UNA INFANCIA FELIZ 3-Juan Francisco Quevedo

III

Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso XIII y de su esposa la reina Victoria Eugenia, el primero era su referencia española desde la distancia del océano y ella una figura que representaba y en la que depositaba ese halo misterioso que entrañaba la realeza. De alguna manera, para él eran la perfecta alegoría de todo lo que había dejado atrás. El símbolo de su añoranza.

Siempre conservó con mucho cariño el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío, afincado en Córdoba, en el 32, con el escudo de la monarquía esmaltado en él y sus dos iniciales a los lados, en azul. Algunas veces lo llevaba encima, incluso cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su historia.

Yo no era más que un niño en el 68, pero todavía recuerdo su emoción cuando supo del viaje que la reina Victoria Eugenia realizó a España para amadrinar a su bisnieto el día de su bautizo, al actual rey de España, y de su pesar, cuando unos meses después, tuvo noticia de su muerte. Después de treinta siete años en el exilio, había vuelto a pisar suelo español.

El tiempo no pasaba en balde en tierras mexicanas para mi padre y, tras su etapa en el rancho, trabajó varios años en un negocio que había en la ciudad de Córdoba, un negocio de esos en los que se vendía un poco de todo. Alguna vez me describió cómo era aquella tienda en la que trabajó, aún siendo un muchacho, durante unos años tras su paso por la hacienda. Siempre me sorprendía y cada vez que veía una similar por aquí, me venía a la memoria aquella que mi padre me retratara tantas veces, aquella en la que se afeitaba cada mañana pasando antes el filo de la cuchilla, para afilarla, sobre un vaso de cristal.

No era muy grande-me decía-, pero al entrar lo que más llamaba la atención era el desorden existente dentro de un orden completamente anárquico. Todo se amontonaba de manera aparentemente desigual sobre el suelo, bien en forma de columnas, bien en forma de montones o como cuadrase; en las estanterías que forraban las paredes de cabo a rabo sólo se veía una masa informe y apelotonada de la más variada y diversa mercancía. El mayor orden se apreciaba en el género que colgaba del techo que, formando conjuntos homogéneos, pendía a través de múltiples ganchos a escasos centímetros de las cabezas de la clientela. Sobre sus cerebros flotaban desde calderos de zinc a campanos de cobre, con su badajo correspondiente, pasando por jaulas en las que se introducían, por ahorrar espacio, diferentes tomos de una Historia Universal que iba leyendo en mis ratos libres.

Al recordar de nuevo sus palabras, he podido percibir la magia que se destilaba en el ambiente de aquellos bazares de antaño. Ahora, bien sé que el supuesto revoltijo correspondía a un desorden premeditado que daba lugar a encontrar todo dentro del orden asignado. Hasta en el caos absoluto, para su autor, el valor de la entropía puede ser cero, mientras que para el resto se dispara hacia el infinito.

Me impresionaba y me encantaba escuchar la descripción que hacía de aquella especie de chamarilería que no vendía objetos usados, aunque por su aspecto pudiera parecerlo.

 Un mostrador de madera retorcido por el peso de los años-continuaba mi padre la descripción-, e imagino que también por la torpeza del carpintero, contribuía a dar al lugar un sello característico; sobre el mismo había dos tachuelas separadas exactamente un metro entre sí. Aportaban su granito de arena a la hora de dar solera a las mediciones que sobre ellas se hacían cuando se procedía a despachar cuerdas, alambres, telas y en general todo aquello que sin mucho esfuerzo pudiera someterse a la tiranía del sistema métrico decimal. Bajo el hueco del mostrador tenía una especie de colchoneta artesanal donde de vez en cuando me permitía pegarme algún que otro sueñecito. La trastienda se encontraba igualmente atestada de mercancía, incluso se acumulaba por encima de lo que eran un par de camastros que se incrustaban bajo montones de cajas en una pared escasa; en una de esas camas conciliaba el sueño nocturno, que tanta falta me hacía. Allí mismo, en un hueco descubierto del techo, había enganchado un par de cuerdas de las que pendían en su extremo inferior dos aros; ese era mi gimnasio particular, mi artesanal fábrica de bíceps para prepararme y no descuidarme. Por las tardes, al cerrar, siempre tenía un hueco para ver a los amigos y entrenar con mi equipo de fútbol, con el Europa. Ni más, ni menos.

Tras su paso por este curioso negocio, se le presentó la oportunidad de hacerse con un beneficio de café. La amistad con su propietario, un asturiano de un pequeño pueblo del concejo de Parres, Severo Sánchez, le facilitó su adquisición ya que le proporcionó todo tipo de facilidades para ello. Así que en el año 1934 se hizo con el beneficio de café, al que dedicó su vida a lo largo de treinta años. Hasta que regresó definitivamente a España.

El beneficio se hallaba muy cerca de la vía de lo que allá llamaban el Huatusquito, que no era otra cosa que un modesto tren que recorría toda la serranía cafetera donde, debido a la altura, se cosechaba un gran café, un café veracruzano que siempre se valoró como excelente en todo el mundo. Siempre dijo que el mejor café cordobés lo compraban los estadounidenses, aunque después lo desperdiciasen en esos largos e interminables cafés americanos que ya no saben a café. A él siempre le gustó paladearlo en uno de esos cafés cortos y concentrados, a veces regados con un poco de coñac español, tal que un buen Domecq, con los que tanto disfrutaba mientras conversaba.

Siempre fue muy feliz en Córdoba y en su negocio; el olor del café es algo que nunca se olvida y que siempre se lleva adherido a la piel. En el beneficio el café se despulpaba, se fermentaba y, después, se procedía al lavado y al secado para dejarlo listo para la venta. Durante muchos años se levantó a las 5 de la mañana, la hora a la que pasaba el tren de Huatusquito para empezar la faena. Al terminar, solía ir a bañarse al río San Antonio, en una balsa que hacía y que se conocía como El Molino. Siempre le recordaba sus incursiones de niño en el río Miera, donde en compañía de sus compañeros se solía dar unos coles en el pozón de Las Hoyas.

Las ganas por poder volver a ver a su familia, por regresar a su tierra, cada vez estaban más al alcance de su mano. Dos años después de asentarse en el nuevo negocio y más de quince años después de haber partido de los muelles santanderinos, se decidió a realizar el viaje que siempre había soñado desde su llegada, el del regreso a España.

La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara, cuando aún era un niño imberbe y lampiño, solo manchado por un ligero bozo, fue en el 36. Por entonces, ya era un hombre de treinta y tres años, con un buen negocio en marcha y con una economía solvente. No dudó en embarcarse en el puerto de Veracruz; ahora bien, ya no viajaría en tercera sino que lo haría en primera y con todas las comodidades. Cuánto habían cambiado las cosas desde que surcara esas mismas aguas dos décadas antes. Un baúl lleno de sellos aduaneros había sustituido a la vieja maleta.

Juan Francisco Quevedo

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