UNA INFANCIA FELIZ XI-Juan Francisco Quevedo

En La Cavada, 1964

XI

Una nueva era parecía atisbarse en el horizonte de la iglesia. El Papa bueno, Juan XXIII, había convocado a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas.

Por una vez, y sin que sirviera de precedente, pareciera que la iglesia y su jerarquía caminaran con los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito. Pareciera que las palabras que Voltaire dejó impresas en sus Cartas filosóficas tomaran un nuevo impulso:

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

Aquella España de comienzos de los sesenta, pese a parecer haberse detenido anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las vías que la conducirían hacia el progreso económico.

Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo, aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco, con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra -por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:

El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos patanes acabarán por matarlo en pocos años.

En la Feria de San Lucas, en Hoznayo. 1964

Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y arbitrarias decisiones. Con la misma sinrazón se decidía poner, a una actriz díscola y desvergonzada, un pañuelo en su cabeza desmelenada que borrar una palabra impropia de un texto, fuese literario, periodístico o de cualquier otra índole. Nada se podía escapar al gran ojo censor.

Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que lo mismo por dentro que por fuera

lo que está España es como amortajada.

                                     José Bergamín (Cuarteto de soneto)

Con mis hermanos Regina y Paco en el santanderino Colegio Cervantes

Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas, más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras, bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante inunde el ambiente aburrido de la época.

En La Cavada 1965

Así se llega a estrenar la película El verdugo, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente interpretado por un galán de pueblo y grasa de arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se ajusticiaba a garrote-vil -ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada, una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.

Con mi hermano Paco en La Cavada. Y con el equipaje  del Atlético de Madrid

Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria. Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del general Miguel Primo de Rivera:

Menos política y más administración.

Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda inconstitucional marcada por el Fuero de los españoles. Esta filosofía de la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso de toda su retranca gallega, el comandantín, como era conocido en Oviedo cuando cortejaba a la señorita Carmen Polo y, desde su menudez física, se paseaba en un vistoso caballo blanco, le contestó, tras interesarse este por la situación política del país, de la siguiente manera:

Usted haga como yo. No se meta en política.

Así era este actor de cine frustrado, devenido en generalísimo, que firmaba sus guiones como Jaime de Andrade, remedando al Felipe IV que firmaba sus versos como Un ingenio de Palacio.

Aunque no hubiera política que valiera, aún nos quedaba el cine, al menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.

Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda. Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque aún habrían de pasar unos años para verlo. No olvidemos que España era un país donde, aún, las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía Picabia, la moral es la espina dorsal de los imbéciles.

En ese contexto, ilusionados por el contacto con la tierra y reconfortados por el afecto de los amigos y la familia, pasamos nuestro primer invierno en La Cavada. Con el inicio del nuevo curso, en octubre, nos asentamos en Santander y dejamos nuestra tierra, nuestra tierra verdadera, ese minúsculo lugar que llevas adherido a las entrañas, tan solo para el verano, para esos largos veranos de entonces, veranos de tres meses largos, de esos que se llegaban hasta prácticamente la festividad del Pilar cuando, con las primeras nueces, volvíamos al piso de Santander.

De aquellos veranos en bicicleta, veranos jugando a los bolos en La Encina, desde que amanecía hasta que anochecía, veranos en los que tan solo aparecías en casa para comer, guardo un recuerdo inolvidable, como de todos los amigos que me acompañaron en ese descubrimiento continuo que nos acompaña en la vida pero que, en la adolescencia, está más vivo que nunca.

Las excursiones a la cueva del Zorro, los baños en el río Miera, en el pozón de Las Hoyas, los partidos junto al río Revilla y las primeras romerías, a las que nos hicimos tan asiduos que tan solo veíamos el calendario en función de ellas. Se abría con San Juan en nuestro pueblo y se cerraba con San Cipriano y San Miguel. Y en medio, San Mamés, San Lorenzo, Santiago, San Pantaleón, San Vicente, Santa Ana, Nuestra Señora, San Joaquín, La Magdalena… No nos perdíamos ni una.

Con mi hermana Ana en el monte Igueldo

Esta entrada fue publicada en CRÓNICAS. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s