UNA INFANCIA FELIZ 7-Juan Francisco Quevedo

Luisita en La Peña. Panorámica del pueblo de La Cavada

VII

En aquellos tiempos de escuela y desenfado, a mi madre le gustaba cantar, siempre lo hizo muy bien, además de tocar el piano y escribir poesías. Una de ellas, realizada y pensada como desagravio a la madre Isabel, la recita aún de memoria mientras cuenta la historia de la misma, una narración que, sin entrecomillar y en cursiva, voy a poner en sus labios para seguir recordando cómo era la vida de una interna en el colegio de La Enseñanza durante el principiar de los años cuarenta:

Aquella mañana acababa de venir, como siempre, una de las monjas a despertarnos y desde la escalera, sin llegar a verla, había comenzado, a las siete en punto, su monótona retahíla:

-Deo gracias, Deo gracias…

Aún en la cama y quitándonos las legañas íbamos contestando, unos días con más entusiasmo que otros pero casi siempre adormiladas el consabido “sin pecado concebida”.

Después de desayunar y cumplir con el resto de obligaciones, íbamos hacia el aula. Aquella mañana estaba yo muy chistosa. Después de la clase de gramática con la madre Flora y de la de Matemáticas con la madre Romana, nos tocaba la clase de piano con la madre Isabel. Se daba en una estancia muy grande, donde había seis pianos, todos separados entre sí en diferentes habitáculos que podían quedar aislados por medio de una puerta corredera. Con todas ellas abiertas, al comenzar el tiempo dedicado a la asignatura, la madre Isabel nos daba a todas las instrucciones para que fuéramos practicando. Después, ya a solas y encerradas para no molestar y que no nos molestaran, nos llamaba una a una para practicar con ella.

Sin saber muy bien por qué, más allá de por hacerme la graciosa, cuando la madre Isabel, que era una persona con la que todas las crías se metían un poco, aunque sin malicia, nos daba las instrucciones generales, me preguntó por algo que no consigo recordar, le di una contestación descarada con el fin de conseguir las risas cómplices de mis compañeras. La pobre no daba crédito; yo, su alumna modelo, también la traicionaba.

-¿A quién me voy a agarrar ahora, Luisita?-me dijo mirándome con cara suplicante para que reparara el desaguisado.

-Agárrese a la pata de la silla-la contesté toda ufana y descarada, incidiendo aún más en el agravio.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No he oído nada-dijo llevándose las manos a la cabeza.

Al terminar las clases de la mañana, las externas se iban a sus casas y nosotras nos encaminábamos al estudio, justo antes de ir al refectorio a comer. Yo me había quedado con mal cuerpo después de aquella salida de tono, así que durante el tiempo que pasamos en el estudio la compuse un poema, lleno arrepentimiento.

-Cosas de la edad y de las musas-solía añadir mi madre al relatarlo.

En el convento llevábamos una vida muy familiar, reuniéndonos todas en el comedor, internas y monjas. Antes de comer, ya sentadas, tenían lugar las lecturas. Cuando todas estábamos colocadas en nuestro lugar, me levanté y pedí que me dejasen leer una composición que tenía preparada, aunque no me correspondiera el turno. Una vez me autorizó la priora, me dirigí al atril.

-Hoy quisiera leer un poema que he dedicado a la madre Isabel. Espero que me perdone por la falta que he cometido con ella esta mañana.

El silencio era aún mayor que el que había habitualmente, que de por sí era absoluto. La madre superiora lo conseguía golpeando el anillo contra la superficie de la mesa, además de con esa cara de seriedad que tanto temíamos. Aquel día no hizo falta. En medio de la expectación comencé a recitar:

En un convento de monjas

entre las blancas paredes

se distingue un bulto negro

sin saber si va o se viene.

Es una dulce monjita

que llegada del amor

se dirige hacia su iglesia

para adorar a su Dios.

Entre sus dulces coloquios

una queja le va a dar:

Las niñas que tú me diste

me hacen mucho renegar.

Hija-le dice el esposo-,

esa es la cruz que te he dado

y para llevarla bien

piensa que estoy a tu lado.

Al terminar, levanté los ojos y vi la emoción en el rostro de mis compañeras y en el de la congregación. Después miré a la madre Isabel. Tenía las manos en la cara, tapando unos ojos humedecidos por las lágrimas. Yo me quedé relajada, con la conciencia tranquila, aliviada por el peso que había llevado a lo largo de la mañana y había conseguido quitarme de encima con ese acto.

Tras comer, salimos al recreo y toda la panda nos reunimos en corro. Lo malo, es que allí mismo se me ocurrió otra travesura que no tardé en poner en marcha.

Al día siguiente era la festividad de San Pedro, nuestro último día antes de las vacaciones de verano y pensé que había que celebrarlo con una sonada. Conté mi plan a las internas y después hicimos un corro agarradas de la mano y empezamos a dar vueltas y a cantar:

Esta era un niñita muy linda y muy graciosa,

tenía ojos azules y carita de rosa,

de rosa, de rosa…, y carita de rosa.

Un día fue al colegio con la falda al revés,

las medias en la mano, los guantes en los pies,

trialara, trialara…, los guantes en los pies.

Pepita se llamaba y era muy distraída…

Tras la cena, tuvimos nuestro recreo nocturno y ultimamos la broma que tenía pensada. A las diez en punto nos encaminamos a rezar las oraciones a la capilla y después desfilamos hacia los dormitorios con otro aire, como más dóciles y contentas que de costumbre. Claro que esta noche iba a ser un poco distinta y todas lo sabíamos.

En cuanto la prefecta, nuestra tutora, nos dio las buenas noches, poco a poco fuimos saliendo de nuestras celdas. Primero salimos las más atrevidas y después, y poco a poco, se fueron agregando el resto de las compañeras hasta estar todas en una piña enorme con nuestros camisones blancos. Entre murmullos bajitos y risitas contenidas, les dije:

-A ver, vamos a organizarnos en silencio, no nos vayan a pillar y se chafe la broma.

Recogimos nuestros orinales, los pericos como los llamábamos, y les pusimos a cada uno de ellos una pomposa cinta alrededor de toda su circunferencia. Como si fuera una pajarita enorme y vistosa, hicimos una lazada donde se juntaban los extremos. Ya estaban vestidos como para ir de fiesta. Después los colocamos, unos cuarenta, en fila y bien ordenaditos por los escalones de la escalera que daba acceso a los dormitorios. Sabíamos que sería por allí por donde subiría la prefecta antes de acudir a sus rezos. En todo lo alto de la escalera, al finalizar el último peldaño, tras la procesión de orinales lindamente ataviados, plantamos un gran cartel que decía:

PERICOS

TODOS A LA ROMERÍA

Cuando la monja se levantó y se asomó por la escalera para ir a maitines, vio toda aquella parafernalia, aquella procesión de pericos en el día de su santo. No dijo nada, calló y se fue a hacer sus rezos. A las siete regresó con su retahíla habitual:

-Deo gracias, Deo gracias…, Ave María Purísima.

Después entró en los dormitorios y tras mantener un tenso silencio y mirarnos con esa seriedad, que yo quise intuir un tanto fingida, nos dijo:

-Por favor, ¿a quién se le ocurrió tamaña impertinencia?

La contesté en seguida:

-Se me ocurrió a mí porque es el día de San Pedro y es su santo. Y queríamos celebrarlo, madre.

-Hablaremos-me contestó la monja en un tono de lo más circunspecto-. Recoged todo-añadió dirigiéndose a todas mientras se daba la vuelta.

Después se fue y siempre tuve la sensación de que aquella travesura la tuvo que hacer gracia, pues no hubo más, nunca hablamos, como dijo.

En cuanto se alejó lo bastante nos pusimos todas en corro con los brazos en jarras y nos pusimos a cantar mientras girábamos la cintura hacia ambos lados y me dejaban a mí en el centro. Empecé a bailar mientras las demás seguían cantando.

La señora Juana ha entrado en el baile…

Que lo baile, que lo baile, que lo baile

y si no lo baila medio cuartillo pague…

Que lo pague, que lo pague, que lo pague.

Después fui dando saltos hacia una compañera y la saqué del corro para dejarla en el centro conmigo. Mientras intentaba imitar como bailaba, la cantaba.

Salga usted,

que la quiero ver bailar, saltar y brincar.

Dar vueltas al aire.

Por lo bien que lo baila la moza,

dejarla sola, sola bailando.

Salga usted…

Al día siguiente, nos íbamos a casa y yo ya estaba pensando en ir con mis amigas al portal de la iglesia de San Juan Bautista a jugar a la pita. Allí nos reuníamos y, cuando no íbamos por moras para hacer un pastel, buscábamos una teja, pintábamos las cuadrículas con sus números y empezábamos el juego. Cuando nos cansábamos, siempre había alguna que había llevado una comba o una goma.

¡Qué tiempos!-exclamaba siempre al finalizar elevando los ojos al cielo.

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