UNA INFANCIA FELIZ 10-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco en México

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-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.

De brazo en brazo anduve los tres años que pasé en México, de brazo en brazo e intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de los cuellos de quienes me mecían con tanto afecto; todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe, bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.

En mi casa de Córdoba-México

No tardaron en acompañarme dos hermanos más de los seis que llegamos a ser cuando aún contaba con cinco años de edad. Con los tres que ya éramos a cuestas y una niña más en el vientre de mi madre, dejamos atrás toda una vida en Córdoba para reemprender otra en España. Mi padre, tras cuarenta y cinco años en México, con toda la familia, tomaba el avión que le haría reencontrarse con su tierra.

A aquella España enlutada regresamos, enlutada como sus mujeres, que se ponían el negro de jóvenes, pues siempre había alguien que se les moría, cuando no era el padre, era la madre y, cuando no, el marido. No recuerdo haber visto una sola foto de mi abuela o de mis tías paternas en las que el negro no fuese su acompañante perpetuo.

A aquella España de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el 63 definitivamente.

Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a cambiar, justo cuando el olor del café cordobés se había colado para siempre en mi alma. Un café que nunca he podido volver a husmear como entonces pero que su recuerdo, como el sonido de las campanas de su pueblo, que tanto añoró mi padre, me inunda de nostalgia. Tal vez, algún día regrese a Córdoba.

Desde que di mis primeros pasos, según la memoria compartida con mis mayores, como un ritual, acudía cada mañana al negocio de café -solo tenía que cruzar la calle- para hacer lo que tantas veces había visto hacer a mi padre. Al llegar, me acercaba a uno de los sacos que acababan de descargar, agarraba en mi pequeña mano un puñado de granos de café recién recolectados y los frotaba con energía entre las palmas; después me las acercaba a la nariz para poder oler aquel aroma tan intenso, tan lleno de vida, con el que se abría la mañana. Nunca perdí aquellas sensaciones sensoriales; de hecho aún hoy, cuando llega a mi pituitaria desde cualquier rincón, una taberna o la casa, esa fragancia única y característica, actúa en mi conciencia como aquella magdalena proustiana y me hace retroceder en el tiempo a mis años en México. Mucho quedó atrás tras mi partida, pero el olor de aquel café con el que iniciaba el día siempre me acompañó.

Había sido allá por 1.960 cuando mi madre había visitado doblemente, en enero y diciembre, el Sanatorio Español de Ciudad de México. De esta manera, una hermana, la primera, y un hermano, Paco, irrumpían en mi plácida vida casi sin enterarme. Y así, casi sin enterarme, y tras varias visitas más al paritorio, ahora el de la santanderina clínica Matorras, allá por 1.964, ya éramos, con Ana, Pedro y Marce, seis los hermanos. Ahí nos quedamos.

Con mi padre. México

Fue en La Cavada cuando empecé a tener verdadera memoria de lo que pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás, a la memoria interpuesta de mis mayores. Recuerdo los días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la inocencia de mi dulce acento mejicano:

-Buenos días señorita.

-Buenos días.

-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza natural que no hace más que avivarse desde la cuna.

La gente se derretía con mi acento suave y educado, con mi retórica y con mi pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era incapaz de hacerlo, por lo que me molestaba esa insistencia ante un hecho que para mí era de lo más natural. Tardé meses antes de poder adaptarme a las nuevas costumbres. Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.

En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la infancia. Y también llegó a mi memoria, el primer recuerdo de los amigos, algunos de los cuales permanecerán para siempre, y los primeros chichones, como el que me salió al propinarme un golpe un compañero con la peonza en plena frente. Se desenredó de mala manera la cuerda y salió disparada a mi cabeza. Apretando con una perra gorda sobre él, sobreviví al lance. La misma perra gorda que los amigos y yo poníamos sobre las vías del tren para que, al pasarla el convoy por encima, la viéramos, admirados y perplejos, con una extensión multiplicada.

Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas, íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política de palo y tente tieso, o sea, el clásico la letra con sangre entra mientras pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos, mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la izquierda.

Con mi hermana Regina en la escuela de La Cavada 1964

Los recreos eran para las carreras, las subidas al pino, las canicas, la peonza y un juego al que jamás volví a jugar y del que no recuerdo su nombre. Todos nos hacíamos con una estaca puntiaguda que tirábamos a clavar en el prado por orden. El juego consistía en intentar derribar las que estaban clavadas con tu estaca. Cuando lo conseguías, la agarrabas y con tu palo la dabas un golpe para intentar lanzarla lo más lejos posible. El que perdía debía ir a por ella y, a su vuelta, se reiniciaba el juego.

Al salir de la escuela, corríamos hasta casa un buen grupo de amigos y en un gran columpio verde articulado de madera, con asientos a cada lado, nos balanceábamos a lo bestia hasta que alguien aparecía para reñirnos. El columpio, tras continuos arreglos de mi padre, aún sobrevivió unos cuantos años. Con el tiempo, donde se ubicaba, nos hizo una bolera cuyo mayor inconveniente era que si elevábamos mucho las bolas desde el tiro, pegábamos contra las ramas de dos generosos ciruelos japoneses, cuyos troncos, por otro lado, nos servían de portería para jugar al fútbol. La huerta, en verano, era un improvisado polideportivo.

En otras ocasiones, nos dirigíamos hacia el río en bicicleta, procurando derrapar en cuanto veíamos algo de guijo suelto en la calzada o soltándonos las manos del manillar, mientras poníamos los brazos en cruz para sentir el viento en la cara. Al llegar a la pedregosa orilla del río, llena de cantos rodados, lanzábamos morrillos bien seleccionados, con el vientre plano, para jugar a ver quien conseguía que diera más botes sobre la superficie del agua.

Aquel curso que pasé en el pueblo, recién aterrizados, todas las mañanas madrugaba bien temprano y me encaminaba de la mano de mi tía Ana María a misa de ocho. Me gustaba no tener competencia y ser el único valiente que, a esas horas, se atrevía a realizar las funciones de ayudante del cura del pueblo. Cuando entraba por la puerta de la capilla de Santa Lucía, ingresaba en mi territorio; era el único niño que había y nadie me disputaba el honor de hacer de monaguillo. Al llegar, encendía las velas y me dirigía a la sacristía. No me vestía el uniforme colorado con la casulla blanca porque solo lo usábamos los domingos en misa mayor y pocas veces lo pude lucir pues los mayores no te dejaban así como así. La misa aún se decía en latín y con el cura de espaldas a los asistentes. Yo siempre estaba muy pendiente de cuándo tenía que tocar la campanilla mientras lanzaba unos latinajos; algo así como potens, potens. Era lo que más me gustaba.

Otros placeres, como el de beber el vino dulce al cura mientras estaba distraído, estaba reservado para los más mayores. Yo me conformaba con los recortes de las hostias que nos repartía el sacerdote.

En tanto me ocupaba de estos menesteres inocentes, en el Vaticano ya habían empezado a circular aires reformistas que no tardarían en reflejarse en la vida religiosa y piadosa de aquel tiempo.

Con mi padre en México

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