UNA INFANCIA FELIZ 5-Juan Francisco Quevedo

Casa familiar de La Cavada a mediados del siglo XX

V

Tras su vuelta a Córdoba, la vida para mi padre siguió adelante, como siempre ha sido. Jamás se para. Tenía un negocio próspero, una casita preciosa de dos plantas con azotea, buenos amigos y aún era lo bastante joven como para tener todo lo que el futuro le brindaría a su alcance.

Años de trabajo, lecturas, tertulias y música. Las canciones salían de una de sus grandes compañeras, de esas que te arropan durante muchas horas del día, la radio. Lejos en la memoria, aunque nunca lo olvidó, quedaba la primera vez que la escuchó, cuando aún era un artefacto de lo más primitivo. Siempre me contaba con emoción la primera retransmisión en directo que vivió y disfrutó con los amigos. Era septiembre de 1923 y se disputaba el título mundial de los pesos pesados entre el campeón del mundo, Jack Dempsey, y el aspirante, el argentino Luis Angel Firpo. El toro de la Pampa sacó al campeón del ring de un puñetazo en el primer asalto, pero Dempsey se recuperó y le acabó noqueando en el segundo round. Fue la que se dio en llamar, por primera vez, la pelea del siglo. Luego vinieron unas cuantas más con esa misma denominación. Lo contaba con mucha gracia.

Aquella radio era tan primitiva como sus aparatos, hoy verdaderas joyas antropológicas-me decía mi padre-. Eran transmisores arcaicos, sin altavoz, tan sólo portaban unos aparatosos auriculares. Cuando nos juntábamos un grupo de amigos a escuchar la radio solo podíamos hacerlo por turnos, así que el que portaba los auriculares se convertía, a su vez, en locutor y en el verdadero transmisor de aquello que narraba el profesional. Cada vez que había un combate, lo vivíamos como si estuviéramos donde estaba el ring. Nos metíamos en el fragor de la pelea y cuando me correspondían los auriculares, el espectáculo aumentaba en intensidad y la pelea en interés. Acompañaba mis comentarios con una exhibición de golpes lanzados al aire de lo más variados, ahora un directo de izquierda, ahora un gancho de derecha y así seguía hasta acabar. Al finalizar me estiraba ansiosamente, como si quisiera comprobar que seguía entero tras haber padecido una fuerte tensión muscular. Lo entregaba todo en todos los combates y aunque no en la cara, casi siempre acababa con algún hematoma en la rodilla o en la espinilla como consecuencia de algún golpe involuntario contra las patas de la mesa.

Los años pasaron rápido, muy rápido, y a partir de finales de los años cuarenta, sus viajes a España se incrementaron y se hicieron habituales, pero no será hasta principiar los cincuenta cuando, en uno de ellos, se fijará en una muchacha de su pueblo natal.

Había hecho la última travesía para pasar una larga temporada con su familia, más de cinco meses en La Cavada le aguardaban. Nunca antes había estado más de un mes y medio en ninguno de sus viajes y tenía ganas de sentirse en su tierra de verdad, sin tener que contar los días para el regreso; al menos para no tener que hacerlo desde el preciso instante en el que pusiera un pie en el muelle. Para ello planeó y se permitió una prolongada estancia en su pueblo. Aún no sospechaba lo que le depararía el destino y la casualidad.

Para entender la pequeña historia de amor que voy a relatar, la de mis padres, hay que contextualizar la época en la que tiene lugar y ponerse en aquella España de los años cincuenta. Las relaciones y sus pálpitos se medían con otros parámetros bien distintos a los actuales. Aunque tenían un tempo bien diferente al que hubo de venir después, en el fondo latía el mismo temblor que ha acompañado al amor desde el inicio de los tiempos.

Mi padre, desde que aumentara la frecuencia de sus viajes, se había comprado un coche, que guardaba en casa de su hermana en Revilla, para disfrutarlo durante sus estancias en España. El primer domingo que se acercó a la iglesia con su hermana, estando aún en el vehículo, vio a lo lejos a una chica que llevaba un bebé en brazos mientras caminaba junto a una amiga. Mi padre se fijó en ella y preguntó a su hermana Teresa por aquella muchacha. Le llamó la atención lo guapa que era y le preguntó que si el niño que llevaba era su hijo. Mi tía en seguida se lo aclaró.

-No, no es su hijo. Es el hijo de su amiga. Ella es Luisita, la hija de Regina.

Mi padre, durante la misa, vio como aquella chica que le había llamado tanto la atención era una de las encargadas de pasar el cepillo en la iglesia. Durante un par de domingos se las ingenió para mover un banco hacia adelante, con el fin de no dejarla hueco por uno de los lados, y así obligarla a dar la vuelta, no quedándola más remedio que pasar justo por delante de donde él se ponía.

Mi madre, al contarnos esta historia siempre nos decía que, al acercarse a mi padre y presentarle la cesta de las limosnas, él la saludaba con simpatía, esbozando una sonrisa, mientras dejaba caer bastante dinero en el cestillo. Era la manera que había encontrado para que reparara en él.

Después de un par de domingos utilizando la misma treta, mi padre se apresuró a salir al finalizar la misa y se apostó en el exterior esperándola a la puerta de la iglesia. Al verla, fue a su encuentro y se decidió a hablar con ella. Mi madre, que siempre fue muy simpática, no tardó en entablar conversación y ambos comenzaron, lo que hoy diríamos, un tonteo. Entonces se decía un galanteo.

Ya, ese primer domingo, la pudo acompañar hasta casa entre risas y confidencias; ahora bien, debidamente custodiada por su hermana pequeña. Así eran los tiempos que corrían aunque, según me confesaron, a mi tía Ana María, que ejercía su labor de carabina, no debieron de hacerla mucho caso durante el paseo. La cuestión es que se gustaron y de aquellos paseos primerizos, que no tardaron en dar a diario, surgiría un noviazgo formal. Un noviazgo que, tres meses después, se concretó en algo más, en una petición de matrimonio en Solares, durante la romería de Nuestra Señora, un quince de agosto.

En una losa de piedra, junto al río, se sentaron y allí mi padre se declaró en toda regla, proponiéndola matrimonio. Mi madre siempre cuenta muy risueña cómo mi padre, muy nervioso, le iba diciendo continuamente que, aunque vivieran lejos de la familia, no se preocupara, que no la iba a faltar de nada, que en México iban a tener una vida muy bonita y con todas las comodidades. Tras el azoramiento inicial, en otro momento, ya en un tono muy serio, mi padre le dijo que se lo pensara con calma, que era un cambio muy grande en su vida y que no debía precipitarse. Mi madre le interrumpió casi de inmediato y le dijo que no tenía nada que pensar, que ella también estaba enamorada de él y que se iría a México sin necesidad de tener que pensar nada.

A pesar de todo, creo que mi padre seguía preocupado por ella y por lo que sabía supondría una vuelta radical a todo lo que mi madre había conocido hasta entonces. En ese afán, le decía que estuviera tranquila, que le prometía que vendrían a España a menudo y que en unos años regresarían definitivamente. Esa fue siempre su gran ilusión; primero regresar solo y, desde entonces, volver con ella.

Cuando todo ocurrió, él rondaba la cincuentena y la que sería mi madre la treintena. Después del regreso de mi padre a Córdoba, vinieron las cartas, algún viaje a España más y, por fin, la boda.

Así fue como mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura y su buen humor por mi conciencia.

Luisita, como todo el mundo la conoce, nació en La Cavada después de que sus padres regresaran de San Luis de Potosí con dos churumbeles en el regazo. Se hicieron en el pueblo una bonita casa que, aún a día de hoy, sigue siendo el centro de referencia emocional de la familia y, tras el periplo mexicano, se asentaron definitivamente en su lugar de origen. El día que mi madre vino a este mundo, tiraron cohetes y soltaron globos en el exterior de la casa, en el barrio de Carrascabas. Siempre fue una niña y una mujer muy querida por todos.

Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de sus padres, pues rondaba los diez años de edad cuando estalló. Recuerda historias trágicas, historias compartidas con dramatismo por todos. Como pasó en tantas familias.

Luisita en su Primera Comunión- Hacia el año 1933

Luisita Gutiérrez Hermosa
Luisita en Roma con sus primos
Luisita en el jardín de La Cavada
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