UNA INFANCIA FELIZ XII-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco. Catedral de Burgos

XII

A pesar de cómo evolucionábamos como país, a pesar del cambio de mentalidad que se intuía y que ya se comenzaba a ver, en aquella España de mediados de los sesenta aún persistía el rancio sabor que deja en el paladar la intransigencia más trasnochada. Como muestra de ello, un botón.

Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y, cómo no, a visitar la catedral y a perdernos por las calles que la rodeaban. Aquella mañana de finales de los sesenta amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla. El poeta dudó mucho en el verso final, polvo, sudor y hierro, y estuvo a punto de poner polvo, sudor y sangre. Al final le pareció más acorde con el carácter castellano la primera versión.

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

 Con semejante día, mi madre, sin sospechar lo que estaba a punto de acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Al llegar, como siempre, entramos en la catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana Regina, a sus siete u ocho años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara.

Aquel año, entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin ver al Papamoscas, aunque no desperdiciamos la oportunidad de pasar por el restaurante Gaona a degustar un buen lechazo de Castilla. No todo iban a ser penalidades.

De aquella España en la que la curia, desde el púlpito, expulsaba públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo, con los brazos descubiertos o con la falda no lo suficientemente larga, ya nada queda. Era la primitiva y arcaica imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes masónicas.

Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.

Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas confesionales, a base de limosnas para dejar de ayunar en cuaresma, me acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver La caída del Imperio romano. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por supuesto. Todo ello, sin despreciar los largos de Disney, desde aquella Blancanieves imperecedera que vi en la gran pantalla recién llegado a España, al espléndido Libro de la selva que, un poco más mayorcito, vi con mi tío Marcelino en el cine Alameda.

Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una quimera del oro negro.

Con mis hermanos en la Primera playa del Sardinero

Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.

Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe, vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz. Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar, donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados, mientras conversaba con los camareros.

El Covadonga, barco que hacía la travesía Santander-Veracruz

Pero aquel día, aquel paseo iba a ser un poco diferente a los demás.

El caso es que, tras dar nuestra habitual vuelta por el muelle y ver los barcos que estaban atracados, para retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando varias filas mientras, brazo en alto, gritaban, ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…., en un éxtasis de grupo bastante curioso y llamativo.

Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta algún joven de los que enseñaba en los colegios Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había.

Ahí estaban, aquellos insignes falangistas, reconvertidos en respetados demócratas de toda la vida a partir del setenta y seis. Al fin, no hicieron más que lo que tantos, arrimarse al poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para ellos, eso era lo de menos, ya que creo deducir por sus comportamientos que nunca padecieron de ese mal tan extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubieran podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en nuestras vidas.

Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante, entre la masa, esos idiotas que decían los griegos, o los muchos, como los describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación. Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.

-¡Quiero verlo, quiero verlo!

Con mi padre en el portal de La Cavada (1976)

Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella gente no respondía más que a instintos poco meditados.

-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de una causa sin sentido.

En este caso no fue exactamente así. Nadie de todos aquellos que lo aclamaban llegó nunca a pedir su cabeza. Franco murió en la cama de un hospital en una penosa y larga agonía, sin que fuera cuestionado más que por una inmensa minoría.

Al fallecer, pasaron ante su cadáver, haciendo insufribles y largas colas, -la masa además es necrófila-, cerca de medio millón de personas en un país con apenas treinta. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí, mi tierra del alma. Y no hablo de la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el joven que fui y el hombre que finalmente soy.

En La Cavada a los 19 años
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4 respuestas a UNA INFANCIA FELIZ XII-Juan Francisco Quevedo

  1. theburningheart dijo:

    Muy buen relato de recuerdos, de un mundo que ya paso, desde otro mundo en el que vivimos hoy, pero como soy de tu edad, tambien lo recuerdo aunque en otras tierras, que tiempos aquellos! Que no eran buenos, pero a nuestros ojos parece como si lo hubieran sido.
    Sera que todos los tiempos tienen algo de bueno, y es nuestra actitud, o carencias, lo que los hace buenos, o malos?

    Saludos!

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  2. jose Angel dijo:

    Simplemente una corrección , la playa que esta con sus hermanos no es la Magdalena, es el Sardinero , se ve de fondo “Piquio” y son estan en los bajos del “Rin” , se ve el edificio del “Vivariun”

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