UNA INFANCIA FELIZ 8-Juan Francisco Quevedo

Córdoba (Veracruz) 1957. Luisita al volante

VIII

Así fueron pasando esos años de internado que mi madre continuamente recuerda contándonos sus aventuras en una realidad muy distinta y distante de otras pero que, al fin, fue la suya. Ella siempre ha sido muy consciente de ello y siempre ha evitado erigirse en juez de nada ni de nadie, siempre se ha mostrado muy comprensiva con cualquier actitud, incluso con aquella que unánimemente se critica. Siempre nos ha dado un consejo muy similar al que, en la novela de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, este dice que le dio su padre: Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien, ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.

Después de sus años de internado, llegó la vida en el pueblo, una vida familiar y apacible de señorita bien educada. En ella aparecían las partidas de cartas a la brisca, las romerías en bicicleta, las excursiones campestres, las magostas en otoño y las obras de teatro de la Acción Católica, donde siempre participaba como si fuera una actriz con tablas. Mi madre, Luisita para todo el mundo, siempre tuvo una vis cómica y humorística que jamás ha perdido. Incluso hoy en día, pese a todo, la saca a relucir habitualmente. Siempre fue una mujer muy optimista que solo veía el lado positivo de las cosas, una mujer que siempre nos estimuló a salir, a divertirnos, a conocer nuevas cosas y participar de nuevas experiencias sin ponernos cortapisas, ni infundirnos miedos. Desde su alegría contagiosa, todo la ha parecido siempre bien.

Para cerrar el círculo de su período en el colegio, me sobreviene una anécdota de la que ambos fuimos cómplices. De niño, a mediados de los años sesenta, de cuando en cuando me llevaba con ella a ver a la madre Isabel, su vieja maestra. Al llegar, siempre me obsequiaba alguna estampa de santos que ya tenía preparada para mí. Las escribía por detrás con esa letra delicada y temblorosa, en la que me exhortaba a ser bueno y piadoso. Recuerdo su dulzura, su voz apagada y hermosa, así como unas cuentas ensartadas en un hilo que me regaló y que yo llevaba colgadas de una hebilla de mi pantalón corto como si fuera un llavero.

Son cinco, Juanito, las cinco buenas acciones diarias que tienes que hacer. Cada vez que hagas una, corres una cuenta por el sedal hacia el otro lado. Cinco al menos todos los días.

Sé que salía con muy buenas intenciones de allí, pero me temo que no me durasen mucho.

Estampa manuscrita de la madre Isabel

Mi madre se fue muy feliz a Córdoba con su marido, con mi padre, con Paco, pese a dejar atrás toda una vida confortable, donde se sentía segura y dichosa junto a su madre y sus hermanos. Nunca le importó más allá de lo razonable; siete años pasaría en México antes de regresar definitivamente. Siempre les vi muy enamorados, dedicándose miradas y haciéndonos sentir a todos sus hijos partícipes de ese amor compartido.

Ya en la ciudad mexicana vivió de una manera muy diferente a como acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún por llegar a nuestro país y a trabajar en el negocio familiar. Este se situaba justo enfrente de la casa y allí, antes de llevarlas al beneficio para iniciar todo el proceso previo a su venta, iban llegando las partidas de café recién recolectado en grandes sacos.

1957. Mis padres trabajando en México

Así mismo, allá comenzó a alternar con todo tipo de gente, con los amigos de muchos años de mi padre, tanto con los que, como él, llegaron en busca de mudar su fortuna, como con esos republicanos a los que en España se tenía demonizados. No tardó en darse cuenta de que todo era mucho más fluido y normal de lo que, quizás, nunca pensara.

Los primeros años, antes de mi llegada a este mundo, se dedicaron a viajar por el país, al Distrito Federal, a Acapulco, a Fortín de las Flores, donde siempre regresábamos una y otra vez, a bailar en las fiestas del Casino y a pasear en esos coches americanos que tanto gustaban a mi padre y que siempre me decía que de soltero fueron su único capricho. Fue así, hasta que algo que tanto deseaban les hizo cambiar su modo de vida.

1956. Acapulco

Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López Mateos, en el Sanatorio Español del D.F. Ahora bien, era y me sentía un cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a parir a la capital. Era martes, un martes de un mes de enero, allá por 1.959, cuando la luz de un mundo, aún por abofetearme, cegó sin contemplaciones mis ojos e iluminó mi mente. Era el mismo enero, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto -aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fusil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana.

Cuando el médico del Sanatorio Español me sostenía boca abajo, agarrándome de los tobillos, yo estaba preparado tanto para recibir mis primeras nalgadas como para inhalar la primera bocanada de aire puro. Con ella, esperaba, al menos, inspirar lo suficiente como para hacer desaparecer el color azulado venoso de mi anóxica anatomía. Todo fue como en un suspiro doloroso. De pronto, arranqué en un llanto que, como en casi todos los seres humanos, hasta hoy no ha cesado.

No había españolito, con ciertos posibles, que no hubiera venido al diablo mundo en este sanatorio de la capital. De tanta devota peregrina, en estado de gravidez, que circulaba por los aledaños del hospital, este acababa por asimilarse a una capilla-paritorio de enorme devoción, donde se vivía, entre las plegarias de las monjitas, un año santo perpetuo. En cualquier caso, ya estaba aquí y, a pesar de todo, con la firme determinación de intentar sobrevivir a este mar de zancadillas que el mundo te pone desde el mismo instante en que llegas a él.

La vida, aunque no vale un peso, no tiene precio.

En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío López. De una tacada; para qué esperar. La mantilla española que lucía mi madre y el faldón cubierto de puntillas en el que iba embutido son el testimonio perenne que asoma por las diapositivas, como notarias de lo que allí realmente sucedió.

Vaya usted a saber. Es cuanto sé de mí, al menos de aquellos primeros días. Como dijera Calderón de la Barca, yo siempre podré decir aquello de tuve amor y tengo honor, esto es cuanto sé de mí.

Mientras que las ralas barbas del comandante cubano iban perdiendo el color negro de la blanca cristiandad que le había financiado, yo intentaba balbucear mis primeros sonidos -con un sentido que tal vez sólo yo mismo podía descifrar- para que alguien me atendiese en esa Córdoba mejicana, allá por el estado de Veracruz, donde amorosamente me habían depositado, junto al mismo puerto al que llegaran los primeros conquistadores. Así que allá me crié, junto al recuerdo de las viejas historias de la colonización -calladas en las conciencias de todo un pueblo- y de la conquista de la Nueva España.

A mí, entonces, poco me importaban esas patrañas donde cada cual se envuelve en su bandera y unos cuantos en la que más les conviene, sea cual sea, siempre y cuando sea la de sus propios intereses.

1958. Paco Quevedo y Luisita en Veracruz

Yo era feliz en esta Córdoba cafetera a la que, recién, llegaba; desde ella, este Nuevo Mundo se abría ante mis perplejos y atónitos ojos, completamente desorbitados al querer embeber en una sola mirada todo lo que descubría. Tal vez, estas iniciáticas iluminaciones sensoriales, las haya heredado de aquellos hombres que, igual de confusos y admirados, contemplaron por vez primera la originaria ciudad de México.

… y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto…

(Hernán Cortés y sus hombres al subirles Moctezuma a lo “alto del gran cu” para contemplar la Ciudad de México).

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de Nueva España)

Entre tanta agitación y tanto pecho, de una madre cálida, a tiempo y a destiempo, la radio iba inoculando en mi sangre el veneno incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. A través de sus golpes rítmicos era capaz de acompasar mis suculentos tragos de leche materna. Como si la salita de mi casa fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, pareciera que de la cuna donde me alojaba, saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta. Con mis golpes a los barrotes pareciera rememorar el ritmo, la clase y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello se entremezclaba con los incipientes balbuceos de un bebé sobrexcitado y enganchado, desde la cuna, al saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. Ya, en aquellos primeros días, tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica. El espíritu musical de los negros me ha acompañado desde siempre, incluso desde antes de ser consciente de ello.

Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música y como tan bien dijo Cervantes, por boca de Sancho, donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.

1958. Paco y Luisita a la entrada de su casa en Córdoba
1958

Retrato enviado a España desde México
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2 respuestas a UNA INFANCIA FELIZ 8-Juan Francisco Quevedo

  1. Stella dijo:

    Hermosa historia, la de tu madre desde su niñez , en el Internado, su traslado a México.
    Vivir el pasado de los padres, escribir sobre ello, no es sencillo. Es tan subjetivo, que se emiten los sobresaltos, los fracasos, y llega casi siempre el amor compartido, como una experiencia vital única.
    Tienes aún a tu madre a tu lado, otro privilegio para compartir.
    Muy agradable, la historia familiar, que espero que la continúes.

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