UNA INFANCIA FELIZ 6-Juan Francisco Quevedo

Luisita Gutiérrez Hermosa con el uniforme de La Enseñanza. Hacia 1941

VI

Después, al terminar la guerra, mi madre se fue interna a un colegio de monjas de clausura, al que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía y aún tiene al fondo de la calle Cervantes en la capital cántabra.

Aunque con unas religiosas mucho más modernizadas y con un convento abierto y sin clausura, por allí habrían de pasar también mis hermanas y allí harían sus primeros cursos mis dos hijos. Casi una saga familiar entera ha pasado por sus aulas.

En aquel centro hubo de permanecer interna unos cuantos años. Siempre lo recuerda como una de las etapas más felices de su vida, con las clases de dibujo, de inglés, de gramática y de piano en su memoria, al igual que permanecen en ella las figuras amables de sus maestras predilectas, la madre Isabel y la madre Flora, hermana del poeta Gerardo Diego.

El primer día que mi madre llegó al colegio, subió las dobles escaleras de piedra que daban a la portería con mi abuela Regina y con su hermana pequeña, mi tía Ana María. Traspasaron la primera barrera sin dificultad, simplemente haciendo girar la puerta de madera que, de por sí, estaba ya entreabierta. Una vez en el interior se toparon de frente con un enrejado infranqueable y una campanilla de cuyo pequeño badajo pendía una cadena. Incrustado en un lateral de las rejas, y separado de ellas por una celosía de madera, se hallaba el torno, a través del cual las monjas se comunicaban e intercambiaban paquetes con el exterior. Ese pequeño receptáculo era el único nexo que tenían con el mundo real. El único, salvo el que mantenían por medio de la educación de sus alumnas.

Cuenta mi madre que aquel día la abuela agitó en seguida la campana y, al sonar aquel campanilleo agudo y estridente, no tardó en aparecer, por el fondo del pasillo que daba al recibidor, una monja que resultó ser la madre Isabel Sánchez de Castro. Siempre decía mi madre que era muy pequeña y, por un defecto que nunca llegué a averiguar en qué consistía, se bamboleaba un poco al andar, lo que la hacía ir dando como tumbos.

Aquella silueta tambaleante en aquellos inmensos pasillos-me decía mi madre- se hacía inconfundible, a pesar de llevar el mismo hábito negro y la misma toca blanca que el resto de la congregación.

Al llegar, la madre Isabel se cercioró por el torno de quiénes podían ser los que habían agitado la campana para, después de comprobarlo, aparecer por detrás de las rejas.

Nos saludó con amabilidad-continuó mi madre- y sin que yo percibiese en ella ese tono falsario que tantas veces había detectado entre las personas que quieren hacerse pasar por buenas a toda costa. Después abrió la puerta de hierro que había incrustada en la reja, me miró a los ojos, me habló con calma y me pasó de la mano para adentro. En seguida me giré para despedirme de mi madre y de mi hermana. Sin ningún drama; me apetecía vivir esa nueva experiencia. Después, la monja cerró la puerta con llave, y no ocasionalmente sino para todo el curso, al menos para las internas. Nunca abandonábamos el recinto hasta que finalizaba el curso, salvo durante las vacaciones de navidad. Eso sí, teníamos visitas, pero cuando mi madre venía a verme, siempre era con las rejas de por medio; una de cada lado. El convento nunca se abría para nadie del exterior.

Así fue durante los años que estuvo interna; cada vez que la abuela Regina, bien sola o bien con alguna de mis tías, se acercaba a verla, todo el contacto que tenían era el que les permitían esas rejas que las separaban.

-El día de mi llegada, yo avanzaba, junto a la madre Isabel, por el pasillo-proseguía mi madre-, por aquel pasillo interminable por el que tantas carreras acabé dando sin miedo y con una gran curiosidad. Al llegar al final de aquel pasadizo por el que me había conducido, abrió la puerta que daba a uno de los patios exteriores del colegio y un guirigay de voces y gritos invadió el ambiente. Ahí estaban todas las internas. Me acerqué a ellas y, después de que me interrogaran a fondo, me sentía una más. Nunca me supuso ningún trauma; aunque por lo que me contaron después otras amigas, no todos los internados eran como este. Más bien, casi ninguno.

Mi madre siempre dijo que fueron años inolvidables, de buenas amigas, travesuras continuas y respuestas ingeniosas y descaradas, al menos para la época:

-¿En qué estás pensando?-le preguntaron en una ocasión cuando la vieron distraída.

-En la inmortalidad del cangrejo, madre.

Tiempos donde la despreocupación era lo que llenaba sus vidas. Las horas de clase se alternaban y convivían con risas, chanzas, el pañuelo, el marro, el frontón, los alfileres y un sinfín de entretenimientos más que ocupaban su día a día. Uno de los juegos que más le gustaban era el de las tabletas, donde una de las chicas se subía encima de otra, haciendo rondas entre todas. Ella nunca los olvidó y nos lo recordaba con nostalgia mientras tarareaba la cancioncilla.

-¿En qué estás?-decía una.

-En tabletas-canturreaba la otra.

-¿Qué has comido?

-Cascaretas.

-¿Qué has bebido?

-Agua mayo.

-Tente tú que yo me caigo.

Y, a continuación, se cambiaban de posición, subiéndose la otra.

Durante el curso, desde octubre a junio, el día a día se repetía con precisión meridiana. Todas las mañanas, a las siete en punto, una de las monjas acudía a despertarlas con su latosa y repetitiva cantinela:

Deo gracias, Deo gracias, Deo gracias… Ave María Purísima

-Sin pecado concebida-contestaban las niñas aún desde la cama.

Las internan dormían en celdas muy modestas e individuales. Eran todas iguales, con un frente abierto al pasillo que se podía cerrar con una cortina corrediza. Tan solo tenían la cama, un armario, la mesita y el lavabo.

Al escuchar el inefable Deo gracias, todas las internas se levantaban y se arreglaban. Después, iban en procesión a rezar a la capilla para, en seguida, acudir corriendo a desayunar. Al acabar el desayuno, la monja de turno pegaba dos palmadas como señal inequívoca del fin del refrigerio matutino y las mandaba a clase. En orden, en fila y sin rechistar.

Al terminar las lecciones de la mañana se reunían con toda la congregación en el refectorio. Antes de empezar, una vez que cada una estaba en su sitio, las chicas hacían las lecturas, siempre piadosas, por turnos. Después de comer en absoluto silencio, tenían un recreo hasta que, de nuevo, comenzaban las clases y, a las seis en punto de la tarde, tenían lugar las horas en el estudio. Allí permanecían en silencio hasta que, a las ocho y media, se cenaba.

Tras la cena, el recreo nocturno, donde mi madre recuerda que solían jugar a los alfileres cuando hacía malo y el tiempo no les permitía jugar en el exterior. Es uno de estos juegos que cayó en desuso y hace mucho que ya es solo un recuerdo. El juego consistía en clavar los alfileres, con la cabeza de distintos colores, en los laterales de un acerico redondo. Los iban sacando las participantes y jugaban a montar uno encima de otro, golpeando con la uña del dedo índice en las cabezas de los alfileres para desplazarlos e intentar conseguir el objetivo. La jugadora que lo lograba se llevaba los dos. Mi madre creía recordar que los de color rojo tenían mayor valor.

Tras el recreo, a las diez en punto, las llevaban a rezar sus oraciones a la capilla para después hacerlas desfilar en orden hacia los dormitorios. Una vez que todas estaban acostadas, la prefecta les daba las buenas noches y se apagaban las luces.

Así pasaban los días, todos. Todos, salvo uno de ellos, el del 16 de febrero de 1941. A primera hora, mientras aún dormían, apareció la directora en las habitaciones y, aunque comenzó con la coletilla habitual, añadió algo que las estremeció.

Deo gracias, Deo gracias. Ave María Purísima. ¡Santander en llamas!

No contestaron como habitualmente.

-¡Qué horror!-dijeron una tras otra con la expresión demudada.

A primera hora comenzaron a llegar familiares de las niñas para sacarlas y ponerlas a salvo pero, al ver que no había peligro de que hasta allí llegara el fuego, convinieron que lo mejor era dejarlas en el colegio. Custodiadas por parte de la congregación, subieron todas a la azotea y, desde lo alto, pudieron contemplar cómo, espoleadas por las fuertes ráfagas de viento, volaban las tejas y ascendían las llamas, cómo una gran parte del Santander histórico y comercial, desaparecía para siempre.

El incendio comenzó en la madrugada del 16 al 17 de febrero de 1941 y un fuerte viento sur, con rachas huracanadas superiores a los 140 Km/hora, contribuyó a que se expandiera por la ciudad con mucha rapidez. El fuego asoló 14 hectáreas de suelo urbano, desapareciendo más de 2000 viviendas y quedando sin hogar al menos 10000 personas. Paradójicamente, la única víctima mortal fue un bombero madrileño.

Mientras la ciudad ardía, asistían desoladas y horrorizadas al espectáculo dantesco que se abría ante sus ojos. Mientras el miedo que las provocaba el viento y las llamas las atenazaba, se sucedían las terribles noticias para sus compañeras:

-Mi casa ha ardido-decía una.

-La casa y la tienda de mi familia también-contestaba otra compañera.

-El negocio de mis padres ha desaparecido-añadía otra de ellas en un rosario de desgraciados acontecimientos.

Nunca olvidó ese aciago día, el único que no fue como todos los demás.

Parte de la ciudad de Santander tras el incendio de 1941

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2 respuestas a UNA INFANCIA FELIZ 6-Juan Francisco Quevedo

  1. Muy hermoso, vivo y palpitante. Gracias. Un cordial saludo.

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