EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT

No hace ni tan siquiera dos meses, el martes 22 de diciembre de 2020, que hablé largamente por teléfono con Joan Margarit. Era poco más de la una del mediodía. El domingo anterior me había mandado un mensaje por correo electrónico diciéndome si me venía bien que me llamara el miércoles por la mañana.

Por supuesto-le contesté-; siempre es una gran alegría tener noticias tuyas.

Adelantó un día la llamada y estuvimos hablando algo más de media hora.

Soy Joan, me dijo cuando yo le di los buenos días de ritual después de deslizar el icono de respuesta por la pantalla del móvil. Me sorprendí y me alegré mucho. Siempre tan cercano, cariñoso y educado me preguntó si no me cogía en un mal momento.

Nuestra relación personal se remontaba a diez años atrás, pero la relación con su poesía venía desde hacía muchos años más. Ahora bien, la publicación de Joana con el cambio de siglo supuso para mí un aldabonazo intenso, un golpe profundo no solo en mi emocionalidad sino en mi manera de entender el acto poético. Entendí perfectamente esa unión indisoluble, que tantas veces confesó Joan Margarit, que siempre debía existir entre poesía, verdad y belleza. Aisladamente, son poca cosa; juntas lo son todo en poesía.

Ese amor por la poesía y por los versos de Joan Margarit se lo transmití a mi hija Claudia que, cuando aún era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, realizó un espléndido trabajo sobre Joana. Me pareció muy interesante y muy revelador, con ideas esclarecedoras, así que no dudé en contactar con el poeta para contarle todo el proceso y hacerle llegar el estudio. Por esto de las casualidades, lo recibió justamente el mismo día del aniversario de la muerte de su hija Joana. Me contestó de inmediato, haciéndome ver esa conjunción de hechos y facilitándome su correo postal para que se lo enviara.

Poco después, su contestación no pudo ser más expresiva y yo, como padre, no pude sentirme más orgulloso:… he leído el trabajo y me ha seducido el conjunto de ideas claras que Claudia maneja. Su lectura es rotunda, va al corazón del poemario y pasa de largo de interpretaciones ñoñas. Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado. Me gustaría que Claudia tuviese un librito mío titulado, como homenaje a Rilke, “Nuevas cartas a un joven poeta”. Supongo que no lo tiene porque, así como en catalán se han hecho dos ediciones en editoriales distintas, en castellano no tuvo suerte, estrenó la editorial “Barril-Barral” y esta editorial cerró poco después. Si me manda su dirección postal, yo mismo se lo mandaré. Repito mis saludos afectuosos para usted y un beso para Claudia.

Aunque ha pasado poco tiempo desde entonces, muchas cosas han cambiado en la vida de mi hija, en nuestras vidas. Hoy en día Claudia ya no es una estudiante; a pesar de su juventud, se ha convertido en doctora en Lengua y Literatura por la UCM y, después de tres cursos como profesora de español en la Universidad de Harvard en Boston, hoy es profesora de la Universidad de Chicago. De todas maneras, siempre sigue regresando a Joana como cuando era una estudiante. Así comentaba aquel hallazgo que tanto celebró Joan Margarit:

En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Luego, las comunicaciones cariñosas se han sucedido a lo largo de los años y, aunque nunca hemos podido vernos en persona, sí hemos establecido entre nosotros, al menos yo así lo siento, un lazo invisible que no une y que, en último término, es el hilo que entreteje la poesía entre los que nos acercamos a ella con amor e intensidad.

Siempre atento, siempre al alcance de sus amigos de una manera llana y generosa; si le enviaba alguno de mis artículos, no tardaba en responderme mostrándome un agradecimiento que tan solo yo le debía. Cada una de sus cálidas respuestas me llenaba de felicidad, como esta que me enviaba desde esa Cataluña de sus amores, desde Forès. Precisamente, una de las grandes composiciones de Joana, El presente y Forès, tiene ese lugar como marco cercano y cotidiano del poema. Este se desarrolla en ese apacible y ordenado mundo que constituye la casa familiar de Forès; allí es también donde surge el miedo ante los temores de que, inevitablemente, ese tiempo de felicidad se quiebre. Parece que el futuro sólo es la trampa que te tiende el tiempo. Como así es.

He leído tu artículo y me ha conmovido, una mezcla de la sensación de no merecerlo con la de mi fortuna de tener un lector como tú. También las noticias de Claudia, supongo que su fuerza también te alcanza de alguna manera. Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuánto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión. 

Joan Margarit demostraba esa manera de ser tan extraordinaria y esa comprensión cariñosa hacia los demás en cualquier circunstancia, aunque fuese ajena a él. Cuando leyó mi libro, El sedal del olvido, donde recogía uno de sus versos en uno de los poemas, no dudó en mostrarme una vez más su afecto con sus palabras: Un honor por aparecer en “Epílogo”.

No cabe mayor muestra de afecto.

La aparición de Un asombroso invierno fue un acontecimiento absoluto, un libro que Joan Margarit acabó con algunos problemas de salud y con una acumulación de trabajo muy grande, según me confesó poco después de que viera la luz. A pesar de todo ya había comenzado lo que serían sus magníficas memorias:

He pasado un año difícil con tres operaciones en los ojos, y dos meses con muletas a causa de otra en una pierna. Esto ha  coincidido con la salida de mi nuevo libro en catalán y castellano, la revisión de las dos poesías completas (también catalán y castellano) que salen ahora en una nueva edición, y la inmersión  en el  trabajo que me está suponiendo durante los meses finales mi autobiografía de infancia y primera juventud.

Un asombroso invierno es un libro deslumbrante, una poesía que desborda emoción desde una elegancia formal embaucadora. A raíz de su publicación, escribí una crónica que, al conocerla, no tardó en pedírmela para ponerla en su legado personal, depositado en la Biblioteca Nacional. No pude sentirme más satisfecho. Así era Joan Margarit, un hombre que se esforzaba en hacernos sentir bien.

Querido Juan Francisco:

He abierto (y guardado hasta recibir el prometido pdf y fotos del periódico), pero te voy a pedir algo que no he hecho nunca: que metas en un sobre la página del propio periódico y me lo mandes a casa. Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu  Joan 

Una vez que recibiera en su domicilio el encargo, me lo comunicó de inmediato, mostrándome una vez más su afecto:

 Clasificado y a punto para ser enviado en el próximo bloque a la BNE. Los aviso cuando tengo material para un buen cargamento. Antes del verano pensaba hacerlo. Mejor que ellos no nos conservará nadie.
Muchas gracias por tu afecto y tu inteligencia. Y por leerme así. Qué suerte la mía. Un gran abrazo

 Pocas cosas hay que admire más en un hombre que su inteligencia y una de ellas, sin duda, es la bondad que cuando, como es el caso, va unida a una gran generosidad hacen de ese hombre un ser único.

Cuando Joan Margarit obtuvo el Premio Cervantes, tardó un poco más de lo acostumbrado en contestarme a la felicitación que le había enviado. Los compromisos le estaban desbordando y su situación personal por entonces ya no era la mejor. A pesar de todo, cuando detectó mi mensaje, me correspondió como siempre hacía, como el hombre entrañablemente bueno que era.

¡Perdón, perdón, Claudia, Juan Francisco!

No estaba preparado para semejante alud de mensajes y llamadas. Justo ahora empiezo a rescatar a los amigos… No me tengáis en cuenta esta aparente dejadez. Os mando un gran abrazo.

En cuanto comenzamos la conversación telefónica en seguida le pregunté por su salud. No estaba bien desde la época en la que le otorgaron el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, poco antes del Cervantes. Le habían diagnosticado un linfoma y no pudo disfrutar del todo de ambos premios. El primer tratamiento, tras las duras y extenuantes sesiones de quimioterapia, no había dado el resultado esperado, así que ahora se hallaba inmerso en el ecuador de un tratamiento experimental que estaban desarrollando en Bélgica. En unos días, se haría un P.E.T. para proseguir con las tres sesiones que aún le quedaban. No era optimista.

-Tú si eres optimista, pero yo soy realista-me decía cuando pretendía animarlo con total convencimiento.

Era perfectamente consciente de a lo que se exponía y, de todas maneras, razonaba que ya tenía una edad, poco más de ochenta años, y que no podía quejarse de lo que la vida ya le había brindado. Lo decía desde una gran serenidad y con una absoluta clarividencia.

Le comenté que el día anterior le había visto con los reyes por la tele, cuando le hacían entrega en Barcelona del Premio Cervantes. Me dijo que así se lo había pedido, teniendo en cuenta su situación y la pandemia que padecíamos. Tan solo estuvieron presentes en el acto su mujer, sus hijos y sus nietos.

Fue en esa fecha por una razón muy sencilla-me confesó-, pues durante la tercera semana del ciclo de tratamiento es cuando mejor me encuentro y cuando aprovecho para hacer llamadas a los amigos y estas cosas.

Me habló con orgullo de uno de sus nietos, que vivía en Nueva York, y se dedicaba a las energías renovables. Me preguntó también por mi hija, como siempre, y al enterarse de que estaba en la Universidad de Chicago me dijo que precisamente esa fue una universidad que insistió mucho para que depositara allí su legado, aunque pensó que estaría mejor donde está, en Madrid.

Al preguntarme cómo estábamos viviendo en la farmacia esta pandemia, la conversación derivó a la visita que hizo a la cuenca del Nansa cuando tenía unos veinte años. Él era amigo del hijo del médico de Puentenansa y estuvo unos días por aquí. Por supuesto visitó a José María de Cossío en su casona de Tudanca y me contó divertido cómo tuvo que escaparse a toda prisa de allí en su seiscientos.

De este tiempo tan duro, me ha salvado la poesía y Mariona, mi mujer-me confesó en un momento dado-. Como siempre me ha pasado en la vida.

Tenía ya acabado un nuevo libro de poesía con unos poemas que había escrito en esta época tan incierta. El confinamiento, en ese sentido, le había venido bien; hacía años que no disfrutaba de esa quietud familiar, aunque estuviera truncada por la enfermedad.

Desde luego, no lo pienso presentar con mascarilla, ni de manera virtual. Virtual, no doy ni entrevistas-me dijo-. La poesía requiere otro escenario más real.

No tardó en preguntarme por lo que me parecía el título que tenía pensado para el libro, Animal de bosque. De bosque, no del bosque-me remachó-.

Me encanta, creo que refleja muy bien tu carácter indomable-le contesté-, el de ese lobo que aúlla en alguno de tus poemas.

Quedó muy contento con el pequeño comentario que le hice.

Lo encontré fuerte y con ánimo. Sin ningún miedo. Con una voz poderosa, firme y afable. Me parecía imposible todo.

Nos despedimos con un gran abrazo. Por favor, tenme al tanto, le dije. En eso quedamos.

Todavía interrumpió la despedida para decirme lo que quería a Santander mientras recordábamos el poema donde hablaba sobre su visita a las cuevas de Altamira o cuando vino a declarar a los juzgados de la ciudad, como experto en arquitectura, tras el derrumbe del hotel Bahía.

Si todo fuera bien, quizás el otoño que viene pudiéramos presentar el libro en Santander

Con esa ráfaga de incertidumbre nos despedimos.

Para honrar su memoria y su legado, he preferido hablar del hombre; de su poesía lo he hecho sobradamente en artículos y conferencias. Además, siempre va adherida inevitablemente a cualquier bosquejo biográfico, por muy personal que sea.

Decimos adiós a un hombre al que le definen sus actos personales y privados. Los que a otros muchos precisamente los traicionan.

Se va un hombre esencialmente bueno.

Quedará para siempre el recuerdo de su persona en su poesía; permanecerán ambas más allá de nosotros mismos. Mucho más allá.

Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

Juan Francisco Quevedo

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2 respuestas a EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT-Juan Francisco Quevedo

  1. albertobg13 dijo:

    Emotivo texto. Voy a leer más a Margarit tras haber disfrutado con tus palabras.
    Saludos.

    Le gusta a 1 persona

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