de su niñez. Ni tan siquiera le igualaba el sabor de las nueces, que tanto le gustaban y que tantas veces fuimos juntos a recoger. Siempre recuerdo la pátina de roña que quedaba en mis manos después de una tarde recogiéndolas. En tiempo de castañas o de nueces, como viniera una buena surada, en seguida barruntaba que al día siguiente iríamos a recoger los frutos que el viento depositaba en la tierra.

Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies de Revilla le ofreció tabaco y una hoja de papel de fumar para envolverlo. No tuvo que enseñarle a liarlo; había visto muchas veces, extasiado esa ceremonia precisa, cómo con mimo y destreza su padre iba distribuyendo el picadillo por el papel, cómo se lo pasaba después por los labios mientras le humedecía con la lengua para, por último, sellar los bordes. No le costó nada imitar lo que se sabía de memoria.

Después, cuando cada uno de ellos tuvo el cigarrillo formado entre sus dedos, mi abuelo sacó el chisquero y se lo ofreció como quien le dice: ten hijo, ya eres un hombre. No dudó en girar la rueda con la palma de la mano hasta que consiguió que saltaran chispas de la piedra. Entretanto, soplaba con decisión la mecha. Cuando consiguió prenderla, se la ofreció a su padre y ambos aspiraron con fuerza hasta encender el cigarro. Con las primeras bocanadas que dio al que fue el primer cigarrillo picado de su vida, mi abuelo le comunicó una grave noticia, algo que supondría un gran cambio en su vida, algo que, como la mecha con el viento avivaba su fulgor, no hacía más que aumentar su inquietud.

La Cavada, como la niñez, tras aquel día, quedaría atrás para siempre. México sería su nuevo destino.

Juan Francisco Quevedo

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